La heredera que no existía Capítulo 18
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Capítulo 18

Empezaron el nueve de enero, a las diez de la noche, en la mesa de la cocina.

Fue idea de Peigi y la propuso mal, que era como proponía ella las cosas importantes.

—Baje usted a las diez, que yo a esa hora estoy con las judías de mañana y me aburro.

—¿Para qué.

—Para lo que usted sabe.

Isla bajó a las diez.

La cocina de Corrieglass estaba debajo del ala principal y era la habitación más caliente de la casa, porque el fogón no se apagaba nunca del todo.

Tenía una mesa de pino fregada mil veces, blanca de tanto fregarla, y encima colgaba una lámpara de aceite con la mecha que había que subir a mano.

De las vigas colgaban dos ristras de cebollas y un jamón que llevaba dos años sin bajarse.

En la pared del fondo estaba la cocina de hierro con sus seis tapas y, encima, la barra de latón donde se secaban los trapos.

A las diez de la noche todo aquello estaba a oscuras menos el círculo de la lámpara, y el círculo de la lámpara cogía justo la mesa.

Peigi puso en la mesa una vela de sebo, un lápiz de carpintero y el libro de rentas del noventa y dos.

—¿Ese?

—Ese. —Peigi se sentó enfrente—. Usted no se aprende las letras con un abecedario, señora, que ya no tiene seis años. Usted se las aprende con lo que sabe.

—Yo no sé leer eso.

—Usted sabe que en el renglón catorce pone Beaton, porque Calum Beaton vive en la casa de abajo del burn y usted ha estado en su casa en noviembre. —Peigi puso el dedo en el catorce—. Léalo.

Isla miró el renglón.

—Beaton.

—Bien. ¿Y cómo lo sabía?

—Porque me lo ha dicho usted.

—Le he dicho el catorce. Hay cuarenta y dos. Búsquelo en el noventa y uno.

Y así fue todo.

Los nombres primero, porque los nombres los tenía dentro. Cuarenta y dos apellidos que había oído cuatrocientas veces en el muelle y en el camino y en la iglesia, y que estaban escritos ahí delante esperando a que ella los reconociera de otra manera.

Macrae. Beaton. Nicolson. Munro. MacAskill.

Los decía en voz alta uno detrás de otro y después los buscaba salteados, y cuando daba con uno a la primera se le iba la mano al renglón sin querer, a tocarlo.

Después las cifras, que ya sabía, y eso le dio una cosa que no esperaba: cada renglón tenía a la derecha algo que ella dominaba. No era una página de manchas. Era una página en la que la mitad de la derecha era suya, y desde la mitad de la derecha se podía ir tirando hacia la izquierda.

Los apellidos de la ladera estaban escritos a la inglesa y se decían a la gaélica, y eso fue lo que más trabajo le costó de todo. MacAskill se decía de una manera y se escribía de otra. Nicolson llevaba una letra que no sonaba. Beaton no se parecía a lo que la gente decía en el camino.

—¿Y por qué no se escriben como se dicen?

—Porque los escribió un escribiente de fuera hace ochenta años —dijo Peigi— y aquí nadie ha vuelto a tocar ese libro más que para cobrar.

Aprendió los números escritos con letra en la segunda semana. Aprendió el mes en la tercera. Aprendió las cuatro palabras que se repetían en todas las páginas, recibido, debido, atrasado y pagado, en la cuarta, y esas cuatro le costaron más que los cuarenta y dos apellidos juntos.

La primera semana fue la peor.

No por las letras. Por la cara que se le ponía a ella cuando no le salía una palabra que había sacado bien dos renglones antes.

Peigi no la ayudaba en esos casos. Se quedaba callada, pelando, esperando, y la dejaba estar treinta segundos delante de la palabra, y treinta segundos delante de una palabra a la una de la mañana son muy largos.

Isla se los pasaba con las palmas abiertas a los lados del libro, sin tocarlo.

Notaba el fogón en la espalda y notaba el dedo de Peigi, que no se movía.

Y notaba, sobre todo, las ganas de decir que por hoy ya estaba bien, que no dijo ni una sola noche en cuatro meses.

—Usted ayúdeme —dijo Isla la tercera noche.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque si la ayudo, mañana necesita usted que la ayude otra vez. —Peigi echó una piel al cubo—. Y en esta casa, señora, usted no puede necesitar a nadie para leer un papel. A usted le van a poner papeles delante toda su vida.

Escribían también.

Peigi le hacía copiar renglones enteros con el lápiz de carpintero en el revés de las hojas de un almanaque viejo.

Primero copiaba, después copiaba de memoria, después escribía al dictado.

La letra le salía grande y torcida las primeras noches y se le fue haciendo pequeña sin que ella lo notara, y a finales de enero le cabía un renglón entero en un renglón.

Se estaban hasta la una o las dos. Isla dormía cuatro horas y a las seis y media estaba levantada, y en cuatro meses no faltó una sola noche.

Peigi hablaba mientras tanto, porque Peigi hablaba siempre, y hablaba de la casa y de los muertos de la casa y de lo que había sido aquello en el sesenta y cuatro cuando pusieron el tejado.

Una noche de finales de enero hablaron del barracón.

Salió por nada. Isla estaba copiando la palabra atrasado por décima vez y dijo, sin levantar la cabeza, que su madre había muerto en el barracón de las destripadoras y que no sabía más.

Peigi dejó de pelar.

—¿En qué año?

—Setenta y cuatro.

—El setenta y cuatro yo bajaba al pueblo los jueves —dijo—. Aquí servíamos dieciocho y me mandaban a mí a por el pescado, porque la de antes de mí compraba mal.

