La heredera que no existía Capítulo 29
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Capítulo 29

¿Cuántas veces se puede decir la verdad seguidas antes de que empiece a parecer otra cosa?

Cressida Ballantyne se hizo esa pregunta a las diez y veinte de la mañana del lunes veinticuatro de septiembre, de pie en el pasillo de fuera de la sala, esperando a que la llamaran.

Tenía dieciocho años y tres meses.

Llevaba el bolso de tafilete colgado de la muñeca izquierda.

El pasillo era de baldosa y tenía un banco de madera contra la pared y una ventana alta al fondo. Pasó por delante de ella un ujier tres veces, y las tres la miró, y las tres veces Cressida se puso derecha sin querer.

Su padre le había dicho tres cosas en el tren, el sábado, en un departamento de primera, con la puerta cerrada y nadie delante.

Que contestara solo lo que le preguntaran.

Que no dijera la palabra creo ni la palabra parece.

Y que, si le preguntaban por el frasco, dijera dónde lo había encontrado y cómo estaba, y nada más.

Cressida le había preguntado si había que decir lo del frasco.

Y su padre había contestado que el frasco lo había entregado él mismo al fiscal en mayo, en cuanto ella se lo enseñó, porque ocultar una prueba en una causa de sangre es un delito y porque él no era tonto.

Eso era verdad. Se lo había enseñado en abril, llorando, en el despacho de Glasgow, y él lo había cogido, lo había mirado a la luz de la ventana durante mucho rato y después había dicho que había hecho bien.

Lo que Cressida no le contó a su padre en aquel tren fue lo de abril.

Que estuvo cuatro semanas con el frasco en el fondo del bolso sin decírselo a nadie.

Que lo sacó dos veces por las noches, en su cuarto de Glasgow, y lo puso encima de la cómoda y lo miró.

Y que lo que la hizo bajar al despacho el catorce de abril con el frasco en la mano no fue el remordimiento, ni el deber, ni nada que se pueda contar en una mesa.

Fue el periódico.

El trece de abril, el «Glasgow Herald» traía cuatro líneas en la página de los sucesos del norte: que el fiscal de Dingwall investigaba la muerte del señor de Corrieglass y que se había ordenado la exhumación.

Cressida leyó aquellas cuatro líneas dos veces, subió a por el bolso y bajó llorando.

No lo hizo por Isla Rathven. Lo hizo porque a los dieciocho años, cuando la cosa deja de ser tuya y se mete en un periódico, lo primero que se quiere es que no sea tuya.

Eso lo supo aquel mismo día, y no se lo dijo a nadie en veinte años.

La sala del Alto Tribunal de Inverness era más pequeña de lo que Cressida esperaba. Se la había figurado como una iglesia y era como un aula grande. Olía a cera, a papel viejo y a gas, y hacía calor desde las diez de la mañana porque había demasiada gente dentro para el tamaño que tenía.

Madera oscura hasta media pared, quince hombres del jurado en dos bancos a la derecha, lord Craigrannoch en el estrado alto con la peluca, el depute de la Corona y el señor Menzies, que era el abogado de la defensa, con Carruthers sentado detrás pasándole papeles.

Y al fondo, en el banquillo, entre dos agentes, una mujer con un vestido negro.

Cressida no la había visto desde marzo.

Había adelgazado. Tenía la cara más blanca todavía, de cinco meses sin sol, y llevaba la trenza recogida igual que siempre, y estaba sentada muy recta con las manos en el regazo, quietas, y no se movió mientras Cressida cruzaba la sala.

Juró con la mano en el libro y la voz le salió bien a la primera, que era lo único que le había pedido su padre sin decírselo.

Le preguntaron el nombre, la edad y el domicilio.

—Cressida Margaret Ballantyne. Dieciocho años. Woodside Terrace, número once, Glasgow.

