La heredera que no existía Capítulo 28
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Capítulo 28

Ochenta guineas.

Gavin Rathven nunca había tenido ochenta guineas juntas en la mano. Ni una sola vez en treinta y tres años, y eso que había firmado en ocho años recibos por cuatro veces esa cantidad, porque firmar dinero de una finca y tener dinero son dos cosas que no se parecen en nada.

Lo que Gavin Rathven tenía suyo en el mundo el veintiocho de junio de mil ochocientos noventa y cuatro eran once libras y cuatro chelines en una caja de hojalata, en el cajón de la oficina de rentas. Y de aquellas once, nueve eran de la finca y estaban apuntadas.

Ochenta y cuatro libras, y pagadas antes del circuito, no después, porque un agente del norte no lleva una causa de sangre a crédito.

Se lo dijo Carruthers en su despacho de Inverness el veintiocho de junio, de pie, sin sentarse los dos, y se lo dijo sin ninguna vergüenza porque era su precio y era un precio normal.

—Hay otra cosa —añadió—. Si la señora no tuviera bienes, se la admitiría en el rol de pobres y el tribunal le nombraría letrado sin coste.

—La señora tiene bienes.

—La señora tiene una finca tasada en cuatro mil ochocientas libras. —Carruthers ordenó unos papeles—. Por eso no puede pedir que le paguen la defensa. Y por eso, probablemente, la están juzgando.

Gavin se quedó un momento mirándolo.

—¿Qué quiere decir eso?

—Que si la viuda de su hermano fuera una destripadora sin un penique, esto se habría quedado en una denuncia anónima y un informe de químico que no prueba nada. —El agente se puso las gafas—. Las cosas que valen cuatro mil ochocientas libras se investigan, señor Rathven. Las que no valen nada, no.

Gavin volvió a Corrieglass aquella noche y a la mañana siguiente subió al salón pequeño.

Su madre lo escuchó entero, sin interrumpirle, con el libro cerrado encima de las rodillas.

Y después habló ochenta segundos seguidos.

Le dijo que lo entendía, que le parecía muy natural que él quisiera hacer algo, y que había meditado mucho aquel asunto desde abril.

Le dijo que su pensión de ciento veinte libras anuales era una carga sobre una finca que no era suya y que disponer de ella para la defensa de una persona acusada de matar a su propio hijo sería una cosa que ella no podría explicarse a sí misma.

Le dijo que confiaba en la justicia del reino.

Le dijo que rezaba todas las noches por que aquella mujer fuera inocente.

No dijo que no en ningún momento.

Habló sentada, sin levantar la voz, con las manos encima del libro, y no se paró ni una sola vez a buscar una palabra.

Gavin se dio cuenta a la mitad de que aquello lo tenía preparado desde abril, igual que él llevaba desde junio preparando la pregunta, y de que ella lo había tenido preparado dos meses más.

Gavin no discutió, porque había subido sabiendo la respuesta desde el descansillo.

Lo de Selby fue el dos de julio.

El arriendo del coto se cobra por adelantado el uno de junio de cada año, y el uno de junio de aquel año se había cobrado y se había gastado en el tejado del ala vieja y en la turba del invierno, porque esas cosas no esperan a que a nadie lo juzguen.

Así que Gavin escribió a Manchester pidiendo el del año siguiente.

Le contestaron que el agente del señor Hattersley subiría el dos.

Selby llegó a caballo con las polainas limpias y no se bajó.

—Señor Rathven.

—Selby.

—He leído su carta.

—¿Y?

—El señor Hattersley me pregunta por qué.

Gavin tenía las manos en el muro del patio. Se las miró y se las quitó del muro.

—Porque necesito cuarenta libras antes del quince de julio.

—Eso ya lo pone en la carta. El señor Hattersley pregunta por qué.

Y ahí estaba.

Aquel hombre lo sabía perfectamente. Lo sabía todo Wester Ross desde abril y lo sabían en Manchester desde mayo, porque el señor Hattersley venía a cazar a aquella finca desde el ochenta y ocho y tenía quien le escribiera.

Se lo hizo decir.

—Para pagar a un abogado —dijo Gavin.

—¿Para la señora Rathven?

—Para la señora Rathven.

Selby calló un momento, con las riendas sueltas, mirando el tejado del ala vieja.

—Cuarenta libras a cuenta del arriendo del noventa y cinco —dijo—. Y el señor Hattersley quiere los perros en el cercado del este en agosto.

—Los perros no bajan al cercado del este.

—Entonces no hay cuarenta libras.

Gavin estuvo cuatro segundos sin contestar.

Eachann Nicolson tenía veintitrés ovejas en aquel cercado y un contrato desde el ochenta y seis que Gavin había firmado él mismo, y la mujer de Eachann era la de la segunda casa del llano.

—Hablaré con Eachann —dijo.

—Muy bien.

Selby sacó la cartera y le extendió una letra allí mismo, encima de la perilla de la silla, sin bajarse del caballo.

Eachann Nicolson subió al patio el tres por la mañana, antes de que Gavin bajara a buscarlo.

—Me han dicho lo de los perros.

—Yo no te he dicho nada todavía.

—Me lo ha dicho Murdo, que se lo dijo el mozo. —Eachann se quedó con las manos colgando—. Meta usted los perros en el cercado. Yo subo las ovejas al pasto de arriba en agosto y las bajo en septiembre.

—El pasto de arriba en agosto está para las vacas de los de abajo.

—Pues las pongo entre medias.

—Eachann.

—Señor, yo tengo la casa donde la tengo por esa mujer. —Lo dijo mirando al suelo y no se le entendió bien—. Y mi mujer y los dos críos también. Meta usted los perros.

El bayo se vendió en la feria de Dingwall el seis de julio.

