La heredera que no existía Capítulo 20
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Capítulo 20

El chico del tendero subió el pedido a Corrieglass el martes a las cinco de la tarde.

Lo llevó en el carro de la tienda hasta la verja, y de la verja a la puerta de la cocina a pie, con el cesto al hombro, porque el carro no pasaba del recodo desde que se hundió la cuneta en enero. Desde el recodo tardó veinte minutos. En veinte minutos cabe mucha conversación en una cocina.

Para el jueves lo sabían las catorce personas de la casa. El viernes lo sabían en la casa del guarda y en tres casas de la ladera. El domingo lo sabía Portnabrae entero, y lo sabía además de la manera peor, que es en dos versiones a la vez.

La primera versión decía que la señora de Corrieglass tenía un hijo y que no era del señor.

La segunda decía que sí lo era.

Gavin oyó las dos el sábado en el cercado del este, sin que nadie se las contara a él directamente, que es como se oyen las cosas cuando uno es el hermano.

Estaban los tres apilando piedra suelta para la primavera. Murdo y Eachann hablaban en gaélico a diez pasos, como hacían siempre que hablaban de la casa, y Gavin entendía el gaélico perfectamente y los dos lo sabían perfectamente, y esa era la manera de decirle una cosa sin decírsela.

Eachann dijo una frase y Murdo le contestó con dos palabras cortas.

Las dos palabras querían decir déjalo estar.

Gavin puso la piedra que tenía en las manos, la asentó, probó con la palma si bailaba y cogió la siguiente.

—Si tenéis algo que decir, decidlo en inglés.

Murdo no levantó la cabeza.

—No hay nada que decir, señor.

—Murdo.

—Que la gente habla —dijo Murdo, y siguió colocando—. Y que el que habla no carga piedra.

El culto del domingo veinticinco fue a las once.

La capilla estaba llena, que en febrero no pasa.

Habían subido gente de las casas de abajo y estaban de pie al fondo, y eso tampoco pasa en febrero.

Dentro hacía el frío que hace una capilla de piedra en febrero con ciento noventa personas dentro, que es un frío que se va de la cabeza y no de los pies, y el vaho subía de los bancos y se quedaba a media altura, por debajo de las vigas.

Isla entró de negro.

Era la primera vez. Vestido de estameña negra con el cuello alto, puños lisos y una banda de crespón en la manga izquierda, cosido por la modista del pueblo, que estaba sentada en el banco once y que no levantó la vista del libro en todo el culto porque sabía perfectamente lo que iba a mirar la mitad de la capilla y de dónde había salido.

Costó catorce chelines y cinco varas de tela, y llevaba encargado por carta desde el seis de febrero.

Nadie dijo nada. Pero en la capilla de Portnabrae, aquella mañana, hubo una cosa que se entendió sin hablar: que la viuda de Corrieglass llevaba tres meses sin vestido de luto, que ahora lo tenía, y que no se lo había encargado la señora.

Isla llegó con el niño y se sentó en el banco cuarto, que era el suyo desde noviembre, y Lady Ursula se sentó en el segundo, que era el de la casa. Nunca se sentaban juntas. Eso ya no lo comentaba nadie.

El reverendo Bain predicó sobre la deuda y el perdón de la deuda. Lo tenía preparado desde el jueves y no lo cambió.

Y no lo cambió a propósito. Gavin lo supo porque el sábado por la tarde el ministro había subido a Corrieglass a pedir el carbón de las diez libras del legado, y al irse se había parado en el patio y le había dicho una cosa sin venir a cuento.

—Señor Rathven, un púlpito no sirve para desmentir.

—No le he pedido que desmienta nada.

—No. —Bain se puso el sombrero—. Por eso se lo digo.

Durante cincuenta minutos, la mitad de la capilla miró a Isla Rathven y la otra mitad miró al niño que tenía al lado.

Gavin lo vio desde el banco de la casa, dos filas por delante y girado tres cuartos.

Vio a la mujer sentada muy recta con las manos en el regazo y la cara sin ningún gesto, mirando al frente, sin volverse ni una sola vez en cincuenta minutos.

Y vio al crío, que a los seis años y medio no entendía nada y se dedicó a mirarlos a todos ellos con una cara de curiosidad que a Gavin, por algún motivo, le sentó peor que todo lo demás.

Al salir, su madre lo esperó en el pórtico.

Se puso los guantes despacio, mirando cómo se desperdigaba la gente por el camino.

—Qué mañana —dijo.

—Sí.

—¿Has oído lo que se dice?

—He oído dos cosas.

—Yo he oído tres. —Lady Ursula se ajustó el guante izquierdo—. A mí nadie me ha dicho de quién es ese niño.

Y echó a andar hacia el coche.

Fueron once palabras y Gavin las estuvo oyendo el resto del día.

Porque lo que decía su madre era verdad y era exacto.

Nadie se lo había dicho. Nadie en aquella casa se lo había dicho a nadie en seis meses.

Aquella mujer había entrado en Corrieglass un lunes de agosto con un niño de la mano y en seis meses no había explicado quién era aquel niño, ni a él, ni a su madre, ni al ministro, ni a la comarca.

Y él le había preguntado una vez. En el pasillo de servicio, el veintidós de agosto, con la mujer de rodillas delante de un cubo.

Pregúnteselo a su hermano.

Gavin se pasó el domingo entero dándole vueltas a esa frase.