El depute de la Corona era un hombre de unos cuarenta y cinco años que hablaba muy despacio y que miraba al jurado mientras preguntaba, y no a ella.

Cressida entendió a la tercera pregunta que aquel hombre no estaba hablando con ella en ningún momento, y que ella era un instrumento de cuerda que él iba tocando de cara a quince hombres sentados a su derecha.

Y empezó.

—Señorita Ballantyne, ¿estuvo usted en la casa de Corrieglass en marzo de este año?

—Los días catorce y quince.

—¿Con qué motivo?

—Mi padre tenía negocios con la casa.

—¿Qué negocios?

—Una hipoteca de siete mil doscientas libras y una oferta de compra de la finca.

Lo dijo con la misma voz con la que había dicho su edad, y en la sala se movieron dos o tres cabezas, y el señor Menzies apuntó algo deprisa.

—Durante esa estancia, ¿entró usted en el dormitorio del difunto señor Rathven?

—El día quince por la tarde.

—¿Por qué?

—Buscaba una carta mía.

—¿Encontró la carta?

—No.

—¿Encontró alguna otra cosa?

—Un frasco.

El depute levantó la mano y un ujier trajo una bandeja con una etiqueta atada y encima un frasco pequeño de vidrio azul.

—¿Es este el frasco?

—Sí.

—¿Dónde estaba?

—Al fondo del cajón de la mesilla, a la derecha de la cama.

—¿En qué estado?

—Vacío. Seco por dentro. Sin poso.

—¿Observó usted algo más en el frasco?

—Una raya de lápiz de carpintero, por fuera, a un dedo del hombro.

—¿Sabía usted qué significaba esa raya?

—No, hasta que en mayo me lo dijo mi padre.

—¿Y qué le dijo su padre?

—Que la ponen los médicos para marcar hasta dónde se puede gastar.

—¿Y el frasco estaba por encima o por debajo de esa raya?

—El frasco estaba vacío.

—Le he preguntado por la raya.

—La raya estaba a un dedo del hombro. Debajo de la raya no había nada.

Nadie tosió en aquella sala durante los cuatro minutos siguientes.

Y todo lo que Cressida Ballantyne dijo en esos cuatro minutos era verdad.

Era verdad que había entrado en el cuarto.

Era verdad lo que encontró y dónde y cómo.

Era verdad que se lo llevó y era verdad la fecha en que se lo dio a su padre y la fecha en que su padre lo entregó.

Era verdad que le había preguntado a su padre cuánto láudano mata a un hombre, y era verdad, palabra por palabra, lo que su padre le había contestado.

El depute se lo hizo repetir dos veces y la segunda le pidió que lo dijera exactamente.

—Depende del hombre y de la prisa que tenga.

Antes de que se sentara el depute, hubo una última pregunta.

—Señorita Ballantyne, ¿por qué se llevó usted el frasco?

Cressida se quedó parada.

Era la pregunta que había estado esperando desde marzo, la única que no tenía contestada, y se la hacía el hombre que estaba de su lado.

—No lo sé.

—¿No lo sabe?

—No lo pensé. Lo cogí y me lo guardé.

—¿Y por qué no se lo dijo a nadie hasta abril?

—Tampoco lo sé.

Lord Craigrannoch levantó la vista de los papeles por primera vez en veinte minutos y la miró unos segundos, y volvió a bajarla.

El señor Menzies se levantó a las once y cuarto y estuvo con ella cuarenta minutos, y lo hizo bien.

Le sacó que la raya estaba corrida por un lado.

Le sacó que un frasco vacío no dice cuándo se vació.

Le sacó que el cuarto llevaba cuatro meses sin llave y que por aquella casa pasaban catorce personas de servicio, una señora, un hermano y ella misma.

Le sacó, y esto lo hizo despacio y mirando al jurado, que la testigo había estado a solas en ese cuarto y que nadie sabía que había entrado.

—Señorita Ballantyne, ¿su padre tiene interés económico en esta finca?

