Capítulo 9
Gavin volvió del cercado de arriba el martes a las once de la mañana, después de dos noches durmiendo en la cabaña de Eachann.
La cabaña era una pared de piedra, media techumbre de brezo y un fuego en el suelo.
Habían dormido los tres envueltos en las chaquetas mojadas, con el agua entrando por el lado norte, y a las cuatro de la mañana del lunes se habían levantado a oscuras porque se oía una oveja en la zanja y una oveja en una zanja se oye muy bien de noche.
Sacaron veintitrés en dos días. Se metían de barro hasta el pecho, le pasaban la cuerda por detrás de las patas de delante y tiraban los tres a una, y la oveja salía o no salía.
Las que no salían se degollaban allí mismo para no dejarlas ahogarse despacio, y eso lo hacía Gavin porque era el que tenía el cuchillo y porque no iba a mandárselo a nadie.
Perdieron dos.
Las dos las sacaron muertas y las dos las bajaron igual, porque la lana se vende igual y porque a Eachann le habría parecido mal dejarlas arriba.
Bajó por el camino de los carros con el barro hasta medio muslo. La primera noche había llovido y la segunda también, y el cercado de arriba con dos días de agua es una cosa que hay que ver para creerla. Habían sacado veintitrés ovejas de una zanja. Habían perdido dos.
No sabía nada.
Nadie había subido a decírselo. En dos días no había aparecido por allí ni un recadero ni un crío ni Nan, y eso, cuando bajaba la cuesta y lo pensó, le pareció raro, porque su madre mandaba a alguien al cercado de arriba hasta por una visita del veterinario.
Entró por el patio de atrás. El patio de atrás tenía una puerta que daba al pasillo de servicio y el pasillo de servicio salía al vestíbulo, y ese era el camino que hacía Gavin todos los días desde hacía ocho años, porque la puerta grande se abría para las visitas y él nunca había acabado de saber si era una visita o no.
En el patio no había nadie. Eso tampoco era normal a las once de la mañana de un martes, con el pozo, la leñera y el tendedero ahí mismo.
Gavin se paró en el pilón, se quitó las botas y las dejó de lado para que escurrieran. Se lavó las manos y los antebrazos hasta el codo, se echó agua en la cara y en la nuca, y el agua le salió parda la primera vez y la segunda también.
Se pasó los dedos mojados por el pelo y se lo echó hacia atrás, y a los cuatro pasos ya se le había vuelto a venir a la frente.
En el pasillo estaba oscuro y olía a lejía. Era un pasillo largo, de baldosa roja, con el techo bajo del ala de servicio y una ventana pequeña a media altura que no daba luz a ninguna parte. Desde allí se oía la cocina y no se veía.
Había una mujer de rodillas en el suelo, al final, justo en el arco que daba al vestíbulo, fregando.
Tenía un cubo al lado y un cepillo en la mano y un delantal de tela que le venía grande y que Gavin reconoció, porque era uno de los de la despensa.
Llevaba el pelo recogido en trenza y la manga subida hasta el codo, y estaba fregando una mancha larga de barro seco que iba desde la puerta hacia dentro y que llevaba allí desde el día anterior, porque el barro seco se ve y ese estaba seco.
Gavin se paró.
Aquella mancha no debía existir. En aquella casa se fregaba el vestíbulo dos veces al día desde antes de que él naciera.
—¿Tú quién eres?
La mujer levantó la cabeza.
Era joven. Blanca de cara, con las cejas oscuras y rectas, y tenía unos ojos claros que con la luz de aquel pasillo parecían grises. Lo miró sin levantarse y sin dejar el cepillo.
—Estoy fregando.
—Eso lo veo. Te he preguntado quién eres.
—¿Y usted?
Gavin se quedó un segundo sin saber qué contestar a eso, y el segundo lo puso de peor humor del que ya traía.
—Yo soy el que paga tu jornal.
—Ah.
No dijo nada más. Volvió a bajar la cabeza y siguió con el cepillo.
Gavin dio dos pasos.
—¿Eres la nueva?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde ayer.
—Pues alguien te ha explicado mal el trabajo. —Señaló la mancha con la barbilla—. Eso es de ayer. Un vestíbulo no se deja de un día para otro.
—Ya me lo figuraba.
—¿Y por qué no lo fregaste ayer?
La mujer siguió con el cepillo un rato antes de contestar.
—Porque ayer lo hice yo —dijo—. El barro.
Gavin resopló.
Después se apoyó con un hombro en la pared, se cruzó de brazos y le habló como se le habla a una chica de dieciocho años a la que han cogido en la feria de San Martín. Eso creía tener delante.
—Mira. Te voy a decir cuatro cosas y te las digo una vez, porque a mí no me gusta repetirme y en esta casa a nadie le sobra el tiempo.
—Diga.
—Aquí no se entra por la puerta grande. Aquí no se sube al ala oeste sin que te manden.
A la señora se le contesta sí, señora, y no, señora, y nada más.
Y si te mandan fregar una cosa, se friega el mismo día, aunque te tengas que quedar a las once de la noche, porque el ama de llaves lleva la cuenta y yo también.
—Sí, señor.
—Y otra cosa. —Se separó de la pared—. No sé qué te habrán contado abajo en el pueblo estos días. En esta casa no se habla de los asuntos de esta casa. Si oyes algo, no lo has oído.
