Capítulo 10
El miércoles por la mañana, Alasdair Rathven le enseñó la casa.
Empezó por la galería larga del primer piso, que iba de punta a punta del ala principal y tenía ventanas a un lado y retratos al otro. O los había tenido.
Lo primero que vio Isla fueron los huecos.
En el papel de la pared, que era verde oscuro y llevaba allí cuarenta años, había ocho rectángulos de un verde más claro, del tamaño de una puerta pequeña los tres primeros y del tamaño de una bandeja los otros cinco.
El papel de dentro del rectángulo estaba nuevo y el de fuera estaba comido de luz.
Se veía a un palmo de distancia y se veía desde el otro extremo de la galería.
Quedaban cuatro cuadros.
Los cuatro estaban colgados a la misma altura y con la misma separación, muy juntos en el tercio del fondo, porque alguien los había ido corriendo hacia allí cada vez que se llevaban uno, para que la pared vacía quedara del lado de la puerta y no del lado de la ventana.
—Esta es mi familia —dijo Alasdair—. Lo que va quedando.
Iba despacio, apoyándose de vez en cuando en el alféizar de las ventanas, y hablaba mucho, porque hablar era lo único que hacía ya sin cansarse.
La galería tenía ciento veinte pies y siete ventanas al sur. Por las siete entraba la misma luz blanca de agosto y por las siete se veía la bahía. El suelo de tabla, que había sido bueno, crujía siempre en el mismo sitio, a la altura de la cuarta ventana, cada vez que pasaba cualquiera de los dos.
—Aquel del fondo es Ruaridh Rathven, que compró estas tierras en mil setecientos cuarenta y tres con dinero de un pleito que ganó mintiendo. Ese es el fundador. En la comarca lo llaman el bueno, porque era el primero.
—¿Y los huecos?
—Los huecos son los que se vendieron. —Señaló el primero con el bastón—.
Ahí había un general. Se fue en el ochenta y cinco a un tratante de Edimburgo por cuarenta libras, y tenía un marco que valía más que él.
Ahí había una señora con un galgo. Sesenta y cinco.
Y ahí, ese grande, había un hombre a caballo que era feísimo y era mi bisabuelo, y se fue el año pasado por noventa.
—¿Y por qué no quitan el papel?
Alasdair se volvió a mirarla.
—¿Cómo dice?
—Que por qué no cambian el papel de la pared. Así no se notaría.
Se rio, y la risa se le fue en tos, y tuvo que sentarse en el poyete de la ventana. Tosió tapándose con el pañuelo y con la otra mano agarrada al marco, y cuando acabó dobló el pañuelo por el lado que no se veía y se lo guardó.
—Porque cambiar el papel de esta galería cuesta más que los tres cuadros juntos —dijo cuando pudo—. Esa es toda la historia de esta casa en una frase. Apúntesela.
Se pararon delante del segundo de los cuadros que quedaban.
Era una mujer joven, de cuerpo entero, con un vestido azul oscuro y una mano apoyada en el respaldo de una silla. Tenía el pelo claro y la cara larga, y una manera de mirar de lado que Isla conocía de haberla visto el día anterior al pie de una escalera.
—Mi madre —dijo Alasdair—. Veintidós años. Recién casada.
—Está muy guapa.
—Estaba. —Se apoyó en el alféizar—. Ese cuadro lo pagó su padre, que tenía una fábrica de lino en Dunfermline y ni un abuelo con apellido. Compró la entrada a esta galería con catorce mil libras y a mi padre le pareció barato.
—¿Y el dinero?
—Se lo comió esta casa en once años. —Alasdair señaló con el bastón el hueco de al lado, el del bisabuelo feísimo—. Cuando se acabó, empezaron a salir los cuadros. Primero los de ella. Los de él son los cuatro que quedan.
Isla miró los cuatro que quedaban y miró los ocho huecos, y no hizo falta que nadie le explicara en qué orden habían ido saliendo.
