Capítulo 5
El jueves entró pescado desde las cuatro de la mañana y a las nueve el muelle norte iba a pleno.
Treinta puestos abiertos, noventa mujeres, y el ruido.
El ruido de un muelle a pleno no se parece a ninguna otra cosa.
Son noventa cuchillos entrando y saliendo a destiempo, y la sal cayendo en los barriles, y las tapas, y los mozos gritando el número del cajón, y las gaviotas encima de todo eso chillando como si las estuvieran matando.
Isla llevaba cinco horas de pie. Bess había cantado dos veces y las dos veces se había quedado sola porque no había aire para cantar.
Los días buenos son los peores. Eso lo sabe cualquiera que haya estado en un muelle. Cuando la flota trae, los cajones llegan más deprisa de lo que se pueden abrir y no hay manera de parar, porque el arenque se pierde en seis horas con calor y lo que no se abre hoy no se paga nunca.
A las ocho habían llevado ya once barriles. A las nueve iban por catorce. Seonag pasaba cada media hora con la hoja y la tiza y no decía nada bueno ni nada malo. Un jueves así no se dice nada. Se cuenta, se apunta y se sigue.
Isla tenía el trapo de la mano derecha empapado desde las siete y no se lo había cambiado, porque cambiárselo eran cuatro minutos y cuatro minutos eran ocho pescados.
El coche bajó a las nueve y cuarto.
Lo primero que se notó fue el silencio, que empezó arriba, en la rampa, y bajó por el muelle puesto por puesto como una cosa que se derrama.
Los coches de caballos no bajan al muelle.
No bajan porque abajo el suelo está resbaladizo de escama y de tripa y porque no hay nada que un coche tenga que hacer allí.
En diez años Isla había visto bajar dos: el del médico, el año del tifus, y el del recaudador.
Este era viejo, con las ruedas altas y un escudo casi borrado en la portezuela.
Paró a veinte pasos del puesto cuatro.
El cochero se bajó y se quedó al lado del caballo, sujetándolo del bocado, mirando al suelo. La portezuela se abrió desde dentro.
Bajó Alasdair Rathven.
Llevaba abrigo oscuro y el cuello de la camisa limpio, y llevaba zapatos.
Zapatos de ciudad, de suela fina, cosidos en Edimburgo por alguien a quien le pagaron bien.
Puso el primero en el suelo del muelle y se le hundió medio dedo en una capa de escamas, agua y tripa que llevaba allí desde mayo y que solo se iba en noviembre con las galernas.
No miró el zapato.
Empezó a andar entre los cajones, despacio, esquivando los cubos, y detrás de él se iban parando los cuchillos. No de golpe. De dos en dos. Una mujer paraba y miraba, y la de al lado miraba a la que había parado, y después miraba hacia donde miraba ella, y paraba también.
Cuando llegó al puesto cuatro ya no trabajaba nadie en el muelle norte.
Isla no levantó la cabeza. Siguió. Cuchillo por detrás de la agalla, giro, fuera, cubo, caja de los grandes. Dos segundos.
Él se paró delante del puesto.
—Señorita Fearn.
—Estoy trabajando.
—Ya lo veo.
—Pues ya sabe dónde está la rampa.
Detrás de él, alguien se rio y se le cortó la risa enseguida. Bess había dejado el cazo de la sal dentro del barril y tenía las dos manos quietas encima del canto. Annag se había quedado con un arenque a medio abrir en la mano izquierda.
Alasdair Rathven se quitó el sombrero.
Eso fue lo que empezó a asustar a Isla. Un hombre de arriba no se descubre delante de una destripadora. Se descubre delante de una señora, en un salón, o delante de un muerto.
—Voy a decirle una cosa y voy a decirla aquí —dijo él—, porque si se la digo en otro sitio, después dirán que hubo algo antes, y no lo ha habido.
—No me diga nada.
—Cásese conmigo.
El muelle no hizo ningún ruido.
De verdad que no hizo ninguno. Hasta las gaviotas, que eso no lo cree nadie, pero las gaviotas se habían bajado a los cubos de tripas y estaban comiendo y no chillaban.
