Capítulo 3
La piedra que faltaba era la tercera contando desde abajo, y por ahí se había caído el resto.
Gavin la buscó entre la hierba hasta que la encontró, a cuatro pasos ladera abajo, medio hundida en el musgo. Pesaba lo que pesa una piedra que lleva ciento veinte años en un muro. La sacó con las dos manos, se la subió al pecho y la subió los cuatro pasos andando de lado.
—Ahí no encaja —dijo Murdo.
—Encajaba en marzo.
—En marzo estaba la de al lado.
Gavin la dejó en el suelo y miró el hueco. Murdo tenía razón. Se agachó, sacó la piedra de al lado también, y empezó otra vez desde tres hileras más abajo. Desde el principio había que haber empezado ahí, y los dos lo sabían, y ninguno de los dos lo dijo.
Llevaban desde las siete. Eran las once y media y habían levantado seis metros de muro, y quedaban cuarenta.
Eachann subía piedra del montón y Murdo la colocaba, y Gavin hacía las dos cosas. Se había quitado la chaqueta a las ocho y se había remangado la camisa a las ocho y cuarto, y tenía los antebrazos llenos de rayas de la hierba dura y el musgo metido debajo de las uñas.
Olía a lana mojada, porque las tres chaquetas estaban tendidas en el brezo y ninguna se había secado desde el sábado.
El pelo se le venía a la cara cada vez que se agachaba. Lo llevaba más largo de lo que se lleva, castaño oscuro y con onda, y se le metía en los ojos, y como tenía las manos llenas de tierra se lo apartaba con el dorso de la muñeca. Lo había hecho ochenta veces desde las siete.
Iba con el kilt, porque para el monte no hay otra cosa que sirva, y con el chaleco del tartán de la casa abrochado hasta arriba, y la camisa de lino crudo sin cuello postizo, remangada.
La escarcela le colgaba delante, de cuero, con la guarnición de plata ya negra de no limpiarla.
La leontina del reloj le cruzaba del bolsillo del chaleco a la cintura.
Tenía los antebrazos morenos hasta donde llegaba la manga y de ahí para arriba estaba blanco como la panza de un pescado. Era lo único que se le ponía moreno. La cara se le quemaba en junio, se le pelaba y volvía a lo de siempre.
—Su padre no ponía piedra —dijo Murdo, sin levantar la cabeza.
—Mi padre tenía quien se la pusiera.
—Su hermano tampoco.
—Mi hermano está en Edimburgo.
Murdo colocó la siguiente y la asentó con dos golpes de maza en vez de uno.
Trabajaron una hora sin hablar. Después Eachann, que tenía veintitrés años y todavía no había aprendido a callarse, preguntó lo que llevaba toda la mañana queriendo preguntar.
—¿Es verdad que los Macrae se van?
—En abril —dijo Murdo.
—¿Los cinco?
—Los siete. Y la vieja.
—¿A Canadá?
—A Manitoba. Hay un hombre en Dingwall que les paga el pasaje y ellos le pagan a él allí, trabajando.
Eachann soltó el saco.
—Si tienen la renta fijada. Si tienen el papel del tribunal y todo.
—Tienen la renta fijada y tienen doce acres de piedra —dijo Murdo—. El papel del tribunal no te da tierra, muchacho. Te da la que tenías al precio de antes.
Gavin oía y ponía piedra. Los Macrae eran ocho arrendatarios menos, y ocho arrendatarios menos eran once libras y catorce chelines al año menos, y él ya lo había apuntado en el libro en junio, el día que Angus Macrae subió a la casa a decírselo con la gorra en la mano.
Lo que no había apuntado en ningún libro era que el padre de Angus Macrae le enseñó a él a nadar en la poza de abajo, el verano del sesenta y ocho.
—¿Y quién coge los doce acres? —dijo Eachann.
—Nadie —dijo Gavin—. Se cierran.
—¿Se cierran?
—Se cierran y pasan al coto. —Asentó la piedra y probó con la palma si bailaba—. El señor Hattersley paga más por doce acres vacíos que por doce acres con ocho personas dentro.
