Capítulo 32
El coche entró en Portnabrae el viernes veintiocho de septiembre a las cuatro y diez de la tarde.
Habían salido de Inverness a las siete de la mañana. Gavin había pagado el coche con lo último que le quedaba, que eran nueve chelines de Carruthers, porque no pensaba subir a la señora de Corrieglass en el carro del correo con cinco desconocidos mirándole la cara ocho horas.
Iban los dos solos dentro.
No hablaron en ocho horas más de lo que hace falta para pasar una manta.
A la altura del cobertizo de las redes, Gavin se dio cuenta de que la calle del muelle se estaba vaciando.
No de golpe. No era que la gente se metiera corriendo. Era que a cuarenta pasos por delante del coche, según avanzaba, se iban acabando las conversaciones y la gente iba entrando en los portales y en las casas sin prisa, como quien se acuerda de que tenía algo al fuego.
Cuando el coche llegó a la plaza no quedaba nadie en la calle.
En la puerta de la casa de comidas quedó un perro atado y nada más.
Eran las cuatro y diez de la tarde de un viernes de finales de septiembre, con la temporada acabada y los barriles apilados en el muelle esperando al vapor. En Portnabrae, a esa hora y en esa fecha, hay siempre treinta personas en la calle.
Eso fue lo peor de la tarde. Gavin lo pensó entonces y lo siguió pensando años: que si alguien hubiera gritado, si alguien les hubiera tirado algo en la plaza, él habría sabido qué hacer.
En la verja había gente.
Se veía desde el recodo, a media milla, un grupo oscuro debajo de los abetos, a los dos lados del camino de grava.
El cochero aflojó.
—Señor.
—Siga.
—Señor, hay treinta o cuarenta.
—Que siga usted.
La verja estaba abierta de par en par. Desde noviembre se quedaba así, porque ya no había quién la cerrase y porque ya no venía nadie a quien cerrarle.
Cuando el coche llegó a los pilares, el grupo de la izquierda se corrió hacia el camino.
Eran veintitantos. Gavin los conoció a casi todos: gente del pueblo, dos de la ladera, tres mujeres, un par de críos que estaban allí porque estaban sus padres. Y al fondo, apoyado en el muro, un hombre alto con una chaqueta que Gavin no le había visto nunca, que era Tam Fearn.
Salió la primera piedra cuando el coche estaba entre los pilares.
Dio en la caja, atrás, y sonó a hueco.
Después salieron doce o quince, en cuatro o cinco segundos, como sale siempre la segunda tanda, y dieron en la caja, en el estribo, en la rueda y en el pilar de la derecha, y una entró por la ventanilla de arriba, que estaba bajada dos dedos, y fue a dar en el respaldo entre las dos cabezas.
El caballo se plantó.
Gavin abrió la portezuela y se bajó.
Y aquí es donde hizo lo que hizo, y lo estuvo pagando dos meses.
Se bajó y fue hacia delante. Fue a la cabeza del caballo, lo cogió del bocado con las dos manos y lo sujetó, que es lo que hay que hacer con un caballo plantado en medio de una pedrada y es lo primero que aprende cualquiera que haya llevado una finca.
Se puso delante del caballo.
No delante de la portezuela.
Estuvo allí lo que duró aquello, que fueron cuarenta segundos más, con el animal temblándole debajo de las manos y las piedras pasando, y no se dio la vuelta ni una vez a mirar el coche.
Cuando se acabó, y se acabó solo, porque estas cosas se acaban solas, lo primero que vio al girar la cabeza fue una bola de piedra partida en tres pedazos encima de la grava.
Era la del pilar de la derecha. La habían descabezado con una piedra de las de la playa, de las redondas, que alguien había subido en un saco desde el muelle, porque en un camino de grava no hay piedras de ese tamaño.
Eso quería decir que lo habían traído.
Que no era gente que pasaba por allí y se calentó. Que alguien había bajado a la playa aquella mañana, había escogido piedras de mar, las había metido en un saco y las había subido media milla.
El grupo se fue deshaciendo. Se fueron en dos minutos, camino abajo, sin correr, hablando entre ellos.
Gavin soltó el bocado y volvió al coche.
Isla estaba sentada donde la había dejado.
Tenía la manta en las rodillas y las manos encima de la manta, y en el respaldo, a cuatro dedos de su hombro derecho, estaba la piedra que había entrado por la ventanilla, parada contra la costura.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Te ha dado alguna?
—No.
Gavin se quedó con la mano en el marco de la portezuela.
—Tenía que sujetar al caballo —dijo.
—Ya lo sé.
—Si se desboca aquí, con la gente delante, hay un crío debajo.
—Ya lo sé, Gavin.
Lo dijo sin ninguna intención y le salió peor que si la hubiera tenido.
Aquella noche, en la casa, no cenó nadie en el comedor.
La señora Kinnaird había mandado poner la mesa del comedor grande para tres, como correspondía y como no se hacía desde marzo, y a las siete y media bajó Lady Ursula, se sentó, miró las otras dos sillas vacías y cenó sola en cuarenta minutos.
Isla cenó en la cocina con Peigi y con el niño.
Gavin no cenó. Estuvo hasta las once en la oficina de rentas con el libro del noventa y cuatro abierto, apuntando la cuenta de los desperfectos del coche, que subieron a una libra y dos chelines entre el cristal de la ventanilla y la moldura del estribo, y lo apuntó en la columna de reparaciones de la casa, porque no había otra columna donde ponerlo.