Comió solo. Subió al desván a vaciar el cubo, que estaba a dos dedos del borde.

Bajó al establo y le miró el casco al caballo bayo, que no le pasaba nada.

A las cuatro se sentó en la oficina de rentas con el libro del noventa y cuatro abierto por la primera página, que llevaba abierto encima de aquella mesa desde el ocho de enero y que ya tenía siete semanas de asientos en dos letras distintas, la suya y la de ella.

Se quedó mirando los renglones de ella.

Habían empezado grandes y torcidos y ya no lo eran.

Y esa fue la peor parte del domingo, y no se lo confesó ni a sí mismo hasta noviembre: que lo que le estaba pudriendo por dentro desde el culto de la mañana no era el niño.

Era que aquella mujer llevaba siete semanas sentándose todas las mañanas en la silla de enfrente y que él había empezado a contar con eso.

Y la frase encajaba. Encajaba con el crío descalzo comiendo pan de la despensa de arriba.

Encajaba con que Alasdair hubiera puesto en el contrato de la boda, según Kilgour, que el niño se quedaba en la casa pasara lo que pasara.

Encajaba con nueve años de Edimburgo y con un hombre que había vuelto a morirse en su casa arreglando algo que no le había explicado a nadie.

Y encajaba, sobre todo, con lo que él quería creer, que era lo más fácil de todo.

Porque si el crío era de su hermano, entonces aquella mujer no era una viuda a la que le habían regalado una casa.

Era una cuenta que Alasdair había dejado pagada.

El lunes veintiséis por la tarde, Gavin bajó al pueblo a ver al herrero por lo del eje del carro.

Volvió a las cuatro y media por el camino de arriba.

Delante de él, a doscientos pasos, iba Isla con el niño de la mano. Habían ido a la escuela a hablar con el maestro, cosa que Gavin no sabía, y volvían andando las tres millas porque ella no pedía el coche.

Y entre él y ella iba gente.

Iban dos mujeres de la casa del guarda con los cestos. Iba Murdo con su hijo. Iba el chico del tendero con el saco vacío al hombro. Iban el herrero y su mujer, que subían a la ladera. Siete personas en doscientos pasos de camino, que en un lunes de febrero en aquella comarca era una procesión.

Gavin apretó el paso.

Los fue pasando a todos. Pasó a las dos mujeres, pasó a Murdo, que le dijo buenas tardes y no le contestó, pasó al chico del tendero.

Y llegó a la altura de ella.

—Señora Rathven.

Isla se volvió.

—Buenas tardes.

Gavin se puso delante, en medio del camino, y se paró.

Llevaba todo el domingo y toda la mañana del lunes diciéndose que no iba a hacer aquello.

Se lo había dicho en el desván. Se lo había dicho en el establo. Se lo había dicho en la fragua del herrero mientras esperaba de pie a que le mirasen el eje, y se lo estaba diciendo todavía cuando apretó el paso en el camino de arriba para alcanzarla.

Una cosa es lo que un hombre decide y otra lo que hace a las cuatro y media de la tarde de un lunes de febrero con siete personas detrás.

Detrás de ellos se pararon los siete. No a propósito. Se pararon como se para la gente cuando el que va delante se para y hay barro a los dos lados.

—Le voy a hacer una pregunta.

—Hágamela.

—¿De quién es el crío, señora Rathven? —Y lo dijo con la voz que tenía para eso, que era la voz baja—. Dígalo aquí, que así lo oímos todos de una vez.

Isla no contestó.

Tenía a Torcuil cogido de la mano derecha. Bajó la vista, le colocó al niño la bufanda que se le había salido por un lado y se la metió por dentro del abrigo.

Después levantó la cabeza, miró a Gavin a la cara durante dos segundos, rodeó por el barro del lado izquierdo del camino y siguió andando cuesta arriba.

El niño se volvió una vez a mirarlo.

Torcuil tenía seis años y medio y no entendía lo que acababa de pasar, pero entendía lo mismo que entiende un perro, que es el tono. Se volvió desde el brazo de Isla, con la bufanda recién metida por dentro del abrigo, y miró al hombre grande que se había puesto en medio del camino.

Lo miró sin miedo y sin nada, tres o cuatro pasos enteros, hasta que Isla tiró de él.

Gavin le sostuvo la mirada al crío y fue él quien apartó la vista primero, y eso también se lo iba a estar contando a sí mismo más adelante.

Los siete no dijeron nada. Esperaron lo que hay que esperar, que son ocho o diez pasos, y después empezaron a andar otra vez, y fueron pasando al señor Rathven de uno en uno por el lado seco.

Murdo pasó el último y no le dijo buenas tardes.

Isla se paró a veinte pasos.

Se dio la vuelta en medio del camino, con el niño todavía de la mano, y habló en voz normal, que a veinte pasos y con el viento de cara se oyó menos de lo que ella quería y más de lo que él quería.

—Se lo voy a contestar —dijo—. El día que me lo pregunte usted a solas.

Y siguió subiendo.

Gavin se quedó donde estaba.

Se quedó de pie en medio del camino hasta que pasaron los siete y hasta que los siete estuvieron lejos, y hasta que la mujer y el niño doblaron el recodo de arriba y dejaron de verse.

Después dio media vuelta y bajó otra vez hacia el pueblo, que no era donde tenía nada que hacer, y anduvo hasta que se hizo de noche.