Epílogo
Era un impreso de dos hojas. Decía que en Washington se había creado un tribunal para las mercedes. Decía que toda merced española o mexicana que quisiera que se le reconociera el título tenía que presentarse delante de él y probarlo.
Las que no se presentaran quedaban por tierra del gobierno.
Rosaura lo leyó dos veces en el corredor, de pie, con el impreso en una mano y el otro brazo cruzado. Después bajó al patio y mandó tocar la campana de la capilla, que es como se llama a junta desde antes de que nadie se acuerde.
Vinieron veintiocho casas de treinta y cuatro.
Les leyó el impreso entero, en castellano, y después lo leyó otra vez despacio, y después contestó once preguntas.
Hay que llevar el pergamino de mil setecientos sesenta y dos y la escritura de mayo del ochenta y seis. Hay que llevar el libro de la acequia desde el veintiséis, los libros de bautismo de la parroquia, el padrón de las ciento cuatro familias del setenta y dos y el libro verde.
Todo eso está.
Lo que no está es la medida. La del setenta y tres se anuló en el ochenta y seis, y desde entonces aquella merced no tiene lindero norte en ningún plano. Una merced sin plano no se prueba.
Hace falta un agrimensor y hace falta pagarlo.
Salieron seiscientos ochenta dólares. Se acordó repartirlos por casa y por suerte de riego, con las tres casas de arriba a medias porque tienen la mitad de tierra. Se acordó en una tarde y sin que nadie levantara la voz.
Rosaura Otero tiene treinta y tres años.
Lleva la pesada de dos casas del este desde Santa Fe y desde Las Vegas, y firma R. Lynch y Compañía, porque un nombre que ha costado cuatro años no se tira.
En el valle firma con el suyo.
Amparo cumple diez en agosto. Sabe leer en las dos lenguas y escribe mejor en castellano. Desde la esquila del ochenta y nueve lleva ella la columna de la izquierda del libro verde, que es la de los vellones, y su madre lleva la de la derecha.
Cuentan en voz alta y cada una cuenta en la lengua que le sale, y luego comparan.
El diecinueve de abril, en el corral de esquila, salieron dos mil ochocientos once vellones y las dos cuentas dieron lo mismo a la primera.
Elias Ward tiene cuarenta y cuatro años y es caporal del hato de arriba desde mayo del ochenta y seis.
Cobra lo que cobra un caporal y sube a la mesa el primero de junio y baja en octubre. Duerme en el cuarto de abajo de la casa grande desde el ochenta y siete.
En el libro de la acequia no figura con turno propio, porque no tiene suerte de riego y no la quiere.
Casilda Pino de Otero cumple condena en Santa Fe desde junio de mil ochocientos ochenta y seis y no ha escrito nunca.
Al otro lado del río, en la parte de Tecolote, hay un hombre que cuida un hato que no es suyo. Saluda de lejos cuando pasa alguien del valle por el camino de abajo.
La gente de Casimiro bajó en noviembre y puso catorce jacales, que son cinco más que el año anterior.
Casimiro se murió en el ochenta y nueve, en marzo, y lo enterraron arriba, donde ellos entierran, y a la capilla no lo bajaron porque no lo bajan.
El codo del arroyo y las dos pozas siguen escritos en la hoja séptima.
La víspera de mandar los papeles a Santa Fe, Rosaura se sentó en el corredor con el libro verde y con el impreso. Sacó la cuenta de lo que había que probar y de con qué se probaba.
Le salieron seis documentos y ciento veintinueve años.
Los apuntó en la hoja de la derecha, que es la de lo que se debe, y al lado, en la de la izquierda, apuntó lo que hay.
Treinta y cuatro casas. Dos mil ochocientos once vellones. Catorce jacales al pie de la mesa.
Y el rosal, que en marzo todavía no tiene nada y en mayo lo tiene todo.
FIN