La heredera que no existía Capítulo 2
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Capítulo 2

El cartel lo pusieron el lunes a las seis de la mañana, antes de que llegara nadie.

Era una cartulina blanca clavada con dos chinchetas en la puerta de la oficina de la estación de curado, y en la cartulina había cuatro líneas escritas con muy buena letra. Isla se paró delante y miró lo que podía mirar. Los números los entendía. El seis tachado y el cuatro al lado del seis.

Seis peniques el barril hasta el sábado. Cuatro peniques el barril desde hoy.

Detrás de ella se fue formando la cola sin que nadie diera la orden. Primero fueron cinco mujeres, después veinte, después toda la fila del muelle norte. No gritaba nadie. En Portnabrae la gente se enfada callada, mirando el suelo, y por eso los de fuera creen siempre que no ha pasado nada.

—¿Qué pone? —preguntó Annag.

—Cuatro.

—¿Cuatro qué?

—Cuatro peniques.

Annag miró la cartulina como si mirarla más fuerte fuera a cambiarla.

—Si la flota está trayendo. Si nunca ha traído tanto.

—Por eso —dijo Bess, detrás—. Cuando hay mucho, baja. Cuando hay poco, baja también. Llevo treinta años viendo bajar.

La cola fue haciendo cuentas en voz baja, cada una la suya.

Delante de Isla había una mujer de Lewis, mayor, con un pañuelo negro atado debajo de la barbilla, que mandaba dinero a casa el primero de cada mes.

Lo dijo sin mirar a nadie, como quien lee una lista.

Tres chelines para la renta de la casa de su hermano.

Dos para la vieja. Uno para el crío del medio, que estaba aprendiendo oficio en Stornoway y no ganaba todavía.

Con seis peniques el barril le salían las cuentas justas. Con cuatro no le salían.

Detrás, dos muchachas de Barra hablaban de irse a Wick. Bess les dijo que en Wick habían puesto el mismo cartel el jueves.

—¿Y cómo lo sabe usted?

—Porque los curadores se juntan en marzo y lo acuerdan —dijo Bess—. Se sientan en una habitación en Aberdeen y salen con el precio puesto para toda la costa. No es que a uno le vaya mal. Es que lo hablan.

—Pues que no se lo vendamos.

—Vendedle vosotras el arenque a otro, a ver a quién. —Bess se recolocó el chal—. Y con el adelanto cogido en mayo, ¿qué vais a hacer? ¿Devolverlo?

Nadie contestó a eso. Era lo que ataba a las cuatrocientas mujeres de aquel muelle y todas lo sabían sin habérselo explicado nunca. El dinero de mayo se cobra cuando no hay nada y se paga cuando hay. Quien lo coge, se queda.

Seonag pasó por delante de la cola a las siete menos diez, camino de las barracas, y no se paró.

—Dentro de una hora quiero los puestos abiertos —dijo, sin volverse—. El cartel no cambia el pescado.

La oficina abrió a las siete. Mackinnon, el escribiente, levantó el pestillo, vio la cola y se metió otra vez dentro, y desde dentro dijo que de uno en uno.

Isla entró la novena.

La puerta de la oficina tenía un cristal pequeño en la parte de arriba, y con la sombra de dentro el cristal hacía de espejo. Isla se vio un segundo al empujarla y se miró medio segundo más de lo que pensaba.

Se vio una cara blanca y estrecha, con los pómulos altos y las cejas oscuras y rectas, que siempre parecían estar preguntando algo. Se vio los ojos, que en el muelle eran verdes y allí dentro, con aquella luz, se le habían puesto grises.

Y se vio las manos, que eran de otra persona. Los nudillos hinchados, los dorsos rojos de la salmuera, las uñas cortadas al ras y los trapos sucios enrollados en tres dedos.

Empujó la puerta y entró.

La oficina olía a tinta y a brea, y era la única habitación del muelle con suelo de madera. Mackinnon estaba detrás de un mostrador alto, con los libros abiertos y una pluma que rascaba, y no levantó la cabeza cuando ella se puso delante.

