Capítulo 6
La casa de Tam Fearn era una habitación y un altillo.
Abajo estaba el fuego de turba en el suelo, sin chimenea, con el humo buscando el agujero del techo y encontrándolo a medias, y por eso las paredes estaban negras hasta la altura de un hombre y la ropa olía a humo aunque se lavara.
Había una mesa, dos banquetas, un arcón y el jergón de Tam.
Arriba, en el altillo, dormían Isla y el niño.
Llegó del muelle a las ocho y media del viernes con el jornal de la semana en el bolsillo de dentro y a Torcuil de la mano.
Tam estaba sentado en su banqueta, delante del fuego, y no estaba borracho. Eso fue lo primero que Isla notó y lo primero que no le gustó.
—Siéntate —dijo él.
—Voy a dar de cenar al crío.
—Siéntate un momento, muchacha.
En la mesa había un papel.
Isla lo miró de lejos mientras colgaba el chal. Era media hoja, escrita por las dos caras con letra apretada, con el doblez muy marcado de haber viajado en un bolsillo.
—¿Qué es eso?
—Carta de Bella.
—Ya.
—Está en Glasgow. En la calle Rottenrow, con una mujer que alquila cuartos. —Tam se rascó la barbilla—. Dice que le va bien.
—Si le fuera bien no escribiría.
Tam hizo como que no lo oía. Cogió el papel y le dio la vuelta, aunque no sabía leerlo mejor que ella.
—Dice que quiere al crío.
Isla se quedó de pie.
Fuera había empezado a llover. Se oía en el techo de turba y en el hueco del humo, ese ruido pequeño y continuo que hace la lluvia de agosto cuando ha decidido quedarse toda la noche.
—Torcuil, sube.
El niño no se movió.
—Sube.
Subió. Se oyeron sus pies en los tres peldaños y después el crujido de la paja arriba, y después nada, porque el niño arriba se quedaba tan quieto como abajo.
Isla se sentó en la otra banqueta.
—Bella tiene diecisiete años —dijo—. No tiene casa, ni oficio, ni marido.
—Es su tía.
—Y yo también.
—Tú no eres nada. —Tam lo dijo sin levantar la voz, mirando el fuego, y era la primera vez en veintiún años que se lo decía a la cara—.
Tú no eres nada de este crío, Isla. Ni de mí.
A ti te recogió mi mujer porque le dio la gana y porque estaba blanda, y yo te he tenido aquí veinte años comiendo de mi mesa.
—De tu mesa como desde los once. Y de lo que gano yo.
—Aquí sentada.
Se quedaron callados.
—El crío es de mi hija —siguió Tam—. Ceitidh era mía y el crío es de Ceitidh, y yo soy el abuelo. Eso lo dice cualquiera. El cura lo dice, el procurador lo dice y el que haga falta lo dice.
—Ceitidh se murió en el barracón con diecinueve años y tú no fuiste a verla en tres días.
—Eso a los papeles les da igual.
Ahí estaba.
Isla lo miró. Le miró las manos, que tenía abiertas hacia el fuego, con esa manera de calentárselas que tienen los hombres que no las usan.
Le miró la cara. Y entendió que aquello no lo había pensado él, porque Tam no pensaba nada solo, y que alguien se lo había explicado en el muelle o en la trastienda y que lo llevaba aprendido.
—¿Cuánto? —dijo.
—¿Cuánto qué?
—Cuánto quieres.
Tam se volvió despacio.
—No seas así.
—Cuánto.
Se tomó su tiempo. Se pasó la lengua por el labio de abajo. Y lo dijo.
—Con doce libras, Bella se olvida del crío.
Doce libras.
Isla no se movió. Por dentro hizo lo que hacía siempre, que era la cuenta, y la cuenta le salió en dos segundos y fue la peor que había hecho en su vida.
Doce libras eran lo que iba a juntar en Yarmouth en cuatro meses si todo salía bien. Eran, justo y exacto, el cuarto propio en la calle de abajo y la escuela del niño desde enero. Eran lo único que tenía pensado en el mundo.
Y eran, además, tres libras más de lo que le debía a la estación.
—Tú no has puesto esa cifra —dijo.
—La he puesto yo.
—Tú no sabes que yo tengo doce libras en la cabeza. Eso lo sabe quien me haya visto trabajar.
Tam hizo un gesto con la boca y se volvió al fuego.
—Doce libras y se acabó. Y si no, el lunes lo llevo yo a Glasgow y aquí no ha pasado nada.
Isla se levantó.
No dijo nada más. Cogió el cubo, salió a por agua, volvió, puso la olla y le dio de cenar al niño arriba, en el altillo, sentada en la paja con el plato en las rodillas.
Torcuil comió despacio, como comía siempre.
Cuando acabó, Isla le limpió la boca con el borde del delantal y él se quedó mirándola. Después alargó la mano y le cogió el dedo corazón de la mano derecha, el del trapo, y se lo apretó. No fuerte. Lo justo.
Se quedó así, agarrado al trapo sucio, hasta que se durmió.
Ceitidh Fearn tenía diecinueve años cuando se murió y era la mayor de las dos hijas de Tam.
Era guapa de una manera que en un pueblo de pescadores no conviene.
Trabajó en la estación de curado desde los catorce y en el ochenta y seis se echó a hablar con un hombre de allí, un encargado de báscula de treinta y un años que hoy tiene casa en la calle de arriba, mujer, tres hijos y banco propio en la iglesia.
Cuando se le notó, Tam fue a hablar con él. Volvió del muelle de noche con cinco libras y con la boca cerrada, y esas cinco libras duraron hasta febrero.
Ceitidh parió en el barracón de las destripadoras, que es donde había parido la madre de Isla catorce años antes, porque los barracones de las destripadoras son el sitio de esta costa donde van a parar las mujeres que no tienen sitio.
