La heredera que no existía Capítulo 30
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Capítulo 30

Leyeron la declaración el martes a las diez y cuarto de la mañana.

La leyó el escribiente del sheriff de Dingwall, el mismo que la había copiado en abril, de pie, con los tres pliegos en la mano y la voz que se pone para leer en una sala grande.

Tardó veintiséis minutos.

Isla la había leído dos veces en la celda y se la sabía. Lo que no sabía era cómo suena.

Suena así: suena a que la persona que habla ahí dentro va contestando de una en una y va cerrando puertas, y no hay nada entre una frase y la siguiente.

En el cuarto de Dingwall había habido ratos.

Había habido un hombre que preguntaba, y un silencio, y otra pregunta desde otro lado, y ella pensando. Eso no está en el papel.

En el papel hay veintiséis minutos seguidos de una mujer diciendo que le daba ella el láudano, que no había nadie más, que dormía sola en aquel cuarto, que lo heredaba todo y que sabía que había una deuda.

Al minuto catorce, Isla se dio cuenta de una cosa.

Había una frase mal.

No mal copiada. Mal dicha por ella. Era donde contaba lo de las dos noches de noviembre en que le dio veinte gotas en vez de quince, y el papel decía, porque ella lo había dicho así, que se lo había dicho el doctor Farquhar en una nota y que la nota no la tenía.

Lo que ella había querido decir, y lo que tendría que haber dicho, era que aquellas dos noches el doctor había subido a la casa y se lo había dicho delante de Peigi, y que la nota vino después, con la dosis apuntada, porque en octubre ella no sabía leer y el doctor se lo escribía todo a Peigi y a ella se lo decía de palabra.

Peigi estaba viva. Peigi estaba en la lista de testigos.

Una frase.

Isla se movió por primera vez en cuarenta minutos y se inclinó hacia el agente de su izquierda.

—Quiero decir una cosa.

—Ahora no, señora.

—Es de lo que está leyendo.

—Ahora no.

Al acabar la lectura, el señor Menzies se volvió desde su banco y le hizo una señal con dos dedos para que se acercara al borde del banquillo.

Isla se lo dijo en voz baja, deprisa, en cuatro frases.

Menzies la escuchó con la cabeza de lado.

—¿Está segura?

—Estoy segura. Y estaba Peigi Ross delante.

—Bien. Eso lo saco yo esta tarde con la testigo.

—Yo quiero decirlo.

El abogado la miró.

Era un hombre de cuarenta y tantos años, de Edimburgo, con la peluca un poco torcida, y no era mala persona, y llevaba dos días haciendo lo que podía por ochenta y cuatro libras y catorce chelines.

—Señora, usted no va a decir nada.

—¿Cómo?

—No puede usted hablar. Ni hoy ni mañana. Usted aquí solo escucha.

—¿En todo el juicio?

—En todo el juicio. La ley no permite que un acusado declare en su propia causa. Ni para bien ni para mal. Usted no puede subir ahí.

Y se volvió, porque ya estaban llamando al testigo siguiente.

Isla se quedó con la espalda contra la madera del banquillo.

Le llevó un rato entenderlo del todo, y cuando lo entendió del todo no fue por el juicio.

Fue porque se acordó de una cosa muy antigua.

De que a los doce años, en la estación de curado, un escribiente le había contado mal un cajón y ella había dicho que no, que eran diecisiete, y el hombre le había dicho que las manos no cuentan.

Y ella había contado el cajón otra vez en voz alta delante de tres mujeres hasta que el escribiente lo apuntó bien.

Toda la vida contestando.

Y ahora tenía la única cosa suya de verdad, que era decir lo que había pasado, y la ley del reino decía que no.

Declararon once testigos entre las once menos veinte y las cinco de la tarde, con una hora de descanso a la una.

En el descanso la bajaron al cuarto de abajo y le dieron pan y té, y no pudo comer el pan.

Desde allí se oía la sala de arriba a través del techo, sin palabras: los pasos, las sillas, la voz del ujier llamando al siguiente. Isla estuvo la hora entera sentada en un banco escuchando el ruido de su propio juicio por encima de la cabeza.

A las dos volvieron a subirla.

Declararon once.

Declaró el doctor Farquhar, que dijo que había prescrito quince gotas, que había marcado el frasco, que había subido dos veces en noviembre y que en una de esas dos veces había autorizado veinte gotas dos noches. Lo dijo él solo, sin que se lo sacaran. Fue lo único bueno de la tarde.

Declaró el químico de Edimburgo, cuarenta minutos, y no se entendió casi nada, y el jurado se quedó con lo que se queda cualquiera: que había morfina de más.

Declaró el escribiente del juzgado de Dingwall y leyó el inventario de lo que llevaba encima la acusada el día de la detención, y al llegar al cuchillo de destripar hubo movimiento en la sala.

Menzies se levantó y preguntó al testigo si sabía qué oficio había tenido la acusada durante diez años. El testigo dijo que no lo sabía.

Declaró la señora Kinnaird, ama de llaves, cincuenta y dos años.

Dijo la verdad. Dijo que la señora subía a las ocho y media y bajaba a las cinco y media y que no entraba nadie más en aquel cuarto por las noches.

La dijo de una manera.

Es una cosa que no se puede recoger en un acta y que oyó la sala entera: dijo la verdad poniendo una pausa de medio segundo antes de la palabra nadie, y contestó dos veces seguidas con un sí, señor, que servía de mucho y no comprometía a nada.

