La heredera que no existía Capítulo 11
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Capítulo 11

¿Cuánto vale una casa a la que se llega por un camino así?

Era la primera pregunta que Cressida Ballantyne se hacía al entrar en cualquier sitio, y no se la había enseñado nadie a propósito. Se le había pegado de oír a su padre en la mesa desde que tenía seis años.

El coche subía la avenida de Corrieglass entre los abetos, el sábado siete de octubre, a las cinco y media de la tarde. Llovía poco. La grava estaba sin rastrillar desde el verano y llena de agujas de abeto, y eso costaba dos jornales al mes que allí no se estaban pagando.

¿Cuántos años tiene un camino así sin que nadie lo toque? ¿Tres? ¿Cuatro?

Su padre iba enfrente, con el abrigo bien abrochado, leyendo un papel doblado por la mitad.

—¿Vamos a hablar de dinero esta noche? —preguntó ella.

—Esta noche no.

—Entonces para qué hemos venido.

Hector Ballantyne no levantó la vista del papel.

—Para que nos vean venir —dijo—. Una casa que debe dinero tiene que verte la cara de vez en cuando. Si no te ve, se le olvida.

Cressida tenía diecisiete años y cuatro meses.

En febrero le habían dicho que se iba a casar con el señor de Corrieglass, que tenía treinta y ocho y al que había visto tres veces.

En marzo le habían encargado el ajuar. En agosto le habían dicho que el señor de Corrieglass se estaba muriendo y que la cosa quedaba en suspenso, y a finales de agosto le habían dicho, en una carta que su padre leyó en voz alta en el desayuno, que el señor de Corrieglass se había casado con una destripadora de arenque.

Nadie le había preguntado nunca nada, ni en febrero ni en septiembre, y ella no se había quejado ni una vez, porque quejarse de eso en su casa era como quejarse de la lluvia.

El comedor grande de Corrieglass tenía la mesa puesta para catorce y eran seis.

Lo habían abierto para la ocasión y se notaba.

Habían quitado las sábanas de la mesa y habían bajado las sillas, pero el aire de la habitación llevaba cerrado desde junio y olía a paño y a polvo caliente de las lámparas recién encendidas.

Hacía frío. Habían encendido la chimenea a las tres y a las seis y media la habitación seguía sin coger temperatura, porque una chimenea sola no calienta un comedor de veinticuatro cubiertos.

¿Cuánto carbón hace falta para calentar esto? ¿Y cuántos días al año se puede gastar eso?

Cressida se sentó donde le dijeron.

A su derecha, Lady Ursula Rathven, impecable, con una cortesía tan bien puesta que costaba mirarla mucho rato. Enfrente, el hermano, Gavin, con chaqueta, que era evidentemente la única chaqueta que tenía y que le venía dos años corta de manga. En la cabecera, el señor de la casa.

Alasdair Rathven se sentó a las siete y a las siete y cuarto ya se había apoyado dos veces en el respaldo de la silla para recuperar el aire.

En febrero, cuando lo vio en Inverness, era un hombre delgado. Ahora era otra cosa. Cressida le miró las muñecas por debajo del puño de la camisa y apartó la vista.

La señora Rathven entró la última.

Entró sola, sin que nadie la acompañara, y cruzó la habitación hasta su sitio sin mirar a los lados.

Cressida la miró como se mira lo que has venido a mirar.

Era menuda. Muy blanca de cara, con los pómulos altos y las cejas oscuras y rectas, y tenía unos ojos claros que con aquella luz de lámpara parecían grises.

Llevaba la trenza recogida en corona sin una horquilla de adorno, y la llevaba mejor hecha que cualquier peinado de los que se hacían en Glasgow ese año, porque estaba hecha para durar catorce horas y no dos.

Y llevaba un vestido que no era de luto ni era de cena.

Era gris oscuro, de lana, con el cuello alto y sin ningún adorno. Un vestido de andar por casa de una mujer de renta corta. Era, a ojos de Cressida, que sabía de eso lo que sabía la hija de un hombre que vestía a su hija para que se viera, el vestido de alguien a quien no le han encargado nada.

Eso quería decir que a la señora de Corrieglass no le habían encargado nada. Y eso solo podía haberlo decidido una persona de aquella mesa.

¿Y por qué me lo deja ver a mí?

Se contestó sola a los dos minutos, cuando su padre se sentó y Lady Ursula lo miró de una manera concreta. Se lo dejaban ver porque querían que su padre lo viera. Querían que se supiera en Glasgow que aquella mujer no contaba, para que el dinero siguiera hablando con quien había hablado siempre.

Antes de la sopa, mientras esperaban de pie a que bajara el señor de la casa, Cressida se quedó junto a la ventana y oyó a los dos mayores hablar cerca de la chimenea, de esa manera en que hablan dos personas que creen que una muchacha de diecisiete años no escucha.

—Hay que ver lo que ha quedado de esto —dijo su padre.

—Ha quedado lo que había, señor Ballantyne.

—Lady Ursula, yo he venido a verla a usted y no a cenar arenque. En mayo del noventa y cinco vence el principal.

—Falta año y medio.

—Falta año y medio y sobra un testamento. —Su padre se calentó las manos—. Si su hijo firmó en septiembre lo que dicen que firmó, el treinta y uno de mayo del noventa y cinco yo voy a estar negociando con una destripadora de arenque de veintiún años.

—No va a estar usted negociando con nadie.

—¿Ah, no?

—Esa mujer se irá antes de Navidad. —Lady Ursula lo dijo con el mismo tono con el que había pedido el jerez—. Aquí no hay nada que la sujete. No sabe leer, no conoce a nadie, no tiene una sola persona en esta casa que le hable. Dele usted tres meses de invierno.

