La heredera que no existía Capítulo 13
27%

Capítulo 13

Murió el martes catorce de noviembre a las cinco y cuarto de la mañana.

Isla estaba despierta. Llevaba media hora despierta porque la respiración había cambiado de ritmo a las cuatro y cuarenta y cinco y eso se oye desde el suelo.

Se paró entre dos veces, se puso otra vez en marcha, se volvió a parar, y la tercera vez ya no.

Ella lo supo la primera.

Se quedó de rodillas al lado de la cama un minuto largo, con la mano en el pecho de él para estar segura.

Después le cerró la boca con la palma y se la sujetó con una tira de tela pasada por debajo de la barbilla y anudada arriba, que es lo que se hace y que hay que hacerlo antes de que pase media hora.

Le puso los dos brazos por fuera de la manta.

Paró el reloj de la repisa a las cinco y cuarto y le dio la vuelta al espejo de la palangana.

Después salió al pasillo y fue a buscar a Peigi.

Peigi despertó a la casa. Al ama de llaves, a los mozos, a Nan. Mandaron a un hombre al cercado de arriba a caballo a buscar a Gavin, y mandaron a otro a Portnabrae a avisar al reverendo Bain y al carpintero.

A Lady Ursula la despertaron los últimos, a las seis y cuarenta.

No porque nadie lo decidiera. Porque nadie se atrevió, y estuvieron una hora y veinte esperando a que se atreviera otro, hasta que Peigi subió sola y llamó a la puerta.

A las once de la mañana la casa estaba llena.

Corrieglass llevaba nueve años sin recibir a nadie y en una mañana entraron por la puerta grande setenta personas.

Vinieron de tres parroquias. Vinieron los arrendatarios, todos, los cuarenta y dos, con la ropa de los domingos y las botas limpias en la puerta.

Vinieron los Hattersley por carta, que no es venir.

Vinieron el factor de Kilmuir, el procurador Kilgour desde Inverness en el tren de la tarde, dos señores de apellido que Isla no conocía y el médico.

Y se vio, en una mañana, todo lo que había en aquella casa y todo lo que no.

No había sillas. Trajeron dieciocho de la sala parroquial en un carro y las devolvieron el sábado.

No había whisky. Fue Eachann a Portnabrae con dos libras y volvió con cuatro botellas y una nota del tendero, que dijo que ya arreglarían.

No había vasos para setenta personas, así que se bebió por turnos y nadie hizo ningún comentario, porque en la comarca eso se hace y no se comenta.

La corona la mandó Hector Ballantyne desde Glasgow, en tren, en una caja, con lirios blancos en noviembre. Fue lo único de aquella casa aquella semana que había costado lo que valía.

Lady Ursula recibió en el vestíbulo, de pie, seis horas seguidas, sin sentarse una sola vez. Dio la mano setenta veces. Dijo lo que había que decir setenta veces, y cada vez con la palabra justa, y no se le torció la voz ni una.

Isla estuvo arriba hasta las dos, con el carpintero.

Amortajar a un muerto es trabajo y hay que saber hacerlo, y en aquella casa no lo sabía nadie más.

El ama de llaves tenía cincuenta y dos años y no había lavado a un muerto en su vida.

Nan tenía diecinueve y se echó a llorar en la puerta.

Peigi sabía, pero tenía las manos malas del invierno y no podía con el peso.

Así que lo hicieron las dos, con Peigi mandando desde la silla y ella haciendo.

Agua caliente, paño, jabón de la cocina.

Se lava de arriba abajo y una vez sola. Se le corta la barba de tres días con la navaja de él, que estaba en el lavabo, y hay que hacerlo despacio porque la piel ya no se defiende.

Se le peina hacia atrás, que es como se peinaba.

Se le ata la mandíbula y se le quita la tira antes de que llegue la gente.

Pesaba muy poco. Eso fue lo único que la descolocó en las cuatro horas. Un hombre de metro ochenta, y para ponerle la camisa limpia lo levantó ella sola con un brazo por debajo de los hombros, como se levanta a un crío dormido.

El carpintero subió a las doce con la cinta de medir y bajó a los diez minutos.

El ataúd lo trajo hecho el jueves a las siete de la mañana, de pino, sin más adorno que las cuatro asas, y no lo cobró.

Dijo que ya arreglarían con la casa. Aquella semana en Portnabrae lo decía todo el mundo y no lo decía nadie en serio.

A la una y media subieron los cuarenta y dos arrendatarios.

Subieron de cuatro en cuatro, con la gorra en la mano, por la escalera de servicio porque la principal estaba ocupada con las sillas. Entraban, se quedaban tres o cuatro segundos a los pies de la cama, algunos decían algo en gaélico y la mayoría no decía nada, y salían.

Isla estaba de pie junto a la ventana y los vio pasar a todos.

Ninguno la saludó. Dos la miraron. Murdo, el último de su grupo, se paró en la puerta al salir, se volvió y le hizo con la cabeza un movimiento corto, de arriba abajo, y siguió andando.

Gavin llegó a las once y media, embarrado, y subió sin hablar con nadie.

El velatorio fue el jueves por la noche, en el comedor grande.

Lo habían vestido con el kilt.

Isla lo vio cuando entró a las ocho y se quedó parada en la puerta más tiempo del que quería. Llevaba el kilt del tartán de la casa, verde oscuro y granate sobre azul de medianoche, y el chaleco del mismo tartán abrochado hasta arriba, y la chaqueta negra encima.

Y a cuatro pasos del ataúd, de pie, estaba su hermano vestido exactamente igual.

