Capítulo 31
El jurado se retiró a las siete y dos minutos de la tarde del martes veinticinco de septiembre.
¿Cuánto tardan quince hombres en decidir una cosa así?
Cressida no lo sabía y no había nadie a quien preguntárselo, porque su padre se había vuelto a Glasgow el lunes por la noche en cuanto ella acabó de declarar y le había dejado dicho que volviera el jueves con la señora Wardlaw.
Los hombres del jurado salieron en fila por la puerta de la izquierda.
Eran quince y Cressida se los había ido mirando a lo largo de dos días desde la tribuna, porque no había otra cosa que hacer.
Había un carnicero de Academy Street. Había dos granjeros de la parte de Beauly, que se sentaban juntos y se hablaban al oído.
Había un hombre muy joven, de veintitantos, que no había levantado la cabeza en dos días.
Había un tratante de lana de Tain con la cara colorada.
Se fueron y la sala se quedó en la cosa esa que se queda una sala cuando sale el jurado, que no es silencio.
Se puso todo el mundo a hablar a la vez y en voz baja.
La sala olía a lana mojada y a gas. Habían encendido las lámparas a las seis y media y el aire de la tribuna se había vuelto espeso y un poco dulzón, como de sacristía. Cressida se desabrochó el botón del cuello y se lo volvió a abrochar.
Cressida contó cincuenta y cinco minutos en el reloj de la pared del fondo y los contó de cinco en cinco.
Lord Craigrannoch no se retiró. Se quedó en el estrado alto escribiendo, con la peluca puesta, y de vez en cuando se llevaba la mano a la espalda.
El señor Menzies salió al pasillo y volvió a los diez minutos.
A la acusada la sacaron por la puerta de abajo y la volvieron a meter a los veinte, con los mismos dos agentes, y la sentaron otra vez en el banquillo.
En esos veinte minutos, Cressida bajó al vestíbulo a por agua y volvió, y por el camino oyó a dos hombres apostar.
Apostaban chelines y lo hacían en voz normal, como se apuesta en una feria.
Uno decía que en media hora estaba resuelto.
El otro decía que un jurado de Inverness no hace nada en media hora.
No apostaban por la mujer. Apostaban por el reloj.
Llevaba el vestido negro los dos días, salvo un rato.
Eso lo había notado Cressida el lunes y no se lo había explicado hasta que Carruthers se lo dijo a Menzies en el pasillo, sin bajar la voz, delante de ella.
Que el vestido de estameña de la señora había llegado a Inverness con la caja de la cárcel y que estaba manchado de moho de cinco meses de un depósito húmedo, y que por eso la mujer de Peigi Ross había mandado el otro.
El otro era el color crema.
Se lo había puesto el lunes por la mañana durante cuarenta minutos, hasta que Carruthers lo vio, salió de la sala y volvió con el negro cepillado a medias, y lo cambiaron en el cuarto de abajo antes de que entrara el jurado.
Cuarenta minutos.
Cressida había visto a la viuda de Corrieglass sentada en un banquillo con el vestido con el que se había casado, y había sido lo único de los dos días que le había parecido insoportable.
En la tribuna de arriba, con Cressida, había catorce personas.
Había dos periodistas, uno del «Inverness Courier» y otro de Glasgow, que escribieron los dos días sin parar.
Había un matrimonio de Beauly que había venido las dos jornadas con el almuerzo en una cesta.
Había tres mujeres de Portnabrae que habían hecho las ocho horas de viaje y que no se hablaban entre ellas.
Y había un hombre viejo, muy derecho, con el sombrero en las rodillas, que Cressida no supo quién era hasta que lo vio llorar sin hacer ruido cuando declaró la cocinera, y que era Fearchar, el que abre la capilla de Portnabrae, que había declarado el lunes de lo que oyó en la calle del muelle y que había vuelto el martes por su cuenta y a su costa.
Gavin Rathven estaba en el banco de atrás del todo, a la derecha, en el sitio donde se sienta el que no quiere que le vean la cara.
Llevaba allí desde el lunes a las diez. No se había acercado al banquillo ni una vez, porque no dejaban.
En los dos días, Cressida lo vio hacer una sola cosa: cuando declaró el hombre del muelle y dijo aquello de que la acusada lo dijo como quien apunta un barril, Gavin Rathven se levantó.
Se levantó despacio, del todo, en mitad de la sala.
No dijo nada. El ujier fue hacia él y se volvió a sentar antes de que llegara.
Fue un segundo y medio y no lo vio casi nadie.
Hector Ballantyne no estaba en la sala.
Había estado el lunes hasta las cuatro de la tarde, sentado en el segundo banco, con el abrigo doblado en las rodillas, y se había ido a las cuatro y cuarto sin esperar a que acabara la sesión.
Cressida lo había visto irse desde la tribuna y había entendido perfectamente por qué se iba: porque el hombre que declara el lunes ya no hace falta el martes, y porque a un acreedor no le conviene que lo vean en la sala el día del veredicto.
Su padre llevaba desde el lunes a las once de la noche en Glasgow, y el martes, a las siete y dos minutos de la tarde, estaría cenando.
Cressida hizo la cuenta desde la tribuna, porque era la cuenta de su casa y se la sabía.
