Capítulo 26
Vinieron el lunes veintitrés de abril a las siete de la mañana.
Eran tres. Un agente del sheriff, un policía de Dingwall con uniforme y un escribiente. Subieron en el coche de las seis y media desde el pueblo y llamaron a la puerta grande, y abrió la señora Kinnaird, y a las siete y cuatro minutos estaban en el vestíbulo.
Isla bajó vestida. Llevaba levantada desde las cinco y media, como todos los días.
Bajó con el vestido de estameña negra, que era el de los domingos y el único entero que tenía, con el chal gris encima y con el pelo hecho, porque a las cinco y media se hacía el pelo antes de bajar a encender.
—¿Isla Rathven?
—Sí.
El agente leyó de una hoja. Leyó despacio, tropezando en dos palabras, y en la hoja iba el nombre del difunto y una fecha y la palabra homicidio, y después algo de una orden de comparecencia ante el sheriff sustituto de Dingwall.
Isla lo oyó entero sin moverse.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—El coche sale ahora, señora.
—Deme dos minutos.
El policía de Dingwall fue a decir que no. El agente del sheriff, que tenía cincuenta y tantos años y llevaba veinte haciendo aquello, le puso la mano en el brazo y dijo que dos minutos.
Isla subió al ala oeste.
Torcuil estaba despierto y sentado en la cama pequeña, porque había oído el coche y las voces. Tenía seis años y siete meses y llevaba tres semanas yendo a la escuela.
Isla cogió el peine de la repisa, lo mojó en el agua de la palangana y le peinó la raya al lado izquierdo, que era como se la peinaba.
—Me voy a Dingwall.
El niño no dijo nada.
—Me voy hoy y no sé cuándo vuelvo. Puede que sean muchos días. —Le aplastó un remolino con el canto de la mano y no se quedó—. Te quedas con Peigi. En la cocina. Y vas a la escuela todos los días, todos, aunque llueva y aunque alguien te diga algo.
El niño se quedó mirándola.
—¿Me has oído?
—Sí.
Isla le dio el peine para que lo guardara él, que era un encargo, y bajó.
Abajo, en el vestíbulo, estaba la casa entera.
No los habían llamado. Habían bajado solos.
Cuando hay un coche de la policía en el patio a las siete de la mañana, la casa entera baja sola y nadie tiene que llamarla.
Estaban las diez mujeres y los cuatro hombres, en el vestíbulo y en el arranque de la escalera de servicio, y la señora Kinnaird delante.
Lady Ursula no bajó.
Peigi Ross se puso en medio del vestíbulo, con los brazos cruzados, y le dijo al agente del sheriff una cosa en voz alta que no le sirvió de nada a nadie y que Isla no olvidó.
—Esta mujer durmió cinco semanas en el suelo de ese cuarto. En el suelo. Y yo se lo digo a usted y se lo digo a quien haga falta y lo digo donde me lleven.
—Está apuntado, señora.
—No está apuntado.
—Lo estará.
Isla le dio el peine a Torcuil en la escalera y bajó, y al cruzar el vestíbulo no miró a nadie porque si miraba a alguien se iba a quedar mirando a Peigi.
A Dingwall se va por Strome Ferry.
Tres horas de coche hasta la estación y después el tren.
Tres horas por el camino de abajo, con el mar a la derecha y el agua de abril entrando de través. Isla iba detrás, entre el policía y el escribiente, y el agente del sheriff delante con el cochero. En tres horas nadie habló más que para decir dos veces que faltaba mucho.
En el andén de Strome Ferry había once personas esperando el de las once y cuarto, y las once lo sabían.
Isla lo supo por cómo se colocaron. Cuando el agente del sheriff la hizo bajar del coche, las once personas del andén se corrieron hacia el otro extremo sin que nadie diera un paso rápido, con esa manera que tiene la gente de moverse en bloque sin haberse puesto de acuerdo.
Al final del andén quedaron ellos cuatro solos, con las ocho o nueve varas de tablón vacías por delante.
Una mujer mayor, de las que iban al otro extremo, se volvió a mirarla dos veces.
Isla la conocía. Era la madre de un patrón de Applecross a la que le había vendido arenque de segunda en el otoño del noventa y uno, once barriles, y a la que le había dado buen peso.
En el tren la llevaron en un departamento aparte con el escribiente enfrente.
Dos horas y media. Isla miró por la ventanilla todo el trayecto y contó las estaciones y contó los postes del telégrafo entre Achnasheen y Garve, y llegó a cuatrocientos cuarenta y uno.
A las dos y media entró en el juzgado de Dingwall.
La declaración se tomó a las cuatro, en un cuarto con una mesa larga y tres sillas y una ventana alta.
Estaban el sheriff sustituto, un hombre de unos sesenta con las gafas en la punta de la nariz, el fiscal Sinclair y el escribiente.
Y ella.
Nadie más.
—Señora Rathven, antes de empezar tengo que advertirle de una cosa y quiero que la entienda bien. —El sheriff se quitó las gafas—. Usted no está obligada a decir nada. Nada en absoluto. Puede usted guardar silencio y eso no se usará en su contra.
—Yo no he hecho nada.
—No le he preguntado eso.
—Ya lo sé.
—Lo que le estoy diciendo es que lo que diga aquí esta tarde se escribe, se lee y se firma, y que si esto llega a juicio, este papel se leerá en voz alta en la sala. —Volvió a ponerse las gafas—. Y usted no podrá explicarlo allí.
—¿Por qué no?
El sheriff miró al fiscal.
—Porque la ley no permite que el acusado declare en su propia causa —dijo Sinclair—. Ni a favor ni en contra. Usted no puede subir al estrado. Lo único suyo que oirá el jurado es este papel.
