Capítulo 34
El coche de Inverness subió la avenida el viernes veintiuno de diciembre a las once y veinte de la mañana.
Isla lo vio desde el gabinete, que era donde estaba desde las ocho.
Llevaba desde noviembre trabajando allí todas las mañanas.
Kilgour había escrito en octubre diciendo que, con el vencimiento del treinta y uno de mayo encima, había que tener reunidos y ordenados todos los papeles del difunto antes de que acabara el año, y que eso lo tenía que hacer la propietaria o nadie.
Así que la propietaria lo estaba haciendo.
Tenía el armario de puertas de madera vacío y todo su contenido por la mesa y por el suelo, en montones, atados con bramante y con una etiqueta escrita de su puño: rentas, coto, herrero, boticario, correspondencia de la casa, sin clasificar.
Aquel diciembre había sido el mejor mes de Isla en Corrieglass y ella lo sabía mientras estaba pasando, que es una cosa que no ocurre casi nunca.
Había helado el doce, y desde el doce el suelo estaba duro y la avenida no hacía barro, y por las mañanas la ladera amanecía blanca de escarcha hasta media altura, con la raya de la escarcha bajando un poco cada día.
El once había pagado la cuenta del tendero de Portnabrae, que desde octubre era al contado, y se la había pagado en la tienda, en persona, contando el dinero encima del mostrador delante de cuatro mujeres que estaban comprando.
El catorce había ido al colegio a la entrega de premios de invierno y Torcuil había sacado el segundo de aritmética de todo el curso, y el maestro lo había dicho en voz alta.
El dieciocho, Gavin había subido la última piedra del muro del cercado del este, novecientos metros empezados en el ochenta y seis, y aquella noche habían cenado los cuatro en la cocina, ellos dos, Peigi y el niño, y Peigi había sacado una botella que tenía guardada desde el entierro del viejo señor.
Y Lady Ursula llevaba desde el veintiocho de septiembre sin dirigirle la palabra, cosa que a aquellas alturas era casi un descanso.
Kilgour entró en el gabinete a las once y media con el abrigo todavía puesto y no se lo quitó.
Traía la cartera de cuero contra el pecho, con las dos manos.
—Señora.
—Buenos días, señor Kilgour. Siéntese.
—No.
Isla levantó la cabeza.
El procurador de Corrieglass tenía sesenta y dos años, se había afeitado aquella mañana en el coche como se afeitaba siempre, y estaba de pie en medio de la habitación con cara de hombre que lleva ensayando desde Achnasheen.
—He hecho una cosa mal —dijo—. Y llevo catorce meses sin decírsela, y se la vengo a decir hoy porque anteayer estuve en Inverness con el agente del señor Ballantyne y me di cuenta de una cosa que no quiero llevarme a la tumba. Déjeme hablar entero.
—Hable.
Kilgour dejó la cartera en la mesa y no la abrió.
—El veintisiete de septiembre del noventa y tres, su marido vino a mi despacho.
Firmó la disposición el día anterior y volvió al siguiente con un sobre lacrado.
Me dijo dos cosas. Que se lo entregara a usted al mes del entierro.
Y que no se lo entregara el mismo día del testamento, porque a quien le acaban de dar una casa no lee bien.
—Eso ya me lo dijo usted.
—Le dije que volvía el diecisiete de diciembre. Y volví.
—Volvió y se fue sin verme.
—Volví, subí esa escalera y a los cuatro escalones me encontré con Lady Ursula Rathven.
—Kilgour se pasó la mano por la boca—. Y me pidió la correspondencia personal de su hijo.
Me la pidió en la puerta, antes de que me quitara el abrigo, como madre y como persona que había enterrado a un hijo hacía un mes.
Me dijo que quería revisarla antes de que se dispersara.
—¿Y usted se la dio.
—Yo le di la carpeta entera.
Isla dejó la pluma en el tintero.
—¿Con el sobre dentro?
—Con el sobre dentro.
Nadie dijo nada durante unos segundos. Fuera, en el patio, alguien estaba partiendo leña y se oía cada golpe. Iban de dos en dos, el primero para clavar y el segundo para abrir, y entre tanda y tanda había el silencio justo de poner otro tronco de pie.
—Se lo voy a explicar y no es una excusa —dijo Kilgour—.
Yo aquel día llevaba en la cartera la carpeta de la correspondencia y llevaba el sobre.
Y al dármelo todo junto y pedírmelo todo junto, yo no separé una cosa de otra.
Bajé, pregunté por usted, me dijeron que estaba arriba, esperé veinte minutos en el salón pequeño, tomé una taza de té y me volví a Inverness.
—Usted tenía orden de dármelo a mí.
—Sí.
—Y se lo dio a ella.
—Sí.
—¿Por qué no volvió en enero?
Y ahí Kilgour se quedó parado.
—Porque creí que se lo había dado —dijo al fin—. Y no es verdad del todo, señora. Lo pensé tres veces entre enero y marzo y las tres veces me dije que ya lo haría. Y en abril la detuvieron a usted, y a partir de abril había cosas más urgentes todos los días.
Isla se levantó de la mesa.
Anduvo hasta la ventana. Andaba hasta la ventana cuando tenía que decidir si se enfadaba. Estuvo allí un momento mirando al hombre que partía leña en el patio.
—Siga.
—El lunes pedí la carpeta.
—¿A quién.
—A Lady Ursula. —Kilgour abrió la cartera por fin—.
Le escribí el ocho de diciembre diciendo que necesitaba toda la documentación del difunto para el asunto del vencimiento, y le dije que era por orden de la propietaria, que es verdad, porque usted me lo mandó en octubre.
