La heredera que no existía Capítulo 21
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Capítulo 21

Bella subió a Corrieglass el viernes dos de marzo a las siete de la tarde.

No llamó a la puerta grande. Dio la vuelta por el camino de los carros, cruzó el patio y llamó en la puerta de la cocina, que es por donde llama la gente como ella.

Lo notó al hacerlo. Se le vio en la cara cuando Peigi abrió.

—Vengo a ver a mi hermana.

—Aquí no hay ninguna hermana de nadie.

—Vengo a ver a la señora.

—Eso ya es otra cosa. Pase.

La cocina estaba caliente y olía a cebolla. Peigi la sentó en el banco de la pared sin preguntar y le puso delante un plato de sopa espesa y media hogaza, también sin preguntar, y volvió al fogón dándole la espalda, que era su manera de dejar comer a la gente con dignidad.

Bella comió.

Isla bajó a los diez minutos y se puso en la puerta a mirarla comer.

La había visto nacer. Eso no lo pensaba nunca y lo pensó entonces.

Tenía cinco años cuando nació Bella y se acordaba del invierno, porque fue el invierno en que la mujer de Tam estuvo mala y las dos niñas mayores, Ceitidh con nueve e Isla con cinco, se pasaron febrero entero subiendo agua del pozo del muelle en un cubo entre las dos.

Habían sido tres en aquel altillo. Ahora quedaban dos, y una estaba comiendo pan como si se lo fueran a quitar.

Se lo comió todo. La sopa, el pan y lo que quedaba en el fondo, rebañado con el último trozo. Cuando acabó estuvo un momento con las manos alrededor del plato vacío.

El sombrero estaba en la mesa, al lado, con las plumas para arriba.

Dieciocho chelines de sombrero y una chica que se comía media hogaza de pan de una sentada.

—¿Cuándo has comido? —dijo Isla.

—Hoy.

—¿Cuándo.

—El miércoles.

Isla se sentó enfrente.

—Bella.

—No me riñas.

—No te voy a reñir.

—Sí me vas a reñir. —Se le puso la barbilla de una manera—. Todo el mundo me riñe. En la casa de la señora Kerr me riñen, y mi padre me riñe, y tú me vas a reñir, y yo lo único que quiero es no estar donde estoy.

Y se echó a llorar.

Lloró mal, con la boca abierta y sin taparse, como lloran los críos y las personas que llevan mucho tiempo sin llorar delante de nadie. Peigi siguió en el fogón sin volverse.

Peigi Ross había servido en aquella casa cuarenta y nueve años y sabía cuándo una escena no era suya.

Se puso a mover la cebolla de la sartén con la cuchara de palo, muy despacio y sin hacer ruido, y no se volvió ni una vez en los veinte minutos siguientes, ni siquiera cuando se dijeron las cosas que se dijeron.

Al día siguiente no las repitió en la cocina delante de Nan. Ni al otro.

Duró como dos minutos.

Cuando se le pasó, Bella se limpió con la manga y bajó los ojos al tablero, y habló sin levantar la cabeza.

—El crío no es mío.

—Ya lo sé.

—Ya lo sabes tú y ya lo sé yo. —Se sorbió—. Yo tenía once años, Isla. Yo estaba en el altillo cuando llevaron a Ceitidh al barracón.

—Lo sé.

—Lo que pasa es que si voy y digo que soy la tía, no me da nadie nada. —Levantó la cabeza por fin—. Y si digo que soy la madre, sí. Eso me lo explicó él.

—Tu padre.

—En enero. En la carta de enero. Me dijo que tú tenías casa, y que el crío no estaba inscrito a nombre de nadie de verdad, y que una madre cobra y una tía no cobra.

Isla tardó en contestar.

—¿Y el padre? —dijo después.

—¿Qué padre.

—El de Torcuil.

Bella se quedó quieta.

—Ese no cuenta.

—Ese es el que cobró tu padre.

—Ese... —Bella miró a Peigi, que seguía de espaldas, y bajó la voz igual—. Ese está aquí, Isla. Ese vive aquí. Yo lo vi el domingo en la iglesia con su mujer y sus tres críos, en el banco de la derecha, el tercero. Con la cara bien lavada.

—Ya lo sé.

—¿Tú lo sabes?

—Yo estaba en el barracón cuando tu hermana lo dijo.

—Isla puso las palmas abiertas en el tablero—.

Yo tenía quince años y estaba allí, y tu hermana me lo dijo a mí con un nombre y un apellido cuando ya tenía la fiebre.

Y a los tres días estaba muerta y tu padre había cobrado cinco libras y llevaba dos semanas sin subir al barracón.

Bella se quedó con la boca un poco abierta.

—¿Y por qué no lo has dicho nunca?

—¿Decirlo a quién?

—A la gente. Al ministro. A cualquiera.

—Bella, mira dónde estás sentada. —Isla no levantó la voz—. Si yo digo eso en Portnabrae, ¿tú qué crees que pasa? Ese hombre tiene banco propio en la iglesia y una mujer y tres hijos. Yo no tenía nada. Tú no tienes nada. Y Torcuil tiene seis años y va a la escuela a partir de abril.

—¿Va a la escuela?

—Desde abril.

—Ah. —Bella parpadeó—. Eso está bien.

—Lo que pasaría es que ese hombre lo negaría, y su mujer lloraría en la puerta de la iglesia, y en seis meses en este pueblo la que habría hecho algo malo sería tu hermana muerta. Así que no.

—Pero es la verdad.

—Eso no se va a saber, Bella. Ni por dinero ni por lástima.

Y en ese momento Bella se rompió por el otro lado.

Se levantó del banco de golpe, y ya no estaba llorando, y tenía las dos manos cerradas y la cara encarnada.

