La heredera que no existía Capítulo 16
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Capítulo 16

En Corrieglass no se gritaba.

Isla tardó tres semanas en entender cómo funcionaba aquella casa y lo entendió de golpe, un martes de diciembre, mirando una bandeja.

Funcionaba así: nadie le decía que no a nada.

Nunca. Pedía una cosa y le decían que sí, y la cosa no llegaba, y si volvía a pedirla le volvían a decir que sí con la misma cara.

El carbón para la chimenea del ala oeste se pedía el lunes y subía el jueves.

El agua caliente estaba a las siete y a ella se la subían a las ocho menos cuarto, cuando ya se había lavado con la fría.

El té se lo servían el último y se lo servían tibio, y si lo decía, la señora Kinnaird ponía cara de disgusto sincero y decía que eso no volvería a pasar.

Y volvía a pasar.

Ninguna de aquellas cosas, por separado, era nada. Un té tibio no es nada. Tres días de carbón no son nada. Isla había pasado inviernos enteros en un altillo sin carbón ninguno.

Juntas, y todos los días, y hechas por catorce personas a la vez, eran una lengua. Y la lengua decía una sola frase, repetida de la mañana a la noche: usted no manda aquí.

Peigi peleaba esa guerra desde abajo.

Peleaba en la cocina, que era su terreno, con la sartén y con el genio.

Subía ella el agua caliente a las siete menos diez para que nadie pudiera subirla tarde.

Le apartaba el pan del horno antes de que saliera la bandeja.

Se puso de por medio dos veces con la señora Kinnaird, delante de Nan y de las otras, y la segunda hubo palabras que se oyeron desde el pasillo.

Ganaba la mitad. La otra mitad la ganaban arriba.

El tres de diciembre llegaron las primeras invitaciones de la comarca.

Llegaron tres. Una de los Munro de Ardgay, una del factor de Kilmuir y una del párroco de Lochcarron para el almuerzo de Navidad. Estaban las tres encima de la bandeja de plata alquilada del vestíbulo cuando Isla bajó, y las tres decían lo mismo en el sobre.

A Lady Ursula Rathven, de Corrieglass.

No era un error. Lo miró bien. En una comarca donde todo el mundo sabía desde noviembre quién había heredado aquella casa, tres familias distintas habían escrito a la señora Rathven madre y ninguna a la señora Rathven viuda.

Eso no lo había mandado nadie desde Corrieglass. Eso lo había decidido sola la comarca entera, que es una cosa que se decide sin reunirse.

Lo del luto fue lo otro.

El veintinueve de noviembre, Isla bajó al salón pequeño y lo dijo en voz alta delante de la señora Kinnaird, de Nan y de Peigi, que era como le había dicho Alasdair que se decían esas cosas en aquella casa.

—Necesito vestido de luto. No tengo.

Lady Ursula levantó la vista del libro cerrado.

—Naturalmente.

—El de la lectura era de boda. La comarca lo ha visto.

—Lo ha visto, sí. —La señora dejó pasar dos segundos—. Encárguelo usted.

—¿Yo?

—Usted. —Lady Ursula volvió al libro—. Las cuentas de esta casa son suyas desde el veinte de noviembre, señora Rathven. Yo no puedo encargar nada a nombre de Corrieglass. Sería tomarme una atribución que ya no tengo.

Era verdad. Eso era lo peor.

Era verdad, era correcto, era impecable, y Isla se quedó de pie en medio del salón sabiendo que acababan de darle todo el poder de la casa y que no sabía cómo se usaba.

No sabía a qué modista se escribía. No sabía qué se escribía.

No sabía si se pagaba por adelantado ni cuánto valía un vestido negro de una mujer que entierra a un señor.

Y no podía preguntarlo, porque la única manera de preguntarlo era preguntárselo a la mujer que se lo acababa de decir.

Pasó diciembre y enero con el vestido gris de lana.

Y había otra cosa debajo de todo aquello, que era la que de verdad la tenía atada, y que no se la podía contar a nadie.

Isla no tenía dinero.

Era la propietaria de una finca de cuatro mil ochocientas libras, tenía cuarenta y dos arrendatarios y una cuenta abierta en el banco de Inverness a nombre de la casa.

Y no tenía dinero suyo. Lo que había en la caja de las rentas era de la finca.

Lo que entraba del coto era de la finca.

Los catorce sueldos, la turba, el herrero y la pensión de la señora salían de ahí, y todos los años faltaba.

El veintidós de diciembre subió al maestro de Portnabrae a apuntar a Torcuil en la escuela para el trimestre de abril. Dos chelines.

Los pagó de un monedero de tela que llevaba desde Yarmouth, del otoño del noventa y dos, donde tenía cuatro libras y seis chelines.

El maestro tardó en cogerlos. Miró los dos chelines en la mesa, después la miró a ella y después volvió a mirar los dos chelines, y se le veía en la cara que estaba haciendo la cuenta de por qué la señora de Corrieglass pagaba la escuela de un niño con monedas sueltas sacadas de un monedero de tela.

No preguntó. Escribió el nombre del crío en el registro y le dio un recibo.

Era todo lo que tenía en el mundo. No había cogido un penique de las cuentas de la casa desde el veinte de noviembre y no pensaba coger ninguno, y no era por orgullo. Era porque había visto tres columnas de números en un libro y sabía lo que costaba aquella casa cada mes.

Cuatro libras y seis chelines. Menos dos chelines de la escuela.

