Capítulo 14
El domingo por la tarde, Murdo subió a la casa a preguntar.
Lo hizo como se hacen esas cosas, por el patio, sin entrar, con la gorra en la mano y hablando de otra cosa durante cuatro minutos antes de llegar a lo que venía a decir.
—El muro del cercado del este —dijo—. ¿Lo seguimos?
—Seguidlo.
—Es que si esto cambia de mano en primavera, yo no voy a estar poniendo piedra para el inglés.
Gavin se quedó mirando el patio mojado.
—Ponla —dijo—. Si cambia de mano, la piedra sigue ahí y el que venga la encuentra puesta. Y si no cambia, en marzo tenéis el cercado entero.
—¿Y usted qué va a ser a partir de mañana?
—No lo sé.
—Porque si usted no es nada, nosotros tampoco somos nada.
—Ya lo sé, Murdo.
Murdo se puso la gorra y bajó por el camino de los carros, y Gavin se quedó en el patio hasta que se hizo de noche. Llovía poco y de cara. En noviembre, en aquella latitud, a las cuatro de la tarde ya está oscureciendo, y a las cuatro y media no se ve el final de la avenida desde el arco.
El lunes veinte de noviembre, a las once de la mañana, se leyó el testamento en la biblioteca.
Gavin llegó el último y se puso al lado de la chimenea apagada, porque se habían puesto nueve sillas y él no quiso sentarse.
Contó a los que sí se sentaron.
Su madre, en el sillón, con el libro cerrado encima de las rodillas como siempre.
Isla, a tres sillas de distancia. Kilgour, detrás de la mesa, con la cartera de cuero abierta.
Hector Ballantyne y su hija, que habían llegado el domingo por la noche a Strome Ferry y habían dormido en la fonda.
El ama de llaves y Peigi, en las dos sillas del fondo, muy tiesas, porque las habían llamado y eso solo pasa cuando hay legado.
El reverendo Bain. Y una silla vacía, la de Gavin.
La biblioteca tenía cuatro estanterías llenas y dos vacías, y el que no lo supiera no lo notaba, porque habían corrido los libros para que se viera menos.
Eso lo había mandado su madre el domingo.
Los habían corrido a ojo, de manera que en tres baldas los tomos quedaban derechos y en dos se vencían hacia la derecha por falta de tope, y alguien había puesto de canto, para sujetarlos, un atlas grande del cuarenta y ocho que en aquella casa no había abierto nadie nunca.
Isla llevaba el vestido color crema.
Gavin lo vio nada más entrar y le subió una cosa por dentro que tardó dos minutos en saber qué era.
Era el vestido de la boda. El mismo, con el borde de la falda todavía con el cerco del barro de agosto por mucho que lo hubieran cepillado.
Lo llevaba porque no tenía otro. Porque en tres meses, en aquella casa, con una modista en Portnabrae y otra en Dingwall y con catorce personas de servicio, a nadie le habían encargado un vestido negro para la viuda del señor.
A nadie. Y en aquella casa las cosas que no se encargan es porque alguien no las encarga.
Gavin hizo la cuenta, porque llevaba ocho años haciendo cuentas de cosas pequeñas. Cinco varas de estameña negra y dos de crespón. Catorce chelines de hechura. Menos de una libra en total, en una casa que aquel mismo mes había pagado tres libras y seis por el carbón del salón pequeño.
Gavin miró a su madre. Su madre miraba a Kilgour.
Kilgour se aclaró la garganta.
—Señores. Tengo aquí la disposición y arreglo fiduciario otorgado por don Alasdair Rathven, de Corrieglass, el veintiséis de septiembre de este año, ante mí y ante dos testigos, en mi despacho de Inverness.
Ballantyne sacó un lápiz del bolsillo interior y una libreta pequeña y las puso encima de la rodilla.
—Voy a leerlo entero y luego lo explico en cristiano, que es lo que hace falta.