Si el jurado decía culpable, la finca de Corrieglass la venderían los administradores del difunto en los cuatro meses siguientes.
En una venta así no puja nadie contra el acreedor.
Su padre se la quedaría por las siete mil doscientas, o por menos, y tendría cuatro mil ochocientas libras de tierra, una casa, cuarenta y dos arrendatarios y todo el frente del muelle norte.
Si el jurado decía no culpable, tendría que negociar con una mujer de veintidós años que sabía contar.
A los veinte minutos de espera, la sala se fue vaciando a medias. Salió gente a fumar a la escalinata y volvió. Un ujier apagó dos lámparas del fondo y las volvió a encender cuando lord Craigrannoch levantó la cabeza.
En los bancos de abajo, una mujer sacó pan y queso de un pañuelo y comió sin esconderse. Nadie la miró mal. A las siete y media, en una sala que espera, comer es lo normal.
A los treinta y cinco, el señor Menzies se acercó al banquillo, se inclinó y le dijo algo a la acusada por encima de la barandilla.
Cressida lo vio desde la tribuna y le vio la cara a la mujer mientras se lo decía.
Después supo lo que le había dicho, porque se lo contó Carruthers en el pasillo sin darle importancia: que cuando un jurado escocés tarda más de media hora, casi nunca es para condenar, y que casi nunca no es nunca.
Volvieron a las siete y cincuenta y siete.
Cincuenta y cinco minutos.
Entraron en fila por donde habían salido y se sentaron, y el que iba delante, que era el tratante de lana de Tain, se quedó de pie.
En la sala no se movió nadie.
—Señores del jurado, ¿han llegado ustedes a un veredicto?
—Sí, señoría.
—¿Es unánime o por mayoría?
—Por mayoría, señoría.
—¿Y cuál es su veredicto?
—No probado.
Se oyó bien. El hombre de Tain lo dijo alto y lo dijo en dos palabras y después se sentó.
Cressida no supo lo que significaba.
Lo supo por lo que pasó después, que fue nada.
No hubo grito. No hubo golpe de martillo. El señor Menzies cerró una carpeta. El depute de la Corona se volvió a decirle algo a su pasante. Lord Craigrannoch dijo cuatro frases en las que había la palabra libre, y el ujier abrió la puerta de abajo del banquillo.
Y por toda la sala, de banco en banco, empezó un murmullo.
No era de enfado. No era de alivio.
Era el ruido que hace la gente que ya tiene lo que ha venido a buscar. Era el ruido de sesenta personas empezando a pensar cómo van a contar eso esta noche en su casa, y todas lo iban a contar igual, y ninguna iba a decir la palabra inocente.
En el banquillo, la mujer del vestido negro se levantó.
Se levantó sola, sin que la ayudaran, y siguió de pie, agarrada a la barandilla, mirando al tratante de lana de Tain, que ya se había sentado.
Y Cressida, desde la tribuna, a quince pasos, le vio la cara en el momento exacto en que lo entendió.
No fue un derrumbe. Fue una cosa más pequeña y mucho peor: fue la cara de alguien que ha estado cinco meses preparándose para dos palabras, culpable o no culpable, y a quien acaban de decir una tercera que no había ensayado.
El escribiente del tribunal lo apuntó en el libro con la misma letra con la que había apuntado las otras cuarenta cosas de aquellos dos días, sin apretar más.
No probado.
Antes de bajar, desde la tribuna, vio salir al jurado por segunda vez.
El tratante de lana de Tain iba el primero y no miró a nadie. El hombre joven de veintitantos, el que no había levantado la cabeza en dos días, salió el penúltimo y sí la levantó, y miró al banquillo vacío durante cuatro o cinco segundos antes de seguir.
Los dos granjeros de Beauly salieron juntos hablándose al oído, como habían entrado.
Cressida bajó de la tribuna y salió a Castle Street a las ocho y veinte.
Llovía flojo y de lado, de esa manera que no moja el abrigo y moja el cuello. Había gente en la escalinata esperando para ver salir a la viuda y no la dejaban salir todavía porque tenían que firmarle el despacho.
Se quedó debajo del alero.
Y dentro de su cabeza, mientras esperaba el coche, oyó la voz de su padre, que no estaba allí y que no lo había dicho todavía y que se lo iba a decir el jueves en el desayuno de Glasgow, palabra por palabra, doblando el periódico:
Una condena se cumple y se acaba, hija. Esto no se acaba nunca.
Le llevó tres semanas entender que su padre había ganado.
Aquella noche, en la fonda, sacó el bolso de tafilete y metió la mano en el fondo, debajo del forro suelto, donde había tenido el frasco desde el quince de marzo hasta el catorce de abril.
No había nada.
Estaba en una bandeja con una etiqueta atada, en el depósito de pruebas del Alto Tribunal de Inverness, desde el lunes por la mañana.
Cressida se quedó con la mano dentro del bolso un rato largo, tocando el forro por dentro, donde la costura estaba un poco dada de sí de cuatro semanas con un frasco de vidrio metido ahí.
El tafilete cedía en un punto del tamaño de una moneda.
Se lo apretó con el pulgar desde fuera para ver si volvía a su sitio. No volvía.
Después lo cerró, lo dejó en la silla y apagó la vela.