Capítulo 37
Los dos testigos venían con nombre en el asiento.
Uno era Coinneach MacRitchie, tonelero, y el señor Macleod tardó veinte minutos en averiguar por el tomo de defunciones que se había muerto en marzo de mil ochocientos ochenta y seis.
El otro era Dòmhnall MacIomhair, pescador.
—Ese vive —dijo el registrador—. Y si es el que yo creo, vive en Port Sgeirean, a nueve millas por la costa, y tiene ochenta y un años.
—¿Y habla inglés?
—No.
—¿Y si me acerco yo? —dijo Isla.
—Señora, ese hombre lleva doce años sin salir de su casa y no ha hablado inglés en su vida. Si va usted sola, se va a estar dos horas mirándola sin contestar. —El señor Macleod se ajustó un manguito—. Váyase con la mujer que lleva. Y no vayan el domingo.
—¿Por qué no?
El registrador la miró como la había mirado la de la fonda.
—Porque es domingo.
Fueron el sábado doce por la mañana, en un carro que les alquiló el de la tienda de paños por cuatro chelines, con el hijo del de la tienda llevándolo.
Nueve millas por un camino de arriba de la costa, con el viento del este dando de lado todo el rato.
Tardaron dos horas y media. El camino iba por encima de los acantilados bajos, con el mar a la izquierda todo el tiempo y la turbera a la derecha, y no se cruzaron con nadie más que con dos hombres que subían turba en un poni.
El mar de aquella costa en enero no es azul ni es gris. Es del color del plomo sucio. Rompe abajo, en las lajas, con un golpe sordo que se oye desde arriba con un segundo de retraso, y el viento del este llevaba la espuma tierra adentro en hilos.
Peigi habló poco. Estaba pensando en lo que iba a preguntar y en qué orden, porque se lo había estado pensando desde el jueves y se lo había apuntado todo en la cabeza como quien se aprende una lista de la compra.
—Señora.
—Dígame.
—Si ese hombre dice que no se acuerda, no insista usted.
—¿Por qué no?
—Porque a un viejo de ochenta y uno, si le insistes, se acuerda de lo que tú quieras. —Peigi se subió el chal—. Y entonces ya no vale para nada lo que diga.
Port Sgeirean son once casas.
Once casas y un varadero de guijarro con tres botes vueltos del revés, las quillas al cielo, calzados con piedras, esperando a marzo. No había muelle. En aquella costa, cuando hay que sacar un bote, salen los hombres que haya y se saca a brazo.
La de Dòmhnall Bàn, que es como lo llamaban todos y que quiere decir el rubio, aunque hacía sesenta años que no era rubio de nada, era la tercera contando desde el agua.
Casa de turba, de las de antes, con el techo de brezo atado con cuerda y piedras colgando en los aleros, y dentro un fuego en el suelo y el humo buscando el agujero.
Dentro había el olor negro y dulce de la turba y no había otra cosa que oler. El techo estaba a dos palmos por encima de la cabeza de Isla, negro de sesenta años de humo, y las vigas brillaban como si las hubieran encerado.
El viejo estaba sentado en una banqueta al lado del fuego y no se levantó.
Tenía las manos encima de las rodillas, hinchadas y torcidas de sesenta años de cuerda mojada, y tenía los ojos blanquecinos por el borde y miraba un poco a la izquierda de donde estaba la gente.
En la pared, encima de la cama de cajón, había clavado un almanaque de una casa de aparejos de Stornoway del año noventa, abierto por julio.
Peigi le habló en gaélico.
Les puso té. Lo puso él, levantándose de la banqueta y andando hasta la tabla de los cuencos con una mano en la pared, y no dejó que lo ayudara nadie, y tardó lo que tardó.
Estuvieron veinte minutos hablando del tiempo, de la pesca, de quién era Peigi y de dónde, y de quién había sido su padre, y de una prima de la madre de Peigi que había casado en Lewis en el cincuenta y ocho.
Isla no entendía nada y no se movió.
Estaba sentada en una banqueta baja, a la izquierda del fuego, con las manos en el regazo y la espalda recta, y desde allí veía lo que hay en una casa de turba de once casas: una cama de cajón contra la pared del fondo, una mesa, un banco, dos cuencos en una tabla, una red colgada del techo con las boyas y unas botas puestas a secar de pie, del revés, encima de dos palos.
La misma casa, con otro fuego y otras botas, que la de Iseag Nicolson en el llano de Corrieglass, y la misma que la de Tam Fearn en Portnabrae salvo por el altillo.
Sabía que aquello había que hacerlo. En el muelle, cuando una quiere saber algo de un patrón viejo, no se le pregunta. Se le deja llegar.
A la media hora, Peigi dijo el nombre.
Isla lo notó porque lo oyó: Mór MacAulay.
El viejo no contestó en seguida.
Se quedó un rato mirando el fuego. Tanto rato que el hijo del de la tienda, que estaba en la puerta, se asomó a ver si se había dormido.
Después dijo una frase corta y Peigi se volvió a medias.
—Dice que sí.
—¿Sí qué.
—Dice que sí, que se acuerda. Espere.
Estuvieron cuarenta minutos más.
Hubo dos veces en que se paró y calló mirando el fuego, y las dos veces Peigi levantó la mano un poco hacia atrás, hacia Isla, que quería decir que se estuviera quieta.