Delante del último hueco, el que estaba al lado de la puerta, se quedaron los dos parados.
—Aquí había un espejo —dijo él—. Ese lo vendió mi madre. Y no lo vendió por dinero.
Bajaron al rellano de la escalera.
Isla se paró delante del retrato grande, el único de aquella pared.
—¿Ese es su padre?
—Ese es mi padre.
—Su hermano es igual.
—Mi hermano es él otra vez. —Alasdair miró el cuadro con la cabeza un poco de lado—. El mismo pelo, la misma cara, las mismas manos, la misma manera de no contestar. Cuando Gavin tenía dieciséis años, mi madre lo mandó a Inverness dos meses porque no podía verlo cruzar el vestíbulo.
—¿Y usted a quién ha salido?
—Yo he salido a mi madre. —Se apoyó en el pasamanos y empezó a bajar—. Por eso nos llevamos tan mal.
Le enseñó el comedor grande, que no se usaba, con la mesa de veinticuatro cubiertos tapada con sábanas y las sillas puestas del revés encima para que no se les sentara el polvo.
Le enseñó el salón de música, sin piano, con la marca de las tres patas todavía en la alfombra.
Le enseñó la biblioteca, que tenía cuatro estanterías llenas y dos vacías.
—¿Y los libros?
—Los libros se vendieron en el noventa. Mil doscientos volúmenes a un tratante de Glasgow.
Se los llevó en dos carros y aquello duró toda una mañana.
—Alasdair se paró en la puerta y miró los estantes vacíos—.
Mi hermano estuvo cargando carros todo el día, porque no quiso que lo hicieran los mozos delante de los arrendatarios. Tenía veintinueve años.
—¿Y usted dónde estaba?
—En Edimburgo. —Se volvió y echó a andar por el pasillo—. Esa pregunta me la va a hacer usted muchas veces este otoño y la respuesta va a ser siempre la misma. No se moleste en cambiarle las palabras.
De las treinta y una habitaciones de Corrieglass se calentaban cuatro: el salón pequeño de la señora, el gabinete, la cocina y el cuarto de Alasdair. Lo demás estaba a la temperatura de fuera, y en agosto la temperatura de fuera dentro de una casa de granito son once grados.
Isla lo notó en las manos antes que en ningún otro sitio.
El gabinete estaba en la planta baja, a la derecha del vestíbulo, y era la habitación de la ventana encendida.
Tenía una mesa grande, dos sillones con el cuero cuarteado, una chimenea apagada y un armario de puertas de madera. Olía a papel viejo, a tinta y a ceniza fría.
Alasdair abrió el armario y sacó un libro.
Era enorme. Tapas de cartón forrado, del tamaño de una bandeja, con el canto de las hojas marrón de manosearlo. Lo dejó en la mesa y lo abrió por la mitad, y las hojas cayeron solas hacia un lado porque el lomo estaba roto.
—Esto es el libro de rentas de Corrieglass.
Isla se acercó.
Vio columnas. Vio nombres a la izquierda, uno debajo de otro, con la misma letra apretada repetida cien veces. Vio, a la derecha, tres columnas de cifras.
Las cifras las entendió todas. Los nombres no.
—Cuarenta y dos arrendatarios —dijo Alasdair—. Lo que pagan está en la primera columna. Lo que pagaron el año anterior, en la segunda. Lo que deben, en la tercera. Y todo lo que entra en esta casa entra por aquí o por el coto, y del coto se ocupa mi hermano y no se lo va a dejar tocar a usted.
—Yo no sé leer eso.
—Ya lo sé.
—Entonces para qué me lo enseña.
Alasdair puso un dedo encima de la primera columna y lo dejó allí.
—Porque va a aprender —dijo—. No se lo pido por bondad, señorita Fearn. Se lo pido porque el día que yo me muera, este libro va a ser suyo, y va a haber tres o cuatro personas en esta comarca muy interesadas en que usted no sepa leerlo.
