La deuda de Mesa 38. La escritura nueva
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38. La escritura nueva

La escritura nueva

Estaban él, el padre Isidro, Mondragón, Rosaura y dos hombres con una escalera que al final no hizo falta.

Picó desde arriba y en círculo, y tardó cuarenta minutos en quitar una capa de yeso de dos dedos que se había puesto encima de otra más vieja.

El hueco tenía dos cuartas de hondo y dentro había una caja de madera de nogal forrada de plomo.

Dentro de la caja, doblado en cuatro y entre dos telas, estaba el pergamino.

Lo sacaron al atrio para verlo con luz y lo extendieron encima de un banco.

Tenía dos pliegos cosidos con hilo de cáñamo, la letra apretada y morena de los escribanos de entonces, y el sello de placa medio saltado.

En el segundo pliego, en la parte de abajo, había once cruces y tres firmas.

El padre Isidro lo leyó entero en voz alta y tardó veintidós minutos, porque hay palabras que ya no se usan y tuvo que pararse a pensarlas.

Lo que decía, quitado lo que se decía en todos, era esto.

Que en el año de mil setecientos sesenta y dos se daba merced a once cabezas de familia, que iban nombradas una por una, y a los que vinieren después de ellos.

Que cada casa tendría suerte de tierra de riego para sembrar y solar para casa, y esas sí serían suyas y de sus herederos.

Que el agua, el monte, la leña, la sal, la piedra y los pastos de la mesa quedaban por común de todos y no se podían repartir ni vender ni cargar, ni por uno ni por todos juntos.

Y que el que quisiera irse podría vender su suerte y su solar a otro de los de la merced, y no a nadie de fuera.

Rosaura oyó eso de pie, al sol de las siete y media, con las manos cruzadas delante.

Aquello no lo había leído nunca nadie de su casa en voz alta delante de ella. Su padre lo sabía de oídas. Su abuelo lo había visto una vez, en el cincuenta y ocho, cuando se tapió.

Después le pidió al padre Isidro que lo leyera otra vez, la parte del común, y se la hizo leer despacio.

—Lo que yo quiero hacer ya estaba hecho.

—Estaba hecho y se deshizo —dijo Mondragón—. Y se deshizo porque esto lleva ciento veinticuatro años sin pasar por un registro.

—Entonces vamos a ponerlo en un registro.

Tardaron veintidós días.

En esos veintidós días hubo cuatro juntas en el patio y nueve visitas de casa en casa, y hubo dos noches en que Rosaura no cerró el libro hasta las tres.

Lo que más costó no fue lo del campamento, que eso fue lo que costó decidir. Lo que más trabajo dio fueron los linderos de las suertes de riego. De las ciento cuatro de antes había doce que se habían sembrado juntas durante cuatro años, y otras dos se habían perdido debajo de un carrizal.

Eso se resolvió como se resuelve, que es midiendo con cuerda y preguntando a los viejos, y hubo dos casas que se llevaron media hectárea menos de la que decían y lo firmaron igual.

Mondragón puso la forma. Rosaura puso los números. Archuleta puso el agua. El padre Isidro puso los nombres, que los tenía en los libros de bautismo desde el sesenta y cuatro y de antes en los del cura viejo.

La escritura tenía catorce hojas y se hizo así.

Suertes de riego y solares, a cada casa la suya, con sus linderos medidos y con su nombre. De esas se puede disponer entre los de dentro y no fuera.

Lo de las suertes se puso así, y no repartido a partes iguales, porque repartir a partes iguales una tierra que lleva ciento veinticuatro años trabajada por familias distintas es empezar otro pleito el mismo día.

Cada casa se quedó con lo que sembraba en el ochenta y uno, medido y escrito, y las que volvieron se quedaron con lo suyo de entonces aunque llevara cuatro años en barbecho.

Y lo demás, indiviso. El agostadero alto, la mesa, el monte, la leña, la piedra, la acequia madre, el ojo de agua y el ojo de agua chico.

De lo indiviso no se vende nada, no se hipoteca nada y no se cede nada, ni por acuerdo de todos.

La junta de la acequia se queda como está y el libro de la acequia se queda donde está.

El que quiera irse vende su suerte y su solar a otro de los de dentro, y si no hay quien la compre, la compra el común y queda por común.

Y lo que dice la hoja doce es que esto no se cambia más que en junta de todas las casas, presentes las dos terceras partes. Y ni aun así en lo que toca al agua.

Las firmas que se pusieron fueron treinta y dos.

Rosaura las contó tres veces y las tres le dieron treinta y dos.

