La heredera que no existía Capítulo 36
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Capítulo 36

Salieron de Corrieglass el lunes siete de enero a las cinco de la mañana.

Peigi Ross no había salido de Wester Ross desde el setenta y nueve y se pasó los cuatro primeros días diciendo que aquello era una locura.

Lo decía y hacía la maleta. Lo decía mientras metía en un cesto pan, dos arenques ahumados, una botella de té frío y una manta, porque no pensaba pagar la comida de un vapor a los precios de un vapor.

A Torcuil lo dejaron con la señora Kinnaird, que en diciembre había empezado a sentarlo a la mesa de la cocina a hacer las cuentas en voz alta y que lo llamaba «el chico» y ya no «el crío».

Gavin las llevó a Ullapool.

Fueron cuarenta millas por el camino de Garve con el carro de la finca y tardaron once horas, y a la vuelta se volvió solo.

Once horas con dos paradas, una en Garve para el caballo y otra en Braemore para comer lo que llevaban. Isla iba en el pescante al lado de él las once horas y Peigi detrás, encima de los sacos, y en las once horas los tres hablaron menos de lo que se habla en una cena.

En el muelle, cuando ya subían, le dijo a Isla una sola cosa.

—Si eso es lo que dice esa carta, ese hombre se juega todo lo que tiene.

—Ya lo sé.

—Digo que si es verdad, no vas a ser tú la que decida cuándo se para esto.

—Ya lo sé, Gavin.

El vapor salió de Ullapool el martes ocho a las siete de la mañana.

La travesía a Stornoway son cinco horas y media con buen tiempo y en enero no hay buen tiempo.

Tardaron ocho.

El Minch en enero no tiene olas largas. Tiene golpes cortos y seguidos, uno cada cuatro o cinco segundos, y el vapor los fue cogiendo de lado toda la travesía porque el viento venía del noroeste y el rumbo no. Por la cubierta corría el agua de una banda a otra con cada golpe y se volvía.

Peigi vomitó las primeras dos horas y después se le pasó del todo, que es como le pasa a la gente de tierra adentro, y a partir de la tercera hora se quedó sentada en un banco de la cubierta de popa, envuelta en la manta, y habló.

Habló de mil ochocientos setenta y cuatro.

—Yo bajaba los jueves. Aquí servíamos dieciocho y había que comprar pescado para dieciocho, y la que había antes que yo compraba a ojo y se dejaba engañar, y el ama de llaves de entonces, que era la señora Sutherland, me mandaba a mí.

—¿Y el barracón?

—El barracón estaba al final del muelle norte, donde ahora está el cobertizo grande. Era largo, de una pieza, con el tejado de brea. Ciento y pico jergones.

—Sesenta.

—Sesenta en tu tiempo. En el setenta y cuatro eran ciento y pico, que entonces venían más.

Isla se subió la manta.

—¿Y la mujer?

Peigi tardó en contestar.

—De la mujer me acuerdo de tres cosas y de ninguna más, y llevo desde el sábado buscando la cuarta y no está.

—Dígame las tres.

—Que era de Lewis. Que era guapa de una manera que allí no conviene. Y que llevaba a la cría al puesto y la dejaba en un cesto debajo de la mesa de destripar, entre los pies, y eso no se hacía ni entonces, porque cae tripa y cae salmuera.

—¿Y por qué lo hacía?

—Porque no tenía a quién dejársela. —Peigi miró el agua—. Las demás se la dejaban unas a otras. A ella no se la cogía nadie.

—¿Por qué no?

—Porque era de fuera, muchacha. Y porque llevaba anillo.

Isla se volvió a mirarla.

—¿Llevaba anillo?

—Llevaba un anillo en el cuello, colgado de un cordón, y en aquel barracón las que llevaban anillo en el cuello y no en el dedo eran las que tenían algo que explicar.

—Peigi movió un hombro debajo de la manta—.

O eso decían. Yo tenía cuarenta y tres años y bajaba los jueves a por pescado.

No me lo tome usted por más de lo que es.

Stornoway es una ciudad y Portnabrae no lo es, y eso fue lo primero.

Había cuatro mil personas, farolas, dos bancos, un periódico y una calle entera de tiendas con escaparate.

Y había, detrás del puerto, ocho patios de curado en fila.

Isla los reconoció desde la cubierta, antes de atracar, por la forma de los tejados y por las pilas de barriles vacíos.

En enero estaban parados y vacíos, con las mesas de destripar puestas de canto contra la pared para que no se pudrieran, y los caminos entre los patios llenos de escama vieja y de sal.

Aquello lo conocía. Podía haber trabajado en cualquiera de los ocho al día siguiente sin que nadie le explicara nada.

Lo demás no lo conocía en absoluto.

La oficina del registrador estaba en Point Street, en un primer piso, encima de una tienda de paños.

El martes por la tarde estaba cerrada.

El miércoles por la mañana había un cartel escrito a mano en la puerta diciendo que el señor Macleod estaba en Harris y volvía el jueves por la tarde.

—¿Y no hay otro?

—No hay otro —dijo el de la tienda de abajo—. Los libros los tiene él y la llave la tiene él.

—¿Y si es urgente?

El hombre levantó las cejas y no contestó.

—Señora, en esta isla lo urgente es el parto y lo demás espera al jueves.

Esperaron dos días.

Isla no había estado nunca dos días sin hacer nada. Se levantaba a las seis por costumbre, en una fonda de Cromwell Street, y a las seis y cuarto ya no tenía nada que hacer.

El jueves bajó al puerto y estuvo tres horas viendo descargar.

La noche del jueves, en el cuarto de la fonda, con Peigi ya dormida en la otra cama, Isla hizo una cosa que no hacía nunca.

