La heredera que no existía Capítulo 12
24%

Capítulo 12

Alasdair Rathven llevaba veintitrés días sin bajar la escalera.

El cuarto estaba en el ala principal, en la primera planta, y era la única habitación de la casa con fuego encendido de la mañana a la noche.

Aun así estaba frío en las esquinas. El granito no se calienta, solo se deja pasar.

Por la noche, cuando el fuego bajaba, la pared del norte empezaba a soltar frío como si fuera un tercer cuerpo dentro del cuarto, y a las cuatro de la mañana se veía el vaho al hablar a dos pasos de la cama.

Isla había aprendido el trabajo en tres semanas, que es lo que se tarda.

Se cambiaban las sábanas todos los días porque sudaba de madrugada y por la mañana estaban mojadas hasta el colchón.

Se ponía la palangana a la derecha, a la altura de la mano, porque a la izquierda no llegaba.

Se dejaba una jarra de agua en la repisa de la chimenea y no en la mesilla, porque en la mesilla se enfriaba y el agua fría le daba tos.

Se tenían cuatro pañuelos limpios doblados debajo de la almohada y se sacaban los sucios sin que él los viera salir.

Todo eso lo sabía de antes. Había cuidado a la mujer de Tam cuatro meses en un altillo, y las cosas del cuerpo son las mismas en un altillo que en una casa de treinta y una habitaciones.

Lo que cambiaba era el olor.

El olor de un cuarto de tísico no es feo.

Es dulce, un poco, como fruta guardada, y se pega a la lana y al pelo y no se va aireando.

Isla lo llevaba encima todo el día y se lo notaba cuando bajaba a la cocina, y Peigi no decía nada, pero le dejaba siempre la palangana de la cocina llena de agua caliente sin que se la pidiera.

El domingo doce de noviembre el doctor Farquhar subió de Dingwall y estuvo veinte minutos.

Bajó, se lavó las manos, le dijo a Lady Ursula tres frases en el vestíbulo y se fue. A Isla no le dijo nada, porque a Isla no le hablaba nadie de aquella casa más de lo imprescindible, pero dejó el frasco nuevo en la mesilla y dejó la raya.

El frasco era de vidrio azul, pequeño, con tapón de corcho. Láudano.

Y en el vidrio, por fuera, el doctor había hecho una raya con lápiz de carpintero, a un dedo escaso del hombro del frasco.

—Hasta ahí —le dijo a Peigi en la escalera, que era a quien se lo decía—. De aquí a esta raya, quince gotas por la noche y ni una más. Si pasa de la raya en menos de diez días, quiero saberlo.

Isla lo oyó desde el rellano y se lo apuntó en la cabeza, que era donde se apuntaba las cosas.

Aquella noche Alasdair estaba mejor.

Pasa con los tísicos. Hay días en que la cosa afloja sin motivo y el enfermo se incorpora y habla y pide de comer, y los que no saben se ponen contentos. Isla ya no se ponía contenta.

Abajo, en la cocina, Torcuil cenaba con Peigi todas las noches a las siete.

Eso lo había arreglado Peigi sin pedirle permiso a nadie, el tercer día.

El niño bajaba solo por la escalera de servicio, se sentaba en el banco de la pared, comía lo que le pusieran y se quedaba mirando trabajar.

A las ocho subía. En tres meses había dicho cuatro palabras, todas en la cocina y todas a Peigi, y a Isla le había costado un poco tragarse eso y se lo había tragado.

Isla subía a las ocho y media con la palangana limpia y se quedaba arriba hasta las cinco y media de la mañana.

Dormía en el suelo, en la alfombra, al lado de la cama y del lado de la palangana, en un jergón que se hacía cada noche con dos mantas dobladas y que recogía cada mañana antes de que subiera nadie.

Nueve horas en el suelo son nueve horas en el suelo, y a la tercera semana había aprendido a ponerse de costado con el brazo debajo de la cabeza, que es como duerme el que duerme duro.

Aquella noche subió a las ocho y veinte porque oyó toser distinto.

—Siéntate —dijo él.

—Estoy bien de pie.

—Isla. Siéntate, que llevo tres semanas hablando con el techo.

Se sentó en la silla de al lado de la cama.

Hablaron hora y media. Fue la única vez.

Él preguntó primero, que era lo raro. Preguntó por el barracón, por el trabajo, por lo que se cobraba en Yarmouth y por qué en Yarmouth se pagaba más.

Preguntó cómo se afila un cuchillo de destripar y por qué se afila por un solo lado.

Preguntó por Ceitidh y por el niño, y cuando ella le dijo lo de las cinco libras del encargado de báscula, se quedó un rato callado.

—¿Vive aquí ese hombre?

—Calle de arriba. Tiene banco en la iglesia.

—Dime el nombre.

—No.

—¿Por qué no?

—Porque usted se muere en tres semanas y yo me quedo aquí con el crío.

Alasdair se rio bajito y le costó parar.

Después habló él.

—Te voy a decir una cosa que tienes que saber y que no te ha dicho nadie —dijo—. Y no me interrumpas, que se me va el aire.

—Diga.

—Esta finca está hipotecada.

—Ya.

—¿Cómo que ya?

—Usted lo dijo en el muelle. Y en la galería dijo que hay dos personas interesadas en que yo no sepa leer el libro. Una vive arriba y otro tiene una conservera.

—Muy bien. —Se recolocó en la almohada—. Pues ahora la cifra. No, la cifra no. La cifra te la dirá Kilgour cuando toque, y te la va a decir sentado y con papeles, que es como hay que oír una cifra así.

—Dígamela usted.

