La heredera que no existía Capítulo 4
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Capítulo 4

El martes por la noche se levantó viento del suroeste y la flota no salió, y el miércoles no hubo pescado que abrir.

Un día sin barcos es un día sin jornal. A las seis de la mañana el muelle estaba lleno de mujeres sin nada que hacer y de hombres remendando red por hacer algo, y Seonag fue puesto por puesto diciendo que se podía ir quien quisiera, que ella avisaba si entraba algo.

A Isla le ofreció dos chelines por bajar a Strome Ferry a por el pedido de sal gruesa que llevaba tres semanas trabado en el almacén.

—¿Y por qué yo?

—Porque tú vuelves con el papel firmado y con el peso bien puesto —dijo Seonag—. Y porque el año pasado mandé a Annag y volvió con media arroba de menos y muy contenta.

Salió a las siete, en el carro del carretero, con Torcuil dejado en la cocina de Bess y un saco doblado debajo del brazo.

El carro la llevó nueve millas. Después el carretero cogía el ramal del norte y ella se bajó y anduvo.

Llovía esa lluvia de agosto que no moja de golpe, la que va entrando en la lana poco a poco hasta que llevas encima dos kilos de más y no sabes desde cuándo.

El camino iba por encima de la turbera y olía a turba abierta, a turba mojada, a ese olor negro y dulce que es el olor de toda la comarca desde mayo hasta octubre.

Los mosquitos salían en cuanto paraba de andar. Así que no paró.

El camino de Strome Ferry va por lo alto casi todo y baja al final.

Desde arriba, con la niebla de agosto, no se ve el mar y se oye, que es lo que más desorienta de aquella costa, y a los dos lados no hay más que turbera abierta con las hileras de turba puesta a secar en pilas de tres, como tiendas pequeñas.

Andaba como anda la gente que anda mucho: el paso corto, el brazo suelto, sin mirar dónde pone el pie.

La falda parda se le pegaba a las rodillas y le pesaba, y el chal gris, cruzado al pecho y atado a la espalda, hacía lo que podía.

La trenza aguantó las nueve millas de carro y aguantó el camino.

Solo se le habían soltado dos pelos en la frente, y esos dos se le quedaron pegados y ya no se los quitó.

Iba pensando en las nueve libras.

Llevaba dos días pensando en las nueve libras y no había sacado nada, porque no había nada que sacar.

La cruz estaba en el libro. El libro era del señor Ballantyne.

El señor Ballantyne era el que compraba el pescado, el que prestaba el dinero, el que ponía el precio y el que tenía la mitad de la comarca hipotecada, y una cruz en su libro era una cruz en su libro aunque la hubiera puesto un borracho en julio a cambio de siete libras que se habían ido en tabaco y en whisky.

Lo único que se le ocurría era Yarmouth.

Si conseguía plaza en la salida de octubre, se iba de la costa cuatro meses. En Yarmouth pagaban a siete peniques el barril, y el curador de allí era otro, y en cuatro meses se podía juntar lo bastante para volver en marzo y soltar el renglón entero de una vez.

Cuatro meses. Con Torcuil.

O sin él. Esa era la parte de la cuenta que no quería hacer y que se le hacía sola tres veces al día desde el lunes.

Ahí se le paraba siempre la cuenta.

El coche la alcanzó en la subida, a tres millas de Strome Ferry.

Lo oyó antes de verlo, porque los coches de caballo se oyen mucho antes de lo que parece, y se echó a la cuneta como se echa todo el mundo.

Pasó al trote. Era un coche cerrado, viejo pero bueno, con las ruedas altas y un escudo casi borrado en la portezuela, y al pasar metió la rueda en el charco que ella tenía al lado y la puso perdida desde la rodilla hasta la bota.

Isla se quedó mirándolo alejarse.

