Capítulo 23
El agua empezó a saltar el cauce a las once menos diez de la noche del miércoles veintiocho de marzo.
Llevaba lloviendo desde el lunes. La galerna de equinoccio había entrado el martes por el suroeste y estuvo soplando treinta horas seguidas, y el burn de Corrieglass, que en agosto se cruza de dos zancadas, bajaba desde el mediodía del miércoles con un ruido que se oía desde la casa.
Gavin estaba en el establo a las once, mirándole la pata al bayo, cuando entró Eachann sin llamar.
—El burn.
—¿Cuánto.
—Ha cogido el camino de abajo. Y va a coger a los Nicolson.
Los Nicolson eran los del rincón de abajo.
Una casa de turba con techo de brezo, en el llano, a treinta pasos del cauce, con seis personas dentro.
No tenían tierra. Su abuelo había levantado aquella casa en un rincón que no era de nadie en mil ochocientos cincuenta y uno, y desde entonces vivían allí sin papel, sin renta fijada y sin nada que decir.
En ese llano había cuatro casas más como esa.
Gavin cogió el farol y salió.
Bajaron los tres por el camino de los carros, Gavin, Eachann y Murdo, que apareció en el cruce sin que nadie lo hubiera avisado porque Murdo dormía con un oído puesto en el burn desde el ochenta y ocho.
El agua ya estaba en el llano.
Con un farol no se ve un llano inundado. Se ve el trozo que alumbra el farol y se oye el resto, y lo que se oía era la peor cosa de la noche: agua corriendo donde no tiene que correr agua, y ganado.
Empezaron por los Nicolson.
Sacaron a la vieja primero, que pesaba lo que pesa una mujer de ochenta y uno, y la sacó Eachann a la espalda por el camino alto. Después a los dos críos, uno por barba. Después el padre y la madre, que no querían salir sin el arcón, y hubo que decirles dos veces que el arcón se quedaba.
La casa de los Nicolson tenía el suelo de tierra apisonada y el agua entró por debajo de la puerta antes de entrar por encima del umbral, que es como entra siempre y es lo que engaña. A las once y veinte había un dedo de agua en toda la casa y la gente de dentro todavía creía que iba a parar.
Gavin entró y echó a todo el mundo fuera. Lo hizo gritando, porque de otra manera no se iban, y la madre lo llamó de todo en gaélico mientras él le sacaba el arcón de las manos.
Ese arcón se perdió a las dos de la madrugada con la casa.
A las once y media el agua estaba a un palmo de la puerta de la segunda casa.
Y a las once y media apareció ella.
Gavin estaba en el barro hasta media pantorrilla, sujetando el farol para que Murdo cortara una cuerda, y levantó el farol porque se acercaba alguien por el camino de arriba.
Era una mujer con un chal cruzado al pecho, la falda remangada y atada por delante, y botas de hombre.
—¿Qué hay abajo? —dijo.
—Señora, vuélvase a la casa.
—¿Qué hay abajo?
—Cinco casas y el ganado.
—¿Cuántas personas?
—Veintiséis.
Isla le cogió el farol de la mano y bajó al llano.
Trabajaron once horas.
De once y media de la noche a diez y media de la mañana, sin parar más que para beber agua de lluvia de la palma de la mano, y no se dijeron entre los dos más de veinte frases en toda la noche, y todas fueron de trabajo.
Sacaron gente de cuatro casas. La quinta la perdieron entera a las dos de la madrugada, cuando el techo de brezo se vino abajo con el peso del agua, y no había nadie dentro porque los habían sacado a la una.
La quinta casa se vino abajo a las dos y cuatro minutos.
Fue el techo primero. Un techo de brezo empapado pesa cuatro veces lo que pesa seco, y aquel llevaba treinta horas cogiendo agua encima de unos palos que ya estaban viejos en el ochenta y ocho.
Se hundió hacia dentro, casi sin ruido, con un golpe sordo y un chapoteo, y después se cayó la pared del norte.
Gavin estaba a cuarenta pasos con el farol.
Lo que pasó por dentro de su cabeza en ese momento no lo iba a contar nunca, y fue una cuenta: que de las cinco casas de aquel llano, ninguna tenía papel, ninguna pagaba renta fijada, ninguna aparecía en el libro que él llevaba de su puño desde el noventa, y que por lo tanto aquella casa que se acababa de caer no existía en ningún sitio más que debajo del agua.
Veintiséis personas viviendo en un llano que no estaba escrito.
Sacaron dieciocho cabezas de ganado del barro.
Eso fue lo peor y eso fue lo que duró hasta el amanecer.
Una vaca metida en barro no se saca tirando. Una vaca metida en barro de un llano inundado pesa lo que pesa la vaca más lo que pesa el barro que la agarra, y si se tira de ella con una cuerda por el cuello se le rompe el cuello, y si se tira con seis hombres a la vez se rompe la cuerda.
Gavin lo sabía. Llevaba haciéndolo ocho años, dos o tres veces cada invierno, y lo hacía como lo hacía todo el mundo en la comarca: cuerda por detrás de las patas de delante, seis hombres y paciencia.
A las cuatro y media estaban con la sexta y llevaban cuarenta minutos con ella.