Isla se quedó con el cuchillo dentro del pescado.
—Está usted bebido.
—Son las nueve y cuarto de la mañana y no bebo desde marzo. —Alasdair se pasó el sombrero a la otra mano—. Escúcheme, que lo he ensayado en el coche y no me va a salir dos veces.
—No.
—Me llamo Alasdair Rathven. Soy el señor de Corrieglass. Tengo una casa de treinta y una habitaciones con el tejado roto, cuarenta y dos arrendatarios, un coto arrendado a un inglés y una deuda que no le voy a decir en voz alta delante de todo el mundo porque todavía me queda algo de vergüenza.
Se paró. Respiró. Tosió una vez, corta, con el puño en la boca, y siguió.
—Y tengo cuatro meses. Puede que seis, si el invierno viene suave, y no viene suave nunca.
Hubo un movimiento en el muelle. Fue el ruido de noventa mujeres cambiando el peso de un pie al otro a la vez.
—Cuando yo me muera, todo lo mío pasa a quien yo diga. Y yo no quiero que pase a los míos. —Miró hacia arriba, hacia la casa, que desde el muelle no se ve—. Así que voy a decir que pasa a mi mujer. Y necesito una mujer que no sea de los míos.
—Búsquese una.
—La estoy buscando.
—Búsquese una que sepa leer.
—No. —Y por primera vez desde que había bajado del coche, Alasdair Rathven sonrió de verdad—. Las que saben leer ya se han leído el testamento antes que yo.
—¿Y por qué yo?
Él se tomó su tiempo. La miró de arriba abajo una vez, sin ninguna gana, como se mira una herramienta antes de comprarla.
—Porque tiene usted cara de señora y manos de destripadora —dijo—. Y en esta comarca eso no se lo perdona nadie. Ni los de arriba ni los de abajo. Llevo cuatro días preguntando por usted y todo el mundo me ha contado lo mismo con distintas palabras.
—Eso no es un motivo.
—Para usted no. Para mí sí. —Se ajustó el sombrero en la mano—. Yo no necesito una mujer a la que quieran. Necesito una a la que no puedan colocar en ningún sitio.
Isla sacó el cuchillo del arenque. Lo dejó en el canto del puesto, y el ruido de la hoja contra la madera se oyó en todo el muelle norte.
—¿Qué gano yo?
—Todo lo mío.
—Ha dicho usted que lo suyo es una deuda.
—He dicho que es una casa con una deuda encima. —Se encogió de hombros—. Es más de lo que tiene usted esta mañana.
—Esta mañana yo no le debo nada a nadie.
—Debe usted nueve libras en el libro de Hector Ballantyne —dijo él—, y las firmó por usted un borracho en julio.
El muelle entero lo oyó.
Isla notó cómo se le subía el calor a la cara y lo odió, porque no se lo había notado nadie en siete años y se lo iban a notar ahora noventa mujeres a la vez.
—¿Y usted cómo sabe eso?
—Porque pregunto. Es lo que hace la gente cuando le queda poco tiempo y mucho rencor.
Se hizo otra vez el silencio.
Isla miró al hombre. Lo miró bien, sin prisa, como se mira un pescado para saber si está de primera o de segunda.
Vio la ropa buena y los zapatos perdidos.
Vio el cuello flaco dentro del cuello de la camisa.
Vio la mano izquierda, que la tenía metida en el bolsillo del abrigo, y vio que la tenía metida ahí porque le temblaba.
Y vio que el hombre estaba esperando.
Entonces se rio.
Se rio fuerte y de golpe, una risa corta que le salió del vientre, y en un muelle en silencio esa risa se oyó hasta la rampa.
—Señor —dijo—, tengo ciento noventa y dos barriles hechos y treinta cajones por abrir, y usted me está tapando el sol.
—Isla.
—Apártese, que me tapa la luz.
Cogió el cuchillo y cogió el siguiente arenque.
