La heredera que no existía Capítulo 22
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Capítulo 22

¿Por qué han venido a dormir dos noches y no una?

Cressida se lo preguntó en el coche, subiendo la avenida, el miércoles catorce de marzo por la tarde.

Su padre no venía a Wester Ross en marzo desde hacía cuatro años.

Marzo era el mes de las juntas en Glasgow y de la conferencia de precios en Aberdeen, y aquel año su padre había mandado a un socio a Aberdeen y había cogido él el tren del norte con dos noches de equipaje y con el señor Naismith, que era tasador.

Un tasador no se lleva a una casa que ya está tasada.

Se lleva a una casa que se quiere comprar.

Lo entendió al segundo día, en la sobremesa del jueves, oyéndolo hablar en el salón pequeño con Lady Ursula mientras Naismith subía y bajaba por la casa con una libreta.

La oferta era limpia y era muy buena de oír.

Su padre compraba Corrieglass antes del vencimiento, por cuatro mil trescientas libras, con lo que la deuda quedaba saldada y a la viuda no se le reclamaba la diferencia.

Dos mil novecientas libras perdonadas de un plumazo.

La viuda salía sin deber nada y con un pasaje pagado a donde quisiera, y la señora conservaba la pensión de las ciento veinte libras y, si quería, el uso de sus habitaciones de por vida.

Todo el mundo ganaba. Eso era lo que su padre decía siempre de las cosas que solo ganaba él.

—Se lo plantearé —dijo Lady Ursula.

—Planteéselo usted a ella, no a mí.

—Yo no hablo de dinero con esa mujer.

—Pues alguien va a tener que hablar, señora, porque la firma es suya y no de usted.

Cressida se fue de allí antes de oír el final, porque sabía cómo terminaban esas conversaciones y porque llevaba once años oyéndolas desde la puerta.

Subió a su cuarto, que era el del ala este, el que en marzo del año pasado le habían enseñado como el que iban a arreglarle. Nadie lo había arreglado. La ventana seguía sin ajustar y el papel de la pared seguía despegado en la esquina de arriba.

Y a las cuatro de la tarde, en vez de bajar, hizo una cosa que llevaba dos días pensando y que no le había dicho a nadie.

Fue al cuarto de Alasdair Rathven.

Estaba en el ala principal, en la primera planta, y la puerta no tenía llave. Nadie la había cerrado con llave. Simplemente la habían cerrado en noviembre y nadie había vuelto a entrar.

Olía a frío y a polvo.

Cressida se quedó dentro con la mano todavía en el picaporte.

Estaba todo. No habían recogido nada. La cama hecha con la colcha subida y la almohada puesta, y en la almohada, en el sitio de la cabeza, el hueco. Cuatro meses y el hueco seguía ahí, porque a una almohada de plumas que no se ahueca no se le quita un hueco con el tiempo.

En la mesa de al lado de la ventana, la palangana, seca, con un cerco de cal en el fondo.

En la repisa de la chimenea, un vaso de agua con dos dedos de agua vieja y el polvo flotando encima.

En el respaldo de la silla, una chaqueta.

La luz entraba por la ventana en un solo bloque gris y se veía el polvo dentro de ella, quieto, porque en aquel cuarto no se movía el aire desde noviembre.

En el suelo, al lado de la cama, había una marca larga en la alfombra, más pálida que el resto, del ancho justo de un cuerpo. Cressida no supo de qué era.

Cressida había venido a buscar una cosa concreta.

En abril del noventa y tres le había mandado a Alasdair Rathven una fotografía suya de estudio, de las de tarjeta, hecha en Glasgow, porque su padre le dijo que se hacía así y que era lo correcto entre prometidos.

Ella había escrito cuatro líneas por detrás.

En agosto, cuando se rompió todo, él le había devuelto la fotografía en un sobre sin una palabra.

Pero no le había devuelto la carta que ella le había mandado en junio.

Aquella carta tenía cuatro hojas y Cressida se había pasado desde septiembre sin dormir bien algunas noches pensando en dónde estaría. Era una carta de una chica de diecisiete años a un hombre de treinta y ocho al que le tenía miedo y con el que se iba a casar, y decía cosas.

Se quedó un rato mirando la chaqueta del respaldo de la silla.

Era la chaqueta oscura con la que él había bajado al muelle en agosto, la de los tres días que estuvo bien a principios de noviembre. Alguien la había colgado ahí y nadie la había descolgado, y en el bolsillo de fuera, a la derecha, asomaba una esquina de pañuelo.

Cressida no lo tocó.

Empezó por el escritorio.

No estaba. Había facturas, recibos del boticario, dos cartas de Edimburgo y un recibo del sastre de mil ochocientos noventa y uno.

Después el armario.

Dentro estaba la ropa de un hombre que había sido más ancho.

Olía a alcanfor, y debajo del alcanfor a otra cosa, a hombre enfermo, que es un olor que no se va del paño.

Tres trajes, dos de ellos de antes del noventa, colgados y con el hombro caído de la percha.

Un abrigo de invierno. Y al fondo, doblado encima del estante, el kilt del tartán de la casa, que no era el que se había llevado puesto porque ese lo llevaba puesto.

Nada más. Ninguna carta.

Después la mesilla.