El domingo treinta, el reverendo Ruaridh Bain predicó sobre el veredicto.
La capilla estaba llena. Habían venido a ver qué decía, que es por lo que se llena una iglesia en una comarca así.
No lo alargó. Habló once minutos.
Dijo que un tribunal de este reino había dictado un veredicto de no probado sobre una mujer de esta parroquia y que ese veredicto tenía un significado exacto y uno solo.
—No probado quiere decir que no sabemos —dijo—. Y no saber no da derecho a nada.
Después dijo que no daba derecho a apedrear una verja.
Que no daba derecho a cruzar de acera. Que no daba derecho a mirar a un crío de siete años en la escuela de una manera determinada, y que sabía perfectamente quién había mirado a aquel crío de esa manera el martes porque se lo habían contado el martes.
Y acabó diciendo que el que quisiera condenar a alguien podía hacerlo, pero que lo hiciera en su casa y no en aquella parroquia, y que el domingo siguiente él estaría allí a las once.
En dos semanas dejaron de venir cuarenta y dos personas.
En seis semanas, sesenta y una. La congregación de Portnabrae tenía ciento noventa y cuatro miembros en septiembre y tenía ciento treinta y tres en Navidad, y de los sesenta y uno que se fueron, cincuenta y cuatro se pasaron a la parroquia de la iglesia establecida de Lochcarron, que estaba a siete millas y a la que iban andando.
Bain no volvió a mencionarlo desde el púlpito ni una sola vez.
En enero le escribió al presbiterio pidiendo el traslado y en marzo retiró la petición, y de eso no se enteró nadie en Portnabrae hasta mucho después.
En la semana siguiente al veredicto pasaron tres cosas en Corrieglass.
La primera, que el sábado veintinueve por la mañana subió el chico del tendero con el pedido y dijo, en la puerta de la cocina y sin que nadie se lo preguntara, que su padre decía que a partir de ahora la cuenta de la casa se pagaba al contado y no a fin de mes.
La segunda, que el lunes uno de octubre, el maestro de Portnabrae mandó una nota diciendo que el niño Torcuil Fearn había faltado el jueves y el viernes, y que él no había mandado ninguna nota pidiendo que faltara.
Peigi lo había tenido en la cocina los dos días. Lo había decidido ella sola el jueves a las ocho de la mañana y no se lo había dicho a nadie.
La tercera fue la señora Kinnaird, que el domingo por la noche pidió hablar con Lady Ursula y estuvo con ella veinte minutos, y a partir del lunes empezó a subirle a la señora Rathven el agua caliente a las ocho menos cuarto, que era antes que a las ocho, y no era antes que a las siete menos diez.
El martes dos de octubre, Lady Ursula mandó llamar a su hijo al salón pequeño.
Tenía el libro cerrado encima de las rodillas y las manos encima del libro.
—Gavin, tenemos que hablar de una cosa y vamos a hablarla como personas razonables.
—Diga usted.
—Esa mujer no puede quedarse.
—Es la propietaria.
—Esa mujer no puede quedarse en esta comarca, que es distinto. —Lady Ursula se recolocó las manos—. He estado pensando y creo que hay una solución que le conviene a ella más que a nadie.
—¿Cuál.
—Glasgow. O Dundee, que tiene allí a la hermana. Una renta pequeña y segura, cuarenta libras al año, pagaderas por trimestres, con cargo a la finca.
—La finca no tiene cuarenta libras.
—La finca encontrará cuarenta libras. —Y aquí bajó un poco la voz, que era lo más parecido a la ternura que hacía aquella mujer—. Hijo, piénsalo. Ella se va, se lleva al niño, cobra todos los trimestres y nadie le vuelve a tirar una piedra en su vida. Y esta casa vuelve a ser una casa.
—¿Y la propiedad?
—La propiedad sigue siendo suya. Nadie le quita nada.
—¿Y quién lleva la finca?
—La llevas tú. Como la has llevado siempre.
Gavin estuvo en aquel salón otros veinte minutos.
Y después, en el pasillo, se dio cuenta de que en aquellos veinte minutos no había dicho que no en ningún momento y tampoco había dicho que sí, y de que la única frase que le había salido de dentro, a los dos segundos de oír la palabra Glasgow, se la había tragado.
La frase era no.
Bajó al patio y salió a la avenida.
Se acercó a los dos pilares y esperó allí, con las manos en los bolsillos, mirando el de la derecha, que estaba descabezado y con el remate partido en tres pedazos encima de la grava desde el viernes, porque nadie los había recogido.
Se agachó.
Los tres pedazos estaban donde habían caído el viernes. Nadie los había tocado en cuatro días, y en aquella casa, en los tiempos del viejo señor, una piedra en la grava de la avenida no duraba una mañana.
Cogió el pedazo mediano, el de la parte de arriba, que tenía todavía un trozo de la curva y pesaba como un ladrillo.
Pesaba lo que pesa la piedra de esta comarca, que es mucho para el tamaño. Tenía la cara de fuera lisa de ochenta años de lluvia y la de la rotura áspera y clara, con la mica brillando dentro.
Se lo llevó a la casa, lo puso en la mesa del vestíbulo, al lado de la bandeja de la plata alquilada, y se fue a cenar.