Cressida miró por la ventana y vio el reflejo de las dos figuras en el cristal negro.

¿Y si no se va?

Sirvieron sopa.

Después sirvieron arenque en salsa de mostaza, porque no había otra cosa, y a Cressida le pareció de un gusto discutible servir arenque en aquella mesa concreta.

Y entonces empezó, porque tenía que empezar, y porque si no empezaba ella iba a empezar su padre y su padre lo hacía peor.

—Señora Rathven.

—Dígame.

—¿Ha estado usted alguna vez en Florencia?

—No.

—Yo estuve el año pasado con mi tía. Fueron seis semanas y llovió cuatro. —Cressida sonrió—. Todo el mundo habla de la luz y a mí me llovió. ¿Usted viaja?

—No.

—¿Nunca?

—He estado en Yarmouth tres otoños.

—¿Y qué tal Yarmouth?

—Llano.

Gavin Rathven levantó la vista del plato por primera vez en toda la cena y la volvió a bajar.

Cressida dejó pasar el pescado. Después lo intentó por el segundo sitio.

—En casa tenemos un piano y yo lo toco muy mal —dijo—. Mi profesor dice que tengo mano izquierda de albañil. ¿A usted le gusta la música?

—Sí.

—¿Qué le gusta?

—Lo que cantamos en el muelle.

—No, quiero decir. —Una pausa muy corta y muy bien puesta—. De música. Schumann, por ejemplo. ¿Usted ha oído a Schumann?

Se hizo un silencio de los de tenedor parado.

Cressida lo oyó todo mientras duraba, y lo que oyó fue a sí misma.

Se oyó la voz amable, el tono de interés, la pausa.

Estaba haciendo exactamente lo que hacían con ella en Glasgow las hijas de los que tenían dos generaciones de dinero en vez de una, y lo estaba haciendo bien porque llevaba once años aprendiéndolo desde abajo.

Isla Rathven dejó el tenedor en el plato.

No se puso colorada. No miró a nadie en busca de nada. Se quedó un momento callada y después habló, despacio, mirando a Hector Ballantyne, que estaba al otro extremo de la mesa y que no había dicho una palabra en veinte minutos.

—Cuarenta y ocho barriles. Eso es lo que hay en esa fuente, señor Ballantyne. Se lo digo por si alguna vez le interesa el precio.

—¿Cómo dice?

—Eso que se están ustedes comiendo. Para llenar esa fuente hacen falta ocho arenques.

Un barril lleva setecientos. En un día bueno, una cuadrilla de tres llena veinte barriles, y a cuatro peniques el barril son seis chelines y ocho peniques para repartir entre tres.

Con lo que hay en esa mesa esta noche, entre el pescado, el vino y las velas, paga usted cuarenta y ocho barriles. Que son dos semanas de una cuadrilla.

Nadie dijo nada.

Y entonces su padre se rio.

Se rio de verdad, con ganas, echándose atrás en la silla, y golpeó dos veces la mesa con la palma abierta.

—Espléndido —dijo—. Espléndido. Lady Ursula, esto es lo que yo llamo una mujer que sabe lo que vale una cosa. Señora Rathven, si alguna vez quiere usted trabajo en mi oficina, dígamelo, que a mí los escribientes me cuestan setenta libras al año y no saben la mitad.

Y siguió riéndose.

Cressida miró a Isla mientras su padre se reía y supo, con una exactitud que le dio vergüenza, que aquello era lo peor que podía haberle pasado.

Que si Lady Ursula la hubiera humillado, la habría convertido en alguien a quien se humilla.

Que su padre, riéndose y ofreciéndole un puesto de escribiente, acababa de ponerle a la mujer de Corrieglass un precio en libras delante de toda la mesa.

Lo había hecho sin querer. Ese era el detalle.

Después de la cena, Cressida se quedó sola en la galería larga mientras los hombres hablaban en el salón pequeño.

Contó los huecos del papel de la pared. Ocho.

Había estado allí antes, en marzo, cuando la trajeron a ver la casa que iba a ser suya. Aquel día los huecos eran siete.

Aquel día también le enseñaron la habitación del ala este que iban a arreglarle, y el sitio donde pensaban poner el piano, y un invernadero sin cristales que alguien le dijo que se repondría.

Ella se lo creyó todo, no por tonta, sino porque a los diecisiete años una se cree las cosas que le dicen delante de su padre.

Cuando llegó la carta con la noticia de la boda, su padre se rio exactamente igual que se acababa de reír en la mesa, y siguió untando la tostada.

Y pensó, delante del octavo, una cosa que no había pensado nunca y que no supo dónde colocar: que aquella mujer le caía bien.

Que llevaba tres horas en aquella casa y que la única persona de las seis que había dicho algo verdadero en toda la noche era la que tenía los nudillos hinchados y que se los había tenido tapados con la servilleta durante toda la cena, no por vergüenza, sino porque estaban en carne viva y le rozaba el mantel.

Le caía bien y daba igual. Su padre tenía siete mil doscientas libras encima de aquella casa y en mayo del noventa y cinco se acababa el plazo.

Se despidieron a las once en el vestíbulo.

Su padre se puso los guantes despacio, como hacía siempre, y al llegar a la puerta se volvió.

—Señora Rathven.

—Dígame.

Hector Ballantyne se la quedó mirando a la cara un momento más de lo que hace falta.

—Usted me recuerda a alguien —dijo—. Llevo dos horas dándole vueltas. Ya me acordaré.

Salió al coche.

Cressida se quedó dos pasos detrás, con el abrigo en el brazo.

Podía haberle preguntado a quién. Era una pregunta de cuatro palabras y se la podía haber hecho en el coche, entre Corrieglass y Strome Ferry, con una hora por delante y nadie delante.

No se la hizo.