Menzies se levantó.

—Señora Kinnaird, ¿cuánto tiempo lleva usted al servicio de Corrieglass?

—Once años.

—¿Y quién la contrató?

—Lady Ursula Rathven.

—¿Y quién le paga a usted el sueldo hoy?

Hubo una pausa de dos segundos que sí se oyó.

—La casa.

—Le he preguntado quién se lo paga.

—Lo firma la señora Rathven.

—¿Cuál de las dos?

La señora Kinnaird se puso colorada hasta el nacimiento del pelo y no contestó, y lord Craigrannoch tuvo que decirle que contestara.

Declaró Peigi Ross, sesenta y cuatro años.

Estuvo veinte minutos y peleó los veinte.

Dijo lo de las dos noches de noviembre y dijo que estaba ella delante.

Dijo que aquella mujer durmió cinco semanas en el suelo, sin colchón, al lado de la cama.

Dijo que el difunto pedía agua a todas horas y que subir y bajar a la cocina son cuatro minutos.

Y cuando el depute de la Corona le preguntó si ella había visto administrar el láudano alguna vez, contestó que no, y que tampoco había visto a nadie nacer y que había nacido todo el mundo.

Lord Craigrannoch la mandó callar dos veces.

Declaró un hombre de Portnabrae que se llamaba Fearchar y tenía ochenta años, y contó lo que oyó en la calle del muelle el veinte de febrero, que una mujer había gritado que el crío de la señora de Corrieglass tenía padre y estaba enterrado en el cementerio de allí.

Menzies protestó. Lord Craigrannoch lo admitió igual, porque iba a la cuestión del móvil.

Declaró Iseag Nicolson, que no estaba en la lista de la Corona y que la había puesto Menzies.

Tenía cuarenta y cuatro años, no sabía leer, no había salido de la comarca en su vida y hablaba en gaélico, y le pusieron intérprete.

Contó lo del veintiocho de marzo. Contó que el agua entró a las once y media, que a ella la sacó un hombre con los dos críos, y que la señora de Corrieglass estuvo once horas metida en el llano y que sacó dieciocho vacas.

El depute de la Corona se levantó y preguntó al tribunal qué tenía que ver la conducta de la acusada en marzo con los hechos de noviembre.

Lord Craigrannoch dijo que nada.

Menzies dijo que iba al carácter. Lord Craigrannoch dijo que el carácter no estaba en discusión y que el jurado no tomara aquello en consideración.

Los quince hombres del jurado lo tomaron en consideración o no lo tomaron, y eso no lo supo nunca nadie.

Y declaró un hombre del muelle, de los del grupo de la cuesta del cementerio, que dijo que en abril, delante de todos, la acusada había reconocido que le daba ella el láudano y que no lo había dicho como lo dice una persona afligida.

—¿Y cómo lo dijo?

—Como quien apunta un barril, señoría.

Isla llevaba seis horas y veinte minutos sentada.

Tenía las dos manos en el regazo, una encima de otra, y llevaba los trapos puestos porque en mayo la cuerda de coser sacos le había vuelto a abrir la base de los dedos y en la cárcel eso no se cura. Se los había lavado el domingo. Eran trapos limpios y se notaba que eran trapos.

Alguien del jurado, el tercero del banco de arriba, se las miró tres veces a lo largo de la tarde.

Los alegatos empezaron a las cinco y diez de la tarde, porque lord Craigrannoch dijo que aquello se acababa aquel día.

A esa hora ya habían encendido el gas y la sala olía a gas.

El depute de la Corona habló cincuenta minutos y lo puso muy sencillo: una sola persona tuvo el frasco en la mano, una sola persona dormía en ese cuarto, y esa persona heredó una casa.

El señor Menzies habló cuarenta.

Hizo lo que pudo con el químico y lo hizo bien. Hizo lo que pudo con el cuarto abierto cuatro meses y con las catorce personas de servicio. Y al final, porque ya no le quedaba otra cosa, levantó un poco la voz y dijo una cosa sobre las mujeres pobres.

Dijo que una mujer sin dinero, sin apellido y sin nadie que hable por ella es la más fácil de acusar de todas las mujeres de Escocia, y que el jurado debía preguntarse si estarían allí sentados si la viuda de Corrieglass hubiera nacido en una casa con criados.

Era verdad.

Isla lo oyó desde el banquillo y supo que era verdad y supo, en el mismo momento, que aquello no le servía absolutamente de nada, porque en aquella sala había quince hombres que tenían casa y a ninguno le gusta que le digan que está allí por eso.

El depute pidió después la palabra por una cuestión de forma y estuvo cuatro minutos con lord Craigrannoch discutiendo si procedía leer al jurado un párrafo del informe del químico.

Lo leyeron. Era el párrafo del final, el que decía que con un cuerpo de cinco meses no cabe determinar el momento ni el número de tomas.

Lo leyó el escribiente y lo leyó deprisa, y era lo único de aquellos dos días que jugaba entero a favor de la acusada, y se leyó a las seis y treinta y seis de la tarde, con quince hombres que llevaban nueve horas sentados.

Lord Craigrannoch empezó a instruir al jurado a las seis y cuarenta.

Isla dejó de escuchar a los dos minutos.

Levantó la cabeza y se puso a mirar el techo de la sala, que era de escayola con una moldura alrededor, y fue contando las lámparas de gas que colgaban de las vigas, de izquierda a derecha y después de derecha a izquierda para comprobar.

Once.