Y el lunes diecisiete, cuando subí, me la devolvió.
Sacó una carpeta de cartón atada con una cinta.
La puso encima de la mesa, entre los montones.
—¿Entera?
—Diecisiete papeles. Los mismos diecisiete que yo le di, los he contado. —Kilgour puso un dedo encima de la carpeta—. Y el sobre.
—Señora, yo le voy a presentar mi dimisión como procurador de esta casa esta misma mañana y no espero que usted me la rechace.
—No se la acepto.
—No me ha dejado usted acabar.
—No hace falta. —Isla se volvió de la ventana—. Señor Kilgour, en esta comarca hay dos personas que han hecho algo por mí sin cobrar y una es la que está en la cocina. Usted se equivocó en diciembre y me lo ha venido a decir usted solo cuando podía no decírmelo nunca. Siéntese y quédese.
Kilgour se quedó de pie un momento más y después se sentó, y le costó.
Isla deshizo la cinta.
Los diecisiete papeles eran lo que era: cuentas de un sastre de Edimburgo, dos cartas de un club, un recibo de una casa de huéspedes de Roma de mil ochocientos ochenta y cinco, cosas.
El sobre estaba al fondo.
Era grande, de papel grueso, amarillento por el borde, con el nombre de ella escrito en el dorso con una letra que Isla reconoció en un segundo y medio, porque la había visto en los márgenes de un libro de rentas cien veces desde enero.
Señora Rathven.
Debajo, tres palabras más, en la misma letra:
Al mes del entierro.
Y encima del cierre, tapando la juntura, una moneda de lacre rojo oscuro con un sello estampado. El lacre estaba entero y no tenía una sola grieta, y en el reborde, a los dos lados del sello, se veían las marcas de los dedos del que lo había apretado mientras estaba blando. Eran dos, pequeñas.
Isla lo puso debajo de la luz de la ventana y lo estuvo mirando un rato largo, con el corte de la carta todavía sin hacer y el sobre entero en la mano.
—Señor Kilgour.
—Señora.
—Venga usted aquí.
Kilgour se acercó.
—Ese lacre lo he visto yo cien veces en esta casa este otoño —dijo Isla—. En los recibos del coto. En las cartas que salen de aquí. Es un escudo con tres cosas y una franja en diagonal.
—Sí, señora. Es el de los Rathven.
—Pues mire este.
El sello del sobre no tenía escudo.
Tenía una letra sola, una R mayúscula muy adornada, de las de bordar, con una guirnalda alrededor. Era un sello de los que se compran hechos para lacrar cartas personales, de mujer.
Kilgour se puso las gafas y se acercó tres dedos.
Estuvo mirándolo cinco o seis segundos, y a Isla le dio tiempo a verle en la cara el momento exacto en que un hombre honrado de sesenta y dos años se da cuenta de lo que ha hecho.
—Este sello no es el de esta casa, señor Kilgour —dijo ella—. ¿De quién es?
El procurador no contestó.
Y no hacía falta, porque los dos estaban mirando el mismo borde del lacre, donde se veía perfectamente, a contraluz, una segunda capa de cera por debajo de la primera, más oscura y más vieja, de un lacre anterior que alguien había levantado con algo caliente y no había podido quitar del todo.
—¿Lo abrió ella? —dijo Isla.
—Eso no lo puedo decir yo.
—Le he preguntado si cree usted que lo abrió.
Kilgour se quitó las gafas y las limpió con el pañuelo. Las limpiaba siempre antes de decir una cosa que no quería decir.
—Señora, yo llevo treinta y dos años en este oficio. Ese lacre está puesto encima de otro. Eso lo ve un niño.
—Entonces dígalo.
—Lo digo. —Se puso las gafas—. Y le digo otra cosa, que es la que me trae hoy aquí y no el remordimiento, que el remordimiento lo tengo desde marzo.
El lunes, en Inverness, el agente del señor Ballantyne me dijo de pasada que su cliente confía en que el asunto del vencimiento se resuelva en abril, y que no le preocupa, y que no le preocupa desde hace tiempo.
—¿Y?
—Y un acreedor que lleva catorce meses sin preocuparse por una deuda de siete mil doscientas libras, o es tonto o alguien de esta casa le está diciendo algo.
Isla fue a la cocina.
No fue a por Peigi. Fue a por un cuchillo, porque en aquel gabinete no había abrecartas y porque no iba a esperar a que alguien le trajera uno.
Peigi estaba amasando y no levantó la cabeza.
—¿Para qué quiere el cuchillo?
—Para abrir un sobre.
—En el gabinete hay abrecartas.
—En el gabinete no hay nada que no haya mirado yo en dos meses, y abrecartas no hay.
Cogió el de mondar, el pequeño, el de mango negro.
Volvió, se sentó a la mesa, puso el sobre plano, metió la punta por la esquina de arriba y lo abrió a lo largo del canto, de una sola pasada, apretando.
El cuchillo saltó al final, en la última pulgada, donde el papel estaba doblado dos veces.
Le entró en la mano izquierda, en la base del pulgar, y le hizo un corte de dos dedos que empezó a sangrar en seguida.
Isla miró el corte un segundo, vio que sangraba de los que sangran mucho y cierran solos, y se envolvió la mano en el delantal sin levantarse.
Con la derecha sacó las hojas.
Eran cuatro, dobladas en tres, escritas por las dos caras con una letra apretada que se iba torciendo hacia abajo al final de cada página.
Las abrió en la mesa y leyó la primera línea.
No era «querida Isla». No era «señora Rathven». No era ningún saludo.
La primera línea de la primera hoja era una fecha y un lugar.
Stornoway, 14 de junio de 1871.