La heredera que no existía
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Capítulo 1
Lo primero era vendarse.
Isla se sentó en el canto del muelle con las piernas colgando sobre el agua negra y se enrolló las tiras de trapo en los dedos, una a una, empezando por el corazón de la mano derecha, que era el que peor tenía.
El trapo estaba tieso de sal del día anterior.
Se le pegaba a los cortes antes de dar la vuelta entera y había que tirar para despegarlo, y ese tirón era lo primero que sentía cada mañana desde el veinte de mayo.
Detrás de ella, el puerto ya llevaba cuatro horas despierto.
Los barcos habían entrado de madrugada con la bodega hasta el tope y los hombres descargaban a canasto, y el arenque caía dentro de los cajones con un ruido de agua que no era agua.
Olía a salmuera y a brea caliente. Olía a eso desde mayo y olería a eso hasta que se fuera la flota.
Se había hecho la trenza a las cuatro de la mañana, a oscuras, sentada en el borde del jergón para no despertar al niño.
Raya al medio, la trenza gruesa recogida sobre la nuca y sujeta con dos horquillas de hueso que habían sido de la mujer de Tam.
Lo hacía sin espejo y sin luz desde los once años.
Si se le soltaba durante la jornada, se la rehacía de pie y en veinte segundos, y no se le soltaba casi nunca.
Tenía la nariz pelada, como todos los agostos. Era blanca de una manera que en aquella costa no sirve para nada: no se ponía morena, se ponía roja, y a la semana volvía a estar igual de blanca que en marzo.
Por dentro del antebrazo derecho llevaba una raya larga de dos dedos, brillante y sin pelo, de cuando un gancho de cargar se soltó y le abrió el brazo el verano que cumplió quince. Le habían dado seis puntos en la barraca con hilo de coser red.
Annag llegó con el cuchillo en la boca y las manos ya vendadas.
—Vas tarde —dijo, sin sacarse el cuchillo.
—Voy a tiempo.
—Bess lleva media hora.
Bess llevaba media hora porque Bess tenía cincuenta y un años y no dormía. Estaba en el puesto, con el delantal de hule puesto y el barril abierto, echando sal a puñados como quien siembra. Levantó la cabeza cuando las vio llegar y no dijo nada, que era su manera de decir buenos días.
Se pusieron. Dos abrían y una empacaba. Ese era el trato y esa era la cuadrilla, y llevaban tres temporadas juntas, que en el muelle es mucho.
Isla cogió el primer arenque con la mano izquierda.
El cuchillo entró por detrás de la agalla, giró y salió, y las tripas cayeron en el cubo, y el pescado limpio fue a la caja de los grandes.
Dos segundos. El siguiente. Dos segundos.
Trescientos a la hora si el brazo aguantaba, y el brazo aguantaba, porque llevaba diez años aguantando.
Torcuil estaba donde siempre.
Le habían puesto un barril vacío boca abajo a cinco pasos del puesto, a la derecha, donde ella pudiera verlo sin levantar la cabeza del todo.
El niño se sentaba encima con las piernas cruzadas y miraba.
Se pasaba así la jornada. No lloraba, no pedía, no se bajaba.
A las diez le daban un trozo de pan de avena y se lo comía despacio, mirando.
No hablaba.
Tenía seis años y no había dicho una palabra en su vida, ni a Isla ni a nadie, y en Portnabrae ya nadie se extrañaba. Al principio venían mujeres a mirarlo como se mira una cosa rara. Después dejaron de venir. Un niño callado en un muelle donde nadie se oye no es ninguna novedad.
A las nueve, Bess arrancó a cantar.
Empezaba siempre ella y siempre con la misma, porque decía que la mano sola no sabe el ritmo y hay que dárselo.
—Hó rò, na h-eòin air a' mhuir.
Ho ro, los pájaros sobre el mar. Luego venía lo de la muchacha que espera y el barco que no vuelve.
Lo decía la mitad de las canciones del muelle y la mitad de las verdades de la comarca.