Leyó nueve minutos.
Gavin miró las dos estanterías vacías mientras Kilgour leía.
En junio del noventa habían estado llenas.
Mil doscientos volúmenes. Él los había bajado en cuatro días, atados de veinte en veinte con bramante, y los había cargado en dos carros en el patio con la camisa pegada a la espalda, y a la tercera mañana el tratante de Glasgow le había dicho, sin ninguna mala idea, que era la primera vez que veía a un caballero cargar su propia biblioteca.
No le contestó nada aquel día.
Lo que le había quedado de aquello no eran los libros.
Era que el veintidós de junio del noventa, cuando salió el segundo carro por la verja, él subió al gabinete, abrió el libro de rentas y apuntó la cantidad en la columna de ingresos con su propia letra, y desde entonces todas las cantidades de aquel libro estaban puestas por él.
Tres años y medio de renglones de su puño.
Y lo que Kilgour estaba leyendo en aquella habitación era que ese libro, a partir de aquella mañana, era de la mujer que estaba sentada a tres sillas de su madre con el vestido de la boda puesto.
Gavin no entendió la mitad y entendió lo que hacía falta, que estaba todo en el tercer párrafo y se repitió tres veces con palabras distintas, porque los procuradores dicen tres veces lo que va a doler.
Cuando acabó, dejó el pliego en la mesa y se quitó las gafas.
—En cristiano. El difunto lega a su viuda, doña Isla Rathven, la totalidad de su haber, raíz y mueble, sin condición, sin sustitución y sin plazo. Esto incluye la casa y las tierras de Corrieglass, el mobiliario, los contratos de arriendo, el arriendo del coto y los libros de rentas.
Nadie se movió.
—Hay tres legados menores. Sesenta libras a doña Peigi Ross. Veinte a la señora Kinnaird, ama de llaves. Diez a la congregación de la Iglesia Libre de Portnabrae para el carbón del invierno.
Peigi se puso la mano en la boca y la bajó enseguida.
Sesenta libras eran cuatro años de su sueldo. Llevaba cuarenta y nueve años en aquella casa, había entrado con catorce y había enterrado en ella a dos señores y a una señora, y era la primera vez que alguien de los Rathven escribía su nombre en un papel.
—La pensión viudal de Lady Ursula Rathven, de ciento veinte libras anuales, constituida en el contrato matrimonial de mil ochocientos cincuenta y cuatro, continúa como carga sobre la finca y no la toca este documento.
Gavin miró a su madre otra vez.
Ciento veinte libras al año, cargadas sobre Corrieglass. Si Corrieglass caía, caían las ciento veinte.
Lady Ursula no movió un músculo de la cara. Tenía las dos manos encima del libro cerrado y las dejó donde estaban.
—Y al hermano del difunto, don Gavin Rathven —siguió Kilgour, y aquí bajó un poco la voz sin querer—, no se le lega nada, por no haber nada que legarle que no esté comprendido en lo anterior.
Se hizo el silencio que se hace.
Duró siete u ocho segundos y en esos segundos pasaron cuatro cosas.
Hector Ballantyne miró a Lady Ursula y levantó una ceja, y fue el único gesto sin educación que hizo aquel hombre en toda la mañana.
El reverendo Bain cerró los ojos un momento, y no era rezar.
El ama de llaves, desde la silla del fondo, miró a la señora de la casa esperando una instrucción que no llegó, y a partir de aquel segundo en Corrieglass hubo dos autoridades y ninguna clara.
Y Lady Ursula Rathven, que llevaba desde el martes catorce sin dejar de hacer lo que correspondía en cada momento, se alisó la falda encima de las rodillas. Una sola vez.
Gavin la conocía desde hacía treinta y dos años y no le había visto hacer ese gesto más que dos veces en su vida. La segunda fue aquella.
Cressida Ballantyne no miró a su padre. Gavin se dio cuenta porque él sí lo miró, y vio que la chica tenía la vista puesta en Isla y que no la apartó.
