La heredera que no existía Capítulo 8
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Capítulo 8

El coche salió de la capilla a las diez menos veinte y llegó a la verja de Corrieglass a las diez y cuarto.

Iban cuatro dentro. Alasdair de espaldas al caballo, porque dijo que del otro modo se mareaba. Isla enfrente, con el vestido crema recogido para que no rozara el suelo del coche. Torcuil a su lado, pegado a ella. Y en el rincón, entre las dos rodillas de Isla, la maleta.

No era una maleta. Era un cesto de mimbre con un asa de cuerda trenzada que Isla le había hecho cuando se rompió la de verdad, y dentro iba todo lo que tenían los dos: dos faldas, tres camisas, el chal de invierno, las botas viejas del niño, la piedra de afilar, el cuchillo y un peine.

La grava sonó distinto al llegar y el coche paró.

Isla miró por la ventanilla.

La verja de Corrieglass eran dos hojas de hierro forjado, altas como dos hombres, con voluta en la parte de arriba y las puntas rematadas en lanza.

Los pilares eran de piedra, con una bola de piedra encima de cada uno.

A los dos lados arrancaba la avenida de abetos viejos y el camino de grava clara se metía entre ellos y desaparecía en la curva.

Las dos hojas estaban cerradas.

Y en el medio, pasada por los dos barrotes centrales y cerrada con un candado, había una cadena.

Hughie se bajó del pescante y fue a la verja. Sacudió la cadena. Sonó fuerte, y el sonido se metió entre los abetos y volvió. Esperó. Volvió a sacudirla, más rato.

En la casa del guarda, a la izquierda, salía humo de la chimenea.

No salió nadie.

Hughie volvió al coche y habló por la ventanilla con la gorra en la mano.

—Señor, está echada.

—Ya lo veo.

—¿Doy la vuelta por el camino de los carros? Son dos millas y media y está embarrado.

—No.

—¿Llamo otra vez?

—Llame usted lo que quiera.

Hughie llamó otra vez.

Pasaron cinco minutos. Después diez.

Llovía. No fuerte, pero seguido, con la lluvia cayendo de los abetos en goterones y golpeando el techo del coche de uno en uno, siempre en el mismo sitio.

Alasdair Rathven no se movió. Estaba sentado con las manos encima de las rodillas y la vista en la ventanilla de enfrente, y en quince minutos no dijo una palabra ni tocó el cristal ni llamó al cochero.

Isla lo miró dos veces.

A los dieciséis minutos entendió que aquello no era que no lo hubieran oído. Aquello lo había mandado alguien y lo estaban haciendo, y el hombre de enfrente lo sabía desde que sonó la cadena la primera vez.

A los dieciocho lo entendió del todo: que el que estaba pagando aquello era él, y que la estaban haciendo pagar a ella.

A los diecinueve habló.

—¿Quién ha mandado echar la cadena?

Alasdair tardó en contestar.

—Nadie la ha mandado echar. Esa cadena se echa todas las noches desde que yo era pequeño y se quita a las siete de la mañana.

—Son las diez y cuarto.

—Sí.

—Entonces alguien ha mandado no quitarla.

—Sí.

Isla miró la casa del guarda, la chimenea, el humo.

—¿Y usted piensa quedarse aquí sentado?

—Yo pienso quedarme aquí sentado hasta que abran —dijo Alasdair—. Si toco el cristal, si grito, si mando a Hughie saltar el muro, mañana en esta casa se dirá que el señor llegó chillando a su propia verja. Eso les vale más que la cadena.

—¿Y si no abren en dos horas?

—Estaré dos horas.

—Usted no aguanta dos horas.

—No. —Se ajustó la manta sobre las rodillas—. Pero aguanto más que ellos, porque yo sé lo que están haciendo y ellos no saben que lo sé.

Isla no contestó enseguida.

—Eso será verdad en esta casa —dijo—. En el muelle, cuando uno espera fuera, es que está fuera.

A los veinte, Isla abrió la portezuela y se bajó.

—Señorita Fearn.

—Señora Rathven —dijo—. Lo pone en el libro de esta mañana.

—Suba al coche.

Isla cogió el cesto de mimbre con la mano izquierda, alargó la derecha y sacó a Torcuil de un tirón suave.

Después se quitó los dos guantes blancos, los dobló y los dejó en el asiento, encima de la manta.

Debajo llevaba los trapos. Tres dedos de la derecha y dos de la izquierda, sucios de la semana, con la sangre seca marcada en el del corazón. Los había llevado todo el día debajo del algodón blanco de misa, porque no se había podido curar nada en tres días y porque en temporada eso no se cura.

—Váyase usted por el camino de los carros si quiere —dijo—. Yo entro por el portillo.

Cerró la portezuela.

El portillo del guarda estaba a quince pasos, en el muro, y no tenía cadena, porque las cadenas se ponen para los coches y no para la gente que va a pie. Isla pasó primero el cesto, después al niño, después ella.

Y subió la avenida.

Media milla de grava. Llovía encima de los abetos y de los abetos caía encima de ella, que es peor.

A los cien pasos tenía el vestido pegado a los hombros.

A los doscientos, la falda color crema pesaba el doble y se le enredaba entre las piernas y se manchó de barro por todo el borde.

A los trescientos, la trenza empezó a soltarle agua por la nuca, por dentro del cuello alto, hasta la mitad de la espalda.

Torcuil andaba a su lado sin quejarse.

La casa fue apareciendo a trozos, como la otra noche. Un ala. Un tejado con un andamio viejo en la esquina noreste. Una hilera de ventanas.

Y luego la puerta, abierta de par en par desde hacía rato.