Dentro iba un hombre. Lo vio un segundo por la ventanilla, de perfil, y el hombre estaba tosiendo. Tosía con la cabeza baja y un pañuelo tapándose la boca, y cuando acabó de toser miró el pañuelo, y después lo dobló deprisa y se lo metió en el bolsillo de dentro.

Eso lo hace la gente que no quiere que le vean el pañuelo.

Isla salió de la cuneta y siguió andando.

Media milla más adelante, pasada la curva del abedular, el coche estaba parado en medio del camino.

El cochero se había bajado y estaba a un lado, mirando muy fijamente un arbusto, con esa cara que ponen los criados cuando les han dicho que no miren.

La portezuela estaba abierta. En el estribo, de pie, con la mano en la puerta, había un hombre de unos cuarenta años vestido como se viste en Edimburgo y no como se viste en un camino de turbera.

Estaba flaco de la manera que no se arregla comiendo.

—Le hemos puesto la falda perdida —dijo.

—Sí.

—¿Sube?

—No.

Él levantó una ceja.

—No le he preguntado si quiere. Le he preguntado si sube.

—Y yo le he contestado.

El hombre se quedó un momento mirándola. Después se bajó del estribo, cerró la portezuela detrás de él y le dijo al cochero que fuera al paso.

Y echó a andar a su lado.

Isla no aflojó. Iba a buen paso desde las nueve y no pensaba ir a otro por nadie, y el hombre le aguantó el paso cien metros y a los cien metros ya respiraba mal, y siguió andando igual.

—Va usted a Strome Ferry.

—Sí.

—A pie.

—A pie.

—¿Y eso?

—Porque no hay barcos.

Él se rio. Fue una risa corta y se le cortó a mitad con la tos, y se paró un segundo, y siguió.

—Es usted del muelle.

—Sí.

—Destripadora.

—Sí.

—¿Cuántos barriles?

Isla lo miró de lado por primera vez.

—Trescientos a la hora entre tres, si el pescado viene bien.

—No le he preguntado eso.

—Me ha preguntado cuántos barriles.

—Le he preguntado cuántos barriles lleva usted esta temporada.

—Ciento noventa y dos —dijo Isla—. Ciento noventa y uno según el libro.

El hombre asintió despacio, como si eso contestara algo que él llevaba pensando desde antes de bajarse del coche.

—¿Y a cómo les pagan el barril?

—A cuatro peniques desde el lunes.

—Estaba a seis.

—Estaba.

—¿Y han dicho algo?

—¿Quién.

—Las cuatrocientas.

Isla se sacudió el agua de la manga.

—Las cuatrocientas tienen cogido el adelanto de mayo —dijo—. Las cuatrocientas se callan.

—Claro. —Él anduvo unos pasos más—. El adelanto. Qué invento tan bonito. Le dan a uno dinero cuando no hay nada para que no pueda irse cuando lo hay. Lo mismo hacen con las fincas, solo que a las fincas les ponen un nombre más largo.

—Usted habla como si le hubiera pasado.

—Yo hablo mucho. Es lo único que hago ya sin cansarme. —Sonrió de lado—. ¿Sabe usted cómo se llama el hombre que pone ese cartel?

—Ballantyne.

—Hector Ballantyne. —Lo dijo entero, despacio, saboreando las dos palabras como quien prueba algo que sabe mal y lo prueba igual—. Hay gente que se sabe ese nombre de comprarle el pescado. Y hay gente que se lo sabe de deberle dinero. Son dos maneras distintas de sabérselo.

Anduvieron un rato sin hablar. El coche iba al paso quince metros por detrás, y el caballo bufaba, y la lluvia seguía sin ser lluvia.

—¿Cómo se llama usted?

—Isla.

—Isla qué.

—Fearn.

—Fearn. —Lo repitió una vez, mirando el camino—. De los Fearn de Portnabrae.

—De los que quedan.

—¿Y su padre?

—Tam Fearn no es mi padre. Me crio su mujer.

—Ah.

Anduvieron veinte pasos más.