Las once que aguantaron. Catorce de las que se fueron en el ochenta y dos y volvieron entre abril y mayo.

Cuatro que estaban en Tecolote y bajaron en cuanto lo supieron.

Y dos de los Tafoya, que son los hijos de Refugio, y firmó Cleofas por los cuatro.

Y el campamento, que no es casa del padrón y firmó Nabor por los suyos.

De las ciento cuatro casas del padrón del setenta y dos volvieron treinta y una. Setenta y tres no volvieron. Rosaura las apuntó en una hoja aparte, con el nombre y con el sitio donde estaban si se sabía. Esa hoja se cosió al final de la escritura y no dice nada más que los nombres.

Fuera quedaron la Cuesta de los Álamos y los dos potreros de abajo.

Son los honorarios con que su padre pagó al abogado en el setenta y seis y ya no son de esta merced.

Eso se escribió también, en la hoja once y con los linderos enteros, para que no lo tuviera que averiguar nadie dentro de treinta años.

Lo que no supo decidir en veintidós días fue lo del campamento.

La gente de Casimiro no siembra. No tiene suerte de riego, no tiene solar y no ha tenido nunca. Baja en noviembre al codo del arroyo, pone entre nueve y catorce jacales y sube en marzo, y lleva haciéndolo desde antes de que hubiera pergamino en aquel muro.

Si entraban en la escritura, entraban en lo indiviso, y lo indiviso es el pasto.

Rosaura lo habló con siete cabezas de familia, de uno en uno y en su casa, que es como se hablan estas cosas. Fue a las siete casas en tres días y en ninguna se sentó más de media hora.

Cuatro dijeron que ellos ahí no se metían, y dos de los cuatro lo dijeron con las mismas palabras, que son las que se dicen cuando no se quiere decir que no.

Dos dijeron que sí, y uno de los dos fue Eleuterio Griego.

Uno dijo que no, y lo dijo entero y sin esconderlo.

Se llamaba Nicanor Madrid y tenía trece años en el ochenta y ahora diecinueve.

Le dijo que el pasto de la ceja da lo que da y que ellos habían vuelto con lo puesto.

Le dijo que si en el papel entraba también el hato de arriba, el primer año malo se iba a ver quién come.

—Eso es verdad —dijo ella.

—Pues entonces ya está.

—No está. Que sea verdad no quiere decir que se haga.

El veintiséis de mayo subió al pie de la mesa.

Casimiro estaba componiendo una albarda, como siempre, y esta vez era otra.

Le contó lo de la escritura en cuatro frases y le dijo lo que había que decirle.

—Le vengo a preguntar si quiere entrar.

—¿Entrar cómo?

—Con nombre. Ustedes, en el papel, con el codo del arroyo y con las dos pozas, y con parte en el pasto de arriba como los demás.

Casimiro siguió con el punzón y no levantó la cabeza.

—¿Y qué tenemos que dar?

—Lo mismo que los demás. Cumplir el libro de la acequia y no vender.

—Nosotros no tenemos nada que vender.

—Entonces esa parte le va a salir fácil.

Casimiro se rio una vez, por lo bajo, y siguió.

—¿Y si digo que no?

—Si dice que no, en diez años sube otro con otro papel y ustedes van a estar otra vez donde estaban en el ochenta y uno, que es en ninguna parte.

—Ahí llevamos siempre.

—Ya lo sé.

—Y llevamos siempre y aquí seguimos, y los que tenían papel se fueron en carros.

Rosaura no le contestó a eso.

Estuvieron un rato sin hablar.

Abajo, en el llano, se veían los dos corrales levantados en abril, con la madera nueva más clara que la vieja. Se veía también el humo de tres chimeneas que en agosto no estaban.

—Le voy a decir una cosa y no es para convencerlo —dijo ella—. Si ustedes no entran, esa escritura es otra vez una merced de los que siembran encima de los que pastan. Y eso es lo mismo que había y yo lo he tenido once años y no lo vi.

—Eso es cosa suya.

—Es cosa mía.

Casimiro cortó la tira y probó la costura con el pulgar.

—Póngalo —dijo—. Y póngalo con el agua, que es lo único que no se ve y es lo único que se quita.

—Se lo voy a leer cuando esté escrito.

—Léamelo dos veces.

—Se lee dos veces.

—Ya lo sé. Se lo digo para que sepa que yo también lo sé.

Rosaura bajó a las cinco. A mitad de la vereda se paró a mirar el llano desde arriba, que es de donde se ve entero, y estuvo un rato.

Desde allí se ven las suertes de riego, y se ve cuáles están sembradas y cuáles no, y en mayo del ochenta y seis estaban sembradas veintiséis de treinta y una.