Era un caballo de siete años, bueno, y Gavin lo había criado desde potro. Sacó veintiséis libras, que era menos de lo que valía porque se supo en la feria a las nueve y media de la mañana que el que vendía era el de Corrieglass y para qué era el dinero.

Volvió andando a casa, veintidós millas, porque ya no tenía caballo.

Lo de Murdo fue el ocho.

Subió al patio a las siete de la tarde, con la gorra en la mano, y estuvo cuatro minutos hablando de la hierba antes de llegar a lo que venía a decir.

Después sacó del bolsillo un pañuelo atado por las cuatro puntas y lo puso en el muro.

—Once libras y cuatro chelines.

Gavin miró el pañuelo.

—¿De dónde ha salido eso?

—De la ladera.

—Murdo.

—De los cuarenta y dos. —Murdo se ajustó la gorra—. Y de los del llano.

—Los del llano no tienen nada.

—Los del llano han puesto tres libras y seis.

Gavin se quedó mirando el pañuelo un rato largo.

—Yo no puedo coger eso.

—No es para usted.

—Murdo.

—Que no es para usted, señor. —Murdo dio un paso atrás—. Y no lo he juntado yo. Lo juntó Iseag Nicolson, que fue casa por casa el jueves. Y hay cuatro que no han puesto y los cuatro me han dicho por qué, y a mí no me toca decírselo.

Se dio la vuelta y bajó por el camino de los carros.

Aquella fue la peor de las cuatro y fue la única que Gavin no contó nunca.

El nueve de julio por la mañana hizo la cuenta en la mesa de la oficina de rentas.

Cuarenta de Selby. Veintiséis del bayo. Once libras y cuatro chelines del pañuelo.

Setenta y siete libras y cuatro chelines.

Faltaban siete libras y dieciséis.

Cogió el coche de las once a Strome Ferry y el tren de la una, y a las cuatro y media de la tarde estaba en Church Street, en Inverness, delante de una puerta con tres bolas doradas encima.

Dentro olía a naftalina.

El mostrador era de zinc y estaba a la altura del pecho, y detrás había un hombre de unos sesenta años con un delantal verde y una lupa colgada del cuello.

Gavin puso encima el rifle primero.

Era un Snider del ejército, de segunda mano, comprado en el ochenta y nueve para el coto. El hombre lo miró por el cañón, lo abrió, lo cerró y dijo tres libras.

—Vale ocho.

—Valía ocho en el ochenta y nueve.

—Tres libras.

—Bien.

Después se sacó el reloj del bolsillo del chaleco.

Le pasó la cadena por el ojal, la fue sacando eslabón a eslabón y lo dejó encima del zinc, con la tapa hacia arriba.

Era de plata, de escape de áncora, con la tapa abollada en el borde de abajo desde mil ochocientos setenta y uno, que fue el año en que su padre se cayó por la escalera del desván y no se rompió nada él pero sí el reloj. Dentro de la tapa había grabadas tres letras.

El hombre del delantal verde lo cogió, se puso la lupa en el ojo y lo abrió.

Estuvo mirándolo cuarenta segundos.

—Cuatro libras y diez.

—Vale doce.

—Vale doce en una casa de relojes de Edimburgo y si encuentra usted quién lo quiera. Aquí, cuatro libras y diez.

—Cinco.

—Cuatro libras y diez, y le hago la papeleta.

Gavin miró el reloj encima del zinc.

Lo había llevado ocho años y nueve meses.

Se lo había puesto en el bolsillo del chaleco la mañana del trece de abril del ochenta y cinco, el día después del entierro de su padre, sin que nadie se lo diera y sin que nadie se lo quitara, y desde aquella mañana no había pasado un día sin sacarlo del bolsillo por lo menos veinte veces.

Kilgour se lo había entregado el diecisiete de noviembre del noventa y tres, en el comedor grande, de parte de un muerto, y aquella noche había sido la primera vez que era suyo.

Ocho meses siendo suyo.

—Está bien.

El hombre sacó el libro y empezó a escribir.

—¿Nombre?

—Gavin Rathven.

Levantó un poco la cabeza y la volvió a bajar y siguió escribiendo, que fue todo lo que hizo, y Gavin se lo agradeció.

—Plazo. Puedo hacérselo a seis meses o a un año. A un año el interés es más.

—A un año.

—A un año.

—A un año. Y no lo venda antes, que vuelvo.

El hombre terminó de escribir, secó con el papel, arrancó la papeleta por la línea de puntos y se la pasó por encima del zinc.

Después cogió el reloj, le pasó un paño, y lo metió en una caja de cartón con un número, y la caja fue a una estantería de detrás donde había doscientas cajas iguales.

Salió a Church Street con la papeleta en el bolsillo de dentro y anduvo hasta el final de la calle sin decidir adónde iba.

Pagó a Carruthers el diez de julio a las nueve y media de la mañana: ochenta y cuatro libras y catorce chelines, contadas encima de una mesa, en soberanos, en una letra y en monedas sueltas de un pañuelo atado por las cuatro puntas.

Le sobraron catorce chelines.

Con eso pagó el tren de vuelta, y comió el día diez, y no comió el once ni el doce, porque el doce tenía visita en la cárcel a las once y no pensaba gastarse el almuerzo delante de nadie.

Volvió de Dingwall a Corrieglass andando, veintidós millas, el trece por la mañana.

A la altura del desvío de Achnasheen paró a beber en un burn y se echó agua en la cara.

Después, al enderezarse, se llevó la mano derecha al bolsillo de abajo del chaleco.

Fue un gesto de nada. Lo hacía veinte veces al día desde hacía nueve años.

La mano entró en el bolsillo hasta el fondo y salió.