Capítulo 24
Subieron al establo a las once y media de la mañana porque no había nada más cerca.
La casa estaba a cuatrocientos pasos y en la casa había catorce personas y una señora, y ninguno de los dos lo dijo en voz alta pero los dos torcieron a la derecha en el cruce del patio.
El establo de Corrieglass era de piedra, largo, con seis pesebres de los que se usaban dos.
Estaba caliente. Un establo con dos caballos dentro y la puerta cerrada está a diez grados más que el patio, y huele a bestia, a paja y a estiércol viejo, y ese olor, cuando uno lleva once horas en el agua, es lo más parecido que hay a entrar en una casa.
Gavin cerró la puerta con el hombro.
El ruido de la lluvia cambió de golpe. Fuera era un golpeteo plano contra el barro del patio. Dentro se volvió un rumor de arriba, en la pizarra, con un goteo suelto en la esquina donde faltaba una teja desde el ochenta y nueve.
Se quedaron los dos de pie en el pasillo del centro, chorreando, sin decir nada, oyendo llover fuera.
—Siéntese —dijo él.
Isla se sentó en el poyo de piedra del pesebre vacío.
Y entonces vino lo de las botas. Llevó más tiempo que todo lo demás junto.
Las botas de hombre que llevaba puestas eran de Eachann, prestadas en noviembre, y le venían dos números grandes, y llevaban once horas dentro del barro. Estaban llenas de agua hasta arriba. Isla tiró de la derecha con las dos manos y no salió. Tiró otra vez y se le fueron las manos, y se las miró.
Las tenía abiertas por la cuerda. Las dos, en la base de los dedos, en una raya limpia y paralela de las que hace el cáñamo mojado cuando pasa deprisa. Y debajo de eso, los cortes viejos del invierno, y los nudillos.
Gavin se agachó delante de ella, le cogió la bota por el talón y por la punta y tiró él.
Salió con un ruido de ventosa y salió medio litro de agua detrás, y el agua se fue por la paja y desapareció. La media se le había pegado a la piel y salió con la bota, hecha una cuerda.
—La otra.
Salió la otra.
Isla tenía los pies descalzos encima de la paja, blancos, arrugados de once horas de agua. No habló ella y no habló él.
Gavin fue al fondo, cogió una manta de caballo del gancho y volvió y se la echó por los hombros.
Después se sentó en el poyo de enfrente, a dos pasos, y se quitó él las suyas.
Estuvieron callados un rato largo.
Fuera llovía y el bayo movía las patas en el pesebre de al lado, y en el pueblo de abajo, a esa hora, estaban metiendo a veintiséis personas en la escuela.
Los dos caballos estaban comiendo. Se les oía el diente y se les oía el aire, y cada tanto uno daba con el casco en la piedra y se volvía a quedar quieto.
En la viga de encima de los pesebres había un nido de golondrina de tres veranos atrás, vacío y entero.
—¿Qué se hace ahora con esa gente? —dijo Isla.
—Ahora nada. Ahora están en la escuela y el maestro les dará té.
—¿Y en mayo?
—En mayo el agua se habrá ido y volverán a levantar las casas donde estaban. Es lo que hacen desde el cincuenta y uno.
—Y el que viene se vuelve a caer.
—El que viene o el otro.
—Eso no es una solución.
—No lo es. —Gavin se echó atrás contra la piedra—.
La solución es subirlos a la ladera alta, al pasto de arriba, que es tierra seca y donde no llega el burn.
Pero el pasto de arriba lo usan los treinta que tienen papel del tribunal, y si meto cinco casas ahí me quedo sin pastos comunes y sin treinta arrendatarios.
—¿Y el coto?
Gavin la miró.
—El coto son ciento ochenta libras al año y es lo único que entra entero.
—Ya.
—Ya.
—El muro del cercado del este —dijo Gavin.
—¿Qué pasa con él.
—Que lo empecé en el ochenta y seis y todavía no está.
—¿Cuánto lleva?
—Setecientos metros de novecientos. —Se pasó la mano por el pelo mojado y se lo echó hacia atrás—. Lo hago en marzo y en septiembre, que es cuando hay manos. Ocho años.
—¿Y por qué lo hace usted?
—Porque si no lo hago yo, no lo hace nadie.
—Hay un factor para eso.
—Hubo uno. Noventa libras al año y se iba a Dingwall los jueves. —Gavin miró la puerta—. Lo eché en el ochenta y seis y me puse yo, y llevo ocho años poniendo piedra en una finca que no es mía para que el año que viene se la quede un conservero de Glasgow.
Isla se subió la manta.
—Yo estuve diez años destripando para un hombre al que no le he visto la cara más que dos veces —dijo—. No es lo mismo, pero se parece en una cosa.
—¿En cuál.
—En que uno se levanta igual.
Gavin se rio. Le salió corta y por la nariz y se paró enseguida, como si no le tocara.
Hablaron hora y media.
Fue la conversación más larga que tuvieron en trece meses, y los dos se acordaron de ella después por motivos distintos. Gavin se acordó de lo que dijo. Isla se acordó de que era la primera vez en ocho meses que alguien de aquella casa le preguntaba algo y esperaba la respuesta.
Le contó lo del segundo carro de libros del noventa, y lo de la plata alquilada, y que la primera vez que tuvo que firmar un recibo en nombre de la casa tenía veinticuatro años y no sabía dónde se firmaba.
Ella le contó el barracón.
