Capítulo 7
La caja llegó el domingo por la tarde en el coche de correos, atada con bramante y con una etiqueta de un comercio de Inverness.
Isla la abrió arriba, en el altillo, con Torcuil mirando.
Dentro había papel de seda y dentro del papel de seda había un vestido color crema.
Nunca había tocado una tela así. No era seda, era otra cosa, un algodón finísimo y muy tupido que pesaba menos de lo que parecía y que sonaba al moverlo.
Tenía el cuello alto, cerrado hasta la barbilla.
Tenía un canesú de encaje cosido sobre el pecho, y encaje otra vez en los dos puños.
Tenía alforzas verticales a los lados del canesú, planchadas una a una.
Y tenía una fila de botones forrados de la misma tela desde el cuello hasta la cintura, treinta y uno, los contó.
La falda era lisa y ancha y no llevaba ni un adorno.
Isla lo tuvo un rato encima de las rodillas sin ponérselo. Después lo dobló otra vez en el papel de seda y bajó a fregar la olla, porque si seguía allí arriba iba a empezar a pensar y no quería.
El lunes, a las siete y media de la mañana, llamaron a la puerta.
Era una mujer mayor, de sesenta y tantos, con un abrigo negro que le venía grande y un paraguas cerrado que no había abierto aunque estaba lloviznando. Traía una caja de cartón pequeña debajo del brazo.
—Vengo de la casa —dijo—. A vestirla.
—Sé vestirme.
—Ya. —La mujer entró y miró el techo negro de humo, y no puso ninguna cara—. Pero no sabe abrocharse treinta y un botones por la espalda de la manga sola, y yo sí.
Subieron al altillo.
La mujer trabajó en silencio. Le ajustó lo que se podía ajustar con alfileres, que era poco.
El vestido le venía ancho de hombros, porque el que lo había encargado no había preguntado la talla y había dicho una de esas medidas que dicen los hombres cuando les da vergüenza mirar.
Y le venía corto de manga, porque los brazos de Isla eran más largos de lo que nadie calcula mirándola.
—Se puede sacar dobladillo —dijo la mujer—. Hoy no.
Le deshizo la trenza y se la volvió a hacer. Fue lo único que hicieron las dos juntas. La mujer le pasó el peine desde la raya hacia atrás, despacio, sin tirar, con una mano puesta en la nuca para que no doliera, y a Isla le dieron ganas de cerrar los ojos y no los cerró.
Cuando acabó, la mujer le cogió las dos manos y se las puso boca arriba.
Los nudillos hinchados. Los dorsos rojos. Los cortes viejos y los dos nuevos. Las uñas al ras.
Isla esperó el comentario. En veintiún años nadie le había mirado las manos de cerca sin decir algo.
La mujer no dijo nada. Le soltó las manos, abrió la caja de cartón y sacó un par de guantes blancos de algodón, de esos de misa, cosidos y vueltos a coser.
—Son míos —dijo—. Los quiere usted o no los quiere.
Isla se los puso. Le venían justos de palma y anchos de dedo, de una mano que había sido más gruesa. Olían a lavanda vieja y a papel.
—¿Cómo se llama usted?
La mujer se agachó a recoger los alfileres del suelo y estuvo un rato agachada.
—Hay órdenes —dijo— de que en esa casa nadie le hable a usted hasta que la señora diga.
Y no dijo más.
La capilla de Portnabrae era de piedra, sin torre, con doce bancos y una mesa en vez de altar.
Olía a cera y a ropa guardada. Las paredes estaban encaladas y no había en ellas una sola imagen.
Por la ventana del este, que era la única grande, entraba la luz de las nueve de la mañana de agosto en una raya ancha que cruzaba los tres primeros bancos, y dentro de aquella raya se veía todo el polvo y toda la humedad del aire.
Estaban el reverendo Ruaridh Bain, el señor Kilgour, que había venido de Inverness en el coche de la noche y se había afeitado en el camino, Hughie el cochero, y el hombre que abría la capilla, que se llamaba Fearchar y tenía ochenta años y no se enteró de casi nada.
Y Torcuil, sentado en el primer banco con las piernas colgando, con la camisa limpia y sin decir palabra.
Nadie de Corrieglass.
Alasdair Rathven llegó a las nueve en punto. Llevaba el kilt y la chaqueta oscura y estaba peor que el jueves, y se sentó en el banco antes de la ceremonia porque no aguantaba de pie diez minutos seguidos.
Bain no estaba contento y no lo disimulaba.
—Señor Rathven —dijo, con el libro todavía cerrado—. Que conste que se lo he dicho a usted por carta y se lo digo aquí.
—Consta.
—El aviso está puesto en Dingwall desde el lunes catorce.
—Así es.
—Hoy es veintiuno. Son los siete días justos y está todo en regla, y no hay nada que yo pueda oponer. —Bain miró a Isla—. Pero yo cuento los días, señor Rathven. Y el día catorce esta mujer estaba destripando arenque y no sabía nada de usted.
Isla no se movió.
Por dentro contó. El catorce era el lunes del cartel de los cuatro peniques. El diecisiete era el jueves del muelle. Entre una cosa y la otra había tres días, y el nombre de ella ya estaba escrito en un papel en Dingwall antes del primero.
—Reverendo —dijo Alasdair—, usted case y deje las cuentas para los que tenemos tiempo de hacerlas.
—Yo no tengo prisa. —Bain abrió el libro—. Usted sí.
Antes de empezar, Kilgour se acercó con la cartera de cuero abierta y sacó un papel.
