Nuevo México, 1879.
Rosaura Otero tiene veintiún años y lleva las cuentas de una merced de tierras donde viven ciento cuatro familias. Sabe cuántas ovejas hay en cada partido, cuánto pesa un vellón y qué día le toca el agua a cada casa. Por eso es la única persona del valle capaz de ver lo que nadie ha visto.
En el libro de la casa hay una firma de su padre muerto.
La letra no es la de su padre. Es la de su madre.
Rosaura calla. Calla cuatro años.
Cuando la deuda vence, un tratante de lana americano compra el pagaré por más de lo que vale y sube a la casa a pedir su mano. No pide la tierra. Pide el libro.
Después una mujer aparece muerta con un frasco de láudano vacío en la mesilla. La que entra en la cárcel del condado es Rosaura. Allí da a luz, y allí le dicen que la niña ha nacido muerta.
Cuatro años más tarde vuelve al valle con otro apellido en las cartas, un contrato de Filadelfia en la cartera y la copia de un libro de entradas y salidas que nadie ha vuelto a mirar desde el ochenta y uno.
No vuelve a pedir perdón. Vuelve a cobrar.
La deuda de Mesa es una novela de la frontera sobre las tierras que se pierden en un papel, sobre una madre que hizo lo que creyó que había que hacer y no se arrepiente, y sobre dos personas que se quisieron mal durante siete años y bien durante uno.
Para quien haya leído a Diana Gabaldon, a Kristin Hannah o a Sarah Lark y quiera un valle, un libro de cuentas y una mujer que sabe sumar.






