Capítulo 33
El día de San Martín se cobran las rentas y hay feria.
En Portnabrae la feria se pone el miércoles anterior al término, en la explanada de detrás de la casa de comidas, y la renta se cobra el mismo día en el cuarto de atrás de la fonda, desde las diez hasta que se acaban los arrendatarios.
El miércoles siete de noviembre de mil ochocientos noventa y cuatro se cobró como todos los años.
Lo que no era como todos los años era quién estaba sentada detrás de la mesa.
En los últimos veinte años se habían sentado ahí tres personas.
El factor de Dingwall hasta el ochenta y seis.
Gavin Rathven del ochenta y seis al noventa y tres.
Y ahora la propietaria, porque era la propietaria y porque Kilgour había escrito en octubre diciendo que en la situación en que estaba la finca convenía que los recibos los firmara ella de su mano.
Gavin le dijo que no bajara.
Se lo dijo el lunes, el martes por la mañana y el martes por la noche, y las tres veces le contestó lo mismo, que eran cuarenta y dos recibos y que los firmaba ella.
Bajaron a las nueve y media en el carro.
El cuarto de atrás de la fonda tiene una mesa, dos sillas, una ventana a la explanada y una puerta que da al pasillo. Isla se sentó en la silla de dentro con el libro de rentas, el talonario y el tintero. Gavin se puso de pie detrás, a la izquierda, contra la pared.
El primero entró a las diez y dos minutos.
Fue Murdo. Murdo se había puesto el primero a propósito y se había ido a la puerta de la fonda a las nueve y cuarto para asegurarse de que se ponía el primero, y eso Gavin lo entendió más tarde.
Entró, se quitó la gorra, dijo buenos días señora, puso el dinero contado encima de la mesa y esperó de pie a que ella escribiera el recibo.
Isla lo escribió despacio. Nombre, cantidad, término, fecha y firma.
Escribía con la mano derecha apoyada de canto en el papel y llevaba los dos dedos del medio envueltos en trapo limpio, porque en cinco meses de coser sacos se le había abierto otra vez la base de los dedos y en noviembre, con el frío, aquello no se cerraba.
Los cuarenta y dos arrendatarios de Corrieglass vieron aquellas manos de cerca aquella mañana, de uno en uno, a dos pies de distancia, escribiendo su nombre y la cantidad que acababan de contarle delante.
Eso valió más que el sermón del reverendo Bain.
—Aquí tiene.
—Gracias, señora.
Y salió al pasillo, donde estaban los demás esperando, y lo dijo en gaélico en voz lo bastante alta, porque había salido al pasillo a decir justo eso: que la señora escribía mejor que el factor de Dingwall y que había firmado el recibo ella.
Pasaron treinta y nueve.
Faltaron tres. Uno estaba enfermo. Los otros dos no fueron y los dos mandaron el dinero con un vecino, que es la manera educada de no ir.
De los treinta y nueve, veintitrés dieron los buenos días, once entraron y salieron sin decir nada y cinco dijeron algo más.
Los cinco que dijeron algo más fueron estos.
Iseag Nicolson, que no era arrendataria y que no tenía nada que pagar, entró detrás de su cuñado, se quedó en la puerta y dijo en gaélico que aquella casa suya la habían levantado otra vez en mayo y que el techo estaba puesto.
El viejo Robert Macrae, que tiene ochenta y dos años y el primer renglón del libro, le preguntó a la señora si era verdad que había aprendido a leer en un año, y cuando ella dijo que sí, dijo que él nunca había podido y que ya no iba a poder.
Calum Beaton dejó en la mesa, además del dinero, un tarro de mantequilla salada.
Una mujer de la parte de arriba entró, pagó, cogió el recibo y dijo desde la puerta, sin volverse, que su marido no estaba de acuerdo con que ella hubiera venido.
Y el último de los cuarenta y dos, un hombre de cincuenta años que se llama Nicolson y no es pariente de los del llano, puso el dinero, esperó el recibo y dijo que lo del cementerio de abril le parecía una vergüenza y que él no estaba allí.
Acabaron a la una menos veinte.
La explanada de la feria estaba llena cuando salieron.
Hay que cruzarla para llegar al sitio donde se dejan los carros. Son ochenta pasos entre los puestos, con la gente parada, y el miércoles de San Martín en Portnabrae hay cuatrocientas personas.
Se fue haciendo un pasillo.
Eso pasó otra vez, como en la cuesta del cementerio en abril: la gente se apartaba y no decía nada, y se iba quedando callada por delante y volvía a hablar por detrás.
A los cincuenta pasos, a la altura del puesto del hojalatero, un hombre dijo una cosa.
Lo dijo en voz alta y lo dijo para que se oyera y se oyó. Eran siete palabras, y las siete iban de lo que una mujer le hace a un hombre en una cama para que ese hombre le deje una casa.
Gavin ya estaba encima antes de que acabara la frase.
No lo golpeó. Ese fue el detalle que después le costó explicarse.
Le metió el hombro debajo del pecho, lo levantó dos dedos del suelo y lo tiró de espaldas contra el puesto del hojalatero, y se le fue encima, y le puso la rodilla derecha en el esternón y la mano izquierda abierta en la garganta, no cerrada.
La mano derecha la tenía levantada.
Estuvo así como dos segundos, que es mucho tiempo con cuatrocientas personas mirando.
El hombre tenía treinta y tantos años, era de la parte de arriba del pueblo y se llamaba Angus Tulloch, y Gavin lo conocía de toda la vida y le había arreglado el tejado en el noventa y uno.
Bajó la mano derecha.