El mismo tartán, el mismo corte, el mismo chaleco. Uno de pie y el otro no. Era la primera vez que Isla los veía juntos y vestidos igual, y fue también la última.

A las once de la noche, Kilgour sacó del bolsillo un sobre pequeño y llamó a Gavin a un lado del comedor.

Isla estaba a dos pasos, sirviendo, y lo vio entero.

Kilgour abrió el sobre y volcó en la mano un reloj de bolsillo con su cadena. Plata, con la tapa abollada en el borde de abajo.

—Del señor —dijo—. Me lo dio en septiembre, en Inverness. Me dijo que se lo diera a usted el día que hiciera falta y que no hacía falta que se lo dijera delante de su madre.

Gavin se quedó con el reloj en la palma abierta.

Aquel reloj había sido del viejo señor. Gavin lo llevaba puesto desde el ochenta y cinco, todos los días, y no era suyo, y él lo sabía y la casa entera lo sabía. Lo había llevado ocho años con la naturalidad con la que se lleva lo que uno sostiene, que no es lo mismo que lo que uno tiene.

Se lo guardó en el bolsillo del chaleco y le pasó la cadena por el ojal, y lo hizo con las dos manos y despacio, y fue la primera vez que se lo puso siendo suyo.

El entierro fue el viernes diecisiete a las once.

Bajaron el ataúd por la escalera a las diez y cuarto entre ocho hombres, cuatro arrendatarios y cuatro de la casa, y lo sacaron por la puerta grande.

El cementerio de Portnabrae está a dos millas de Corrieglass por el camino de abajo. No hay coche fúnebre en la comarca. El ataúd va a hombros y se cambia de hombros cada cuarto de milla, y los hombres se van relevando por parejas sin que nadie dé la orden, y detrás va el pueblo andando.

En el vestíbulo, a las diez y veinte, con el ataúd ya fuera y la puerta abierta, Lady Ursula se volvió hacia ella.

Había doce personas delante. Estaban Kilgour, el ama de llaves, dos señoras de apellido de las que habían venido el martes, Peigi, Nan, el reverendo Bain y cuatro más.

—Señora Rathven —dijo Lady Ursula, en voz normal, sin levantarla—. Usted se queda.

—¿Cómo dice?

—Aquí, en esta comarca, las mujeres no van al cementerio. Se quedan en la casa y reciben a los hombres cuando vuelven. Lo hicimos con mi marido en el ochenta y uno y lo hizo mi suegra antes que yo. —Se puso los guantes negros—. No es una norma mía. Es de aquí.

Isla la miró.

Al fondo, en la puerta, los hombres estaban colocándose debajo del ataúd.

—Aquí las mujeres no van —dijo Isla—. Yo no soy de aquí.

Lady Ursula no contestó, porque delante de doce personas una mujer como Lady Ursula no contesta.

Isla cogió el chal gris del perchero, se lo cruzó al pecho y se lo ató a la espalda como se lo ataba para ir al muelle, y salió detrás del ataúd.

Anduvo las dos millas.

Iba la última de todo, a quince pasos del último hombre, sola en el camino. Nadie se puso a su lado y nadie la mandó volver. Al principio los de delante se volvían a mirar cada poco y a la media milla dejaron de volverse, porque dos millas son dos millas y el que va detrás va detrás.

Llovía a ratos. El camino de abajo estaba embarrado desde el desvío y las botas se le llenaron por encima del tobillo.

A la altura de la casa del herrero salieron tres mujeres a la puerta, con el delantal puesto, a ver pasar el entierro.

Vieron pasar a los hombres. Vieron pasar el ataúd. Y después vieron pasar, quince pasos detrás del último, a una mujer sola con el chal cruzado al pecho, andando por el barro del centro del camino.

Ninguna de las tres se metió dentro.

Se quedaron en la puerta, las tres juntas, mirándola hasta que dobló el recodo, y una de ellas se puso la mano en la boca.

A la entrada del pueblo se les unieron más.

No detrás de los hombres. Detrás de ella, a diez pasos, cuatro o cinco mujeres del muelle que habían dejado el puesto, y entre ellas Bess Munro, que no se puso a su lado ni le dijo nada y que anduvo las últimas seiscientas yardas a la misma distancia exacta.

En el cementerio, la gente se abrió alrededor del hoyo y ella se quedó al borde, enfrente, con los hombres a los dos lados y sin nadie que le disputara el sitio.

Nadie la echó. En un entierro nadie echa a nadie, porque para echarla habría que hablar, y en el borde de un hoyo no habla nadie.

El reverendo Bain leyó de pie, con el libro cerrado en la mano, porque se lo sabía.

Habló cuatro minutos y no dijo ni una palabra buena de más sobre el muerto, que en aquella comarca es la manera de respetar a alguien. Dijo lo que decía siempre: que el hombre vuelve a la tierra, que la tierra no es de nadie y que el que queda tiene trabajo.

Al otro lado del hoyo, enfrente de ella, estaba Gavin Rathven con la chaqueta negra y el kilt y la cadena del reloj en el ojal.

No miró el ataúd ni una vez en todo el responso.

La miró a ella. Desde el principio hasta el final, sin disimularlo y sin que le importara que se le notara, con esa manera suya de mirar que dura más de lo cómodo. Y cuando echaron la primera pala de tierra bajó la cabeza y no volvió a levantarla.

No le dirigió la palabra a Isla en los dos días siguientes.

De vuelta, en el camino, Isla hizo lo que hacía siempre cuando no podía hacer otra cosa.

Contó.

Cuarenta y un hombres. Y ella.