Annag entró a la segunda vuelta. Isla entró a la tercera.
Los cuchillos se fueron acompasando solos, y durante veinte minutos el puesto fue una máquina de tres mujeres que cantaban y abrían pescado, y esos veinte minutos eran lo mejor del día.
Tam llegó a las diez y media.
Lo vio venir por la rampa con la gorra torcida y el paso de lado, ese paso que ponía cuando llevaba dos o tres encima y todavía creía que no se le notaba. Eran las diez y media de la mañana.
Isla no dejó de trabajar.
—Muchacha.
—Estoy ocupada.
—Es un minuto.
—Es lo mismo que la semana pasada y lo mismo que la otra.
Tam se puso al lado del puesto, donde estorbaba. Se quitó la gorra y se la volvió a poner. Tenía sesenta años y la cara de un hombre de setenta y las manos de un hombre que no había trabajado en quince.
—Ha subido el tabaco —dijo.
Annag resopló. Bess siguió echando sal como si en el muelle no hubiera nadie.
Isla abrió tres arenques más. Después se limpió la mano derecha en el delantal, se metió dos dedos en el bolsillo de dentro y sacó dos chelines. Se los puso a Tam en la palma sin mirarlo a la cara.
—Toma. Y vete.
—Eres buena chica.
—Vete, Tam.
Él cerró la mano y se fue por donde había venido, y cuando pasó por delante del barril le revolvió el pelo al niño, y el niño se quedó igual de quieto que antes.
Annag esperó a que estuviera lejos.
—Un día se lo vas a negar.
—Un día.
—Lo dices desde el año pasado.
—Y desde el anterior.
Isla cambió de cuchillo. El primero había perdido el filo con el tercer cajón y el segundo lo tenía en el cinto, afilado la noche antes en la piedra de la cocina, y notó la diferencia en la muñeca desde el primer pescado. Un cuchillo afilado no cansa. Uno romo te deja el brazo muerto a mediodía.
A las doce pararon a comer. Se sentaron las tres en el canto del muelle, con las piernas colgando y el pan de avena en el regazo, y Torcuil se bajó del barril y vino a sentarse pegado a Isla sin decir nada.
Lo hacía todos los días a esa hora y ninguna de las tres se lo había enseñado.
Se sentaba lo bastante cerca para que el hombro de ella le tapara el viento y no lo bastante para estorbarle el pan.
Annag empezó con lo del señor.
—Dicen que vuelve el de Corrieglass.
—¿Cuál de ellos? —dijo Bess.
—El grande. El que se fue a Edimburgo.
—Ese lleva nueve años sin poner un pie aquí.
—Pues vuelve. Lo dijo el del correo. Viene en el coche de Strome Ferry el miércoles.
Bess masticó un rato antes de contestar.
—Entonces viene a morirse.
—¿Por qué va a venir a morirse?
—Porque a Edimburgo se va uno a vivir, muchacha. A morirse se vuelve.
Isla no dijo nada. Miró el agua entre las botas y pensó, sin ganas de pensarlo, que la gente que tiene casa puede elegir dónde se muere, y que su madre no había elegido nada.
De su madre sabía tres cosas. Que había llegado al barracón de las destripadoras en el setenta y cuatro con una criatura de dos años.
Que había muerto allí de fiebres antes de que acabara la temporada.
Y que la mujer de Tam, que dormía en el jergón de al lado, se había quedado con la niña porque no había nadie más.
Eso era todo. Ni un apellido, ni un pueblo, ni una cara.
Volvieron al puesto a la una menos cuarto.
A media tarde entró otro barco y hubo que abrir cajón nuevo sin haber cerrado el anterior, y durante dos horas no se habló en todo el muelle más que para pedir sal. Isla trabajaba y contaba. Era una costumbre vieja y no sabía quitársela.
La cuenta era así. Por engancharse a la temporada le habían dado un adelanto en mayo, que ya estaba gastado antes de junio.
Después se cobraba por barril, a repartir entre las tres.
