La heredera que no existía Capítulo 27
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Capítulo 27

La celda medía nueve pies por seis.

Eso lo supo la segunda semana, midiéndola con el pie descalzo, talón contra punta, que era una manera de pasar la mañana.

Tenía una ventana alta con cuatro barrotes y sin cristal, con una tabla que se podía subir a medias cuando llovía de cara.

Tenía un jergón de paja encima de una tarima de madera, una manta parda de las del condado, un cubo con tapa y un banco fijo a la pared.

En la pared del fondo, a la altura de la cabeza, había cuatro rayas hechas con algo duro y una quinta empezada, y nada más, porque las paredes se encalaban cada dos años.

Las cuatro rayas y la quinta no decían nada.

Podían ser días, semanas o meses, y podían ser de cualquiera de las mujeres que habían dormido en aquella tarima desde la última cal.

Isla las miró mucho el primer mes y no añadió ninguna.

Entró el veintitrés de abril por la noche y salió el veinticinco de septiembre.

Cinco meses y dos días.

El frío no se fue nunca. Eso fue lo que más le sorprendió. En junio, con veinte grados en la calle de Inverness, la celda estaba a doce y por la mañana las paredes sudaban. Era piedra vieja con la cara norte, y a la piedra vieja no le importa lo que pase fuera.

El día iba así.

A las seis, el timbre. A las seis y cuarto, vaciar el cubo en fila.

A las siete, un cuarto de libra de pan y una escudilla de gachas sin sal.

De ocho a once, trabajo: costura de sacos, veinte al día, y a las que no llegaban a veinte se les apuntaba.

De once a doce, patio. A las doce, sopa.

De una a cinco, sacos otra vez. A las seis, pan y té. A las siete, el timbre.

A los quince días sabía coser un saco en diecinueve minutos. A los dos meses, en catorce.

El hilo era de cáñamo embreado y la aguja de las curvas, y al cuarto día tenía en el dedo corazón de la derecha el mismo agujero que le había hecho el cuchillo diez años antes, en el mismo sitio, medio dedo más abajo.

Costura de sacos es lo mismo que destripar arenque en una cosa: el cuerpo aprende el movimiento y después la cabeza se queda libre, y lo que se hace con la cabeza libre durante nueve horas al día es asunto de cada una.

Isla hizo cuentas.

Hizo, todos los días de mayo y de junio, el presupuesto de la finca de Corrieglass para el año noventa y cuatro, de memoria, sin un papel.

Renta de Pascua, renta de San Martín, arriendo del coto, atrasos de los doce, sueldos, turba, herrero, tejado, intereses, pensión de la señora.

Lo hacía entero por la mañana y lo volvía a hacer entero por la tarde para ver si le salía igual.

Le salía igual. Y le salía que faltaban setenta y tantas libras, como todos los años desde el noventa y uno.

El informe del químico llegó a Dingwall el veintinueve de junio.

Isla se enteró el seis de julio, por Carruthers, el abogado, que subió una vez en todo el verano y estuvo veinte minutos.

Se lo explicó de pie, con el sombrero en la mano, y se lo explicó mal. De todo aquel día, lo que más miedo le dio fue eso.

Le dijo que en las vísceras del difunto se había encontrado morfina.

Que la cantidad era mayor que la que correspondería a quince gotas de láudano en una noche.

Y que el químico ponía por escrito que con un cuerpo de cinco meses no se podía decir cuándo se había tomado esa cantidad, ni en cuántas veces, ni si había sido en una sola noche o repartida en semanas.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Quiere decir que no prueba nada, señora.

—¿Entonces por qué sigo aquí?

Carruthers se puso el sombrero.

—Porque tampoco lo desmiente.

Las cartas llegaban los viernes.

Escribía Peigi.

Escribía Peigi con la letra de Peigi, que era una letra inclinada y grande, de las que se enseñaban en las escuelas de los años cuarenta, y escribía como hablaba, sin puntos, empezando cada cosa por donde le venía.

Las cartas decían lo que hacía falta.

Que el crío iba a la escuela todos los días. Que había tenido las anginas en mayo y ya estaba bien. Que el maestro decía que sumaba mejor que ninguno. Que dormía en el cuarto de al lado de la cocina y no en el ala oeste, y que preguntaba los martes.

Que la señora seguía igual.

Que el señorito Gavin había puesto el muro del cercado del este hasta la roca partida, que son ochocientos metros, y que había vendido el bayo en junio.

Isla las leía sola, sentada en el banco de la pared, con la luz de la ventana alta.

Y todos los viernes, mientras las leía, se acordaba de la mesa de la cocina de Corrieglass, y del lápiz de carpintero, y de una mujer de sesenta y tres años que se había negado a ayudarla la tercera noche.

Torcuil no podía entrar.

No dejaban entrar a menores de doce años al locutorio y no había manera, y Peigi lo preguntó dos veces.

En la carta del ocho de junio venía un papel doblado.

Era un dibujo a lápiz. Estaba hecho en el reverso de una hoja de almanaque, que era el papel que había en aquella cocina.

Se veía una casa con un tejado grande y muchas ventanas cuadradas. A la izquierda había unos palos verticales que eran abetos. Delante de la casa, ocupando media hoja, había una verja de dos hojas altas con rayas cruzadas y dos cuadrados encima de los pilares.

La verja estaba abierta.

Isla tuvo ese papel debajo del jergón cinco meses y lo sacó dos veces.

La primera, en junio, el día que Carruthers le explicó lo del químico.