Se levantó a los dos días. A los cinco tenía fiebre. Al séptimo se murió.
Isla tenía quince años y estaba allí.
Le pusieron al crío en los brazos porque no había nadie más y porque ella era la que estaba de pie. Tam no subió al barracón en tres días y al cuarto ya estaba todo hecho.
Eso fue el veintidós de septiembre del ochenta y siete, y desde entonces Isla no había dormido una sola noche sin aquel niño a un brazo de distancia.
Isla bajó a las diez y cuarto. Tam ya roncaba en su jergón.
Se puso las botas, se ató el chal a la espalda y salió.
Corrieglass estaba a tres millas por el camino de arriba.
Llovía de verdad. No la lluvia fina de agosto sino la otra, la que viene del suroeste con viento detrás y te entra por el cuello.
Isla subió el camino a paso largo, sin pararse, con los pies mojados desde la primera media milla, y no pensó en nada durante todo el trayecto porque ya lo había pensado todo en el altillo.
Llegó a las once menos diez.
La verja estaba abierta. Subió la avenida entre los abetos, con la grava crujiendo debajo de las botas y el agua cayendo de las ramas en goterones grandes, y la casa fue apareciendo a trozos: primero una esquina, después un tejado, y por fin una ventana encendida en la planta baja, a la derecha.
Llamó a la puerta grande porque no conocía la otra.
Tardaron. Abrió un hombre mayor en mangas de camisa con una vela, la miró y le dijo que la entrada de servicio era por el lado este.
—Vengo a ver al señor.
—El señor está acostado.
—No lo está. Tiene la luz encendida.
El hombre iba a cerrar. Desde dentro, a lo lejos, se oyó una voz que decía que la dejara pasar.
El vestíbulo de Corrieglass era más grande que la casa entera de Tam Fearn. Suelo de baldosa blanca y negra, una escalera que subía y se partía en dos, y frío. Un frío distinto al de fuera, quieto, como de cueva.
Isla se quedó a dos pasos de la puerta y no avanzó más, porque iba chorreando y estaba dejando un charco.
Alasdair Rathven salió de la habitación de la derecha con una bata encima y una manta en el brazo.
La miró de arriba abajo una vez.
—Está usted empapada.
—Sí.
—Siéntese.
—No.
Él se detuvo. Después dejó la manta en el respaldo de una silla, sin insistir, y se apoyó en el marco de la puerta porque le costaba estar de pie.
—Usted dirá.
—Acepto.
Alasdair movió un dedo encima de la manta. No llegó a más.
—Con tres condiciones —siguió Isla—. Y si falla una, no hay boda.
—Diga.
—El crío viene conmigo. A esta casa. Y se queda aquí pase lo que pase y aunque usted se muera mañana.
—Concedido.
—Tam Fearn no cobra un penique. Ni de usted, ni de mí, ni de nadie. Nunca.
—Concedido.
—Y las nueve libras del libro de la estación se cancelan antes del lunes. No después. Antes.
Alasdair se quedó callado un momento y a Isla le dio un vuelco, porque pensó que la tercera se la iba a discutir.
—Esa la traía yo pensada desde el jueves —dijo él—. Kilgour tiene orden desde ayer por la mañana. El sábado a mediodía ese renglón está tachado y hay un recibo con mi firma.
—¿Antes de que yo dijera que sí?
—Antes.
—¿Y si no llego a venir?
—Pues me habría gastado nueve libras en tacharle a usted una deuda y me habría quedado igual de muerto. —Tosió con el puño en la boca y siguió—. Señorita Fearn, tengo cuatro meses. No estoy para negociar por peniques.
Isla lo miró.
Era eso lo que la asustaba, y ahora ya sabía por qué. Un hombre que regatea quiere algo de ti. Un hombre que concede las tres condiciones sin pestañear quiere otra cosa, y no te la ha dicho.
—Una cosa más.
—Dígala.
—No me case por lástima. Cáseme por el crío.
Alasdair Rathven se rio. Le salió corta y se le quebró en la tos, y cuando acabó tenía los ojos llorosos de toser y la voz más baja.
—Por lástima. —Se limpió la boca con el pañuelo y se lo guardó—. Señorita Fearn, la lástima es lo único que no tengo en esta casa. Aquí ni siquiera se la tienen a uno cuando se está muriendo.
Se separó del marco de la puerta.
—El lunes a las nueve, en la capilla de abajo. Mandaré el coche a las ocho y media a la esquina de la estación de curado, que es donde no va a verla nadie de arriba.
—Iré andando.
—Irá en el coche. —Y por primera vez lo dijo como un hombre que manda—. Y venga con las manos limpias, que se las van a mirar todos.
Isla salió al agua otra vez y bajó la avenida entre los abetos.
En el camino, a la altura del primer recodo, había alguien esperando debajo de un árbol con un saco por encima de la cabeza.
Era Annag.
—Te he visto subir desde la barraca —dijo—. Llevo aquí una hora.
—Vete a dormir.
—Toma.
Le puso en la mano la tarjeta blanca. Estaba blanda de humedad y tenía la esquina doblada de llevarla cuatro días en el bolsillo del delantal.
—La he tenido por si acaso —dijo Annag—. Yo no sé leer más que los números. Pero se la enseñé al de correos el miércoles y me dijo lo que pone.
—¿Y qué pone?
—Pone un nombre y debajo pone Corrieglass. —Annag se subió el saco—. Y en la otra cara, escrito a mano, pone una fecha. La del jueves de la semana pasada.
Isla le dio la vuelta a la tarjeta en la mano, bajo la lluvia, donde no se veía nada.
El jueves de la semana pasada era cuatro días antes de que Alasdair Rathven bajara al muelle.