La heredera que no existía Capítulo 25
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Capítulo 25

El miércoles dieciocho de abril, a las nueve y veinte de la mañana, Isla estaba en la oficina de rentas pasando al libro los atrasos de Pascua cuando oyó un carro en el camino de abajo.

No era nada. Por el camino de abajo pasan carros.

Levantó la cabeza porque el ruido no era de carro de la comarca. Los carros de allí iban cargados o vacíos y sonaban de las dos maneras, y aquel iba despacio y sonaba a vacío y llevaba dos caballos, y con dos caballos y vacío no baja nadie a Portnabrae un miércoles.

Se levantó y fue a la ventana.

Pasó el carro. Detrás iba un coche cerrado que no era de la comarca. Y detrás del coche iban andando dos hombres con la pala al hombro.

Isla se quedó en la ventana hasta que dejaron de verse.

Después dejó la pluma en el tintero, se puso el chal y bajó las tres millas andando.

En Portnabrae lo sabían desde las ocho.

Lo supo por la cara de la primera mujer con la que se cruzó a la entrada del pueblo, que la vio venir de lejos, se metió en su casa y cerró la puerta. Lo supo mejor por la segunda, que se quedó en la puerta y no cerró y no saludó.

En Corrieglass, a las nueve y media de la mañana, Lady Ursula Rathven mandó cerrar las contraventanas de la fachada sur.

Las de la fachada sur son las del salón pequeño, la biblioteca y los tres dormitorios de arriba, y son las únicas de la casa desde las que se ve, muy pequeña y muy lejos, la loma del cementerio de Portnabrae.

La señora Kinnaird mandó a Nan y a otra, y las cerraron todas antes de las diez.

No se volvieron a abrir en nueve días.

La casa se quedó a oscuras por el lado del mediodía, y las tres habitaciones de abajo hubo que andarlas con vela a las once de la mañana. Nan tardó tres días en dejar de tropezar con la banqueta del pasillo.

El cementerio de Portnabrae está en la loma, encima del pueblo, con la capilla debajo.

Tiene un muro de piedra seca de la altura del pecho y una verja de hierro de una sola hoja, pequeña, con el herraje comido de sal.

Dentro hay ciento y pico lápidas, casi todas de pizarra fina y casi todas con el mismo medio centenar de apellidos repetidos, y hay una franja al fondo, contra el muro del norte, donde la hierba crece más alta porque allí están las que no llevan nombre.

Cuando Isla llegó a la cuesta, la verja estaba abierta y había un hombre puesto al lado.

Era un agente del sheriff de Dingwall, con el brazalete, y tenía orden de dejar pasar a los que tuvieran que estar dentro y a nadie más.

Dentro había seis.

El procurador fiscal de Dingwall, que se llamaba Sinclair y tenía unos cincuenta años.

Dos médicos, uno era Farquhar y el otro no.

Dos hombres con palas. Y el reverendo Bain, que no pintaba nada allí y que estaba porque era su cementerio y porque se había plantado a las ocho de la mañana y no se había movido.

Fuera había más de cien.

Estaban en el muro. En todo el largo del muro del lado sur, de pie en el camino, algunos subidos a las piedras del ángulo para ver mejor, y llegaban hasta la curva.

Había mujeres con el delantal puesto, que habían dejado lo que estaban haciendo.

Había críos. Había hombres que a esa hora tenían que estar en el mar y no estaban.

Isla llegó por la cuesta y la gente del muro se fue volviendo a mirarla según subía.

No dijo nada nadie. Se abrieron.

Eso fue lo que se le quedó de aquella mañana: que cien personas se apartaron para dejarla llegar hasta la verja, y que ninguna la tocó, y que ninguna habló.

El agente del sheriff le preguntó el nombre.

—Isla Rathven.

—¿Parentesco con el difunto?

—Viuda.

El hombre miró una hoja, buscó, encontró y se apartó.

—Pase usted.

A las diez menos cuarto empezaron a cavar.

Alasdair Rathven llevaba cinco meses y un día enterrado. En una tierra que no se hiela, cinco meses de tierra son cinco meses de tierra, y la tierra estaba blanda de la galerna y se quitaba bien.

Tardaron una hora y diez minutos.

Al principio la pala entraba entera y salía llena. Después empezaron a salir las piedras del relleno, que en aquella loma son muchas, y a partir de la vara y media los dos hombres se turnaron cada diez minutos sin que nadie se lo mandara.

Isla estuvo esa hora y diez minutos de pie a doce pasos del hoyo, junto al muro de dentro, con las manos cruzadas por delante.

No miró casi nada. Miró el pico de la pala subiendo y bajando por encima del montón.

Era lo único que se veía desde donde ella estaba.

Miró al reverendo Bain, que estaba enfrente con el sombrero en la mano y no se lo puso en toda la mañana aunque llovía a ratos.

Miró la cara del médico que no era Farquhar, que era un hombre joven de Inverness y que estaba haciendo aquello por primera vez y se le notaba.

Y miró el muro.

Cien caras encima de un muro de piedra seca, a cuarenta pasos, quietas.

Entre la gente del muro había caras de todas las clases y no todas eran la misma cara.

Había quien había subido por lo que sube la gente a ver una cosa así, que es lo peor del ser humano y es lo más antiguo.

Había quien estaba allí porque estaban los demás.

Había cuatro o cinco mujeres del muelle, y entre ellas Bess Munro, que no se subió a ninguna piedra y que estuvo las tres horas de pie contra el muro mirando el suelo y no el hoyo.

Y había otra cosa, que Isla notó y no supo colocar hasta mucho después: que había gente que no miraba el hoyo ni la miraba a ella, sino que miraba a los demás. Los que van a ver quién ha venido.

