Capítulo 38
El domingo trece de enero, en Lewis, no se mueve nada.
Isla lo supo el sábado por la noche, cuando preguntó en la fonda de Cromwell Street a qué hora salía el vapor del domingo y la mujer de la fonda la miró como se mira a alguien que ha dicho una barbaridad sin saberlo.
El domingo en aquella isla no sale ningún vapor. No sale ningún carro. No abre ninguna tienda, no se cuece pan, no se acarrea agua si se puede acarrear el sábado, no se saca una red del agua aunque esté llena, y hasta la fonda sirve el domingo lo que ha guisado el sábado, frío.
La gente va a culto a las once y a las seis y entre las dos cosas se está en casa.
Así que Isla Rathven tuvo, el día siguiente al día en que se enteró de quién era, veinticuatro horas seguidas sin poder hacer absolutamente nada.
Se las pasó en un cuarto de siete pies por nueve con una ventana que daba al puerto.
Por esa ventana se veían diecisiete barcos amarrados y ni un hombre en cubierta. El agua del puerto estaba lisa como el hule de una mesa. En toda la mañana del domingo contó tres personas por Cromwell Street, y las tres iban en la misma dirección y a la misma hora.
Fue a culto a las once, porque quedarse en la fonda un domingo en Stornoway es peor que ir, y porque Peigi bajó a las diez y media vestida y sin preguntarle.
El sermón fue en gaélico y duró una hora y cincuenta minutos, y el cántico, que allí se canta a la manera vieja, con un hombre que va diciendo cada renglón antes y toda la iglesia detrás, le pareció lo más triste y lo más hermoso que había oído en su vida.
Era un canto sin instrumento y sin prisa.
El hombre decía el renglón solo, con la voz raspada, y después lo recogían doscientas personas y lo alargaban, y cada una lo alargaba un poco por su cuenta, de manera que aquello no sonaba a coro sino a mar.
Isla tenía delante la espalda de una mujer vieja con el pañuelo negro atado bajo la barbilla, y le veía moverse los hombros con cada renglón.
No entendió una palabra de nada y estuvo las dos horas quieta.
Después volvieron a la fonda y comieron frío. Un arenque ahumado del sábado, pan del sábado, té hecho con agua que alguien había calentado antes de medianoche. Sabía exactamente a lo que era, a comida guardada.
Lo hizo como hacía todo, que fue por orden.
Se sentó en el borde de la cama con el extracto del registro encima de las rodillas, el que le había costado dos chelines y seis, y fue desmontando la cosa pieza por pieza, y cada pieza dolía por su cuenta y por un motivo distinto.
La primera pieza era el nombre.
Su madre tenía nombre. Se llamaba Mór MacAulay y era de Lochs, y su padre se había ahogado en el sesenta y ocho y su madre se había vuelto a casar y se había ido a Uig. Eso era un pueblo, una fecha y una familia. Eso era más de lo que Isla había tenido en veintidós años.
La segunda pieza era el anillo.
Que era un aro de cuña de un barril, cortado por un tonelero y limado por un pescador la mañana de una boda porque el novio no había traído nada.
La tercera pieza era la cruz.
Su madre había firmado con una cruz. En Stornoway, en junio de mil ochocientos setenta y uno, con veintiuno, una mujer de Lochs firmó su propio matrimonio con una cruz porque no sabía escribir su nombre.
Y veintitrés años después, su hija había aprendido a escribir en la mesa de una cocina a la una de la mañana con un lápiz de carpintero.
Eso fue lo primero que le dolió de verdad y no supo por qué.
La cuarta pieza era el barracón.
Su madre estaba casada. Casada de verdad, con papel, con inscripción, con multa pagada ante el sheriff.
Y se murió de fiebres en un jergón de paja en un barracón de destripadoras de Portnabrae, en el setenta y cuatro, a los veinticuatro años, con una niña de dos, mientras el hombre que había firmado a su lado tenía en Glasgow una casa, un socio y una mujer nueva.
Tres millas. Esa era la cuenta que a Isla se le repetía sola.
Desde la estación de curado de Portnabrae, donde Hector Ballantyne llevaba comprando arenque desde el ochenta y uno, hasta el cementerio donde estaba enterrada Mór MacAulay sin nombre en la piedra, hay tres millas por el camino de abajo.
Ese hombre había pasado por delante de aquella piedra cien veces en coche.
Y la quinta pieza.
La quinta pieza era Alasdair Rathven, y era la peor de todas, y le llevó hasta el lunes admitirlo.
Aquel hombre lo supo en el noventa y uno.
Supo en el noventa y uno que había una niña. Supo en algún momento del noventa y tres dónde estaba esa niña, porque lo escribió con estas palabras: sé dónde está. Bajó al muelle el diecisiete de agosto con cuatro meses de vida y se paró delante de una mujer que llevaba cinco horas abriendo pescado.
Y antes de eso, el dieciséis, se bajó de un coche en el camino de Strome Ferry, anduvo tres millas al lado de ella mojándose para preguntarle tres cosas, y la tercera fue por su madre.
Y se calló.
Se casó con ella sabiéndolo. La metió en aquella casa sabiéndolo. La dejó pasar el invierno con un vestido gris de lana sabiéndolo. Se murió el catorce de noviembre sabiéndolo, con ella durmiendo en el suelo al lado de su cama.
