La heredera que no existía Capítulo 15
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Capítulo 15

Isla no durmió la noche del lunes.

Bajó a la cocina a las dos y se encontró la luz encendida y a Peigi sentada a la mesa con las sesenta libras todavía sin creerse del todo.

La casa a esa hora hacía los ruidos que hace una casa grande y vacía: la madera de la escalera principal dando de sí al enfriarse, una contraventana suelta en el ala vieja, y por debajo de todo el burn, que en noviembre se oye desde dentro.

—No se duerme la primera noche —dijo Peigi—. Ni la primera ni la segunda. La tercera sí.

—No es por eso.

—Ya sé que no es por eso. Siéntese.

Le puso delante un tazón de leche caliente con avena y se sentó a mirarla comer.

—Señora.

—Dígame.

—Le voy a decir una cosa y no se la voy a repetir, porque yo aquí soy la cocinera y hay cosas que la cocinera dice una vez.

—Peigi juntó las manos sobre el hule—. Mañana viene el señor Kilgour a decirle lo que vale esta casa y lo que debe.

Y cuando se lo diga, le va a ofrecer una firma para salir de aquí.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque en el ochenta y uno, cuando murió el viejo señor, se la ofreció a la señora. Yo serví el té.

—¿Y ella qué hizo?

—Ella no firmó, y por eso lleva doce años siendo la señora de una casa que se cae.

—Peigi se levantó a atizar el fogón—. Yo no le digo lo que tiene que hacer.

Le digo que antes de que se lo pregunten, sepa usted lo que va a contestar.

Que lo peor de esa hoja no es firmarla. Lo peor es que se la pongan delante y no lo tenga usted pensado.

El martes por la mañana, antes de coger el coche, Kilgour pidió media hora a solas con la viuda.

Se la dieron en el gabinete. Peigi encendió la chimenea a las ocho para que a las nueve la habitación estuviera a algo, y no llegó a estar a algo, pero lo intentó.

El gabinete daba al norte y tenía dos ventanas altas con el marco hinchado de humedad.

La alfombra estaba gastada en dos caminos, uno de la puerta a la mesa y otro de la mesa a la chimenea, y por los dos se veía la trama.

Vino con la cartera de cuero, el abrigo puesto y una cara que Isla le vio desde la puerta y que no le había visto el lunes.

El lunes había leído un documento delante de nueve personas. El martes venía a decirle una cosa a una sola.

Kilgour sacó tres pliegos y los puso en fila, uno al lado del otro, girados hacia ella.

—Señora, usted me dijo el otro día que no lee corrido.

—No leo corrido.

—¿Y números?

—Números sí.

—Pues entonces vamos a hacerlo al revés de como se hace siempre. —Kilgour se sentó enfrente y destapó el tintero—. Yo escribo y usted mira.

Cogió la pluma y en el margen del primer pliego, en blanco, escribió una cifra grande y clara, del derecho para ella.

4.800

—Esto es lo que vale Corrieglass —dijo—. Casa, tierras, arriendo del coto y lo que hay dentro. Es una tasación de mayo de este año hecha por un perito de Inverness que no se casa con nadie. Si lo sacáramos a subasta mañana, en un año malo, sacaríamos cuatro mil quinientas. Le pongo la buena.

Isla miró la cifra.

Cuatro números. Llevaba diez años contando barriles y sabía perfectamente lo que era un cuatro con tres cifras detrás. Era el muelle de Portnabrae entero, lleno de barriles de punta a punta, dos veces.

Debajo, Kilgour escribió otra.

7.200

—Y esto es lo que hay encima.

—¿De quién?

—De don Hector Ballantyne, de Glasgow. Empezó en el ochenta y siete con dos mil, se rehízo en el ochenta y nueve, se volvió a rehacer en el noventa y dos y la última vez fue en marzo del año pasado.

Siete mil doscientas libras, al cuatro y medio por ciento, con vencimiento del principal el treinta y uno de mayo de mil ochocientos noventa y cinco.

Isla repitió la cifra por dentro y le salió igual de grande la segunda vez.

Kilgour esperó, porque llevaba treinta y un años haciendo aquello y sabía que había que esperar, y porque tenía preparados cuatro párrafos para explicarle lo que significaban aquellas dos cifras juntas.

No le hicieron falta.

—Siete mil doscientas menos cuatro mil ochocientas —dijo Isla—. Eso no es una herencia, eso es una cuenta pendiente.

Kilgour dejó la pluma.

—Exactamente eso —dijo, y no supo por dónde seguir—. Exactamente eso, señora, y yo lo tenía escrito aquí en tres hojas.

—¿Y qué pasa el treinta y uno de mayo del noventa y cinco?

—Que si no se paga el principal, el acreedor ejecuta. Se lleva la finca entera y usted queda debiendo la diferencia, que son dos mil cuatrocientas libras que usted no tiene y que no va a tener nunca.

—¿Yo?

—Usted. —Kilgour la miró por encima de las gafas—. Ha aceptado usted la herencia el viernes al ir detrás del ataúd delante de setenta personas, y el lunes al quedarse sentada en esa silla hasta el final. En derecho todavía no ha aceptado nada. En la práctica lo sabe toda la comarca.

—¿Y se puede no aceptar?

—Se puede.

Kilgour dio la vuelta al tercer pliego y lo empujó hacia ella.

—Esto es una renuncia. Si la firma usted hoy, delante de mí, se acabó. Usted no hereda, usted no debe nada y usted se va de esta casa el jueves con lo que quiera llevarse en un coche. La finca pasa a los acreedores y el asunto deja de ser suyo.

—¿Y usted qué me aconseja?

El procurador tardó en contestar.

