La heredera que no existía Capítulo 35
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Capítulo 35

La carta estaba fechada el veintitrés de agosto de mil ochocientos noventa y tres, a las once y media de la noche, dos días después de la boda.

Isla la leyó tres veces aquel viernes y una cuarta el sábado por la mañana, y la cuarta la leyó entera en voz alta, sola, en el gabinete, porque había una parte que no le entraba leyéndola por dentro.

La primera vez la leyó con la mano izquierda envuelta en el delantal y manchando el canto de las hojas, y tardó cincuenta y un minutos.

La segunda tardó veinte.

Entre la segunda y la tercera subió al ala oeste, se lavó el corte con agua y sal, se lo ató con una tira de trapo y bajó otra vez, y no le dijo nada a nadie, ni a Peigi ni a Gavin, ni aquel día ni el siguiente.

Tenía una regla para esas cosas, que se la había hecho ella sola sin saber que se la estaba haciendo: cuando una no entiende un papel, no se lo enseña a nadie hasta que lo entiende. Porque el que te lo explica se queda con él.

No tenía encabezamiento y no tenía despedida de las de cortesía, y estaba escrita de corrido, sin párrafos de los que se dejan aparte, como escribe alguien que sabe que le queda una hora de aire y no dos.

Eran cuatro hojas de papel de barba, escritas por las dos caras menos la última, con la tinta más clara en las dos primeras y más negra en las dos últimas, porque a mitad de la carta el hombre había vuelto a cargar la pluma y había apretado más.

La letra empezaba derecha y acababa cayéndose hacia la derecha al final de cada renglón.

Decía así.

Stornoway, 14 de junio de 1871.

Apúntate esa fecha y ese sitio antes de seguir leyendo, porque es lo único de esta carta que vale algo. Todo lo demás es un hombre explicándose, y eso no vale nada.

Si estás leyendo esto, llevo un mes enterrado y Kilgour ha hecho su trabajo. Escribo el veintitrés de agosto, dos días después de casarme contigo, y lo escribo esta noche porque hoy he subido la escalera en cuatro veces y ya no sé cuántos días me quedan de poder sostener una pluma.

Empiezo por el dinero, que es por donde hay que empezar siempre.

En marzo del noventa y uno le escribí a un agente de investigación de Edimburgo que se llama Lorimer y le encargué que averiguara todo lo que se pudiera averiguar de la vida de don Hector Ballantyne antes de mil ochocientos setenta y cinco.

Le pagué ochenta libras en tres veces, treinta en marzo, treinta en junio y veinte en septiembre, libradas contra la cuenta de la casa en Inverness.

Esas ochenta libras están en el libro de gastos de Corrieglass asentadas como gastos de la casa, con la letra de mi hermano, porque yo le mandé por carta que las asentara así y que no preguntara. Preguntó en junio. Le contesté en octubre que la finca era mía.

Es la cosa más ruin que he hecho en mi vida y la he hecho por carta, que es como se hacen las cosas ruines de verdad.

Ahora lo que encontró Lorimer, que tardó cuatro meses.

El catorce de junio de mil ochocientos setenta y uno, en Stornoway, Hector Ballantyne, de diecinueve años, de oficio curador de arenque, contrajo matrimonio por declaración ante dos testigos con una mujer llamada Mór MacAulay.

En Escocia eso es un matrimonio y lo es igual que si lo hubieran casado en una catedral.

Se inscribió en agosto del mismo año, después de comparecer los dos ante el sheriff y pagar la multa, que era lo que se hacía.

Ese matrimonio no se disolvió nunca. Ella no se murió hasta bastante después y no hubo declaración de nulidad ninguna, porque no había nada que anular.

En abril de mil ochocientos setenta y cuatro, don Hector Ballantyne se casó en Glasgow con la hija de un naviero de Greenock.

Piensa despacio en lo que acabas de leer, porque tiene dos consecuencias y las dos son grandes. La primera es que el segundo matrimonio de ese hombre no vale nada. La segunda es que la hija de ese segundo matrimonio, que se llama Cressida y que ha cenado en mi casa, no es hija legítima de nadie.

Y hay una tercera.

Del primer matrimonio hubo una criatura. Una niña, nacida en el setenta y dos.

Esa niña, si vive, es la hija legítima y primogénita de Hector Ballantyne, y lo es desde el día en que nació, y no hay nada que él pueda hacer para que deje de serlo.

Sé dónde está. No te lo voy a decir.

Y ahora tengo que explicarte dos cosas y después te dejo.

La primera es por qué no lo he usado en dos años.

Porque con un hombre como ese no se puede usar.

Si yo le enseño esto a Hector Ballantyne, él me paga.

Me paga muy bien, me paga una vez, y a los seis meses el informe de Lorimer se ha perdido, y los dos testigos se han muerto o se han ido a Canadá con el pasaje pagado, y yo me quedo con un dinero que me dura dos años y con la boca cerrada para siempre.

Eso es lo que hace ese hombre. Lo he visto hacerlo con tres personas de esta comarca.

Un arma así solo sirve si no la tienes tú.

La segunda es lo que he hecho con el papel.

El once de septiembre quemé el informe de Lorimer entero en la chimenea de este gabinete, y quemé las tres cartas suyas y el borrador de mi encargo. No queda copia. Lo he hecho a propósito y lo he hecho pensándolo.