—Nombre.

—Isla Fearn.

—Cuadrilla.

—La de Bess Munro. Puesto cuatro del muelle norte.

Pasó hojas. Las pasaba deprisa, con el dedo mojado, y a Isla le dio tiempo a ver que el libro estaba lleno de nombres de mujeres y de cifras, y que las cifras estaban en tres columnas.

—Ciento noventa y un barriles a cuenta de la cuadrilla —dijo Mackinnon.

—Ciento noventa y dos.

—Aquí pone noventa y uno.

—El sábado cargaron uno antes de contarlo. Lo vio Seonag.

—Si lo vio Seonag, que venga Seonag.

Isla se quedó quieta. Por dentro hizo la cuenta que llevaba hecha desde el sábado, y la hizo otra vez para no equivocarse delante de un hombre que estaba deseando que se equivocase.

—Ciento noventa y dos barriles, a repartir entre tres, a seis peniques hasta el sábado. Cuatro libras, dieciséis chelines. Entre tres, uno con doce y cuatro peniques cada una. A cuatro peniques serían tres libras, cuatro chelines. Un tercio menos. Y el barril que falta son dos peniques míos.

Mackinnon levantó la cabeza por primera vez.

—¿Sabe usted leer?

—Sé contar.

—No es lo mismo.

—No —dijo Isla—. Pero de las dos, la que sirve aquí es esta.

El escribiente se humedeció el dedo otra vez y pasó tres hojas más, y esta vez no iba buscando barriles. Fue al final del libro, a una parte con las hojas más limpias, y puso el dedo en un renglón y giró el libro sobre el mostrador para que ella lo viera.

—Antes de nada. Tiene usted una anotación.

Isla se acercó. El renglón tenía su nombre, eso lo reconoció, porque su nombre lo sabía de verlo. Al lado había palabras que no le decían nada y, al final, una cifra.

Nueve libras.

—¿Qué es eso?

—Un adelanto.

—Yo cogí dos libras en mayo.

—Esto es de julio. —Mackinnon le dio la vuelta al libro otra vez, hacia él—. Siete libras más, a cuenta de esta temporada y de la que viene.

—Yo no he cogido siete libras en julio.

—Aquí hay una firma.

—Enséñemela.

Se la enseñó. Era una cruz, y al lado de la cruz, con la letra de Mackinnon, ponía algo, y Isla no lo sabía leer pero no le hizo falta, porque conocía esa cruz.

La había visto en la puerta de su casa, en la madera, hecha con la punta de una navaja, el invierno que Tam se quedó sin tabaco y quiso enseñarle a Torcuil a escribir.

—Esta cruz no es mía.

—La puso su padre.

—No es mi padre.

—Firmó como padre o tutor. —Mackinnon abrió una mano—. Vino con el señor Tait el viejo de testigo, y el señor Ballantyne dio el visto bueno.

—Yo tengo veintiún años.

—Y una cruz en mi libro.

Isla miró el renglón un rato largo. Nueve libras eran más de lo que iba a ganar en lo que quedaba de agosto y todo septiembre juntos.

Nueve libras, a cuatro peniques el barril, eran quinientos cuarenta barriles.

Era la temporada entera y la mitad de la siguiente, de pie, con las manos abiertas, para quedarse igual que estaba.

—¿Y si no vuelvo el año que viene?

—Entonces es deuda —dijo Mackinnon, y ya estaba escribiendo otra cosa—. Y la deuda no se va de la costa, señora. Se queda aquí esperándola.

La puerta de atrás de la oficina se abrió mientras él lo decía.

Entró un hombre de unos cuarenta años, bien vestido, con abrigo de ciudad y guantes de cabritilla del color de la mantequilla.

En un muelle donde todo el mundo tiene las botas llenas de escama, unos guantes limpios son la cosa más rara que se puede ver.