Era una vaca parda de los Beaton, hundida hasta la panza a diez pasos del cauce, y habían tirado tres veces y las tres se había hundido dos dedos más.
Isla llegó con un poste de cerca al hombro.
—Pare.
—Señora, estamos en ello.
—Que pare usted.
Gavin levantó la mano y los cuatro hombres de la cuerda pararon.
Isla metió el poste en el barro por delante de la pata delantera izquierda, hasta abajo. Después cogió la piedra plana que le pasó Murdo sin que se la pidiera, porque Murdo había entendido antes que nadie lo que estaba haciendo, y la calzó debajo del poste a dos palmos del borde.
—El barro no agarra la vaca —dijo—. Le hace el vacío. Si no le metes aire por debajo, puedes tirar hasta mañana.
—Eso no es una vaca, eso es un cajón de arenque.
—Es lo mismo. —Isla se apoyó en el poste—. Un cajón de doscientos barriles en una bodega mojada sale igual. Se le mete aire por debajo y después se tira.
Se echó encima del poste.
No pasó nada.
—La palanca más abajo —dijo Gavin.
—Está abajo.
—Más abajo, he dicho.
Y entonces se dio cuenta, con el farol en la mano y el agua por la rodilla, de que se lo había dicho al revés.
De que la que sabía era ella, de que él llevaba cuarenta minutos tirando de una cuerda como un idiota, y de que acababa de darle una orden a la única persona de aquel llano que sabía lo que estaba haciendo.
Isla no le contestó.
Movió la piedra un palmo, volvió a meter el poste y le hizo sitio con la cadera.
—Póngase usted aquí. Los dos a la vez. Cuando yo diga.
Gavin dejó el farol en el barro y se puso donde le dijo.
—Ahora.
Se echaron los dos encima del poste. El barro hizo un ruido que no se parece a ningún otro ruido, un ruido de succión largo, y la vaca subió un palmo y las patas de delante encontraron la piedra.
—Tirad —dijo Isla.
Los cuatro de la cuerda tiraron y la vaca salió.
A las cinco de la mañana, Gavin llevaba seis horas en el agua y empezó a hacer las cosas despacio.
Eso lo notó Murdo antes que él. Le quitó la cuerda de las manos en la séptima vaca y le dijo, en gaélico y sin mirarlo, que fuera a contar gente al camino de arriba, que era una manera de mandarlo a descansar sin decírselo.
Gavin subió al camino.
Y desde el camino, con el farol apagado porque ya empezaba a clarear por el este, vio el llano entero.
Vio el agua, que era una lámina gris de seiscientos pasos de ancha donde el martes había hierba. Vio los tejados de las cuatro casas que quedaban. Vio a doce hombres y a seis mujeres metidos en aquello hasta el muslo, moviéndose despacio con las cuerdas.
Y vio a una mujer con la falda atada por delante, de espaldas, a la izquierda del todo, levantando una piedra plana del tamaño de una bandeja con las dos manos.
La estuvo mirando hasta que la dejó caer donde la tenía que dejar.
Amaneció a las seis menos cuarto.
Cuando hubo luz se vio lo que había: el llano entero debajo del agua, cuatro casas en pie con el agua hasta el alféizar y una caída, y en el camino de arriba, veintiséis personas, doce mantas y dieciocho vacas, y cuarenta y tantos vecinos que habían ido bajando de la ladera según se fue corriendo la voz.
En el camino de arriba habían encendido dos fuegos con lo que se pudo, y había tres mujeres de la ladera repartiendo té hervido en un caldero, y las veintiséis personas del llano estaban alrededor de los fuegos con mantas de otras casas.
Un crío de los Nicolson, de cuatro años, se había quedado dormido de pie apoyado en la pierna de su madre.
No se había ahogado nadie.
Gavin lo contó tres veces por cabezas, porque la primera cuenta después de una noche así no se cree nadie.
Veintiséis. Las mismas veintiséis del padrón que él llevaba de su puño y que no valía para nada porque aquella gente no estaba en ningún padrón.
A las diez y media, la mujer de la primera casa se acercó al grupo del camino.
Se llamaba Iseag Nicolson, tenía cuarenta y cuatro años y era la que había salido con los dos críos en brazos. Llevaba la falda tiesa de barro hasta la cintura.
Se paró delante de Isla, que estaba sentada en una piedra del borde del camino, y le habló en gaélico delante de cuarenta personas.
Fueron dos frases. Gavin las entendió las dos.
La primera decía que Dios le pagara lo de aquella noche.
La segunda decía su nombre.
Dijo Isla. Así, sin señora y sin Rathven y sin viuda de nadie, que era como no la había llamado nadie de aquella ladera en siete meses.
Después giró y se fue con los críos.
Isla se quedó sentada en la piedra.
A las once, cuando empezaron a subir los primeros hacia la escuela, que era donde iban a meter a la gente, fue a levantarse y no pudo del todo.
Llevaba once horas de pie en el barro. Tenía las dos manos en carne viva de la cuerda y del poste, y la falda pesándole quince libras de agua, y al apoyar el pie derecho para levantarse se le hundió hasta el tobillo en el barro del borde y se quedó a medias.
Gavin estaba a tres pasos.
Se acercó, se paró delante de ella y le alargó la mano.
Isla la miró un segundo.
Después le dio la suya.