Capítulo 17
Gavin lo tenía pensado desde el día de Año Nuevo.
Lo pensó una noche en el desván, poniendo el cubo, y le pareció limpio. No iba a echarla, porque no podía y porque tampoco iba a rebajarse a intentarlo otra vez después de lo de noviembre. No iba a tratarla mal, porque en ocho años no había tratado mal a nadie que trabajara.
Iba a hacer otra cosa.
Iba a sentarla delante de los libros de la finca y a pedirle que hiciera su trabajo. Eso era todo. Nadie podía decir que aquello fuera una maldad. Era, al contrario, exactamente lo que correspondía: la propietaria de Corrieglass revisando las cuentas de Corrieglass con el que las llevaba.
Y a la media hora, ella sola, sin que él tuviera que decirle una palabra, iba a entender que no podía.
La citó el lunes ocho de enero a las diez en la oficina de rentas.
La oficina de rentas era un cuarto pegado al patio, con una mesa, dos sillas, una estufa de hierro y una estantería con ocho libros atados. Olía a tinta y a serrín. Gavin llegó a las nueve y media, encendió la estufa, sacó los libros de los tres últimos años y los puso abiertos al lado.
Se puso a mirar por la ventana mientras esperaba, y se acordó, sin querer acordarse, de la primera vez que se había sentado él en aquella misma silla.
Fue en el ochenta y cinco. Tenía veinticuatro años y llevaba nueve meses llevando la finca porque su padre había muerto en abril y su hermano no había vuelto del viaje.
El factor de entonces, un hombre de Dingwall que cobraba noventa libras y no valía treinta, le puso los libros delante y le dijo lo mismo que le iban a decir todos durante ocho años: que aquello era muy complicado y que ya se lo explicaría.
Gavin lo despidió en enero del ochenta y seis y se puso a hacerlo él, y tardó dos años en entender el libro de gastos.
Dos años.
Isla llegó a las diez en punto con el vestido gris de lana.
—Buenos días, señora.
—Buenos días.
—Siéntese usted ahí.
Se sentó.
Gavin abrió el libro del noventa y tres por el mes de mayo y lo giró hacia ella.
—Esto es el asiento de la renta de Pascua del año pasado. Son cuarenta y dos partidas y hay que cotejarlas con los recibos. Yo le voy leyendo los recibos y usted me va diciendo si cuadra con el libro.
—Está bien.
—Empezamos por arriba. —Gavin cogió el primer recibo del montón—. Lea usted el primer nombre.
Isla miró la página.
Se inclinó un poco. Puso el dedo debajo del primer renglón, que era una cosa que Gavin no había visto hacer a nadie mayor de ocho años.
—Ro.
—Siga.
—Ro. Bert. —Paró—. Robert.
—Robert qué.
—M. —El dedo se movió—. M, a, c... Mac. Mac algo.
—Macrae.
—Macrae.
—El siguiente.
Fue peor.
Gavin se dio cuenta a los cuatro renglones de que iba a ser peor de lo que había calculado, y se dio cuenta de otra cosa a los seis, y fue que no estaba disfrutando.
No estaba disfrutando nada.
Había imaginado la escena veinte veces desde Año Nuevo y en las veinte había un momento en que ella cerraba el libro y se levantaba y se iba, y él se quedaba tranquilo.
Lo que estaba pasando en aquel cuarto no se parecía a eso.
Lo que estaba pasando era una mujer de veintiún años con la cara muy blanca, el dedo debajo de un renglón, sacando letras de una en una delante de un hombre que le había puesto el libro delante a propósito.
Y no se levantaba.
Ese era el problema. Gavin la miraba esperando el momento y el momento no llegaba, y a los diez minutos empezó a pensar que aquella mujer podía estar allí sacando letras hasta las cuatro de la tarde.
—Señora.
—Espere.
—Señora, déjelo.
—Espere, que va la cuarta.
Llegó al final de la cuarta página.
Tardó veintiséis minutos en cuatro páginas. Al levantar la cabeza tenía marcas rojas en la frente de habérsela apretado con la mano, y las dos manos sobre la mesa, con los trapos.
Se los había vuelto a poner en diciembre.
Los cortes del verano se le habían cerrado en octubre, pero en el ala oeste no había agua caliente y en la cocina fregaba, y los nudillos se le habían vuelto a abrir con el frío, y llevaba desde Navidad con dos dedos de la derecha envueltos como en temporada.
Gavin le miró las manos y apartó la vista.
—Lo dejamos —dijo.
—No.
—Señora, esto así no se puede hacer.
—Así no. —Isla empujó el libro del noventa y tres hacia un lado y alargó la mano hacia los otros dos—. Déme esos.
—¿Para qué.
—Déme los tres y déjeme el de al lado también. El de los gastos.
Gavin se los dio porque no se le ocurrió por qué no.
Y entonces pasó una cosa que tardó en entender.
Isla dejó de mirar la izquierda de las páginas. No volvió a mirar un nombre en toda la mañana. Puso los tres libros abiertos en fila y se inclinó sobre ellos, apoyada en los nudillos, y empezó a leer las columnas de la derecha de arriba abajo, deprisa, moviendo los labios sin sonido.
Como se cuenta un cajón de arenque.
—Noventa y uno —dijo—. Entrado en rentas, trescientas diecinueve libras con catorce.
—Eso pone.
—Noventa y dos, trescientas siete con dos. Noventa y tres, trescientas once con dieciocho.
—Sí.
—Ahora los gastos. —Pasó la hoja del libro de al lado—. Noventa y dos, doscientas cuarenta y una. Noventa y tres, doscientas treinta y ocho.
—Correcto.
—Noventa y uno, trescientas veintiuna.
