La deuda de Mesa 37. La junta
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37. La junta

La junta

Un caballo con su silla y dos mantas. Cuatro camisas. La caja de clavos.

Y en la sala, contra la pared del sur, el piano de palo de rosa que los Otero vendieron para pagar al abogado y que él compró en el setenta y siete a un tratante de Las Vegas sin decir para qué.

Llevaba nueve años cerrado en aquella casa.

No entraba en la hipoteca porque no lo había puesto nunca en ningún papel.

Las novecientas cuarenta cabezas de lana estaban empeñadas desde agosto y el banco las tenía apalabradas con un tratante de Wagon Mound desde el primero de abril.

La casa de madera y sus ocho hectáreas pasaban a la casa de banca el diez de mayo, por la hipoteca de marzo del ochenta y tres, y aquello estaba firmado y no se discutía.

De las veinticuatro escrituras, veintiuna habían caído solas con el fallo de marzo.

Las otras tres no, porque las había comprado a hombres que no tenían el título de la sociedad de Santa Fe sino de antes, y esas tres seguían siendo suyas y nadie podía quitárselas.

Eran ochenta y siete hectáreas. Una de ellas era la del ojo de agua chico.

La junta se convocó para las diez de la mañana en el patio de la casa grande y se avisó con quince días. Papel clavado en la puerta de la capilla y recado de boca por Tecolote y por el camino de abajo.

A las nueve y media el patio estaba lleno.

Estaban las once familias que habían aguantado. Estaban catorce de las que se fueron en el ochenta y dos, que habían subido de Mora, de Tecolote, de Las Vegas y una de Wagon Mound. Estaban los cuatro hijos de Refugio Tafoya, dos bajados de la mina de Engle. Estaba Bernarda.

Al fondo, contra la tapia del corral chico y sin quitarse el sombrero, estaban nueve hombres del pie de la mesa.

Casimiro no bajó. Bajaron dos hijos, un yerno y seis más, y se pusieron donde se ponen, que es donde se ve la puerta.

En el corral chico había aquella mañana treinta y un caballos y once carros. En la troje había dos calderos al fuego desde las siete, porque una junta de un domingo de abril se acaba comiendo aunque nadie lo haya dicho.

En el corredor, de pie, don Simón Archuleta con el libro de la acequia debajo del brazo.

En la mesa que habían sacado al patio, el escribano Baird y Julián Mondragón.

Rosaura estaba en el escalón de arriba, con el libro verde cerrado y con las manos encima.

Elias entró por el portillo de atrás a las diez menos cinco. Entró andando y llevando el caballo de la rienda, y cruzó el patio entero de punta a punta.

En un patio con ciento y pico personas, un hombre que cruza por el medio va midiendo lo que pesa cada paso.

Nadie lo saludó. Nadie le escupió. Se abrieron y lo dejaron pasar, que es la manera en que aquella gente dice lo que dice sin decirlo.

Mondragón leyó el pliego en voz alta, primero en castellano y después en inglés, y tardó doce minutos.

Elias Ward renunciaba a toda reclamación de reintegro por la nulidad del traspaso de septiembre de mil ochocientos ochenta y uno, contra la sociedad de Santa Fe y contra quien resultara obligado. Eran diecisiete mil cuatrocientos dólares y las costas.

Renunciaba a la acción por la diferencia de la medida de mil ochocientos setenta y tres, que estaba abierta desde marzo y que le correspondía como declarante.

Y transmitía, sin condición, sin reserva y sin precio, las tres parcelas que le quedaban limpias, con sus aguas, sus pastos y sus servidumbres, a la merced de Mesa Colorada.

Ochenta y siete hectáreas.

Cuando Mondragón acabó, un hombre del tercer grupo habló alto y habló para que se le oyera.

Se llamaba Eleuterio Griego, tenía cuarenta y dos años, se había ido en marzo del ochenta y dos con cinco hijos y llevaba cuatro años en Tecolote trabajando de peón.

—Yo quiero preguntar una cosa antes de que firme nadie.

—Pregunte usted —dijo Mondragón.

—Yo salí de aquí con un carro y con cinco criaturas, y el que compró esto lo compró de quien se lo vendió, y el que se lo vendió pudo venderlo porque este señor firmó un papel.

—Griego no levantó la voz y no miró a Elias—.

Eso es lo que hay. Lo que este señor da hoy lo da porque se lo han quitado en marzo y le sobra. Así que yo quiero saber qué se queda.

Mondragón fue a contestar. Elias levantó la mano.

—Yo se lo digo.

Lo dijo desde donde estaba, sin subirse a ningún escalón.

—Me quedo un caballo, una silla, dos mantas y cuatro camisas.

La casa de madera pasa al banco el diez de mayo.