Si la flota traía, se llenaban veinte al día y salía bien.
Si no traía, se estaba de pie las mismas horas y no salía nada, porque a las destripadoras se les paga el pescado, no el tiempo.
Llevaban ciento noventa barriles desde el veinte de mayo. Isla sabía el número sin mirar ninguna hoja. Lo sabía como se sabe la edad de un hijo.
Con lo que quedaba de temporada, si septiembre venía decente y si conseguía plaza en la salida de Yarmouth en octubre, podía llegar al invierno con doce libras.
Doce libras eran un cuarto propio en la calle de abajo, lejos de Tam.
Eran la escuela del niño desde enero, que costaba dos chelines al trimestre.
Eran no tener que pedirle nada a nadie durante seis meses.
Había hecho esa cuenta cuarenta veces desde mayo y siempre le salía igual, y nunca se la había dicho a nadie en voz alta.
Desde el puesto se veía el muelle grande.
Los barcos de Portnabrae estaban atracados de dos en dos, y en el segundo por la izquierda, el de la vela remendada, Dougal Tait recogía red de pie sobre la regala.
Isla lo vio y siguió con el cuchillo. Dougal levantó la cabeza a los pocos minutos y miró hacia el puesto, y estuvo mirando un rato largo, y luego volvió a la red.
Eso pasaba dos o tres veces por semana desde hacía cinco años y nunca pasaba nada más.
La tarde fue peor que la mañana, como todas las tardes. A las cuatro se le abrió el corte del dedo corazón y empezó a manchar el trapo desde dentro. Isla lo miró un segundo y siguió. No se para por eso. Si se parase por eso no habría cuadrilla en toda la costa.
Annag sí se paró a mirarlo.
—Eso hay que curarlo.
—Las manos no se curan en temporada —dijo Isla—. Se curan en invierno, si hay invierno.
A las siete dieron el último cajón por bueno.
Bess cerró el barril, lo marcó con tiza y esperó a que viniera el escribiente a contarlo, y Annag se fue a la cola de la fuente con los cubos, y Torcuil se bajó del barril y se agarró al delantal de Isla por detrás y siguió colgado ahí, con la frente contra la tela dura de la sal.
Cuando tenía sueño no pedía brazos. Se agarraba y esperaba.
Seonag apareció entonces.
Era la capataza de las cuadrillas de la estación de curado y llevaba veintidós años en ese muelle, y era una mujer que no gastaba palabras en el aire. Se paró delante del puesto con las manos en la cintura y miró el barril marcado.
—Buen día habéis tenido.
—Sí.
—Diecinueve barriles.
—Veinte —dijo Isla.
Seonag la miró.
—Diecinueve pone en mi hoja.
—Veinte hemos hecho. Uno lo cargaron antes de que vinieran a contarlo.
—Ya lo miraré.
No lo iba a mirar. Isla lo sabía y Seonag sabía que lo sabía, y las dos dejaron la cosa ahí, porque un barril no vale una guerra y porque en septiembre habría otros cuarenta iguales.
Seonag giró para irse. Después se paró.
—Oye.
—Qué.
—Tu padre.
—No es mi padre.
—El hombre ese. Tam. —Seonag se ajustó el chal—. Ha estado esta mañana en la oficina de la estación preguntando por tu adelanto.
Isla no se movió.
—¿Preguntando qué?
—Preguntando. —Seonag ya se iba—. Yo te lo digo y tú sabrás.
Se fue por la rampa, hacia las barracas, con ese paso corto que tienen las mujeres que llevan media vida de pie sobre piedra mojada.
El muelle se estaba vaciando. Las gaviotas bajaban a los cubos de tripas en cuanto había un hueco y peleaban entre ellas a gritos. Olía a salmuera, a brea y al humo de turba que empezaba a bajar del pueblo.
Torcuil tiró del delantal.
Isla se quedó donde estaba, con el niño agarrado a la espalda y el barril marcado con tiza delante, y el cuchillo todavía en la mano derecha.