—¿Y su madre? —dijo él—. ¿Quién era su madre?

Isla se paró.

No fue la pregunta. Fue cómo la hizo. Las dos de antes las había hecho por hacer conversación, de lado, sin ganas, como quien pasa el rato en una cuesta. Esta la hizo de frente y en otro tono, y esperó la respuesta.

—Usted quién es.

—Alasdair Rathven —dijo él—. Vivo ahí arriba. O viviré unas semanas.

—Ya.

—¿Y su madre?

Isla volvió a andar, porque parada le entraban los mosquitos.

—Mi madre llegó al barracón de las destripadoras en el setenta y cuatro conmigo a cuestas.

Yo tenía dos años. Se murió de fiebres antes de que acabara la temporada.

La enterraron en Portnabrae sin nombre en la piedra porque nadie sabía el apellido, y la mujer de Tam se quedó conmigo porque dormía en el jergón de al lado.

—¿Nadie sabía el apellido.

—Nadie.

—¿Ni usted?

—Ni yo.

Alasdair Rathven no dijo nada.

Anduvieron así casi una milla más, él a su izquierda y el coche detrás, y en esa milla no habló una sola vez. Isla lo miró dos veces de reojo. Tenía la vista puesta en el camino y la cara de un hombre que está haciendo una cuenta y no le gusta el resultado.

En la bajada del último tramo se paró, levantó una mano hacia el cochero y volvió al coche. Le costó subir el estribo. No aceptó la mano que le tendió el hombre y subió solo, y desde dentro, ya sentado, bajó la ventanilla.

—Señora Fearn.

—Señorita.

—Señorita Fearn. —Tosió—. Que tenga usted buen día.

El coche arrancó y la pasó, y esta vez el cochero se apartó del charco.

En Strome Ferry estuvo dos horas.

El almacén de sal estaba pegado al cobertizo del ferrocarril, y del cobertizo salía el ruido de los mozos cargando cajas de arenque en los vagones, que era el ruido de todo el verano en aquel sitio.

Isla discutió el peso, lo hizo pesar delante de ella dos veces, firmó con su cruz y se quedó mirando la cruz un segundo más de lo necesario.

En el patio de la estación, pegado a la tapia, estaba el coche.

Lo habían desenganchado. El caballo tenía una manta echada por encima y el cochero le pasaba un puñado de paja por el cuello, despacio, sin prisa ninguna, como quien va a estar ahí mucho rato. La portezuela estaba cerrada y la cortinilla bajada.

Isla se cambió el saco de hombro y salió por el otro lado del cobertizo.

—Ese lleva ahí desde las once —dijo el mozo, que iba detrás con el papel—. Espera el de Edimburgo.

—¿Y a qué hora llega el de Edimburgo?

—A las dos y diez. Si llega.

—Pues son las doce y media.

—Ya. —El mozo escupió a un lado—. Traen una caja del boticario y una carta, y el señor ha dicho que espera. Hay gente que espera dos horas por una caja y gente que no espera dos minutos por un hijo. Yo ya no pregunto.

El mozo del almacén le dijo, mientras ataban el saco, que decían que la línea iba a seguir.

—¿Seguir adónde?

—Hasta Kyle. Hasta el mar de verdad. —Apretó el nudo—. Dicen que en cuatro o cinco años. Y entonces aquí no queda nadie, porque el pescado se cargará allí y nosotros a mirar.

Volvió en el carro del correo de las cuatro.

En la subida donde la había alcanzado el coche por la mañana, el carro aflojó por la cuesta, y a Isla le dio tiempo a mirar.

El barro del arcén estaba marcado. Dos ruedas hundidas y las pisadas del caballo alrededor, moviéndose en el sitio, de esa manera que mueve un caballo las patas cuando lleva mucho rato parado.

Aquel caballo había estado parado allí un buen rato. Mucho más del que se tarda en abrir una portezuela.