Y lo dejó escrito en cuatro hojas para que se lo dieran al mes, y ni siquiera eso salió bien, porque el sobre se estuvo catorce meses en un cajón debajo de una caja de costura.
Isla estuvo el domingo entero con eso.
A las seis de la tarde, cuando empezaron a pasar por Cromwell Street los de la segunda reunión, bajó a la calle y estuvo andando media hora por el muelle vacío, que es la única cosa que se puede hacer un domingo en Stornoway sin que nadie se escandalice, porque andar no es trabajar.
El vapor salió el lunes catorce a las siete y media de la mañana.
Peigi se puso en la cubierta de popa con la manta, en el mismo banco que a la ida, y se durmió a las dos horas.
Isla se fue a la proa.
Hacía frío de verdad y el mar iba grueso, y en la proa no había nadie porque en la proa no se pone nadie con ese tiempo.
Se agarró a la barandilla.
Y lloró.
Lloró siete u ocho minutos, de pie, con la cara al viento y las manos en el hierro, y no se tapó la cara con nada y no se sentó y no hizo ruido.
No había llorado delante de nadie desde los once años.
No lloró en el barracón cuando se murió Ceitidh.
No lloró el día de la boda ni el día que cerraron la verja.
No lloró cuando la sacaron de su casa a las siete de la mañana ni en cinco meses de celda ni el día en que quince hombres dijeron dos palabras que no eran ninguna de las dos que ella esperaba.
Lloró en la proa de un vapor, sola, por una mujer de veinticuatro años que no sabía escribir su nombre.
Cuando se le pasó se limpió con el dorso de la mano y siguió allí un rato más, hasta que se le secó la cara con el aire, que en aquella cubierta es cosa de dos minutos.
Se quedó un rato más mirando el agua por delante de la proa.
La cuarta pieza le volvió otra vez, la del barracón, y esta vez le vino con una cosa nueva, que fue la que la dejó quieta.
Que su madre supo siempre que estaba casada.
Que aquella mujer se murió en un jergón de paja sabiendo perfectamente que en una oficina de Stornoway había un libro con su nombre y una cruz, y que aquel libro no le servía de nada, porque para que un libro sirva hace falta un procurador, y un procurador cuesta dinero, y ella destripaba arenque.
Por eso llevaba el anillo al cuello y no en el dedo.
No era vergüenza. Era que en el dedo se pierde y en el cuello no.
Después fue a popa.
Peigi se había despertado y estaba mirando el agua.
Isla se sentó a su lado y estuvieron un rato sin decir nada.
—Peigi.
—Dígame.
—Mi madre se llamaba Mór MacAulay y llevo su anillo desde los catorce años sin saber leer su nombre.
Peigi tardó en arrancar.
Después alargó la mano, sin mirarla, y le puso la suya encima de las dos que Isla tenía en el regazo, y la dejó ahí.
—Pues ya sabe usted leerlo.
—Peigi.
—Dígame.
—¿Usted sabía algo?
—Yo no sabía nada, señora. Yo me acordaba de una mujer de Lewis con una cría en un cesto y no me salía el apellido, y llevo desde enero del año pasado dándole vueltas por las noches sin sacarlo.
—Pero el sábado lo sacó en dos segundos.
—Porque lo dijo usted en voz alta. —Peigi miró el agua—. Los nombres son así. No los tienes hasta que te los dicen y entonces resulta que los tenías.
Llegaron a Ullapool a las cuatro menos cuarto de la tarde.
En el muelle, mientras esperaban el carro, Isla sacó del bolsillo el papel de envolver de los arenques ahumados de Peigi, lo alisó encima de un noray y escribió con el lápiz de carpintero dos renglones.
El primero era el número del asiento, el tomo, el folio y la fecha de inscripción.
El segundo era el nombre del testigo vivo y el sitio donde vivía.
Los escribió de memoria y los escribió bien, y al acabar los leyó dos veces para comprobar, y no tuvo que enseñárselos a nadie para saber que estaban bien.
Había aprendido a leer en trece meses para poder llevar un libro de rentas.
Dobló el papel en cuatro y se lo guardó.
El carro de Corrieglass las esperaba a las cinco, con Gavin en el pescante, que había salido de la finca a las cuatro de la madrugada por el camino de Garve.
Todavía faltaba una hora.
Se sentaron en dos cajones vueltos del revés, al abrigo de la caseta del práctico.
Olía a alquitrán y a cuerda mojada. Peigi se durmió otra vez sentada, con la barbilla en el pecho, y a Isla le dio por mirarle las manos, cruzadas en el regazo, abiertas de nudillos igual que las suyas, solo que cuarenta años por delante.
Después se llevó las dos manos al cuello y se sacó el cordón por encima de la cabeza.
Deshizo el nudo con los dientes, que fue lo único que hizo mal en todo el día, y sacó el aro.
Se lo puso en el dedo anular de la mano izquierda, encima del de oro fino que le había puesto Alasdair Rathven en una capilla el veintiuno de agosto de mil ochocientos noventa y tres.
Le venía grande. Se le iba a la mitad de la uña con solo bajar la mano.
Se lo dejó puesto.