La escritura se firmó el domingo treinta de mayo de 1886, en el patio de la casa grande, entre las diez y la una y media. Firmaron treinta y una casas y once de ellas lo hicieron con cruz.

En la hoja séptima, artículo noveno, entra nombrado el campamento de invierno, con el codo del arroyo y con las dos pozas. Entra con derecho de agua propio y con parte en el común, como cualquiera de las otras casas.

Lo escribió Mondragón y lo leyó Baird. Cuando llegó a esa parte, los nueve hombres que estaban contra la tapia del corral chico no se movieron.

Firmaron en el orden en que se había firmado siempre en aquel valle, que es por antigüedad de casa y no por tamaño de suerte, y eso lo dijo Archuleta y nadie lo discutió.

Los primeros fueron los Lucero, que están en el pergamino del sesenta y dos con una cruz al lado del nombre de un Lucero que se llamaba igual.

Los últimos fueron los cuatro de Tecolote, que llegaron el jueves.

Cleofas Tafoya firmó con nombre y apellido y tardó lo suyo, y cuando acabó se quedó mirando su propia letra un momento antes de dejar la pluma.

Casimiro no bajó. No bajó tampoco a firmar y firmó por él su yerno, que se llama Nabor y que sabe poner su nombre.

La pieza separada se resolvió el siete de mayo y se resolvió en once minutos, porque no había nada que discutir cuando estaban los cuatro libros sobre la mesa.

Amparo llegó al valle el catorce de mayo, en la carreta, con una monja hasta Las Vegas y con su madre desde Las Vegas.

El viaje de Las Vegas al valle son nueve horas. En esas nueve horas la niña preguntó cuarenta o cincuenta cosas y ninguna fue de las que Rosaura llevaba desde marzo preparándose para contestar.

Preguntó por qué los postes del telégrafo no están todos igual de separados. Preguntó si las vacas duermen. Preguntó si el río que se cruza es el mismo que se ve luego y por qué está en dos sitios.

Tiene cuatro años y nueve meses. Duerme abajo, en el cuarto que tiene la ventana al huerto.

En tres semanas ha aprendido dónde está el agua, dónde están las gallinas y que a Fidencio se le pide la navaja y se le devuelve.

Todavía dice señora algunas veces y todavía se para a dos pasos antes de hablar.

Eso no se le quita en tres semanas y Rosaura no se lo corrige.

El veintisiete, antes de eso, Rosaura había cerrado la hoja de la escritura nueva con el asiento y con la fecha.

En el margen de la derecha no puso nada.

Era la primera hoja de aquel libro desde marzo del setenta y siete que se cerraba sin cruz, y la estuvo mirando un rato para asegurarse de que no hacía falta ninguna.

La tarde del treinta de mayo, cuando se vació el patio, Rosaura sacó el libro verde al corredor y lo abrió por la primera hoja limpia.

Lo sentó a la niña en las rodillas, le puso el lápiz en la mano y le puso la mano encima.

—Aquí va tu nombre.

—¿Todo?

—Todo. Las seis letras.

Tardaron un rato con la erre, que es la que tiene la vuelta.

La eme la hizo sola y la hizo derecha, y al acabarla dijo que esa ya la sabía desde el invierno.

Rosaura no le preguntó quién se la había enseñado.

Cuando acabó, la niña miró la hoja y después miró las demás, que estaban escritas de arriba abajo con letras de cuatro manos distintas.

—¿Y esto qué es?

—Lo que hay y lo que se debe.

—¿Y eso para qué sirve?

—Para que no lo tenga que contar nadie por nosotras.

—¿Y si yo no sé?

—Por eso lo estás aprendiendo.

La niña se bajó de las rodillas y se fue al huerto a ver el rosal, que en mayo está entero y tiene flor de la buena.

Rosaura se quedó en el corredor con el libro abierto y no lo cerró todavía.

En la hoja estaba el nombre de la niña, hecho con lápiz y con la mano de ella encima de la de su hija, y debajo había sitio para lo que viniera.

Eran las siete y veinte de un domingo de mayo y todavía había luz para un rato largo.

Al otro lado del patio, en el linde del corral, estaba Elias Ward de pie, con el sombrero en la mano.

Había llegado a las siete y no había entrado. Llevaba la camisa de trabajo y traía el caballo de la rienda, porque venía del hato de arriba, donde lleva desde el primero de mayo.

Lleva desde marzo del setenta y cinco sin pasar de ese linde mientras no lo llamen.

Rosaura cerró el libro.

Lo dejó encima del poyo del corredor, bajó los tres escalones y cruzó el patio.