Entre esos estaba Tam Fearn, a la altura de la curva, con una chaqueta que Isla no le había visto nunca.

A las once menos diez, la pala dio en la madera.

El ruido lo oyó todo el mundo. Se oyó en el muro. Después de aquel ruido, alguien del muro dijo algo y se oyó también, y no se entendió qué.

Lo que hicieron entonces fue lo que se hace y lo que nadie cuenta.

Dos hombres se metieron en el hoyo, que a esa profundidad ya no permite estar de pie a los dos a la vez, y fueron rascando la tierra de los lados con la mano y con una paleta hasta dejar la caja libre. Tardaron veinte minutos en eso solo.

El fiscal Sinclair miraba el reloj cada poco y lo apuntaba.

El médico joven de Inverness se había puesto un delantal de hule encima del abrigo y se estaba quieto, muy quieto, al lado de los dos tablones.

El reverendo Bain, enfrente, con el sombrero en la mano, dijo dos veces una cosa en voz baja que no era para nadie.

Sacaron el ataúd a las once y cuarto entre los cuatro.

Lo pusieron en el suelo, encima de dos tablones, y el médico joven se agachó con un destornillador.

—Señora —dijo Sinclair, el fiscal, acercándose a ella—. Puede usted salir. No hace falta que esté.

—Me quedo.

—No es cuestión de que haga falta. Es que no lo va a querer ver.

—Me quedo.

Sinclair asintió una vez y se volvió.

Lo abrieron a las once y veinte.

Isla no lo va a contar nunca y aquí tampoco se cuenta. Duró cuarenta minutos, se hizo de pie, con dos médicos agachados y un tercer hombre anotando, y a las doce cerraron una caja de zinc pequeña que habían traído en el coche, la ataron con bramante y le pusieron un lacre.

Dentro de esa caja iban las vísceras del difunto, camino de un químico de Edimburgo.

En el muro, cuando abrieron la caja, se oyó un ruido colectivo que no era un grito.

Fue el ruido que hacen cien personas cogiendo aire a la vez. Isla lo oyó desde dentro, a cuarenta pasos, y después del ruido hubo movimiento, y se fueron unos cuantos.

Se fueron primero las mujeres con críos. Después se fueron tres o cuatro hombres. Cuando volvieron a bajar la caja al hoyo, en el muro quedaban sesenta en vez de cien, y los que quedaban ya no hablaban entre ellos.

A las doce y cuarto volvieron a bajar el ataúd al hoyo y empezaron a echar tierra.

Y a las doce y cuarto, Gavin Rathven entró por la verja del cementerio.

Había bajado andando desde Corrieglass, las tres millas, sin coche, y le habían dicho en el pueblo dónde estaba ella.

No dijo una palabra. No se acercó al fiscal ni al médico ni al reverendo Bain, que era lo que habría hecho cualquier hombre de esta comarca que fuera hermano del muerto.

Cruzó el cementerio, se puso al lado de Isla, a un paso, mirando al frente, y se quedó allí.

Estuvieron los dos quietos hasta que acabaron de echar la tierra.

Eso fue lo único bueno de aquella mañana y ninguno de los dos lo mencionó nunca.

A la una menos cuarto, cuando ya recogían, el médico Farquhar se acercó con la libreta.

Lo hizo delante del fiscal, delante del reverendo Bain, delante de los dos de las palas y con el muro lleno a cuarenta pasos y el viento de espaldas, que en aquella loma lleva la voz cuesta abajo.

—Señora Rathven, tengo que preguntarle una cosa para el acta.

—Pregunte.

—En las últimas semanas de la enfermedad de su marido, ¿quién le administraba los medicamentos?

Isla no se lo pensó.

Ni un segundo. Y eso, después, lo iban a contar veinte personas de veinte maneras distintas, y todas coincidían en lo mismo: que no se lo pensó.

—Se las daba yo. Todas. No había nadie más.

Farquhar apuntó.

—¿También el láudano?

—También.

—¿Y lo medía usted?

—Quince gotas. En una cuchara. Todas las noches desde octubre.

—¿Alguien más entraba en la habitación?

—Peigi Ross subía a las siete con el agua. Yo estaba desde las ocho y media hasta las cinco y media de la mañana. Dormía en el suelo, al lado de la cama.

—¿Todas las noches?

—Todas.

Farquhar cerró la libreta y le dio las gracias.

Antes de salir, el fiscal Sinclair se acercó otra vez.

—Señora Rathven. Una cosa más y no es para el acta.

—Dígame.

—¿Tiene usted procurador?

—Tengo al señor Kilgour, de Inverness. Es el de la casa.

—El de la casa no le sirve a usted para esto. —Sinclair se puso los guantes—. Yo no debería decirle esto y se lo digo porque llevo veintidós años en esto y me da igual. Búsquese usted un agente. Hoy. Y no vuelva a contestar a nadie una sola pregunta sin él delante.

—Yo no tengo nada que esconder.

—Ya lo sé, señora. —El fiscal la miró un momento—. Eso es exactamente lo que me preocupa.

Isla salió por la verja a la una y cuarto.

Bajó la cuesta sola, porque Gavin se había quedado dentro hablando con Bain, y la gente del muro se fue abriendo otra vez igual que a las nueve y media.

A mitad de la cuesta, a la altura del ángulo, había un grupo de cinco o seis hombres del muelle.

Uno de ellos se apartó dos pasos cuando ella pasó, se volvió hacia el borde del camino y escupió al suelo.

Lo hizo sin mirarla. Escupió y volvió a su sitio.

Fue el primero.