Se levantó, tiró de él por la pechera hasta ponerlo de pie, le soltó y se apartó dos pasos.
—Levanta el puesto —le dijo al hojalatero—. Lo que se haya roto lo pago yo.
Y después se dio la vuelta.
Se dio la vuelta entera, despacio, mirando a la gente, y habló alto, porque estaba en una explanada al aire libre y tenía que oírse hasta el fondo.
No había preparado nada. Después, cuando lo pensó, se dio cuenta de que en realidad llevaba desde el veintiocho de septiembre preparándolo.
—Esta mujer es la señora de Corrieglass —dijo—. El que no lo trague, que se busque otra parroquia.
Y ya está. No dijo nada más.
Nadie contestó. Un puesto de más allá siguió pregonando dos segundos y se calló él solo.
Gavin cruzó los treinta pasos que quedaban con ella al lado, subieron al carro y se fueron.
Volvieron por el camino de arriba y a media cuesta ella dijo que quería andar, y bajaron del carro y mandaron al mozo delante con él.
Anduvieron las dos millas que quedaban.
Ya era casi de noche. En noviembre, a las cuatro y media, en aquella latitud, la luz se va en veinte minutos.
—El veintiséis de febrero me dijiste una cosa —dijo Gavin.
—Me acuerdo.
—Me dijiste que me lo contestabas el día que te lo preguntara a solas.
—Sí.
—Estamos solos.
Isla anduvo unos pasos más.
Y se lo contó entero.
Le contó lo de Ceitidh Fearn, que era la mayor de las tres y que tenía diecinueve años en el ochenta y siete.
Le contó lo del encargado de báscula de la estación de curado, que en aquel entonces tenía treinta y uno, y le dijo el nombre, que Gavin conocía, y le dijo dónde se sienta en la iglesia.
Le contó las cinco libras que cobró Tam Fearn en el ochenta y seis y en qué se fueron y cuánto duraron.
Le contó el barracón, el parto, los siete días de fiebre y los tres días que tardó Tam en subir.
Le contó que a ella le pusieron al crío en los brazos porque era la que estaba de pie, con quince años.
Y le contó lo del veinte de febrero en la calle del muelle, y lo del dos de marzo en la cocina, y por qué le dio cuatro libras y una dirección de Dundee a una chica de diecisiete años que había subido a mentir.
—Podías haberlo dicho en febrero —dijo Gavin.
—Sí.
—¿Por qué no lo dijiste?
—Porque ese hombre tiene mujer y tres hijos y banco propio, y yo no tenía nada. —Isla se recolocó el chal—. Y porque si lo digo, la que queda mal en este pueblo es una muerta de diecinueve años, y esa muerta es mi hermana.
Anduvieron un rato sin hablar.
—Yo te lo pregunté delante de siete personas —dijo él.
—Sí.
—En el camino. Con el crío de la mano.
—Sí.
—¿Y por qué no me mandaste al infierno allí mismo?
Isla se paró.
Se paró en la cuesta, a la altura del primer abeto, y se volvió a mirarlo, y ya estaba lo bastante oscuro para que Gavin le viera la cara solo a medias.
—Porque tu hermano me dijo en noviembre que no te creyera —dijo—. Que ibas a ser injusto seis meses y que yo iba a tener razón, y que no te lo creyera. Y llevo desde entonces sin creérmelo.
Y siguió subiendo.
Entraron en la casa a las cinco y diez.
Cenaron abajo, en la cocina, con Peigi y con el crío, porque el comedor de arriba llevaba cerrado desde marzo.
Torcuil contó, con las manos, cuántos arrendatarios habían pagado, porque se lo había contado el mozo y se lo había aprendido.
Treinta y nueve.
Después dijo que en la escuela le habían dicho una cosa el martes y que no la iba a decir, y nadie le preguntó cuál.
A las nueve, Peigi subió a acostar a Torcuil.
A las nueve y veinte, Isla cogió la lámpara de la mesa de la cocina, se levantó y se paró un momento en el arco de la escalera de servicio.
No dijo nada.
Se quedó ahí, con la lámpara en la mano, y subió el primer escalón.
Gavin fue detrás, y en los diecisiete escalones de aquella escalera pensó dos cosas.
La primera fue que si su madre bajaba a la cocina en los tres minutos siguientes, aquello no pasaba.
La segunda fue que llevaba desde el veintiocho de marzo, desde un llano lleno de agua, sabiendo exactamente lo que le estaba pasando, y que no se lo había dicho ni a sí mismo en voz alta ni una sola vez en siete meses.
Su madre no bajó.
Amaneció gris a las siete y veinte.
Llovía otra vez y la habitación estaba fría porque la chimenea se había apagado a las tres.
Gavin se vistió de espaldas a la ventana. Se puso la camisa, el chaleco y el kilt, y se pasó las manos por el pelo para echárselo hacia atrás, y se abrochó los botones del chaleco de abajo arriba, que era como se los abrochaba.
Al llegar al de arriba, cogió la cadena del ojal con dos dedos y la iba a meter en el bolsillo, como todas las mañanas.
La cadena colgó.
Colgó recta desde el ojal, con los eslabones y la barrita del final, y sin nada en la punta.
Desde la cama, Isla lo estaba mirando.
Llevaba mirándolo desde que se levantó, y a Gavin le dio tiempo a pensar, en medio segundo, que aquella mujer llevaba cuatro meses sin preguntar por qué llevaba un hombre una cadena de reloj sin reloj.
No preguntó tampoco aquella mañana.
Gavin cogió la cadena entera, la enrolló dos veces alrededor de los dedos y se la metió en el bolsillo del chaleco, toda, hasta que no se vio.