Las ovejas se venden el veinte para el pagaré.

Las tres parcelas de hoy no me las quitó nadie en marzo y las podía haber vendido esta semana en ochocientos dólares, lo que me han ofrecido el martes en Las Vegas.

—¿Y por qué no las vende?

—Porque una de ellas es el ojo de agua chico y sin esa las cuatro casas de arriba no riegan.

Eleuterio Griego se quedó un momento callado.

Elias esperó a ver si había más.

—Yo no vengo a que me den las gracias —dijo—. Vengo porque estas tres son lo último que tengo y porque si las vendo, el ojo de agua chico lo compra el mismo que compró las suertes de abajo.

—Eso no me devuelve mis cuatro años.

—No.

—Ni la escuela de mis hijos.

—No.

—Pues entonces ya está.

Y se sentó en el poyo de la tapia, y no dijo nada más en toda la mañana, y no se fue.

Elias firmó a las once menos veinte.

Antes de firmar preguntó una sola cosa y se la preguntó a Mondragón en voz alta.

—¿Esto se puede deshacer?

—No.

—¿Ni por mis herederos?

—Ni por sus herederos.

—Póngalo.

Mondragón lo puso al pie, de su puño, y Baird lo volvió a leer, y ocupó dos renglones.

Firmó de pie, en la mesa del patio, con Baird poniéndole el dedo en cada línea, y firmó cinco veces, y las cinco le salió la firma igual.

Detrás firmaron los testigos.

Cuando acabaron, don Simón Archuleta bajó del corredor con el libro de la acequia y lo abrió encima de la misma mesa.

Tenía sesenta y ocho años y llevaba doce de mayordomo, y aquello lo hizo sin que nadie se lo pidiera.

—Aquí hay un asunto del año pasado que hay que dejar bien.

Leyó en voz alta el asiento de junio del ochenta, el que dice cedido por gracia del señor Ward, y leyó detrás el de veintiocho de julio del ochenta y cinco, el de la retirada.

Después dictó el nuevo y lo escribió con su letra grande.

El segundo jueves de las suertes de abajo es turno de los Lucero, los Madrid y los Tafoya. No es cesión y no es gracia. Se hereda y no se retira.

Lo leyó dos veces en voz alta, como se hace, y lo firmaron los tres cabezas de familia. Por los Tafoya firmó el segundo hijo de Refugio, que se llama Cleofas y tiene veintitrés años.

Eleuterio Griego se levantó del poyo para verlo firmar y se volvió a sentar.

Después, cuando Baird estaba echándole el sello, Elias se apartó de la mesa y fue hasta el corredor, donde estaba Fidencio Aragón de pie desde las nueve y media.

Se paró a dos pasos.

—Fidencio.

—Señor Ward.

—Le tengo que pedir perdón a usted.

Fidencio no se movió.

—En el setenta y tres yo clavé una estaca en el lindero norte y cobré por clavarla. En el setenta y cinco usted me subió a hombros con otros tres hombres y me metió en el cuarto de abajo de esta casa y estuve dieciséis días. Y yo no se lo dije a usted ni en el setenta y cinco ni en once años.

El patio se había callado del todo.

—Yo no le tengo que perdonar a usted lo del setenta y tres —dijo Fidencio—. Eso no es mío. Eso es de esta gente y de los que se fueron, y eso ya lo ha pagado usted esta mañana y lo va a seguir pagando, y no lo va a acabar de pagar.

—Ya lo sé.

—Lo de los dieciséis días sí es mío. —Fidencio se pasó el sombrero de una mano a la otra—. Y eso tampoco se lo perdono hoy. Se lo voy a ir perdonando, que es como se hace.

—Está bien.

—Lo que sí le digo es una cosa, y se la digo delante de todos porque usted ha hablado delante de todos.

Mi hijo cobró doscientos pesos en el setenta y nueve y se fue, y a mi hijo lo voy a enterrar yo sin haberle perdonado eso.

Usted acaba de dar ochenta y siete hectáreas y ha dicho lo del setenta y tres en voz alta.

Son dos cosas distintas y yo sé distinguirlas.

Elias asintió con la cabeza y lo dejó ahí.

Volvió a la mesa, desató el caballo y sacó de la alforja la caja de clavos.

Es una caja de hojalata de las de a cinco libras, con la etiqueta todavía pegada y la tapa abollada por un lado.

La puso encima de la mesa del patio, delante de Archuleta y de Mondragón, y la abrió.

Dentro estaban las veinticuatro escrituras, atadas de doce en doce con un bramante.

—Están todas. Las veintiuna que cayeron en marzo y las tres de hoy. Ahí están las fechas, los nombres de los que vendieron y lo que se pagó por cada una. La primera es la de la vega de abajo y es de octubre del ochenta y uno.