Gavin pasó el dedo por la columna y lo dejó parado en el renglón.
Isla levantó la cabeza.
—Ochenta libras.
—¿Cómo dice?
—El noventa y uno gastó esta casa ochenta libras más que el noventa y dos y ochenta y tres más que el noventa y tres.
Y los dos años que están bien se parecen entre ellos en todo.
En el herrero, en la turba, en los sueldos, en el arriendo.
—Pasó el dedo por la columna—. Estas cifras las he sumado dos veces. Súmelas usted.
Gavin las sumó.
Las sumó en el reverso de un sobre, con el lápiz, sin levantar la cabeza.
Tardó cinco minutos y no le hizo falta. Las sabía desde febrero del noventa y dos, cuando había cerrado el año y le había salido lo que le salió.
—Señora, eso está asentado.
—Ya veo que está asentado. Yo no le pregunto si está asentado.
—Hay tres partidas en el noventa y uno de treinta, treinta y veinte libras. Están en el libro como gastos de la casa.
—¿Y qué se compró?
—Nada.
—¿Cómo que nada?
—Nada de esta casa. —Gavin se echó atrás en la silla—. Mi hermano me escribió tres veces aquel año desde Edimburgo. En marzo, en junio y en septiembre. Las tres cartas decían lo mismo: que librara esa cantidad contra la cuenta de Inverness y que la asentara como gastos y que no preguntara.
—¿Y usted no preguntó?
—Yo pregunté en junio.
—¿Y?
—Y me contestó en octubre una carta de cuatro líneas diciendo que la finca era suya.
Se quedaron callados los dos.
La estufa de hierro tiraba mal y el cuarto olía a humo.
—Entonces ese dinero salió de aquí —dijo Isla— y usted no sabe dónde fue.
—No lo sé.
—¿Y lo puso usted en el libro con su letra?
—Con mi letra. Las tres partidas.
—¿Por qué?
Gavin se levantó, porque no era una pregunta que se pudiera contestar sentado.
—Porque yo no soy el dueño de esta finca, señora Rathven —dijo—. Nunca lo he sido. Yo soy el que apunta.
Isla no levantó los ojos de las tres cifras.
—Yo no sé qué pone —dijo—. Sé lo que suma. Y no suma.
Gavin fue hasta la ventana y volvió.
Llevaba dos años y medio con aquellas ochenta libras metidas en un sitio de la cabeza donde no se mira, porque mirarlas quería decir aceptar que su hermano había sacado dinero de una casa que se caía y no le había dicho para qué, y aceptar eso era un escalón más abajo de donde él estaba dispuesto a bajar mientras Alasdair estuviera vivo.
Ahora Alasdair estaba enterrado y las ochenta libras estaban en el renglón, subrayadas con el dedo vendado de una destripadora de arenque que no sabía leer la palabra Macrae.
—¿Y ahora qué? —dijo ella.
—Ahora nada. Ese dinero se fue hace tres años y está muerto.
—No le pregunto por el dinero.
Gavin se volvió.
—Le pregunto qué hace usted aquí todas las mañanas —dijo Isla—. Yo he visto ocho libros en esa estantería y no sé para qué sirven siete.
—Para nada, si no se cobra.
—Pues explíquemelo.
Gavin se la quedó mirando un momento y después se sentó.
Le explicó cómo se cobra una renta. Que se cobra dos veces al año, por Pascua y por San Martín, y que nadie paga el día.
Que de los cuarenta y dos, treinta pagan bien, ocho pagan tarde y cuatro no pagan nunca del todo, y que a esos cuatro no se les puede echar desde el ochenta y seis y hay que ir a su casa a sentarse dos horas y salir con la mitad.
Que el arriendo del coto se cobra por adelantado en junio y que ese es el único dinero seguro del año.
Que hay un libro para las reparaciones y otro para la turba, y que el de la turba es el que más mentiras tiene porque la turba se corta y no se compra y todo el mundo apunta lo que quiere.
Habló veinte minutos seguidos.
No le había explicado aquello a nadie en ocho años, porque no había nadie a quien explicárselo.
Cuando acabó se dio cuenta de que ella no había dicho una palabra en veinte minutos y de que tenía delante el reverso del almanaque y el lápiz de carpintero, y de que había ido apuntando.
—Una cosa más —dijo ella, ya con el chal en la mano—. Los cuatro que no pagan nunca del todo.
—¿Qué pasa con ellos.
—¿Son los mismos cuatro desde el ochenta y seis?
Gavin se paró.
—Sí.
—¿Y los ocho que pagan tarde?
—Casi siempre los mismos.
—Entonces no son ocho y cuatro. —Isla señaló la columna con el dedo vendado—. Son doce familias que llevan siete años sin poder. Eso no es que paguen mal. Eso es que la renta que les fijó el tribunal en el ochenta y siete era demasiado alta para lo que da esa ladera.
—El tribunal la fijó.
—El tribunal la fijó mirando un papel. Usted la cobra mirando una casa.
Gavin no contestó a eso, porque llevaba siete años pensándolo y no se lo había dicho nunca a nadie.
—Son las doce y media —dijo.
—Sí.
—Mañana a la misma hora.
—¿Para qué?
—Para el noventa y cuatro. Hay que abrir el libro del año y hay que hacerlo entre dos.
Isla se levantó y recogió el chal de la silla.
Gavin cerró los tres libros de los años viejos y los ató con el bramante y los puso en la estantería.
Después cogió el libro nuevo, el del noventa y cuatro, que estaba todavía sin estrenar, y en lugar de guardarlo lo dejó a la vista.
Lo dejó abierto por la primera página y le dio la vuelta, despacio, hasta que quedó del derecho para la silla donde ella se había sentado.