La mesilla tenía un cajón y el cajón estaba duro y salió de golpe. Dentro había un rosario que no era de él, un lápiz, una caja de cerillas y, al fondo, rodando hasta el frente con el tirón, un frasco.

Era pequeño. De vidrio azul, con tapón de corcho. Un frasco de boticario de los de láudano, con la etiqueta en blanco y negro medio despegada.

Cressida lo cogió.

Estaba vacío.

Lo puso contra la luz de la ventana y no quedaba nada en el fondo, ni una gota, ni la mancha oscura que deja el opio en el vidrio cuando queda poso. Estaba seco y vacío y limpio por dentro.

Le quitó el corcho y lo olió. Olía a vino dulce pasado, y detrás a otra cosa amarga que no supo nombrar y que no se le fue de la nariz en una hora.

Y en el vidrio, por fuera, había una raya.

Una raya gruesa y blanda, hecha con lápiz de carpintero, a un dedo escaso del hombro del frasco. Estaba un poco corrida por un lado, como si algo la hubiera rozado.

Cressida Ballantyne tenía diecisiete años, no había estudiado más que lo que estudia una chica a la que le pagan clases en casa, y sabía contar.

Una raya puesta por un médico en un frasco quiere decir hasta aquí.

Y el frasco estaba vacío muy por debajo de la raya.

Se quedó de pie en medio de aquel cuarto frío con el frasco en la mano, y le costó como diez segundos ordenar lo que ya sabía, y cuando lo ordenó vio que había dos maneras de contarlo y que las dos se sostenían.

Una era que el hombre se lo había bebido él.

La otra era que se lo había dado alguien.

Y lo que le puso los dedos fríos no fue ninguna de las dos. Fue darse cuenta, en el mismo segundo, de que las dos servían igual de bien para lo que su padre estaba negociando en el salón pequeño dos pisos más abajo.

Salió al pasillo y cerró la puerta detrás de ella.

Y en el pasillo, a diez pasos, venía la señora de la casa con un brazado de sábanas dobladas.

Se pararon las dos.

Cressida tenía el frasco en la mano derecha, a la altura de la cadera, medio tapado con el puño de la manga. Isla venía de la ropa blanca y no había ningún motivo para que estuviera allí, salvo que por aquel pasillo se iba al ala oeste.

—Señorita Ballantyne.

—Señora.

Isla miró la puerta cerrada que Cressida tenía detrás.

Fue una mirada corta. Siguió andando, y al pasar se apartó dos dedos para no rozarla con las sábanas.

Cressida se quedó en el pasillo hasta que oyó la puerta del ala oeste.

Había tenido cuatro segundos.

Cuatro segundos para abrir la mano y decir mire usted lo que he encontrado en el cajón de la mesilla de su marido, y no le he dicho nada a nadie, y mírele la raya. Cuatro segundos y se acabó, y lo que pasara después ya no era cosa suya.

Se guardó el frasco en el bolsillo de la falda.

Bajó a las seis.

Por la escalera del ala principal subía el olor del fuego del salón pequeño, que era el único encendido de la casa a esa hora, y el cambio de temperatura se notaba en el descansillo, en dos escalones exactos.

Su padre estaba solo delante de la chimenea del salón pequeño, con los pies hacia el fuego y la libreta de Naismith en la rodilla.

—¿Dónde estabas?

—Arriba.

—Naismith dice que el ala oeste hay que tirarla.

—Ya.

Cressida se sentó enfrente y se estuvo callada un minuto.

—Padre.

—Dime.

—¿Cuánto láudano mata a un hombre?

Hector Ballantyne levantó la vista de la libreta.

No se sorprendió. Ese fue el detalle que a Cressida le duró toda la vida: que su padre no se sorprendió ni un poco, no preguntó por qué preguntaba eso, no dijo qué cosas dices, hija.

Se lo pensó un momento, como quien calcula una tara.

—Depende del hombre y de la prisa que tenga —dijo.

Y volvió a la libreta.

Naismith se fue en el coche de la tarde con la libreta llena y sin cenar.

Cenaron a las siete y media. Su padre habló de la línea de Kyle y de que cuando llegara el ferrocarril el pescado se embarcaría allí y las estaciones de curado de la costa valdrían la mitad.

Lady Ursula dijo que sería una pena. La señora de la casa cenó y no dijo nada en toda la mesa, porque desde febrero había dejado de intentarlo.

Cressida subió a las diez.

El baúl estaba a los pies de la cama, abierto, con la ropa de dos días.

Sacó el bolso de mano, el de tafilete, que era lo único caro que tenía suyo. Metió el frasco dentro, envuelto en un pañuelo, y lo empujó hasta el fondo, debajo del forro suelto.

Después se sentó en el borde de la cama.

Podía bajar. Podía bajar los dos tramos de escalera y entrar en el salón pequeño y poner el frasco en la mesa delante de su padre y de Lady Ursula y decir dónde lo había encontrado y con qué raya, y en quince minutos aquello habría salido de sus manos para siempre y se habría convertido en lo que tuviera que convertirse.

Podía hacer la otra cosa, que era ir a buscar a la señora de la casa, a la que no le había dirigido la palabra desde octubre, y enseñárselo a ella.

Se quedó sentada en el borde de la cama con el baúl abierto a los pies.

Apagó la vela.

A las once menos cuarto lo cerró, le dio la vuelta a la llave y se acostó.