La segunda vez estuvo callado casi dos minutos.
Y lo que dijo al salir de aquellos dos minutos no tenía nada que ver con lo de antes: dijo que la muchacha cantaba, y que cantaba muy bien, y que en el patio de curado donde trabajaba aquel verano la ponían siempre a ella a llevar la vuelta.
Peigi lo tradujo y después preguntó, por su cuenta, qué cantaba.
El viejo dijo que lo de siempre. Lo de los pájaros sobre el mar.
Fue una conversación de las que tienen las personas muy mayores, que van y vuelven y se paran en el medio y se van por otro sitio y vuelven a lo de antes media hora después, y Peigi iba traduciendo a trozos, a veces una frase entera y a veces solo el final.
De lo que se acordaba Dòmhnall Bàn era de esto.
Que aquel día llovía. Que era junio y llovía de lado, que es lo peor que hace en junio.
Que la muchacha era de Lochs y que había venido a Stornoway a la temporada y que no tenía a nadie allí, porque el padre se había ahogado en el sesenta y ocho y la madre se había vuelto a casar y se había ido a Uig.
Que el novio no era de la isla. Que era de fuera, de la parte de Banff o por ahí, y que hablaba inglés y no hablaba gaélico y había venido a curar arenque para un hombre de Wick.
Que eran las dos de la tarde y que lo hicieron en la casa de la hermana del tonelero porque en la calle llovía.
Que él y el tonelero estaban allí porque hacían falta dos y porque el tonelero era su cuñado.
Que fue muy corto. Que se dijeron lo que hay que decirse y que él no entendió la mitad porque la mitad fue en inglés, y que después hubo un té.
Y que el novio llevaba unos zapatos de ciudad.
Ahí el viejo se rio, y se rio de verdad, y le costó parar y tosió.
—¿Qué dice?
—Espere.
Peigi le preguntó dos veces y el viejo lo contó dos veces, y Peigi se volvió.
—Dice que el novio llevaba unos zapatos de ciudad, de cuero fino, con la suela cosida, que en aquel sitio y en aquella época no los tenía nadie.
Y dice que se acuerda porque llovía y porque el hombre iba andando de puntillas por el barro para no estropeárselos, y que en la casa se los quitó y los puso al lado del fuego.
—¿Y por eso se acuerda?
—Por eso y por otra cosa. —Peigi volvió a preguntar y escuchó—. Dice que los zapatos no estaban pagados. Que el hombre dijo delante de todos, por hacer gracia, que los pagaría en octubre con el arenque.
Isla se quedó quieta.
Después le dijo a Peigi que preguntara por el anillo.
—¿Por el anillo?
—Si hubo anillo. Pregúnteselo.
Peigi se lo preguntó.
El viejo levantó las dos manos torcidas y las puso en el aire, a la altura del pecho, como quien sujeta una cosa pequeña entre los dedos de las dos manos, y empezó a hablar y estuvo hablando un minuto largo.
Peigi lo iba siguiendo con la cabeza.
—Dice que sí hubo anillo. —Peigi tragó—. Dice que el novio no traía y que se dio cuenta de que hacía falta a media mañana, y que fue el tonelero el que dijo que él tenía un aro de los de las cuñas y que con eso se apañaba.
—¿Un aro de qué.
—De los barriles. Un aro de latón de los pequeños, de los que se ponen en las cuñas. —Peigi preguntó otra vez—. Dice que el tonelero lo cortó y que él se lo limó.
—¿Él?
—Él. Dice que lo limó él con una lima de media caña en el banco del tonelero, para quitarle el filo por dentro, porque un aro cortado corta.
Isla dio vuelta al aro entre los dedos y buscó por dentro la marca de la lima. Estaba.
Peigi preguntó una última cosa sin que nadie se lo pidiera, porque llevaba veinte minutos con una idea dentro y ya no aguantaba.
Le preguntó cómo era.
Y el viejo, con las dos manos todavía en el aire y sin mirar a nadie, porque ya no veía bien, lo contestó en cuatro palabras que Peigi tradujo enteras y en el mismo orden.
—Latón. Y con una muesca aquí, que se la hice yo con una lima.
Y se tocó, con la uña del pulgar derecho, un punto del borde de su propio dedo anular izquierdo.
Isla tenía la mano derecha en el regazo.
La subió.
No lo pensó. Se llevó la mano derecha al cuello, por dentro del cuello alto del vestido negro, y enganchó el cordón con dos dedos.
Llevaba aquel cordón desde los catorce años.
Se lo había dado la mujer de Tam Fearn en el invierno del ochenta y cinco, tres semanas antes de morirse, sentada en el jergón del altillo, con una tos que ya no se le iba.
Le había puesto el anillo en la mano sin explicarle nada y le había dicho que era suyo y que no lo vendiera aunque pasara hambre.
Isla había pasado hambre cuatro veces desde entonces y no lo había vendido.
Era un aro de latón, fino, de los de verdad, ya oscurecido y con el borde interior gastado de treinta años. Y en el canto de fuera, a un tercio de vuelta de donde estaba la soldadura, tenía una mella.
Una mella pequeña, de nada, de las que hace una lima cuando se va.
Peigi estaba a mitad de una frase.
Estaba traduciendo lo siguiente que decía el viejo, que era algo del té, y se paró en mitad de la palabra y no la acabó.
Se había quedado mirando el cordón.