Se quitó las gafas, las limpió con el pañuelo, se las volvió a poner y las cosas no mejoraron.

—Yo le aconsejo que firme —dijo—. Y se lo aconsejo de verdad, señora, no por quedar bien.

Llevo treinta y un años en esto. He visto a tres personas quedarse con una finca en estas condiciones y a las tres les costó más de lo que valía.

Usted tiene veintiún años y no debe un penique a nadie.

Eso es más de lo que tiene en esta comarca casi todo el mundo.

Isla miró los tres pliegos.

—¿Y los arrendatarios?

—¿Cómo dice?

—Los cuarenta y dos. Si se la queda él, ¿qué pasa con los cuarenta y dos?

Kilgour se recostó en la silla.

—Le voy a decir la verdad, que es lo que me paga usted por decirle.

—Yo no le pago.

—Todavía. —Movió la mano—. La ley del ochenta y seis protege al arrendatario con tierra. De los cuarenta y dos, treinta tienen su papel del tribunal, su renta fijada y su tenencia asegurada. A esos no los puede echar ni don Hector Ballantyne ni nadie, y en eso están mejor que usted.

—¿Y los otros doce?

—Los otros doce no son arrendatarios. Son cottars. Viven en tierra de otro, sin papel y sin renta fijada, porque el padre o el abuelo les dejó levantar una casa en un rincón. La ley del ochenta y seis no dice nada de ellos. Absolutamente nada.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que se les puede echar con un aviso de cuarenta días.

Isla miró la cifra grande.

—Hay más —siguió Kilgour, y ya que había empezado siguió hasta el final—.

Está el pasto común de la ladera alta. Eso lo usan los treinta que sí tienen papel, y no es tierra suya, es servidumbre.

Un dueño nuevo puede cerrarlo y meterlo en el coto, y entonces los treinta tienen su casa, su renta fijada y su papel del tribunal, y no tienen dónde llevar las vacas.

—¿Eso es legal?

—Se pleitea. Y un pleito así dura cuatro años y lo pierde el que se queda sin comer primero.

—¿Y no hay manera? —dijo ella—. Dos mil cuatrocientas libras de diferencia. ¿No hay manera de juntar eso en año y medio?

—Señora, la finca da de renta neta, quitado todo, unas trescientas diez libras al año. De ahí salen la pensión de la señora, los sueldos, el tejado y los intereses de la hipoteca, que son trescientas veinticuatro.

—Eso no cuadra.

—No cuadra desde el noventa y uno. —Kilgour se encogió de hombros—. Lo que falta cada año se ha ido añadiendo al principal. Por eso empezó en dos mil y va por siete mil doscientas.

—¿Y el coto?

—Ciento ochenta. Está contado dentro de las trescientas diez.

—¿Y si se vende algo?

—Ya está vendido todo lo que se vendía. —El procurador señaló con la barbilla hacia la puerta, hacia la galería—. Usted ha visto los huecos.

El fuego estaba bajando. Isla se levantó, echó dos turbas y siguió de pie junto a la chimenea, de espaldas. Las dos turbas prendieron despacio, primero por el canto, con ese humo que huele a tierra quemada y que no calienta hasta que lleva un rato. Se quedó mirándolas prender.

—¿Cuántos son los doce?

—¿Personas?

—Personas.

Kilgour pasó una hoja.

—Cuarenta y una. Contando a los críos.

Isla se quedó allí de pie un rato largo, con las manos en el delantal.

Kilgour no la metió prisa. Miró por la ventana, porque en esos casos se mira por la ventana, y vio que estaba empezando a nevar en la ladera de arriba y que abajo era agua.

—Guárdese la renuncia —dijo ella.

—Señora.

—Guárdesela usted. No la voy a firmar.

—¿Lo ha pensado?

—Lo he pensado en lo que tardan dos turbas en prender. —Isla se volvió—. Usted lleva treinta y un años y yo llevo diez contando barriles, señor Kilgour. Una cuenta que sale mal no se arregla saliéndose de la mesa.

—Se va usted a arrepentir —dijo Kilgour.

—Puede.

—Y el día que se arrepienta, ya no va a poder firmar esto, porque para entonces habrá firmado otras cosas.

—Entonces lo que tengo que hacer es aprender a leer lo que firmo.

Kilgour la miró un momento y después empezó a recoger.

Metió los tres pliegos en la cartera de cuero. Metió el tintero en su caja. Se levantó, se puso el abrigo y dejó la cartera abierta en la mesa, mirándola.

Dentro, en el departamento de la derecha, había un sobre grande con lacre rojo que llevaba allí desde el veintisiete de septiembre.

Se lo había dado Alasdair Rathven en su despacho de Inverness, con la disposición ya firmada y los testigos fuera, y le había dicho dos cosas.

Que se lo entregara a la viuda al mes del entierro.

Y que no se lo entregara el mismo día del testamento, porque una persona a la que le acaban de dar una casa no lee bien.

El mes se cumplía el diecisiete de diciembre.

Kilgour miró el sobre.

Después miró a la mujer de veintiún años que estaba de espaldas echando turba a una chimenea que no calentaba, en una casa que acababa de decidir que no soltaba, y pensó que veintisiete días no cambiaban nada.

Cerró la cartera.

—El diecisiete de diciembre vuelvo —dijo.

—¿Para qué?

—Para traerle una cosa.

Isla no preguntó qué cosa, porque estaba pensando en otra, y Kilgour salió al vestíbulo y se fue a coger el coche.

En la esquina de la cartera, al cerrarla, se había quedado pillado un pico de papel. Era un triángulo pequeño, blanco, con una mancha roja de lacre en la punta.