Ballantyne escribió dos líneas en la libreta y volvió a guardar el lápiz.
Y Gavin se levantó del sitio donde no estaba sentado y echó a andar.
Fueron ocho pasos hasta la puerta. Los dio despacio, sin prisa ninguna, y nadie dijo nada mientras los daba.
Abrió la puerta, salió al pasillo y no la cerró.
La biblioteca daba al pasillo norte, que no tiene calefacción y que en noviembre está a la temperatura del patio. El aire entró de golpe. Las llamas de las dos velas de la mesa de Kilgour se torcieron hacia dentro y se quedaron así, temblando, todo el resto de la lectura.
Kilgour levantó la vista del pliego.
—Cierre alguien esa puerta.
Nadie la cerró.
Ni el ama de llaves, que estaba a tres pasos y cuyo oficio era exactamente ese. Ni Nan, que asomó al pasillo y volvió a meterse. Ni Ballantyne, que se subió el cuello del abrigo. Ni Lady Ursula.
Kilgour esperó cuatro segundos, se puso las gafas otra vez y siguió leyendo con la corriente en la nuca.
Gavin bajó al patio por la puerta de servicio.
Cruzó los adoquines, dobló la esquina del establo y se apoyó en la pared de piedra con las palmas abiertas, y vomitó contra el muro la taza de té que era lo único que había tomado desde el jueves.
Estuvo un minuto así, con la frente en el granito mojado.
Después fue al pilón, se enjuagó la boca tres veces, se echó agua en la cara y en la nuca, se pasó los dedos mojados por el pelo y se lo echó hacia atrás. El agua estaba a punto de helarse y le hizo daño en los dientes.
No lo vio nadie.
Se quedó un momento apoyado en el brocal, escuchando.
Desde el patio se oía la voz de Kilgour por la ventana de la biblioteca, que seguía abierta al pasillo y al frío, y se oía como se oye a un hombre leyendo en una habitación grande: el tono, no las palabras. Subía y bajaba y paraba, y volvía a empezar.
Duró todavía seis o siete minutos.
Volvió a entrar por donde había salido.
Cuando llegó a la biblioteca ya habían terminado. Kilgour estaba metiendo papeles en la cartera. Ballantyne se abrochaba el abrigo. Su madre subía la escalera. Peigi lloraba en el pasillo por las sesenta libras y por el muerto, en ese orden y sin saberlo.
Isla seguía sentada en su silla, con las manos en el regazo, sin haberse levantado todavía.
Gavin cruzó la habitación y se paró delante de ella.
Los que quedaban dentro se quedaron quietos.
—Señora.
—Dígame.
—¿Cuánto quiere usted?
Isla levantó la cabeza.
—¿Cuánto quiero de qué?
—Por irse. —Gavin tenía la voz más baja de lo normal—. Dígame una cifra. No la tengo hoy, pero la junto. Puedo darle papel firmado por lo que sea, a pagar en tres años, y me da igual lo que tenga que vender, porque ya no queda nada que vender que no haya vendido yo. Diga una cifra y se acabó esto.
Isla se lo quedó mirando un momento.
—No.
—No le he dicho la cantidad.
—No hace falta.
Kilgour había parado de meter papeles y tenía las dos manos quietas encima de la cartera.
—Señora —dijo Kilgour desde la mesa, con mucho cuidado—, quizá no sea el día.
—Es exactamente el día —dijo Gavin sin volverse—. Mañana ya se habrá acostumbrado.
—No me voy a acostumbrar —dijo Isla.
—Todo el mundo se acostumbra.
—Yo no me acostumbro a nada desde los once años, y mire dónde estoy.
Gavin no siguió.
Dio media vuelta, cruzó la biblioteca hasta la puerta que había dejado abierta media hora antes, la cogió por el canto y la cerró desde dentro, despacio, hasta que sonó el pestillo.