—Sí, señor.
—¿Has entendido?
—Sí, señor.
Ella lo decía cada vez igual, sin subir ni bajar la voz, y a Gavin empezó a molestarle sin saber por qué. Había mandado a mucha gente en ocho años y sabía distinguir el sí señor que obedece del sí señor que espera a que el otro acabe.
—¿Y la señora? —dijo él—. ¿Te ha dicho ya algo la señora?
—No.
—Te dirá.
—Ya.
—Y cuando te diga, no le contestes más de tres palabras. —Se pasó la mano por el pelo mojado y se lo echó hacia atrás—. Mi madre no se enfada nunca. Es peor. Se acuerda.
La mujer no contestó a eso.
Metió el cepillo en el cubo, lo escurrió contra el canto y volvió a frotar la mancha, y lo hizo con el peso del cuerpo encima, no con el brazo, que es como friega el que ha fregado mucho.
—¿Cómo te llamas?
Ella abrió la boca.
Y en ese momento, por el arco del vestíbulo, entró un niño.
Tendría cinco o seis años. Iba descalzo sobre la baldosa fría, con una camisa que le venía larga, y llevaba en la mano un trozo de pan de avena. Se quedó parado en el arco, mirando al hombre grande y embarrado que estaba en el pasillo, y después miró a la mujer que fregaba.
Cruzó los cuatro pasos y se agarró al delantal por detrás.
Y dijo:
—Mamá.
Fue una palabra pequeña y salió ronca, como sale la voz que se usa poco.
La mujer cerró los ojos un segundo y los abrió.
Gavin miró al niño. Miró el pan de avena, que era de la despensa de arriba y no de la cocina de los criados. Miró los pies descalzos en la baldosa blanca y negra del vestíbulo de su padre.
Y entonces se fijó, por fin, en las manos de ella.
Estaban en el borde del cubo. Los nudillos hinchados y los dorsos en carne viva, con dos dedos envueltos en trapo sucio y las uñas cortadas al ras.
No eran las manos de una chica de servicio de dieciocho años.
Eran las manos de una mujer que llevaba diez años abriendo pescado, y Gavin había visto esas manos cuatrocientas veces desde el desván, a media milla de distancia, sin haberlas visto nunca de cerca.
Todo lo que pensó a continuación lo pensó en orden y lo pensó mal.
Pensó que su hermano había vuelto de Edimburgo con una mujer del muelle.
Pensó que la había metido en la casa por la puerta de servicio y que por eso no le habían mandado recado al cercado de arriba.
Pensó en el crío descalzo comiendo pan de la despensa de arriba y en la palabra que acababa de decir.
Y pensó, con una claridad que le duró años, que Alasdair Rathven se había gastado nueve años en Edimburgo y había vuelto a morirse a casa con un hijo de seis.
Le encajaba todo. Encajaba que no le hubieran mandado recado al cercado de arriba.
Encajaba el silencio de su madre, que llevaba desde febrero hablando de la señorita Ballantyne y de las catorce mil libras de dote y que no había mandado a nadie a buscarlo en dos días.
Encajaba que el ama de llaves hubiera bajado la vista al verlo entrar por el patio.
Y encajaba, sobre todo, con lo que él llevaba nueve años creyendo de su hermano, que era lo más fácil de creer y lo que menos trabajo daba.
Gavin llevaba ocho años levantando muros de piedra seca con las manos para sostener una casa que iba a ser de Alasdair y después de los hijos de Alasdair. Nunca se había permitido pensar en eso más de un minuto seguido, porque un hombre que piensa en eso deja de poner piedra.
En el pasillo de servicio, delante de un cubo de fregar, se lo permitió medio minuto.
Fue el peor medio minuto que había pasado dentro de aquella casa, y le iba a durar hasta noviembre.
—¿De quién es el crío? —dijo.
La mujer se puso de pie.
Se levantó despacio, se secó las manos en el delantal prestado, y cuando estuvo derecha resultó que era más alta de lo que parecía de rodillas y que no bajaba los ojos.
—Pregúnteselo a su hermano.
—Te he preguntado a ti.
—Y yo le he contestado.
Al fondo del pasillo, la puerta del vestíbulo se abrió.
Alasdair venía del gabinete, muy despacio, con una mano en la pared. Llegó hasta el arco, vio a los dos y se apoyó en el canto de piedra para tomar aire antes de hablar.
Después miró a su hermano, y a Gavin le pareció que se divertía, y no se equivocaba.
—Gavin —dijo—. Te presento a mi mujer.
Nadie dijo nada durante tres segundos.
—Nos casamos ayer a las nueve en la capilla de abajo. Se llama Isla. —Alasdair se pasó la lengua por los labios secos—. Y el niño se llama Torcuil y vive aquí desde ayer, y eso no se discute.
Isla se quedó donde estaba, con el cepillo todavía en la mano izquierda.
Gavin miró a su hermano. Miró a la mujer. Miró el delantal de la despensa, y la mancha de barro a medio fregar, y el cubo.
Ella se pasó el cepillo a la izquierda del todo y le tendió la mano derecha.
Gavin se la miró.
Se metió las dos manos en los bolsillos, dio media vuelta y salió al patio por donde había entrado.