Capítulo 19
Bella Fearn bajó del coche de correos el martes veinte de febrero a las once y veinte de la mañana.
Isla estaba en el muelle porque había bajado a hablar con Seonag de una cosa de la estación, y la vio bajar del estribo desde treinta pasos.
Llevaba un sombrero nuevo.
Era de paja oscura, de ala ancha, con una cinta de terciopelo verde y dos plumas cortas a un lado.
Era un sombrero de Glasgow, de los que se ven en la calle Sauchiehall un domingo.
En Portnabrae, en febrero, con el muelle vacío y todo el mundo con pañuelo atado a la barbilla, era una cosa que se veía desde el otro lado de la bahía.
Debajo del sombrero, Bella llevaba un abrigo de invierno que le venía corto de manga, y debajo del abrigo una falda que había sido buena hacía dos años.
Y llevaba las botas rotas.
No de haber andado. Rotas por la costura de fuera, las dos, que es como se rompen las botas malas, las de a tres chelines, y por la abertura se le veía la media.
Era de lana gorda, gris, y se le veía en las dos.
Y llevaba las dos botas atadas con el cordón pasado por el ojal de arriba en vez de por los dos últimos, que es lo que se hace cuando el ojal se ha saltado.
Un sombrero de dieciocho chelines encima de unas botas de tres. Isla llevaba diez años mirando a la gente de arriba abajo en un muelle y esa cuenta la hizo antes de que la chica pusiera el segundo pie en el suelo.
—¡Isla!
Vino corriendo.
La abrazó, y la abrazó de verdad, con los dos brazos y la cara metida en el cuello, y olía a agua de colonia barata y debajo a ropa sin lavar.
—Estás igual. Estás igualita.
—Tú no.
—Yo he crecido dos dedos. —Bella se separó y se estiró la falda—. ¿A que sí? Dos dedos desde que me fui. Me lo dijo la señora Kerr.
—¿Quién es la señora Kerr.
—La del cuarto.
Seonag pasó por el muelle en ese momento con la hoja de la estación debajo del brazo y las miró a las dos de arriba abajo, y siguió andando sin pararse.
Isla la vio irse.
En la hoja de Seonag iba la lista de las cuadrillas que volvían de Yarmouth en marzo, y en esa lista, por primera vez en diez años, no estaba su nombre.
Fueron a la casa de comidas del muelle, que en invierno abría medio día. Tenía cuatro mesas, suelo de tabla y una estufa de hierro en medio, encendida aquel día con turba mojada, que humeaba. Olía a sopa de nabo y a ropa puesta a secar.
Isla pidió sopa y pan para dos y se lo puso delante.
Bella comió como come quien lleva dos días sin comer. No lo disimuló y a la mitad se dio cuenta de que no lo estaba disimulando y empezó a comer despacio a propósito, y eso fue peor de ver que lo de antes.
—¿Cómo va Glasgow?
—Bien. —Se limpió con el dorso de la mano—. Bien, bien. Estuve en una fábrica de cajas hasta noviembre. Ahora estoy en otra cosa.
—¿En qué otra cosa.
—En otra cosa. —Y sonrió—. No empieces.
Hablaron media hora de nada.
De la señora Kerr y de su cuarto, que era un cuarto en un tercero de Rottenrow con dos camas y cuatro chicas. De la fábrica de cajas, donde se cobraba a destajo y se cobraba bien si aguantabas las doce horas. De que ella la había aguantado hasta noviembre.
—¿Y por qué lo dejaste?
—Porque cerraron la nave dos.
—¿Y después?
—Después, cosas. —Bella se encogió de hombros con el sombrero puesto—. Hay una sala de baile en Trongate donde pagan por acompañar. No es lo que estás pensando.
—Yo no he dicho nada.
—Pues no lo pienses. Allí pagan por bailar y se baila, y el que quiere otra cosa la paga aparte y yo eso no lo hago.
—Vale.
—Que no lo hago, Isla.
—He dicho vale.
—Lo has pensado con la cara.
Isla no lo había pensado con la cara. Lo que había pensado, mirando a una chica de diecisiete años con un sombrero de dieciocho chelines, unas botas de tres y medio pan de una sentada, era que a Bella Fearn le quedaban como mucho dos inviernos antes de que aquello dejara de tener arreglo.
Después Bella dejó la cuchara, se ajustó el sombrero, que no se había quitado en todo el rato, y lo dijo.
—Me lo llevo.
—No.
—Isla.
—No.
—Ni siquiera sabes lo que iba a decir.
—Lo sé desde que te he visto bajar del coche.
Bella se echó atrás en la silla.
—Es mi sobrino.
—Es tu sobrino y yo lo he criado desde que tenía cuatro días. —Isla no había levantado la voz y no la levantó—. Bella, tú tenías once años cuando se murió tu hermana. No lo has visto desde que se fue, que va para tres años, y no has mandado una carta preguntando por él ni una sola vez.
—He mandado dos.
—Has mandado dos pidiendo.
—Bueno. —Bella se pasó la lengua por los dientes—. Ahora las cosas han cambiado, ¿no?
—¿Qué ha cambiado?
—Tú.
Ahí estaba.
—Tú vives en Corrieglass —siguió Bella, y ya no sonreía—. Con criados. Y en Glasgow se sabe, que me lo dijo el de la agencia de emigración en enero, y me preguntó si era verdad que la de Corrieglass era de los Fearn de Portnabrae, y yo dije que sí, porque es verdad.
—Sigue.
—Pues que si tú tienes una casa con verja, mi hermana también tiene derecho.
—Tu hermana está muerta.