—¡Pues entonces digo lo otro! —Lo dijo alto—. ¡Digo que el crío es mío y que el padre era el señor de esta casa, que ya lo está diciendo medio pueblo, y a ver qué pasa entonces!

—Bella.

—¡El crío es mío! ¡Si me conviene, el crío es mío!

En el pasillo de la escalera de servicio, a cuatro pasos de la puerta de la cocina, Gavin Rathven se había parado con una lámpara apagada en la mano.

Había bajado a por aceite.

Lo que oyó fueron dos frases. Oyó a una voz de mujer joven gritando que el crío era suyo, y oyó, un segundo antes, la voz de Isla Rathven diciendo muy tranquila que eso no se iba a saber ni por dinero ni por lástima.

No oyó nada más. No oyó lo de Ceitidh, ni lo del banco de la derecha, ni las cinco libras, porque todo eso había pasado tres minutos antes y en voz baja.

Se quedó en el pasillo.

Y armó la frase entera él solo, con las dos piezas que tenía y con las que traía puestas desde agosto, y le salió redonda: que la mujer de su hermano estaba comprando el silencio de la madre del niño, y que la madre del niño amenazaba con decir de quién era, y que en aquella casa había una cosa enterrada que se pagaba con dinero de la finca.

Subió los escalones sin apoyar el talón, como hacía siempre, y se quedó sin aceite por segunda vez en tres semanas.

Dentro, Peigi se había vuelto por fin.

—Siéntate, muchacha —le dijo a Bella—. Y no grites en esta casa, que aquí no se grita y por eso pasa todo lo que pasa.

Bella se sentó.

Se quitó el sombrero por primera vez en toda la tarde y lo dejó en la mesa, al lado del plato vacío, y sin el sombrero tenía la cara de la chica de quince años que se había ido de Portnabrae en el noventa y uno.

—¿Sabes lo peor? —dijo.

—Dime.

—Que yo me acuerdo de ella. De Ceitidh. Me acuerdo de la voz. —Se frotó los ojos con la base de la mano—. Y llevo tres semanas diciendo por ahí que el crío es mío. Que se lo he dicho a mi padre y al de la agencia y a la señora Kerr. Tres semanas.

—Ya no hace falta que lo digas más.

—Ya.

Isla se levantó, salió al pasillo de la despensa y volvió a los dos minutos con cuatro libras en monedas. Era todo lo que tenía suyo en el mundo, porque las cuentas de la casa eran otra cosa y ella no había tocado una libra de aquellas cuentas desde noviembre.

Las puso en la mesa.

—Cuatro libras.

Bella las miró.

Eran cuatro soberanos y seis chelines sueltos, y los seis chelines Isla los apartó con el canto de la mano y se los volvió a guardar, porque con eso tenía que llegar a la escuela del trimestre de verano.

—¿Y tú qué te quedas?

—Seis chelines.

—Isla.

—Seis chelines y una casa de treinta y una habitaciones. —Isla empujó los cuatro soberanos—. Que es exactamente lo mismo que nada, pero abriga más.

—Habíamos dicho doce.

—Lo dijo tu padre. Yo tengo cuatro.

—¿Y qué hago yo con cuatro libras?

—Coger el tren. —Isla se metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó un papel doblado—. Y esto.

—¿Qué es?

—Una dirección en Dundee. Calle Blackness, número once. Es una sobrina de Peigi, que trabaja en la hilandería del yute y tiene dos cuartos realquilados.

Bella cogió el papel y lo miró sin leerlo, porque leía peor que Isla en enero.

Lo había escrito Isla esa misma tarde, de su puño, en la mesa de la cocina, antes de que Bella subiera. Once renglones a la sobrina de Peigi y cuatro a Bella con la dirección y el día. Le había costado media hora y tres borradores, y era la segunda carta de su vida.

—Yo no conozco a nadie en Dundee.

—Vas a conocer a esa. Va la carta esta noche y te espera el jueves. —Isla se sentó otra vez—. En la hilandería cogen a las de tu edad y pagan once chelines a la semana. No es bueno. Es mejor que lo que tienes.

Bella se quedó con el papel en una mano y mirando las monedas.

—¿Lo vas a ver? —dijo Isla—. Está arriba durmiendo. Si quieres subo a por él.

Bella se quedó quieta.

Estuvo pensándolo de verdad. Se le vio. Miró la puerta de la escalera de servicio, después miró la mesa, después se colocó una pluma del sombrero que no estaba torcida.

—No —dijo—. Mejor no.

—Como quieras.

—Es que si lo veo, después en el tren voy a ir pensando en eso. —Se encogió de hombros—. Y son ocho horas.

—¿Y el crío?

—El crío se queda aquí.

—¿Y si yo vuelvo dentro de dos años y digo que es mío?

—Entonces volvemos a hablar tú y yo. —Isla empujó las monedas dos dedos hacia ella—. Pero para eso tienes que estar viva y tienes que estar en un sitio. Coge el tren, Bella.

Bella estuvo callada como medio minuto.

Después alargó la mano.

Cogió las cuatro libras y se las metió en el bolsillo del abrigo, una por una, y con la otra mano se guardó el papel doblado dentro del guante.

Y volvió a bajar los ojos al tablero.

—Isla.

—Dime.

—Si te va bien con esto. —Bella movió la barbilla hacia el techo, hacia la casa entera—. Si te va bien y dentro de un tiempo hay de sobra, ¿tú me...?

—Sí.

—No he acabado la pregunta.

—Da igual. Sí.

Bella asintió dos veces seguidas, deprisa, como se asiente cuando se está a punto de llorar otra vez y no se quiere.

Se puso el sombrero, se estiró el abrigo por delante y salió por la puerta de la cocina, que es por donde había entrado.

Cogió las dos cosas.