Se sacó el cordón del cuello y se quedó con el anillo en la palma, debajo de la vela.

Era un aro de latón, fino, oscurecido, con el borde de dentro gastado y liso de llevarlo alguien muchos años en el dedo antes de que lo llevara ella al cuello. Se lo había dado la mujer de Tam Fearn en el invierno del ochenta y cinco y no le había explicado nada.

Isla nunca había preguntado de dónde salía, y aquella noche, por primera vez en diez años, se preguntó por qué nunca había preguntado.

Se lo volvió a colgar y apagó la vela.

El viernes once por la mañana, a las diez y cuarto, el señor Macleod abrió la puerta de Point Street.

Era un hombre de cincuenta y tantos años, con manguitos negros, muy ordenado y sin ninguna prisa, y escuchó la petición entera sin interrumpir.

Después hizo lo que hacen los registradores, que es preguntar para qué.

—Para un asunto de familia.

—Señora, esto es un registro público y no le puedo negar un asiento a nadie que pague los dos chelines y seis. Se lo pregunto porque si me dice usted lo que busca, lo encuentro en veinte minutos, y si no me lo dice, lo busca usted sola y tarda dos días.

Isla se lo pensó cuatro segundos.

—Busco a una mujer que se casó aquí y que murió en Wester Ross en el setenta y cuatro, y quiero saber si es la misma.

—Un matrimonio de mil ochocientos setenta y uno.

—Junio del setenta y uno.

—¿Nombres?

—Hector Ballantyne y Mór MacAulay.

El señor Macleod apuntó los dos nombres en una hoja, se levantó y fue al armario del fondo.

El tomo pesaba lo que pesa una losa. Era de cuero, con el canto rojo y el año en el lomo en dorado, y al abrirlo soltó un olor a papel húmedo y a tinta de hierro que Isla no había olido nunca y que después le duró en la nariz toda la semana.

—Aquí no hay índice de nombres, señora. Hay índice de fechas. Si sabe usted el día, es cosa de un minuto. Si no, son ochocientos asientos.

—Catorce de junio.

El registrador pasó las hojas con el dorso del dedo, que era como las pasaba él, y paró.

Y allí estaba.

Un renglón de cinco líneas en una columna, con la letra de otro registrador de hacía veinticuatro años, escrito en tinta que ya no era negra sino parda.

Isla lo leyó ella sola, entero, sin que nadie le leyera nada.

Decía la fecha y el lugar. Decía que el matrimonio se había contraído por declaración mutua ante dos testigos, que se nombraban.

Decía los dos nombres, las dos edades, diecinueve y veintiuno, y los dos oficios, curador de arenque y destripadora.

Decía que la inscripción se practicaba el nueve de agosto de mil ochocientos setenta y uno en virtud de orden del sheriff sustituto, con la multa satisfecha.

Y había dos firmas.

Una era una firma grande, picuda, con la be muy inclinada hacia delante, y era la misma firma que Isla había visto en un recibo de cancelación de nueve libras, doblado en cuatro y guardado por dentro del vestido, el veintiuno de agosto de mil ochocientos noventa y tres.

La otra era una cruz.

Al lado de la cruz, con la letra del registrador, ponía: Mór MacAulay, su marca.

Isla se quedó mirando aquella cruz mucho rato.

—Señora, ¿quiere usted un extracto? Son dos chelines y seis.

—Quiero tres.

Después pidió el tomo de nacimientos de mil ochocientos setenta y dos.

El señor Macleod lo trajo y lo abrió.

Estuvieron los tres, él, Isla y Peigi, hora y media pasando asientos de enero a diciembre, uno por uno, buscando el apellido de la madre.

Un tomo de nacimientos de una parroquia de Lewis del setenta y dos tiene cuatrocientos y pico asientos y cada asiento tiene ocho columnas.

Se lee la columna de la madre y se pasa.

Isla leyó la mitad y Peigi le leía a ella los nombres de la otra mitad en voz alta, porque el señor Macleod dijo que si leían los dos a la vez se saltaban renglones, y tenía razón.

A la media hora, a Isla se le empezaron a mezclar los apellidos.

Hay islas enteras donde se repiten cinco. Aquel tomo tenía ciento y pico Macleod, otros tantos Morrison y Macdonald, y la columna de las madres era una lista de cuatro apellidos con los nombres de pila cambiados.

En Stornoway, en el setenta y dos, no nació ninguna criatura de Mór MacAulay.

Ni de Mór Ballantyne. Ni de ninguna Mór de aquel apellido.

Lo miraron dos veces.

—Aquí se casaron —dijo Isla—. Aquí no nació nadie.

—Eso parece, señora.

Isla cerró el tomo ella misma y dejó las palmas encima de la tapa.

Y por dentro se dijo la cosa que llevaba cinco días temiéndose y que ahora tenía delante: que en Lewis hay cuatrocientas mujeres que se llaman Mór, y que la de aquel renglón se casó en junio del setenta y uno y no tuvo ninguna hija en aquella isla, y que su madre llegó al barracón de Portnabrae en el setenta y cuatro con una criatura de dos años y sin nada más.

Un moribundo, en agosto, con cuatro meses de vida.

Recogieron. Peigi bajó a la calle a esperar. El señor Macleod fue guardando los tomos en el armario, de uno en uno, sin prisa, y al llegar al de nacimientos se paró con él en las manos.

—Es raro, sí —dijo, sin que nadie le hubiera preguntado nada—. Pero tampoco tanto.

—¿Cómo dice?

—Digo que a la gente de la costa hay que buscarla donde parió y no donde se casó, señora. Aquí la mitad de las mujeres se casaban en el pueblo y paría cada una donde estaba trabajando en agosto.