—Señora —dijo—. Esto es suyo.
Isla se quitó el guante y lo cogió.
Era medio pliego, con un sello de tinta morada arriba y tres líneas escritas a máquina, y abajo dos firmas. Una era grande y picuda. La otra era la de Mackinnon, que ella conocía de verla en el libro.
—Yo no sé leerlo entero.
—Se lo leo yo. —Kilgour se puso las gafas—. Dice que el sábado diecinueve de agosto quedó cancelada y satisfecha la anotación de nueve libras a cargo de Isla Fearn en el libro de adelantos de la estación de curado de Portnabrae, y que no queda deuda pendiente ni presente ni futura por ese concepto.
—¿Y la cruz?
—La cruz sigue en el libro. Lo que no sigue es la cifra. —Kilgour se quitó las gafas y bajó un poco la voz—. Yo le habría tachado también la cruz, señora, pero el señor Ballantyne no quiso, y en su libro manda él.
Isla dobló el papel en cuatro y se lo guardó en el pecho, por dentro del vestido, que era donde se guardaba todo lo que importaba.
Fue corto.
Isla contestó lo que había que contestar.
Notó el frío de la piedra a través de las suelas.
Notó el algodón del guante contra la palma, que le picaba en los cortes.
Notó, cuando Alasdair le cogió la mano para el anillo, que él tenía la mano más fría que ella y que le temblaba y que no había forma de que no se notara.
El anillo era de oro fino y le venía grande.
Se lo movió con el pulgar por dentro para ver cuánto bailaba y bailaba una uña entera.
Por debajo del vestido, colgado de un cordón, llevaba desde los catorce años otro aro que no era de oro, y eso no lo sabía ninguno de los que estaban en aquella capilla.
Después vino el libro.
Lo pusieron en la mesa, abierto, con el tintero al lado. Kilgour firmó primero, deprisa, con una letra de las que se hacen mil veces al año. Después Hughie. Después Fearchar, que tardó y a quien hubo que enseñarle dónde.
Después Alasdair, de pie, apoyando la izquierda en el canto de la mesa.
Y después ella.
Isla se quitó el guante de la derecha. Cogió la pluma. La cogió mal, con los tres dedos demasiado juntos y demasiado abajo, como coge una pluma quien ha cogido cuchillos toda su vida.
Sabía hacer las cuatro letras de su nombre. Las había hecho en la tierra del suelo y en el vaho de la ventana de la barraca y nunca en un papel que fuera a quedarse.
Empezó.
Le salió la I muy grande. La s se le fue hacia arriba. Tuvo que parar en medio y volver a mojar la pluma porque se le había secado, y al volver a mojarla cogió demasiada tinta y la a le quedó con un borrón en la panza.
El apellido lo hizo mejor y lo hizo despacio.
Cuando levantó la mano, su nombre ocupaba el doble de renglón que el de todos los demás y se torcía hacia arriba al final, y había dos gotas de tinta a la derecha.
Nadie dijo nada.
Bain cerró el tintero y, mientras secaba con el papel, habló sin mirarla.
—Escriba despacio, señora. El libro dura más que nosotros.
Fuera había gente.
No en la puerta. En el muro de enfrente, que era donde se ponía siempre el pueblo de Portnabrae para mirar lo que no le habían llamado a ver.
Habría cuarenta o cincuenta. Estaban Bess y estaba Annag, y estaba Seonag con el chal cruzado, y estaban las de Barra, y estaba media cuadrilla del muelle sur con la ropa de trabajo porque habían dejado el puesto media hora.
Olían a lo que se huele a esa hora, a pescado y a sal, y habían subido con el delantal de hule puesto y el cuchillo en la cintura, porque un cuchillo no se deja en el puesto.
Habían venido andando desde el muelle con la ropa de faena y volverían al puesto en media hora, y ninguna de ellas había pisado nunca la capilla un lunes por la mañana.
No gritó nadie. No tiró nadie nada. En Portnabrae no se tira arroz, y aquel día no se habría tirado ni aunque se tirara.
Miraron. Eso fue todo. Miraron el vestido, y miraron los guantes, y miraron cómo un hombre que se estaba muriendo bajaba los tres escalones de la capilla agarrado al pasamanos.
Torcuil salió el primero, porque nadie se acordó de decirle que esperara.
Bajó los tres escalones de la capilla con la camisa limpia y se quedó parado en el último, mirando al muro y a las cincuenta personas del muro. Cincuenta personas lo miraron a él.
Bess se separó de la piedra, cruzó la calle, le puso una mano en la cabeza y se lo llevó a su lado sin decir nada y sin mirar a nadie, y se quedó con él allí hasta que salieron los demás. Fue lo único que pasó en toda la mañana que se pareciera a una boda.
En el extremo del muro, apoyado en la última piedra, estaba Dougal Tait.
Isla lo vio desde la puerta, cuando todavía no habían salido. Estaba con la gorra puesta y las manos en los bolsillos, mirando el suelo.
Cuando el reverendo Bain empujó la hoja para abrirla, Dougal se separó del muro y se fue calle abajo sin volver la cabeza, y ya no estaba cuando salieron.
Alasdair le ofreció el brazo en el escalón de arriba.
Isla se lo cogió porque había cincuenta personas mirando y porque el hombre no bajaba solo.
—Ya está —dijo ella.
—No. —Alasdair miró el camino, hacia arriba, hacia donde no se veía la casa—. Ahora empieza lo difícil.