Porque un informe se compra, y una copia se roba de la cartera de un procurador, y un papel que está en mi casa está a doce pasos del dormitorio de mi madre.

Lo único que no se puede comprar ni robar ni quemar es un asiento en un registro público de Su Majestad, que está en un libro cosido, en una oficina, en una isla, y del que hay índice.

Por eso te doy la fecha y el sitio y no te doy otra cosa.

Vete a Stornoway. Pide el tomo del setenta y uno. Búscalo con tus ojos.

Y después de haberlo leído tú, y no antes, siéntate en cualquier sitio y quédate quieta un rato.

No te pido perdón, que a estas alturas sería una falta de educación. Te he usado. Un hombre que se está muriendo y se casa en agosto con una mujer a la que ha visto tres veces no está haciendo caridad, y tú lo sabías el día de la capilla mejor que yo.

Lo que hice fue ponerte donde no te alcanza.

Casada conmigo eres la señora de Corrieglass y tienes un apellido y un procurador y una casa con verja.

Soltera y en el muelle eras una mujer a la que ese hombre podía comprar por nueve libras, y de hecho ya te había comprado por nueve libras y no lo sabías.

Te armé. Te lo dije en la galería y no me entendiste y no tenías por qué.

Dos encargos y acabo.

En el cajón de arriba de la mesa del gabinete hay un reloj de plata con la tapa abollada.

Era de mi padre. Lo lleva mi hermano desde el ochenta y cinco sin que sea suyo y sin que nadie se lo haya dado nunca, y esa es la segunda cosa más ruin que he hecho en mi vida y esa la he hecho callándome. Dáselo el día que haga falta.

Y el otro encargo es que no le creas a mi hermano los seis primeros meses.

Va a ser injusto contigo y va a tener la razón de su parte en casi todo menos en ti. Aguántale seis meses. A los seis meses, si no ha cambiado, mándalo al infierno con mi bendición.

Ya está.

Una última cosa, y con esta acabo de verdad.

Sé que lo primero que vas a hacer al terminar esta carta es buscar a alguien que te diga si es verdad, y sé que quien sea te va a decir que no, y que le vas a creer a él antes que a mí, porque él estará vivo y yo no.

Averígualo tú. Si te lo doy escrito, dirás que un moribundo desvariaba.

Postdata, que la escribo a la mañana siguiente porque anoche no me daba el aire.

No le enseñes esto a mi madre. No por lo que estás pensando. Por otra cosa que no te voy a explicar, porque la carta ya es larga y porque tengo la esperanza de estar equivocado.

Alasdair Rathven, de Corrieglass.

Lo que Isla pensó al terminar la cuarta lectura no fue nada de lo que Alasdair Rathven había previsto.

No pensó en el matrimonio de Glasgow ni en la hija que no era legítima de nadie ni en las consecuencias grandes, que la carta subrayaba dos veces.

Pensó en una mujer.

Pensó en una mujer de Lewis que se casó en junio y que firmó un papel, y pensó que en aquella carta esa mujer aparecía tres veces y las tres como una fecha, y que el hombre que la había escrito no se había preguntado ni una sola vez en cuatro hojas qué había sido de ella.

Y después, ya puesta, pensó en la otra. En la de Glasgow. En la chica de dieciocho años que había cenado en aquella casa en octubre y que estaba, sin saberlo, sentada encima de lo mismo.

El sábado por la mañana, cuando Isla llegó a la parte del nombre de la mujer, lo leyó en voz alta como había leído todo lo demás.

—Mór MacAulay.

En la puerta del gabinete, que estaba abierta, pasaba Peigi Ross con una cesta de leña.

Se paró en seco.

Se quedó ahí, en el vano, con la cesta cogida por las dos asas y el peso todavía en las rodillas, y estuvo tres o cuatro segundos sin decir nada.

—¿Qué ha dicho usted?

Isla levantó la cabeza de la hoja.

—Mór MacAulay.

Peigi dejó la cesta en el suelo.

—Mór MacAulay —repitió—. Ese era el apellido que no me salía.

Y después, porque llevaba sesenta y cuatro años en el mundo y cuarenta y nueve en aquella casa y había aprendido a no decir las cosas hasta el final, no dijo nada más.

Se quedó de pie en el vano.

Isla tampoco dijo nada.

Las dos estuvieron así como medio minuto, la una con las cuatro hojas delante y la otra con las manos vacías al lado de una cesta de leña, y en medio minuto no se dijeron ni una palabra y se dijeron la cosa entera.

Después Peigi cogió la cesta, entró, puso la leña al lado de la chimenea de uno en uno los troncos, como si aquello fuera una tarea que requiriese atención, y cuando acabó se enderezó y se limpió las manos en el delantal.

—¿Qué va usted a hacer?

—Ir.

—¿A Lewis?

—A Lewis.

—En enero.

—En enero. —Isla juntó las cuatro hojas y las dobló en tres—. Y se viene usted conmigo, Peigi, porque yo no hablo gaélico y porque usted es la única persona viva que vio a esa mujer con sus ojos.

Peigi miró la cesta vacía.

—Hace veinte años que no me subo a un barco.

—Ya.

—Y me mareo en el carro de la turba.