Le contó cómo era por dentro: sesenta jergones de paja en dos filas, un fogón en el centro, la ropa tendida de una punta a otra todo el verano porque nunca se secaba.
Le contó que su madre llegó allí en el setenta y cuatro con una niña de dos años y que se murió antes de que acabara la temporada, y que la enterraron sin nombre en la piedra porque nadie sabía el apellido.
—¿Y usted no ha preguntado nunca?
—¿A quién.
Gavin abrió la boca y la cerró, porque no tenía respuesta a eso.
—Alguien quedará de aquel año.
—Queda Bess Munro, que tenía treinta y uno, y no se acuerda. —Isla se encogió de hombros debajo de la manta—. Y queda Peigi, que se acuerda de que era de Lewis y de que se llamaba Mór. Y de cuatrocientas mujeres de Lewis se llaman Mór trescientas.
—Yo tampoco sé quién era mi abuelo —dijo Gavin—. El de parte de mi madre. Nadie lo nombra en esa casa desde que yo tengo uso de razón.
—¿Y eso?
—Tenía una fábrica de lino en Dunfermline y hablaba como hablan en Dunfermline, y mi padre se casó con su dinero y se avergonzó de él catorce años. —Se pasó la lengua por los labios—. Cuando se murió, en el setenta y uno, mi madre no fue al entierro. Y yo no sé por qué te estoy contando esto.
—¿Y no le da...
—No me da nada. —Lo cortó sin subir la voz—. Yo he tenido veintiún años para que me diera algo y no me ha dado. Una se acostumbra a no tener apellido de madre como se acostumbra uno a no tener zapatos de invierno.
—¿Cuántos años tenías cuando se murió tu padre? —dijo ella.
—Veinticuatro.
—¿Y él?
—Mi padre tenía cincuenta y nueve. Se cayó del caballo en el camino de arriba, en abril del ochenta y cinco, y estuvo once días sin hablar y se murió el doce.
—¿Y tu hermano?
—Mi hermano estaba en Roma.
Isla levantó la cabeza.
—¿En Roma?
—En Roma. —Gavin se miraba las manos—. Tardó veintidós días en llegar. Llegó el cuatro de mayo, estuvo nueve días, firmó lo que había que firmar y se volvió a Edimburgo el trece. Y ya no volvió hasta agosto del año pasado.
—Nueve días.
—Nueve.
—¿Y lo del entierro?
—Lo del entierro lo hice yo con Peigi y con el que era ministro entonces. Yo tenía veinticuatro años y no sabía dónde se compraba un ataúd.
Se quedaron callados otra vez.
—¿Cómo tienes las manos? —dijo él.
Y ahí se cayó el usted, sin que lo dijera ninguno de los dos y sin que ninguno de los dos hiciera después el gesto de volver a cogerlo.
—Bien.
—Enséñamelas.
—Están bien.
—Enséñamelas. —Gavin se levantó del poyo de enfrente y se puso de rodillas en la paja delante de ella—. No te he pedido permiso, te he pedido las manos.
Isla las sacó de debajo de la manta despacio, como se saca una cosa que se enseña poco. En la casa se las tapaba. Se ponía trapos limpios los domingos y los guantes de algodón para servir, y había aprendido a coger la bandeja de manera que los nudillos quedaran hacia abajo.
Se las puso boca arriba encima de las rodillas y lo dejó mirar.
Gavin le cogió la derecha por la muñeca. La giró hacia la luz de la ventana alta, y estuvo un rato sin decir nada, mirando la raya de la cuerda y los nudillos y las dos cicatrices blancas del pulgar izquierdo.
Después le buscó el nudo del trapo del dedo corazón, que llevaba puesto desde diciembre, y lo deshizo.
Lo fue soltando vuelta por vuelta, despacio, sin tirar.
Debajo, el corte estaba abierto otra vez.
—Esto hay que lavarlo.
—Ya.
—Ya lo sé.
—No, no lo sabes. —Gavin le puso la mano abierta debajo de la de ella, para sujetársela—. Esto en abril se cierra solo. Esto en abril con agua de un llano inundado no se cierra, y hay hombres en esta comarca que se han muerto de un corte en la mano.
—Yo llevo diez años con las manos así.
—Y yo llevo ocho enterrando gente.
—Esto hay que lavarlo hoy, Isla.
Era la primera vez que la llamaba por su nombre.
Ella lo miró. Él estaba de rodillas en la paja, con la camisa pegada, el pelo cayéndole en la frente y el trapo sucio de ella en la mano izquierda, y no había soltado la muñeca.
Isla no retiró la mano.
Se inclinó hacia delante dos dedos.
Y se abrió la puerta del establo.
Peigi Ross entró con el balde de la leche de la mañana. Entraba a las doce y media todos los días y llevaba cuarenta y nueve años entrando a esa hora, primero con la madre de Alasdair, después con Alasdair, y ahora con lo que hubiera.
Se paró en el umbral.
No dijo nada. No dijo vaya, ni perdón, ni buenos días. No levantó las cejas ni bajó la vista ni se dio la vuelta para salir, que hubiera sido lo más fácil de todo.
Cruzó el establo entero con el balde, lo dejó en el poyo del fondo, cogió el vacío y volvió a cruzar.
En la puerta se paró.
—El señor lleva cuatro meses y medio muerto —dijo, sin volverse—. En esta comarca eso todavía se cuenta en semanas. A partir del año se empieza a contar en años.
Y salió.