Eachann se quedó pensando eso un rato largo, y después volvió a coger el saco, y no preguntó más en toda la mañana.
A las doce apareció Selby por el camino de arriba.
Selby era el agente del señor Hattersley, de Manchester, que arrendaba el coto de Corrieglass desde el ochenta y ocho y llegaba cada año la segunda semana de agosto con nueve escopetas y catorce perros.
Venía a caballo, con las polainas limpias, y paró el caballo a diez pasos del muro para no pisar el barro.
—Señor Rathven.
—Selby.
—Los perros.
—¿Qué pasa con los perros?
—Hay ovejas sueltas en el cercado del este. —Selby se ajustó el guante—. El señor Hattersley pagó por un coto sin ovejas.
Gavin puso la piedra que tenía en las manos antes de contestar. La asentó, la movió un dedo, la volvió a asentar.
—Las ovejas son de Eachann y ese cercado es suyo por contrato desde el ochenta y seis.
—El señor Hattersley...
—El señor Hattersley pagó por la ladera de arriba y por el lago. Lo pone en el arriendo. Lo firmé yo.
—El señor Hattersley —dijo Selby, despacio, como quien lee— paga ciento ochenta libras al año.
Ahí estaba.
Gavin miró el muro un rato. Ciento ochenta libras eran el coto, y el coto era lo único que entraba entero en aquella casa desde hacía cinco años.
La lana no daba. Las rentas de los arrendatarios estaban fijadas por el tribunal desde el ochenta y siete y no se podían subir ni un penique.
La cebada del bajo se había perdido dos veranos seguidos.
Ciento ochenta libras.
—Dígale al señor Hattersley que los perros no bajan al cercado del este —dijo—. Y que si bajan, los ato yo.
Selby lo miró un momento. Después hizo girar el caballo.
—Se lo diré.
Cuando se hubo ido, Eachann soltó el saco de piedra en el suelo con más fuerza de la que hacía falta, y Murdo se rio por lo bajo, y siguieron.
A las dos llegó Nan desde la casa con el recado de que la señora servía el té a las cuatro.
Gavin entró por el patio de atrás a las cuatro menos cuarto. Se lavó los brazos hasta el codo en el pilón, se pasó los dedos mojados por el pelo y se bajó las mangas. No se cambió de camisa porque la otra estaba sin planchar desde el jueves y porque no le dio la gana.
El salón pequeño era la única habitación de Corrieglass donde encendían la chimenea en agosto.
Su madre estaba sentada de espaldas a la ventana, como siempre, para que la luz le diera a la visita en la cara. Tenía el libro cerrado en el regazo y la mano encima del libro, y no leía. Lady Ursula Rathven llevaba once años sin leer un libro y seguía bajando todos los días con uno.
—Llegas tarde.
—Llego a las cuatro menos cuarto.
—Llegas tarde de otra manera.
Nan entró con la bandeja. La tetera era de plata, y la jarra de la leche era de plata, y el azucarero era de plata, y las tres piezas tenían grabado en el pie un escudo que no era el de la casa.
La plata de Corrieglass se había vendido en el ochenta y nueve.
Desde entonces alquilaban un juego a un almacén de Inverness por catorce chelines al trimestre, que llegaba en caja de madera y se devolvía en enero.
Lo sabían la señora, el señor Gavin, Peigi y el hombre del almacén.
En la casa nadie lo había dicho nunca en voz alta.
Gavin cogió la taza con la mano sucia de musgo y su madre miró la mano y después miró el té.
—Ha venido Selby —dijo él.
—Lo he visto pasar.
—Quiere las ovejas de Eachann fuera del cercado.
—Pues sácalas.
—Es su cercado.
—Es nuestro cercado con un arrendatario dentro. —Ursula levantó la taza sin ruido—. Ciento ochenta libras, Gavin.
—Ya sé lo que son ciento ochenta libras. Las cuento yo.
—Las cuentas tú.