—Pues yo.
Isla tardó un momento en contestar.
—¿Cuánto te ha dicho tu padre que pidas?
Bella parpadeó dos veces.
—A mí no me ha dicho nada nadie.
—Doce libras te ha dicho. Porque doce le dije yo que no en agosto y él eso no lo suelta.
—No sé de qué hablas.
—Tú no lo has visto desde que tenía tres años —dijo Isla—. ¿Sabes de qué color tiene el pelo?
—Claro que lo sé.
—Dilo.
Bella abrió la boca y la cerró.
—Rubio no es —dijo al final.
—No, rubio no es.
—Bella, mírame. —Isla puso las palmas en la mesa—. Tú no quieres al crío. Tú quieres irte de donde estás, y para irte de donde estás necesitas dinero, y lo único que se te ha ocurrido es esto. Y lo entiendo, porque yo con diecisiete años tampoco tenía nada mejor.
—No me hables como si fueras mi madre.
—No te hablo como si fuera tu madre. Te hablo como la que te lavaba la cara.
Bella se levantó.
Y en ese momento entró Tam.
Entró como entraba él, de lado, mirando primero quién había, y se sentó en la silla de al lado de su hija sin que nadie se lo dijera, y se quitó la gorra.
—Vaya. Las dos juntas.
—Vete, Tam.
—Yo vengo a comer.
—Tú vienes a lo que veníamos todos.
Tam se rascó la barbilla y miró a Bella, y Bella lo miró a él, y en esa mirada Isla vio que llevaban hablado desde el domingo por lo menos.
Vio más que eso. Vio que la chica le tenía miedo. Se le notaba en que no le sostuvo la mirada más de un segundo y en que se echó atrás en la silla dos dedos cuando él se acercó a la mesa, que es un gesto que no se aprende de mayor.
—¿Dónde has dormido, Bella? —dijo Isla.
—En casa.
—¿En casa de él?
—En el altillo. En mi sitio de siempre.
—Ya. —Isla miró a Tam—. ¿Y le has cobrado la cama?
Tam se puso la gorra.
—Eso es cosa nuestra.
—El crío es de la familia —dijo Tam.
—El crío está inscrito a mi cargo desde el ochenta y siete.
—Inscrito por quién.
—Por el ministro.
—El ministro no es el abuelo. —Tam se echó hacia delante—. Y en Corrieglass hay dinero, Isla. Dinero de verdad. Tú ahora eres la señora y el crío está comiendo de eso, y yo no digo que esté mal, digo que somos familia.
—No hay dinero.
—Ya.
—No hay dinero, Tam. Esa casa debe siete mil doscientas libras.
Tam se rio y dijo lo que iba a decir de todas formas, porque no la estaba escuchando.
—Doce libras y no se habla más.
Isla se levantó y cogió el chal del respaldo.
En el bolsillo del delantal, debajo del chal, llevaba el cuchillo de destripar.
Lo llevaba desde agosto. Se lo había metido en el bolsillo el día de la boda sin pensarlo y no se lo había sacado nunca, y en seis meses en aquella casa no había cortado con él más que pan y una cuerda.
Lo notaba contra el muslo al andar, todos los días, y no se lo quitaba, y no sabía decir por qué.
Lo notó entonces.
—Buenas tardes —dijo.
Salió a la calle.
Detrás de ella salió Bella, deprisa, sujetándose el sombrero con una mano.
—¡Isla!
Isla siguió andando.
—¡Isla, para!
Había dos hombres en la puerta de la casa de comidas. Dougal Tait no, Dougal estaba en el mar. Eran Fearchar el de la capilla, que a los ochenta años se pasaba las mañanas donde hubiera gente, y el chico del tendero, que tenía dieciséis.
Bella se paró en medio de la calle, con el muelle vacío detrás, y lo dijo alto.
Lo dijo alto a propósito y mirando a los dos de la puerta, porque llevaba tres años en Glasgow y había aprendido que hay cosas que no sirven de nada si las oye una sola persona.
—¡El crío tiene padre! ¡Y está en el cementerio de aquí, con su lápida y todo!
Isla se paró.
No se dio la vuelta en seguida.
Se quedó de espaldas dos segundos largos, en medio de la calle, con el muelle vacío delante y el agua gris detrás del muelle, y en esos dos segundos hizo lo que hacía siempre, que fue pasar cuentas.
El chico del tendero subía a Corrieglass los martes con el pedido de la cocina.
Fearchar bajaba a la capilla todos los días y todos los días hablaba con el reverendo Bain.
La mujer de Fearchar era prima de la señora Kinnaird.
En Portnabrae había cuatrocientas almas en invierno y la mitad estaban emparentadas con la otra mitad, y una frase dicha a gritos en la calle del muelle un martes a las dos de la tarde estaba en la cocina de Corrieglass a las seis y en el salón pequeño a las ocho.
Y contra eso no se podía hacer nada. Se podía desmentir, y desmentirlo era peor. Se podía explicar, y explicarlo era contar lo de Ceitidh.
Se dio la vuelta despacio.
Bella tenía la cara roja y los ojos brillantes y las dos manos cerradas, y en cuanto lo dijo se le notó que no lo había pensado, que se le había caído de la boca, y que ya no había manera de recogerlo del suelo.
Isla no la miró a ella.
Miró a los dos de la puerta.
Fearchar tenía ochenta años y estaba sordo de un oído, pero no del que estaba de cara. El chico del tendero repartía los encargos de la tienda por las casas de arriba tres tardes por semana, y los martes subía a Corrieglass con el pedido de la cocina.
Era martes.