Mackinnon se puso de pie sin darse cuenta de que se ponía de pie.

—Señor Ballantyne.

Ballantyne no contestó. Miró el libro, miró al escribiente y después miró a Isla.

Y siguió mirándola.

No fue una mirada de hombre. Isla conocía esa y sabía dónde ponerla. Fue otra cosa. Fue una mirada que empezó en la cara y bajó a las manos y volvió a la cara, y se quedó allí dos segundos más de los que hacen falta para mirar a una destripadora que está discutiendo un barril.

Después se volvió y le dijo a Mackinnon que el coche estaba esperando.

Isla se quedó un momento con las dos palmas apoyadas en el mostrador. La madera estaba fría y lisa y no tenía ni una escama, y eso también era raro en aquel muelle.

No le molestaba que la mirasen. La miraban desde los catorce años y sabía de sobra cómo se está delante de eso. Lo que se le quedó dentro fue otra cosa, y no tenía nombre todavía. Fue que aquel hombre la había mirado como se mira una cifra que no cuadra.

—¿Algo más? —dijo Mackinnon.

—Lo del barril.

—Ya se lo he dicho. Que venga Seonag.

—Vendrá.

Al salir se cruzó con la mujer de Lewis, que entraba con el pañuelo todavía atado y la cara puesta de antes.

—¿Qué tal?

—Cuatro peniques —dijo Isla—. Y mire usted el final del libro antes de irse, por si hay algo a su nombre que no haya puesto usted.

La mujer la miró sin entender. Después entendió, y cerró la boca, y entró.

Isla salió a la calle con el sol ya alto y la cola todavía dando la vuelta a la esquina.

Dougal Tait estaba apoyado en el montón de nasas, enfrente. Se había afeitado, cosa que no hacía entre semana, y llevaba la gorra en la mano, cosa que no hacía nunca.

—Isla.

—Hoy no.

—Es un minuto.

—Hoy tampoco.

Dougal se puso delante. Era un hombre grande y despacio, y cuando se ponía nervioso hablaba mirándose las botas, y se estaba mirando las botas.

—Lo del libro. Lo de las nueve libras. —Tragó—. Lo sé porque mi padre firmó de testigo y yo se lo he dicho, que qué hacía.

—Ya.

—Si te casaras. —Levantó la cabeza y la volvió a bajar—. Si te casaras conmigo, la deuda pasa al marido. Eso es así. Lo he preguntado. Pasa al marido y yo tengo barco y el barco es mío, y en tres años eso está pagado y tú no vuelves a pisar un puesto en tu vida.

Lo había ensayado. Se le notaba que lo había ensayado y que se le había quedado corto en el sitio que importaba.

Isla calló un momento. Le tenía ley a Dougal Tait. Era el único hombre del muelle que le había dado el jornal entero a su madre cuando ella no era nadie, y eso no se olvida.

—Dougal.

—Dime.

—No quiero un marido que me pague la deuda. Quiero que no haya deuda.

—Es lo mismo.

—No lo es. Y tú sabes que no lo es.

Dougal se puso la gorra. Fue el único gesto suyo de toda la conversación que no ensayó, y fue el que quedó.

—Está bien —dijo—. Pues cuando quieras.

—No va a haber cuando quiera.

—Ya lo sé. Por eso lo digo.

Se fue hacia el muelle grande con las manos en los bolsillos. El coche de la estación estaba parado delante de la oficina con el caballo mordiendo el freno, y Mackinnon había salido a la puerta con el libro debajo del brazo, y Ballantyne ya estaba dentro, y tenía la ventanilla bajada.

Isla pasó por delante camino del puesto.

No dijeron nada hasta que ella estuvo tres pasos más allá. Entonces oyó a Ballantyne, que no bajó la voz porque no se le ocurrió que hiciera falta.

—Mackinnon. Esa mujer. ¿De quién es?

Y la voz del escribiente, obediente y rápida:

—Una Fearn, señor. La de Tam.