—No. —Y por primera vez la miró de una manera que no era divertida—. Porque si te la digo yo, esta noche, a oscuras y tosiendo, vas a creer que es más pequeña de lo que es. La gente que se muere miente con las cifras sin querer. Que te la diga un procurador por la mañana.

Isla se quedó con eso.

—Una cosa te voy a pedir —dijo Alasdair—. Y es la única que te voy a pedir en toda mi vida, así que óyela entera.

—Diga.

—Mi hermano te va a hacer la vida imposible seis meses.

—Ya me la hace.

—Todavía no. Ahora está callado. —Cambió de postura y le costó—. Cuando yo me muera va a estar peor que cualquiera de esta casa, y te lo va a pagar a ti, y va a ser injusto y tú vas a tener razón.

—¿Y qué le pido? ¿Que le aguante?

—No. —Alasdair movió la cabeza en la almohada—. Que no le creas.

—No le entiendo.

—Que cuando te diga que eres una advenediza que ha entrado en esta casa por una ventana, no te lo creas, porque él tampoco se lo cree.

—Tosió—. Lleva ocho años sosteniendo esto con las manos mientras yo me lo gastaba en Edimburgo.

No tiene nada. Ni la casa, ni el apellido que sirve, ni el reloj de mi padre, que lo lleva encima y no es suyo.

Lo único que tiene es tener razón, y el día que yo me muera se le va a acabar eso también, porque tú no le has hecho nada.

Isla se quedó callada un momento.

—Usted le tiene ley.

—Yo le tengo una deuda —dijo Alasdair—. Que es más aburrido y dura más.

—¿Y por qué no se lo dice usted a él?

—Porque llevo nueve años sin encontrar la manera, y ahora ya no me da el aire.

—¿Y qué me toca hacer?

—Quedarte. O no quedarte. —Se encogió de hombros debajo de la manta—.

Las dos cosas son razonables y las dos las he pensado.

Si te vas, te vas con lo que puedas llevarte en un coche y nadie en esta costa te lo va a echar en cara.

Si te quedas, te quedas con una casa que no es una casa, con mi madre dentro y con cuarenta y dos familias que no han votado.

—¿Y usted qué quiere?

Alasdair tardó en contestar.

—Yo quiero que no se la quede él —dijo—. Eso es todo lo que quiero en el mundo desde marzo. Es poco y es lo que hay.

El fuego se movió. Isla se levantó, echó dos turbas y volvió a sentarse.

—¿Se arrepiente? —dijo.

—¿De qué.

—De esto. De casarse.

Él la miró desde la almohada, con la cara metida en el hueco y los ojos hundidos, y tardó como cinco segundos.

—De cuarenta cosas me arrepiento. De ti no.

Isla no contestó.

Se quedaron un rato con el ruido del fuego y con el ruido del pecho de él, que era peor.

—Hay una cosa más —dijo Alasdair—. Y esta es la que importa. El día que yo me muera, en esta casa va a haber una persona que te diga que te vayas, otra que te diga que firmes y otra que te diga que no entiendes nada. Las tres van a tener razón en algo. Tú no firmes nada delante de nadie.

—No sé leer.

—Por eso.

El reloj de la repisa dio las once y Alasdair se quedó callado mucho rato, y ella creyó que se había dormido.

—Isla.

—Estoy aquí.

—Cuando esto pase, no dejes que te manden ponerte de negro con ropa prestada —dijo, con los ojos cerrados—. Que te lo encarguen. Y si no te lo encargan, dilo tú en voz alta delante de gente, que es como se dicen esas cosas en esta casa.

Eran las once y veinte.

Alasdair se incorporó un poco, hizo el gesto de buscar en la mesilla y volvió a dejar caer la mano.

—Bájame agua.

—Tiene la jarra ahí.

—Esa está tibia. Bájame del cántaro de la cocina, que está fría.

Isla lo miró.

—Le sienta mal el agua fría.

—Pues hoy me apetece que me siente mal.

Bajó.

Tardó lo que se tarda: cuarenta escalones abajo, el pasillo, la cocina, el cántaro, el vaso, cuarenta escalones arriba. Cuatro minutos. Los contó sin querer, porque contaba siempre.

Cuando volvió a entrar, Alasdair estaba dormido.

Estaba tumbado de lado, hacia la pared, con la manta hasta el hombro y la respiración larga. Se había dormido en cuatro minutos un hombre que llevaba tres semanas sin dormir seguido más de una hora.

Isla se quedó en la puerta con el vaso en la mano.

Miró la mesilla.

El frasco de vidrio azul estaba donde estaba, en el mismo sitio, con el tapón puesto y bien puesto. No lo habían movido. O lo habían movido y lo habían dejado exactamente donde estaba, que en una mesilla con una mancha de humedad alrededor del culo del frasco es lo mismo y no es lo mismo.

La raya de lápiz de carpintero seguía en el vidrio.

Isla se acercó y la miró contra la luz de la lámpara, y le pareció que estaba más borrosa que a las seis de la tarde, como si algo hubiera rozado el cristal por fuera. Pero el lápiz de carpintero sobre vidrio se borra con nada, con un dedo, con un paño, con una manga.

No supo decir si el nivel de dentro estaba más bajo. No se había fijado a las seis de la tarde, porque a las seis de la tarde no había ningún motivo para fijarse.

Dejó el vaso en la repisa de la chimenea, cogió la manta de los pies y se tumbó en el suelo, al lado de la cama, como hacía desde octubre.

Por la mañana, cuando se despertó a las cinco y media con frío, el vaso de agua fría seguía en la repisa, lleno hasta el borde y sin tocar.