El coche llegó cuatro minutos después que ella. Habían abierto la verja en cuanto la vieron pasar el portillo, y eso Isla también lo entendió.

En el vestíbulo, en fila, estaba la servidumbre de Corrieglass.

Catorce personas. A la izquierda los hombres, cuatro. A la derecha las mujeres, diez. Todos de negro y todos con los brazos pegados al cuerpo, y todos mirando exactamente el mismo punto del suelo.

Isla entró chorreando y dejó un reguero de agua y de barro por la baldosa blanca y negra, desde la puerta hasta donde se paró.

Nadie levantó la vista.

Nadie dijo buenos días.

Nadie alargó la mano.

Isla los contó mientras andaba, porque contar era lo que hacía cuando no podía hacer otra cosa. Cuatro hombres, diez mujeres. Catorce sueldos en una casa que había vendido ocho cuadros y alquilaba la plata.

El ama de llaves, una mujer seca de unos cincuenta años, dio medio paso adelante y recitó una frase aprendida sobre las habitaciones del ala oeste y el agua caliente a las siete, la recitó mirando a Alasdair, que todavía estaba en la puerta, y volvió a su sitio.

La escalera subía enfrente y se partía en dos en un rellano.

Lady Ursula Rathven bajó por el tramo de la derecha.

Bajó sin prisa, con la mano en el pasamanos y un libro cerrado en la otra, y llegó al último escalón y paró allí, un peldaño por encima del suelo, que es un sitio en el que nadie se queda por casualidad.

Miró a Isla.

La miró de abajo arriba, sin ninguna prisa: las botas de hombre llenas de barro, el borde de la falda marrón de agua, el vestido pegado, las manos con los trapos, la trenza deshaciéndose y goteando, la cara.

Duró lo que dura contar hasta seis.

—¿Ha traído usted equipaje?

Isla levantó el cesto de mimbre un palmo del suelo.

Lady Ursula lo miró. Después se volvió hacia el ama de llaves.

—Que suban a airear las habitaciones del ala oeste. Y que alguien friegue esto.

Se dio la vuelta y empezó a subir.

No esperó a que le contestaran, ni a que le presentaran al niño, ni a mirar a su hijo, que estaba apoyado en el quicio de la puerta a diez pasos y llevaba tres minutos sin poder entrar del todo.

En la fila de la derecha, la séptima de las mujeres se movió.

Salió de la fila. Cruzó los cuatro pasos de baldosa mojada, se plantó delante de Isla y le quitó de la mano el cesto de mimbre, y lo hizo despacio, para que se viera bien desde arriba de la escalera.

Era la mujer del abrigo negro. La que le había hecho la trenza a las ocho de la mañana. La de los guantes de misa.

—Bienvenida a Corrieglass, señora Rathven —dijo, en voz alta y clara, mirándola a la cara—. Soy Peigi Ross y llevo aquí cuarenta y nueve años.

En la escalera, los pasos de Lady Ursula se pararon.

Se quedaron parados tres o cuatro segundos.

Después siguieron subiendo, y una puerta se cerró arriba, y eso fue todo.

Las habitaciones del ala oeste eran dos y estaban comunicadas.

La primera tenía una cama con dosel sin cortinas, un armario, una palangana y una chimenea que no se encendía desde marzo. La segunda era más pequeña, con una cama estrecha y una ventana que daba a la ladera.

Olía a cerrado y a paño guardado. Había un cerco de humedad en el techo, en la esquina de la izquierda, del tamaño de un plato.

Peigi abrió las dos ventanas y el frío entró de golpe, y fue mejor.

—Esto estaba cerrado desde el noventa y uno —dijo—. Aquí dormía la hermana del viejo señor cuando venía en verano, y no venía casi nunca.

—¿Por qué esta y no otra?

—Porque la señora ha dicho esta. —Peigi sacudió la colcha y saltó polvo—. Y porque esta es la única del ala que tiene chimenea que tire, que eso no se lo ha dicho la señora a usted y se lo digo yo.

Isla dejó el cesto de mimbre a los pies de la cama grande.

En un cuarto de hora estuvo deshecho: dos faldas y tres camisas en el armario, que se quedó vacío de todas formas.

El chal de invierno doblado en el estante.

Las botas del niño debajo de la cama pequeña.

La piedra de afilar y el cuchillo encima de la repisa de la chimenea, uno al lado del otro, que fue lo único que colocó con cuidado.

El peine se lo quedó en la mano.

Peigi cogió a Torcuil de la mano.

—Por aquí, señora. El ala oeste está fría pero no gotea, y la cocina está debajo, que es lo único que importa de esta casa.

Subieron por el tramo de la izquierda.

En el rellano donde la escalera se partía había un retrato, el único que quedaba en toda aquella pared, y era grande. Un hombre de medio cuerpo, con el kilt y el chaleco del mismo tartán que llevaba Alasdair esa mañana, pintado de pie delante de una ventana.

Isla se paró delante sin querer pararse.

Tenía el pelo castaño muy oscuro, casi negro, cayéndole sobre la frente. Tenía los ojos hundidos y quietos, mirando al que mirase. Tenía la mandíbula marcada y la boca de labios llenos, y tenía los antebrazos morenos hasta donde llegaba la manga y el resto blanco.

—¿Quién es?

—El viejo señor —dijo Peigi, desde tres escalones más arriba—. Que en paz descanse.

Isla siguió subiendo. Le olía el pelo a salmuera, le salía de la trenza mojada y se lo notaba ella misma, tres días fuera del muelle y todavía sin írsele del todo.

En el último escalón se volvió a mirar el retrato.

Aquella cara no se parecía en nada a la del hombre con el que se había casado hacía dos horas.