—Las cuento yo, las cobro yo y las gasto yo en el tejado, y el tejado se sigue cayendo.
Ursula dejó la taza en el plato. Lo hizo despacio, sin que sonara, que era su forma de subir la voz.
—El tejado se arreglará.
—¿Con qué?
—Tu hermano llega mañana.
Gavin se quedó con la taza en el aire.
—¿Y?
—Y viene con el asunto resuelto. —Su madre se alisó la falda encima de las rodillas—. La señorita Ballantyne tiene diecisiete años y su padre tiene una conservera en cada puerto de esta costa. Está hablado desde febrero. En cuanto Alasdair firme, esta casa deja de ser una cuestión de tejados.
—Alasdair no ha firmado nada en nueve años.
—Firmará.
—Alasdair no ha puesto un pie aquí en nueve años, madre. No sabe cuántos arrendatarios tenemos. No sabe que vendimos la plata. Ni siquiera sabe que Murdo enterró a su mujer en el noventa y uno y que fui yo el que pagó el ataúd.
—Alasdair es el señor de Corrieglass.
—Ya.
Gavin dejó la taza en la mesa. La dejó bien, sin ruido, porque su madre estaba esperando que la dejara mal.
—Llevo ocho años siendo el señor de Corrieglass sin que nadie me lo llame —dijo—. Puedo seguir ocho más. Pero no me pidas que me alegre.
Ursula lo miró con una calma que llevaba puesta desde antes de que él naciera.
—No te he pedido que te alegres. Te he pedido que estés presentable.
Subió al desván a las seis, con el cubo.
La gotera estaba encima de la esquina noreste, la del ala vieja, y llevaba desde el ochenta y siete en el mismo sitio.
Se había llevado una viga y media y estaba empezando con la segunda mitad.
El suelo del desván tenía tres cercos negros de las tres veces que el cubo se había desbordado sin que nadie subiera a vaciarlo.
Gavin puso el cubo. Movió un pie la teja rota con el palo. Se quedó de rodillas un rato, mirando la madera, calculando lo que costaría y sabiendo lo que costaría.
El ala vieja entera, con vigas nuevas y pizarra de Ballachulish, setenta y ocho libras. Lo había pedido por carta en el noventa y dos y guardaba el presupuesto en el cajón de la oficina de rentas, doblado en cuatro.
Un parche en la esquina noreste, con la viga apuntalada y la pizarra de segunda mano, veintidós.
En la caja de las rentas había catorce libras y nueve chelines, y con eso había que llegar a Navidad, y en noviembre venía el herrero a cobrar lo del año pasado.
Su padre había mandado poner ese tejado en el sesenta y cuatro. Gavin se acordaba del andamio de madera contra el ala vieja y de los hombres subiendo pizarra a la espalda todo un verano, y se acordaba de que su padre salía al patio a mirarlos con las manos detrás y no subía nunca.
Alasdair tenía nueve años ese verano y él tenía tres.
Movió el cubo dos dedos a la izquierda, hasta que la gota cayó dentro y no en el borde.
Después se levantó y se acercó al ventanuco.
Desde allí se veía todo. Se veía la avenida de abetos, y la verja con los dos pilares rematados en bola, y el camino de grava, y el pueblo de Portnabrae abajo a la izquierda, y detrás del pueblo el muelle entero, que a esa hora estaba lleno.
Cuatrocientas mujeres. Desde el desván no se distinguía ninguna.
Se veía una línea de delantales blancos a lo largo del muelle norte, quieta, y de vez en cuando la línea se movía un poco y volvía a quedarse quieta.
Llevaban allí desde mayo. Se irían en octubre.
Gavin no conocía a ninguna por su nombre, ni le había hecho falta nunca.
Se oyó la puerta del desván abajo, en la escalera, y la voz de su madre desde el rellano.
—Gavin. Mañana a las once. Y no lo recibas con esa camisa.
Él no contestó.
Se sacó del bolsillo del chaleco el reloj de su padre, lo abrió, miró la hora, lo cerró y se lo volvió a guardar.