La segunda, en septiembre, la noche antes de bajar a Inverness al juicio.

Kirsty Bain, sin parentesco con el reverendo, tenía cincuenta y nueve años y cumplía nueve meses por vender whisky sin licencia en Wick.

Había sido destripadora desde los doce hasta los cuarenta y uno.

Se conocieron en el patio la primera semana, de la manera que se conocen dos mujeres en un patio de once a doce, que es mirándose las manos.

—Tú has abierto pescado.

—Diez años.

—¿Dónde.

—Portnabrae. Y tres otoños en Yarmouth.

—Yo en Wick, y dos en Lerwick. —Kirsty se sentó a su lado en el banco—. En Lerwick pagan más y se pasa más frío. Es siempre lo mismo.

Cantaban en el patio.

Kirsty se sabía la canción de la cuadrilla, la de los pájaros sobre el mar, pero se la sabía de otra manera. En Wick la tercera vuelta iba distinta y decía otra cosa, y donde en Portnabrae el barco no vuelve, en Wick el barco vuelve y la que no está es ella.

—Esa está mal.

—Esa es la buena —dijo Kirsty—. La vuestra la cambiaron para que se pudiera cantar en la iglesia.

La cantaban las dos en el patio, de once a doce, con veinte mujeres dando vueltas alrededor y una vigilanta en la puerta que no decía nada porque cantar no estaba prohibido.

Fue lo único de aquellos cinco meses que Isla echó de menos después.

En agosto hubo dos semanas de calor y la celda no subió de diecisiete grados, y por primera vez desde abril Isla durmió sin la manta.

Por la ventana alta entraba, entre las nueve y las diez de la noche, un rectángulo de luz que se iba subiendo por la pared del fondo hasta desaparecer en el techo. Aquello duró once días.

El siete de septiembre le entregaron el acta de acusación.

Se la dio la vigilanta Bethia por la mañana, en la puerta de la celda, sin decir nada, porque tampoco sabía qué se dice al dar eso.

Eran cuatro pliegos cosidos con hilo por el canto, con el escudo arriba y la letra muy apretada, y en la primera línea iba su nombre entero.

Isla se sentó en el banco de la pared y lo leyó.

Tardó cincuenta minutos y lo leyó entero, las cuatro hojas, sin saltarse un renglón y sin entender la tercera parte de las palabras, y entendiendo perfectamente las otras dos terceras partes.

Cuando llegó al final volvió a la primera hoja y lo leyó otra vez.

Fue el primer papel de toda su vida que hablaba de ella y que pudo leer sola.

Gavin subió el jueves doce de julio.

El locutorio era un cuarto partido por una reja de hierro de barrotes anchos, con un banco a cada lado y una vigilanta sentada en la esquina. Quince minutos.

Entró con las manos vacías.

Eso fue lo primero que Isla vio, porque todo el mundo entraba en aquel cuarto con algo, con un paquete, con pan, con tabaco.

—No me dejan pasar nada —dijo él.

—Ya.

—Lo he preguntado abajo. Se puede mandar por la oficina y lo abren.

—Ya lo sé. Peigi manda.

Se sentaron cada uno en su banco.

Y no supieron qué hacer con los quince minutos.

—El abogado se llama Carruthers —dijo Gavin—. De Inverness. Ha llevado cuatro causas en el circuito.

—¿Es bueno?

—Es el que hay.

—No es lo que te he preguntado.

—Es bueno.

Se quedaron callados.

—¿Cómo está el crío?

—Bien.

—Eso lo pone Peigi todas las semanas.

—Pues está bien. —Gavin se pasó la mano por el pelo—. Está flaco. Come poco desde mayo. El maestro dice que va bien.

—¿Flaco cuánto?

—Flaco de crío.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que tengo.

Discutieron los ocho minutos siguientes por eso.

Discutieron por si el crío estaba flaco, por si Peigi lo abrigaba bastante, por si la escuela quedaba lejos con el barro de mayo. Discutieron subiendo un poco la voz los dos, con una reja de hierro por medio y una vigilanta mirando la pared, y no era por el crío.

A los doce minutos se pararon los dos a la vez.

—No me traigas nada —dijo Isla—. Tráeme lo que hayas hecho en la finca, dicho en orden.

—¿En orden?

—Desde el lunes hasta el domingo. Qué has hecho cada día y con quién y cuánto ha costado. Y lo que ha entrado.

—Eso no te lo puedo decir aquí, son quince minutos.

—Pues empieza por el lunes.

Gavin la miró un momento a través de la reja.

Después empezó por el lunes.

Le dio tiempo a llegar al miércoles.

Cuando la vigilanta se levantó, Gavin se puso de pie, se quedó un segundo con la mano en el barrote y se fue sin decir adiós, porque ninguno de los dos había aprendido a decir eso.

Isla salió al pasillo con la vigilanta, que se llamaba Bethia y llevaba once años allí y no era mala mujer.

—Bethia.

—Dime.

—Un abogado del circuito, de los que han llevado cuatro causas. ¿Cuánto cuesta?

Bethia siguió andando.

—Eso no lo sé yo.

—Sí lo sabe.

—Setenta. Ochenta con el procurador.

—¿Guineas?

—Guineas.

Isla anduvo cuatro pasos más.

—Ese hombre no tiene ochenta guineas —dijo—. Ese hombre no tiene ochenta chelines. ¿Qué habrá empeñado?

Bethia abrió la reja del pasillo y esperó a que pasara.

No contestó.