—¿Se acuerda usted del barracón?

—Del barracón me acuerdo como de mi mano. Iba al final del muelle y las mujeres estaban fuera, en el muro, y yo esperaba ahí a que llegaran los barcos.

—¿Y de mi madre?

Peigi se quedó con el cuchillo parado encima del cesto.

—Espera.

—Si no se acuerda, no pasa nada.

—Calla, muchacha, que estoy mirando.

Estuvo callada como medio minuto, que en una cocina de noche es mucho.

—Hubo una —dijo—. En el setenta y tres o el setenta y cuatro, por ahí. Una de Lewis con una niña chica. Llamaba la atención porque llevaba a la cría al puesto y la dejaba en un cesto debajo de la mesa de destripar, y eso no se hacía ni entonces.

Isla se había quedado con el lápiz en el aire.

—¿Y qué más?

—Que era guapa. Eso me acuerdo. —Peigi volvió a pelar—. Una de Lewis, guapa como un mal día de suerte. Mór se llamaba. El apellido no me sale.

—¿Mór?

—Mór. Que no es nombre raro, cuidado. En Lewis hay cuatrocientas.

—¿Y no se acuerda de más?

—Me acuerdo de que se murió y de que hubo lío con dónde enterrarla, porque no era de la parroquia.

—Peigi echó la piel al cubo—. Y de que la enterraron igual, que eso lo arregló el ministro de entonces, y que la piedra la pusieron sin nombre porque nadie sabía el apellido y no había quien mandara carta a Lewis a preguntarlo.

Isla volvió a mojar la pluma.

Copió la palabra atrasado tres veces más, y las tres le salieron peor que las nueve de antes.

El seis de febrero, Isla escribió su primera carta.

La escribió cuatro veces. Las tres primeras las rompió, no por las faltas, sino porque no sabía cómo se empieza una carta cuando no eres nadie escribiéndole a alguien que te va a cobrar.

Peigi le dictó el armazón y ella puso lo suyo.

Iba dirigida al señor Duncan Rae, pañero, de la calle Alta de Dingwall.

Pedía cinco varas de estameña negra de la buena y dos de crespón, con el precio por vara puesto por escrito antes de enviar nada, y decía que se pagaría contra entrega y no antes, y decía al final que el pedido se hacía por cuenta de la casa de Corrieglass y con cargo a la cuenta de Inverness.

Era la primera vez que Isla Rathven cargaba algo a aquella cuenta.

Tardó diecinueve minutos en escribir once renglones. Cuando acabó tenía la mano derecha agarrotada de apretar y una mancha de tinta en el canto del meñique que no se le fue en dos días.

La tela llegó el diecisiete. La modista de Portnabrae subió a tomar medidas el diecinueve y cosió en ocho días, y cobró catorce chelines, y el vestido de luto de la señora de Corrieglass estuvo terminado el veinticuatro de febrero por la tarde.

Lady Ursula no dijo nada.

No dijo nada el veinticuatro, ni el domingo veinticinco en la iglesia, ni nunca. Aquello se quedó exactamente donde lo había dejado en noviembre, que era el sitio en el que había perdido.

Gavin bajó a la cocina una noche de la segunda semana de febrero.

Bajó a por agua, a la una y media, con la vela en la mano, y se paró en el arco de la escalera de servicio antes de entrar.

Las vio desde allí.

La cocinera de su casa, sesenta y tres años, sentada a un lado de la mesa de pino con un cuchillo en la mano y un cesto de nabos.

La propietaria de Corrieglass al otro lado, de codos, con el libro de rentas abierto y el dedo debajo de un renglón, leyendo en voz alta muy despacio y parando en las palabras largas.

Leía la lista de los arrendatarios del noventa y dos.

Gavin se quedó en el arco.

Estuvo allí lo que tardó ella en leer cuatro renglones. Cuando llegó al quinto y se atascó, Peigi dijo una cosa corta sin levantar la vista de los nabos, y las dos se rieron, y fue una risa de las que solo se hacen a la una y media de la mañana.

Gavin dio media vuelta, subió los escalones sin apoyar el talón y se quedó sin agua.

A mediados de febrero ya no necesitaba el dedo debajo del renglón.

Lo notó una noche sin darle importancia, y a los dos días se dio cuenta de que lo había notado, y esa fue la única vez en todo el invierno en que estuvo a punto de decirle algo a Peigi sobre lo que estaban haciendo las dos allí abajo todas las noches desde el nueve de enero.

No se lo dijo. Peigi tampoco.

El veintiséis de febrero, Isla leyó la página entera.

Cuarenta y dos renglones. Nombre, renta fijada, pagado y atrasado, de arriba abajo y en voz alta, sin parar más que dos veces y las dos en apellidos con h muda.

Cuando llegó al último, Peigi soltó el cuchillo y se secó las manos en el delantal y no dijo nada, porque había cosas que en aquella casa no se decían.

Isla cerró el libro. Lo cerró con las dos tapas a la vez y lo dejó en el borde de la mesa con el lomo hacia fuera, que era como lo dejaba siempre para encontrarlo a oscuras.

Subió, se lavó en el agua fría del ala oeste y se acostó.

Ya con la manta hasta la barbilla, a oscuras, se acordó de una cosa que llevaba cuatro semanas sin acordarse y la dijo en voz baja, a ver cómo sonaba.

—Mór.

No le sonó a nada. Sonó a un nombre de mujer de Lewis, de los que hay cuatrocientos.

Se durmió.