—Sí.

—¿De cuánto?

—Siete mil doscientas libras.

—¿Y la finca vale?

—Cuatro mil ochocientas.

—Gracias. No hay más preguntas.

Fue lo mejor que hizo el señor Menzies en dos días y no sirvió de nada, porque a las once y media Cressida seguía sin haber mentido y quince hombres del jurado llevaban una hora oyendo a una chica de dieciocho años contar, sin un temblor, dónde estaba el frasco y cómo estaba.

Antes de retirarse, lord Craigrannoch se inclinó un poco hacia delante.

—Señorita Ballantyne. Una última cosa, y se la pregunto yo. ¿Es verdad todo lo que ha declarado usted esta mañana?

Cressida tenía las dos manos en la barandilla del estrado.

Desde allí se veía el banquillo. La mujer del vestido negro estaba mirando al frente, no a ella, y llevaba dos horas sin cambiar de postura.

—Todo lo que he dicho es verdad, señoría —dijo Cressida—. No me ha preguntado usted si es todo.

Se hizo un silencio corto y raro.

Lord Craigrannoch levantó las cejas.

—¿Cómo dice?

Cuatro segundos.

Cuatro segundos, otra vez, como en el pasillo del ala oeste en marzo, y esta vez con un tribunal entero esperando.

Lo que Cressida Ballantyne no dijo aquella mañana fue esto: que el quince de marzo, en el coche, entre Corrieglass y Strome Ferry, su padre le había explicado que si la viuda resultaba condenada la finca la venderían los administradores del difunto, y que en una venta así él la compraría por el importe de la deuda y sin competencia, porque nadie puja contra el acreedor en una finca que no cubre la hipoteca.

Y que por lo tanto, para su padre, cuatro mil ochocientas libras de tierra costaban lo mismo con un veredicto que sin él, pero con veredicto no había que negociar con nadie.

Eso no se lo había preguntado nadie.

—Nada, señoría —dijo—. Le pido perdón.

Al bajar del estrado tuvo que cruzar la sala entera.

El camino desde el estrado a la puerta del fondo pasa a cuatro pasos del banquillo, y Cressida lo hizo mirando la madera del suelo y llegó hasta la altura del banquillo con la vista puesta en las tablas.

Y ahí la levantó.

Fue un segundo. La mujer del vestido negro estaba mirando al frente y no se volvió, y Cressida le vio el perfil, la trenza recogida y las dos manos quietas encima del regazo con los dos dedos envueltos en trapo.

Pensó, y lo pensó con estas palabras, que aquella mujer llevaba cinco meses en una celda por un frasco que ella había encontrado buscando una carta suya.

Salió por la puerta del fondo a las doce menos veinte.

En el pasillo estaba Gavin Rathven, de pie contra la pared, con la chaqueta negra y sin sombrero, esperando a entrar en la sesión de la tarde.

La vio pasar.

No le dijo nada. No le hizo un gesto, no la miró mal, no la miró siquiera más de lo que se mira a alguien que cruza un pasillo.

Cressida habría preferido que le gritara. Habría preferido que le escupiera, como el hombre de la cuesta del cementerio en abril, que eso lo sabía por el periódico.

Salió a la calle.

Fuera hacía sol, que le pareció una falta de respeto.

Vomitó en el primer portal de Castle Street, apoyada con una mano en la piedra, y estuvo un minuto con la frente contra el muro.

Después se limpió, se colocó el sombrero y esperó de pie en la acera.

A veinte pasos, en la escalinata del tribunal, estaba el escribiente del fiscal fumando, el mismo que le había tomado los datos por la mañana, solo, sin nadie alrededor.

Tardó lo que se tarda en fumar un cigarro en irse.

Cressida se quedó en la acera con el bolso colgado de la muñeca hasta que el hombre tiró la colilla y entró.

Después entró ella también, para la sesión de la tarde.