El diecisiete de diciembre subió el coche de Inverness por la avenida a las once de la mañana.

Isla lo vio desde la ventana del ala oeste y bajó. Bajó deprisa, porque llevaba desde el veintiuno de noviembre esperando a que alguien de fuera de aquella casa le hablara de la finca, y porque Kilgour le había dicho que volvía el diecisiete a traerle una cosa.

Cuando llegó al vestíbulo, el coche ya se iba.

Había estado veinte minutos. La señora Kinnaird recogía las dos tazas del salón pequeño.

—¿Ha venido el señor Kilgour?

—Sí, señora.

—¿Y no se me ha avisado?

—Preguntó por la señora. —La señora Kinnaird apiló las tazas—. Por la señora Rathven.

Arriba, en el salón pequeño, Lady Ursula tenía encima de la mesita una carpeta de cartón atada con una cinta.

Se la había pedido ella. Se la había pedido con muy buenas palabras, en pie, en la puerta, antes de que el procurador se quitara el abrigo: que como albacea moral de su hijo y como madre, deseaba revisar la correspondencia personal del difunto antes de que se dispersara.

Kilgour había dudado cuatro segundos. Después había pensado que una madre que pide las cartas de un hijo muerto pide una cosa que no se niega, y le había dado la carpeta entera.

En la cartera llevaba la correspondencia de Corrieglass desde septiembre.

Se la dio toda, sin sacar un papel, sin apuntar en ninguna parte que se la daba.

Dentro de la carpeta, entre diecisiete papeles sin importancia, iba un sobre grande con lacre rojo.

Lady Ursula lo encontró esa tarde.

No lo abrió aquel día. Lo abrió el veintidós, con un cuchillo de fruta calentado en la lumbre para levantar el lacre sin romperlo, y lo leyó dos veces, y a la segunda estuvo un rato muy largo con las palmas encima del papel.

Después lo volvió a cerrar con lacre nuevo y su propio sello, y lo guardó en el cajón de abajo de su escritorio, debajo de la caja de costura.

Isla no supo nada de nada de esto.

Lo único que supo fue que el procurador de la casa había subido la avenida el diecisiete de diciembre y se había vuelto a Inverness sin verla.

El domingo siete de enero bajó al pueblo.

Se puso la falda parda, la blusa de algodón, las botas viejas y el chal gris cruzado al pecho, y bajó las tres millas andando porque no pensaba pedir el coche.

Era invierno y el muelle estaba vacío. La flota estaba en Yarmouth desde octubre y en Portnabrae no quedaban más que los barcos pequeños, los viejos y las mujeres que no habían ido a la salida de otoño.

Bess Munro estaba en el cobertizo de las redes con otras cuatro, remendando.

Isla entró y se sentó en el banco de siempre, y cogió una aguja de red del cesto sin que nadie se la diera, y empezó a remendar.

Estuvieron media hora hablando de cosas. De quién había muerto en diciembre. De lo que pagaban en Yarmouth. De que Annag se había ido con las de Barra y que decían que allí había un hombre.

Y a la media hora ya no había de qué hablar, y se notó.

Fue cosa de nada. Bess contó algo del escribiente nuevo de la estación y a mitad de la historia se paró, porque en la historia venía una cosa sobre el precio del barril, y contar delante de la señora de Corrieglass una cosa sobre el precio del barril ya no era lo mismo que contarla delante de Isla Fearn.

No lo dijo nadie. Bess siguió por otro lado y se acabó la historia mal.

A la hora, Isla dejó la aguja en el cesto.

Seonag la acompañó hasta la puerta del cobertizo. Se quedaron las dos en el vano, mirando el muelle vacío y la lluvia.

—No vengas los domingos —dijo Seonag.

—¿Por qué.

—Porque las de ahí dentro tienen que hablar mal de los de arriba para aguantar la semana, y tú ya eres los de arriba. —Se cruzó el chal—. No es malicia, muchacha. Es que no se puede hacer las dos cosas.

Isla no contestó.

Seonag la miró un momento y después se acercó y le olió el pelo, sin pedir permiso, como se le huele el pelo a una hija.

—Ya no hueles a pescado, muchacha. Eso aquí no es un cumplido.

Volvió andando de noche.

Llegó a Corrieglass a las siete y cuarto, con las botas empapadas y la trenza deshecha por la lluvia. La casa estaba a oscuras salvo el salón pequeño y la cocina. Nadie le preguntó dónde había estado, ni entonces ni al día siguiente, y esa fue la única cosa buena de la jornada.

No subió.

Entró en el gabinete, encendió la lámpara con la mecha baja y abrió el armario de puertas de madera.

Sacó el libro de rentas y lo puso en la mesa. Pesaba lo que pesaba. Lo abrió por la mitad, como lo había abierto Alasdair en agosto, y las hojas cayeron hacia el lado del lomo roto.

Se quedó mirando la página con las manos quietas a los lados del libro.

Los nombres de la izquierda eran cien manchas. Lo intentó con el primero y sacó una R y una t y se atascó, y lo intentó con el segundo y fue peor.

Pasó la hoja.

Y en la hoja de al lado, a la derecha, había una columna de cifras de arriba abajo, cuarenta y dos renglones con tres columnas, y aquello no eran manchas.

Aquello lo leía entero.

Se quedó de pie encima del libro con la lámpara baja, y a los cuatro minutos había sumado la primera columna de memoria, y a los diez estaba buscando papel en el cajón para volver a sumarla.