—Eso lo tiene que guardar el juzgado —dijo Mondragón.

—El juzgado que tenga las copias. Los originales que se queden en esta casa.

Archuleta alargó la mano y cerró la tapa.

—Aquí se queda.

—Y una cosa más —dijo Elias—. En la del agostadero alto hay una nota al margen que puse en agosto, que decía que esa finca no se vendiera por separado del resto. El notario me dijo entonces que no sabía si valía.

—¿Y?

—Que ahora ya da lo mismo. Pero déjenla puesta.

Elias salió del patio por donde había entrado, a las once y cuarto, y lo vieron salir ciento y pico personas, y esta vez sí hubo dos hombres que se quitaron el sombrero.

Se comió a la una, de los dos calderos de la troje, y comió todo el que estaba, sentado donde pudo.

Rosaura no bajó del escalón en toda la mañana.

Lo vio cruzar el patio las dos veces y las dos se estuvo quieta, con las manos encima del libro verde. Aquella junta era de ellos y no de los dos.

Cuando se vació el patio se quedó sola en el corredor hasta las dos.

Aquella noche cruzó el vado.

No llamó. La puerta de la casa de madera estaba abierta porque estaba abierta desde marzo, y en el comedor no quedaban más que la mesa de nogal, que no se vende, y una silla.

Él estaba en la cocina, con una vela, comiendo pan de pie.

—Has venido.

—He venido.

—¿Has cruzado sola de noche?

—He cruzado sola de noche desde los catorce años.

Él dejó el pan encima de la repisa y se limpió las manos en el pantalón.

Subieron.

En el cuarto de arriba quedaban la cama de hierro, un cajón y un espejo colgado. La cómoda y el armario los habían llevado a Las Vegas el jueves.

Ella se quedó de pie al lado de la cama y se soltó el pelo.

—Quiero esto —dijo—. Y esta vez no vengo a comprobar nada.

—Yo tampoco.

—¿Tú qué quieres?

—A ti. —Elias dejó la vela en el cajón—. Y no tengo nada más que darte, y esta vez eso es verdad.

Se desvistieron los dos a la vez, cada uno lo suyo, sin ayudarse y sin taparse.

En marzo del ochenta, la primera vez, ella se había quedado con la camisa puesta hasta que él apagó la vela. En noviembre del ochenta, la segunda, la vela la apagó ella. En Trinidad hubo estufa y hubo lámpara y ninguno de los dos cerró los ojos.

Aquella noche la vela se quedó encendida encima del cajón y se acabó sola a las dos y pico.

Él tenía treinta y nueve años y el hombro derecho vencido y una cicatriz nueva en el antebrazo de un alambre de febrero. Ella tenía veintiocho y las manos de cuatro años de lejía y el cuerpo de una mujer que ha parido una vez sola y en una cárcel.

Se lo miraron todo y no se dijeron nada de nada de eso.

La cama de hierro crujía igual que en marzo del ochenta y hacía el mismo ruido en el mismo sitio.

No hubo prisa y no hubo nada que probar. Ella le dijo lo que quería y él se lo hizo. Él le pidió lo suyo y ella se lo hizo. Las dos veces se lo dijeron con las palabras que se usan y en la misma lengua.

Hubo un rato largo en que estuvieron quietos, él dentro y los dos parados, mirándose desde muy cerca. En ese rato ninguno cerró los ojos y ninguno apartó la cara.

Después siguieron.

Cuando acabaron se quedaron de lado, tapados con una sola manta porque no había más, y ella le puso la mano abierta en el pecho y se la dejó allí hasta que se le durmió el brazo.

No hablaron del fallo, ni de las ochenta y siete hectáreas, ni de la niña, ni de junio.

Él le preguntó una cosa sola, cuando ya llevaban un rato callados.

—¿Dónde vas a vivir?

—En la casa grande, cuando se pueda. Ahora en Las Vegas.

—¿Y yo?

—Eso lo decides tú, que es lo primero que decides tú en siete años.

Él no contestó aquella noche.

A las tres de la mañana, Rosaura se levantó a beber agua y volvió con el vaso, y se sentó en la orilla de la cama con los pies en el suelo frío.

Del otro lado del vado, a media legua, había una caja de hojalata con veinticuatro escrituras dentro.

Y en su baúl, en el cuarto de Las Vegas, había veintiuna cartas sin abrir con la letra de él. Las había traído de Trinidad sin leerlas y llevaba desde marzo pensando quemarlas.

Ella hizo la cuenta a oscuras, que es la única manera en que sabe estarse quieta.

Ochenta y siete hectáreas, un caballo, una silla, dos mantas y cuatro camisas.