—¿Quiénes?
—Una vive arriba. —Cerró el libro—. Y otro tiene una conservera en el muelle.
Isla tenía los ojos en las tapas cerradas.
—Ayer me hizo usted una pregunta en el pasillo y no se la contesté —dijo—. Se la vuelvo a hacer yo. ¿Por qué yo?
—Ya se lo dije en el muelle.
—Me dijo usted que tengo cara de señora y manos de destripadora. Eso es una frase. Yo le estoy preguntando el motivo.
Alasdair Rathven se apoyó en el canto de la mesa y estuvo un rato callado, mirando el libro cerrado.
Cuando habló, había cambiado de tratamiento y lo hizo sin avisar, como quien se quita una chaqueta.
—Te lo voy a decir de la única manera que puedo decírtelo hoy —dijo—. Escúchalo y no me preguntes más, que no te voy a contestar y nos vamos a cansar los dos.
—Diga.
—No te he comprado. Te he armado. Un día sabrás contra quién.
Isla esperó.
Alasdair se enderezó, cogió el libro de rentas y lo volvió a meter en el armario, y cerró las dos puertas.
—Aprenda a leer, señora Rathven —dijo, y ya había vuelto al usted—. Empiece por los nombres, que esos se los sabe de oídas.
Isla bajó a la cocina esa noche a por una vela.
Eran más de las doce. La casa estaba apagada y la escalera de servicio crujía en el cuarto escalón y en el noveno, y eso ya se lo sabía después de dos días.
Al pasar por el vestíbulo vio la raya de luz debajo de la puerta del gabinete.
Se acercó porque le pareció que había alguien tosiendo y porque llevaba tres noches oyéndolo toser a través de dos paredes.
La puerta estaba entornada un palmo.
Alasdair Rathven estaba sentado a la mesa, de perfil, con la lámpara a su izquierda y la espalda muy encorvada. Escribía.
Isla se quedó en el quicio y no entró.
No era una nota. Era una carta larga. Tenía tres hojas escritas al lado del codo, boca abajo, y estaba en la cuarta, y escribía deprisa y paraba, y volvía atrás y tachaba, y seguía.
Dos veces se paró a toser con el puño en la boca y las dos veces se limpió la mano en el pañuelo antes de volver a coger la pluma, para no manchar el papel.
Tardó un cuarto de hora largo.
Isla no se movió del quicio en todo ese tiempo. Tenía los pies descalzos en la baldosa y se le estaban quedando helados, y se quedó igual.
Nunca había visto escribir así a nadie. En Portnabrae se escribía poco y se escribía de pie y deprisa: el escribiente en el libro, el del correo en el resguardo, el reverendo en la lista de la congregación.
Un hombre sentado cuatro hojas seguidas, tachando y volviendo atrás, era una cosa que ella solo había visto de lejos, por una ventana, sin saber qué significaba.
Ahora lo estaba viendo de cerca y seguía sin saberlo.
Cuando acabó, juntó las hojas, las dobló en tres y las metió en un sobre grande. Después acercó la barra de lacre a la llama de la lámpara y la dejó gotear en el cierre, y apretó el sello encima con el pulgar.
Le dio la vuelta al sobre y escribió una sola línea en el dorso.
Isla estaba a cuatro pasos y de lado, y no vio lo que ponía. Vio que era corto. Vio que eran dos o tres palabras, y que él las escribió más despacio que las cuatro hojas de antes.
Después abrió el cajón de la derecha, metió el sobre, cerró y siguió sentado, mirando la lámpara, con las palmas en la mesa.
Isla se apartó de la puerta y subió sin la vela.
Lo último que vio antes de irse fue el lacre del cierre, que todavía estaba rojo y brillante, y que se iba poniendo mate mientras se enfriaba.