Cuchillo por detrás de la agalla. Giro. Fuera. Cubo. Caja de los grandes.
Dos segundos.
Alasdair Rathven se quedó allí un momento más. No dijo nada. No insistió, y eso fue lo peor, porque Isla estaba preparada para que insistiera y no estaba preparada para lo otro.
Después se puso el sombrero.
—Como quiera —dijo.
Se sacó del bolsillo interior una tarjeta blanca y la dejó encima del cajón que había al lado del puesto, apoyada de canto contra la madera para que no se mojara.
Se dio la vuelta y se fue por donde había venido, entre los cubos, despacio, con los zapatos perdidos, y le costó subir al coche, y el cochero no lo ayudó porque ya sabía que no había que ayudarlo.
El coche dio la vuelta en el ensanche y subió la rampa.
El muelle tardó como un minuto entero en volver a sonar.
Volvió mal. Volvió con los cuchillos a destiempo y con las mujeres hablando en vez de trabajar, y Seonag tuvo que subirse a un barril y decir dos cosas muy cortas para que aquello arrancara otra vez.
Annag fue la primera.
—Isla.
—No.
—Yo no he dicho nada.
—Pues no lo digas.
Bess no dijo nada en toda la mañana. Echó sal, cerró barriles, marcó con tiza. A las once se acercó al puesto de Isla, le quitó de la mano el cuchillo romo y le puso el otro, el afilado, sin mirarla.
Pero el muelle sí habló.
Habló todo el día y habló en gaélico y en inglés y en las dos cosas a la vez, y habló desde el puesto uno hasta el treinta, y a las diez ya había llegado a la estación de curado, y a las once estaba en el pueblo, y a las doce lo sabían en las barracas de las de Barra, que trabajaban en el muelle sur y no habían visto nada.
Lo que se decía era de tres clases.
Unas decían que el señor estaba loco, que la enfermedad le había subido a la cabeza, que eso pasa.
Otras decían que era una burla de señorito y que en septiembre habría otra y le tocaría a otra.
Y unas cuantas, las menos, no decían nada y miraban a Isla de una manera nueva, que era la peor de las tres.
De ese tercer grupo salió lo único que le llegó de verdad, y salió por la tarde, del puesto de al lado, dicho sin levantar mucho la voz y de espaldas.
—Si yo tuviera esa cara, tampoco abriría pescado.
Isla no se dio la vuelta. Abrió el arenque que tenía en la mano, y el siguiente, y el siguiente.
Se lo quedó igual. Lo guardó donde guardaba todo, que era en el sitio donde se guarda lo que no se puede contestar sin perder el jornal.
Seonag apareció a las cuatro, se puso delante del puesto cuatro con la hoja en la mano y esperó a que Isla levantara la cabeza.
—Veintidós barriles.
—Veintidós.
—Los mismos que ayer. —Seonag apuntó, y antes de irse bajó la voz—. Que sigan hablando. Mientras hablen de eso no hablan del cartel.
A las doce, cuando pararon, la tarjeta seguía apoyada de canto contra la madera del cajón.
Isla se sentó en el canto del muelle con el pan de avena y no la tocó. Torcuil se bajó del barril y se le puso al lado.
Olía a lo de siempre. A salmuera, a brea y a tripa caliente al sol, que es el olor que tiene un muelle en agosto a mediodía y que no se quita del pelo ni con agua de lluvia.
El niño miró la tarjeta desde donde estaba. Después miró a Isla. Después volvió a mirar la tarjeta.
—Come —dijo ella.
Torcuil comió. Abajo, en el muelle grande, Dougal Tait estaba de pie sobre la regala de su barco, con la red en las manos, mirando hacia el puesto cuatro. Llevaba mirando desde las nueve y cuarto.
A la una menos cuarto se levantaron para volver.
Isla pasó por delante del cajón, vio la tarjeta y siguió andando hacia el puesto.
Annag se quedó atrás dos pasos. Alargó la mano, cogió la tarjeta, le dio la vuelta para verla por los dos lados y se la guardó en el bolsillo del delantal.