Isla se quedó un momento callada.
—Entonces tengo que decirlo bien ahora.
—Tiene usted que decidir si lo dice.
—Lo digo.
Duró una hora y cuarenta minutos.
El escribiente escribía sin levantar la cabeza y no se le oía respirar. El sheriff sustituto preguntaba poco. El que preguntaba era Sinclair, y Sinclair preguntaba en un tono que a Isla le costó media hora entender, porque no era el tono de un hombre que acusa.
Era el tono de un hombre que ordena cajones.
Preguntaba una cosa, esperaba, apuntaba, y pasaba a otra que parecía no tener nada que ver, y a los diez minutos volvía a la primera desde otro lado.
Le preguntaron por el láudano y contestó lo mismo que en el cementerio: quince gotas, en una cuchara, todas las noches desde octubre, se las daba ella y no había nadie más.
Le preguntaron si alguna vez había dado más de quince.
Contestó que dos noches de noviembre, cuando tosió sangre, le dio veinte, porque se lo dijo el doctor Farquhar en una nota.
La nota no la tenía. La nota se la habían dado y no la había guardado, porque en octubre ella no sabía leer y guardaba los papeles que le daban en el cajón de la mesilla, y aquel cajón lo vació alguien en noviembre y no sabía quién.
Le preguntaron dónde estaba el frasco.
Contestó que en la mesilla, que ella no lo había vuelto a tocar desde la noche del doce de noviembre y que el cuarto estaba cerrado desde el entierro.
Le preguntaron quién heredaba.
—Yo.
—¿Todo?
—Todo. Una casa que vale cuatro mil ochocientas libras y una deuda de siete mil doscientas.
—¿Sabía usted eso cuando murió su marido?
—Lo de la deuda me lo dijo él el doce de noviembre. La cifra me la dijo el procurador el veintiuno.
—O sea, que lo sabía antes.
—Sabía que había deuda. No sabía cuánta.
Tres veces dijo la verdad y las tres la hundieron un poco más, y Isla lo fue notando según hablaba, y siguió hablando igual, porque no se le ocurría otra manera de hacerlo y porque no tenía a nadie al lado que se lo dijera.
No había abogado.
Nadie le había dicho que tenía que haber uno, y ella no lo había preguntado.
Sinclair se lo había dicho cinco días antes, en el cementerio, con las palabras exactas y en el tono exacto. Búsquese usted un agente, hoy, y no conteste a nadie sin él delante.
Isla había vuelto a Corrieglass aquella tarde, había cenado, había subido, y al día siguiente había abierto el libro de rentas a las ocho de la mañana y se había puesto con los atrasos de Pascua.
No por orgullo. Porque no se le ocurrió que aquello fuera con ella.
Un agente se busca cuando uno ha hecho algo.
Le preguntaron por la noche del doce de noviembre.
Contestó que él le había pedido agua fría del cántaro de la cocina, que ella había bajado y había tardado cuatro minutos, y que al volver estaba dormido.
—¿Cuatro minutos exactos?
—Cuatro.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque cuento. Cuento siempre.
Sinclair apuntó eso y estuvo un rato mirando lo que había apuntado.
—¿Y el vaso de agua?
—Por la mañana estaba lleno. No lo tocó.
—¿Y usted qué pensó?
Isla se quedó callada dos segundos.
—Yo no pensé nada —dijo—. Yo estaba dormida en el suelo.
A las seis menos veinte, el escribiente terminó de copiar y le dio la vuelta a los tres pliegos.
—Léalo, señora.
Isla lo leyó.
Tardó once minutos y lo leyó entero, renglón por renglón, con el dedo quieto encima de la mesa y no debajo del renglón.
Era todo verdad y no se parecía nada a lo que ella había dicho.
Las mismas frases, una detrás de otra, sin el rato que había entre una pregunta y la siguiente, sin la cara del hombre que preguntaba, sin nada.
Puestas seguidas y en el orden en que las habían puesto, decían una cosa muy sencilla: que la única persona que tuvo el láudano en la mano fue ella, que dormía sola en aquel cuarto, y que lo heredaba todo.
—¿Está conforme?
—Está bien copiado.
—No le he preguntado eso.
—Es lo que he dicho —dijo Isla—. Palabra por palabra.
El escribiente le acercó el tintero y le puso la pluma al lado, con el mango hacia ella, que es un gesto de cortesía que se hace sin pensarlo y que aquella tarde, en aquel cuarto, no venía a cuento.
—¿Sabe usted escribir su nombre?
—Ahora sí.
Firmó los tres pliegos, uno detrás de otro, en los tres huecos.
La firma le salió pequeña, derecha y limpia, con el apellido enlazado, en el hueco que le habían dejado y sin salirse. Le había costado cuatro meses de noches en una mesa de cocina aprender a hacerla así.
Después, el escribiente sacó una hoja distinta y empezó a leer en voz alta el inventario de lo que llevaba encima, que se apunta y se guarda.
—Un chal de lana gris. Un monedero de tela con seis chelines y cuatro peniques. Un peine, no. El peine se lo ha quedado el crío. Un pañuelo. Una llave de hierro grande.
Isla asintió una vez por cada cosa, como si le estuvieran contando barriles.
—Un cuchillo.
El escribiente se paró.
Era el cuchillo de destripar. Hoja de siete pulgadas, recta, afilada por un solo lado, con el mango de madera gastado por la derecha y el remache del medio saltado desde el noventa y dos. Lo llevaba en el bolsillo del delantal desde el veintiuno de agosto y no se lo había quitado ni un día.
Estaba encima de la mesa, entre el monedero y el pañuelo.
El escribiente levantó la cabeza de la hoja y la miró.