La deuda de Mesa 36. La vista
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36. La vista

La vista

En la sala grande del juzgado de Las Vegas caben sesenta personas sentadas y aquellos tres días hubo más de cien.

En los bancos de atrás estaban los del valle.

Los Lucero enteros, que son nueve. Los Madrid, con Amadea en el segundo banco y los dos nietos de pie.

Las dos casas de los Griego. Cuatro hombres de los siete del pleito, que habían bajado andando desde el jueves y dormían en el corral de la parroquia.

La mujer de Tecolote de las dos gallinas, que ya tenía setenta años y vino con una nuera.

Al fondo, de pie junto al muro y sin quitarse el sombrero, había once o doce hombres que nadie de la plaza conocía. Eran de arriba del pie de la mesa. Casimiro no estaba, porque Casimiro no baja, pero había mandado a dos hijos y a un yerno.

Fidencio Aragón se sentó en el primer banco a la derecha, el de los testigos, y allí se estuvo los tres días.

Aquella semana se había cortado el pelo y llevaba una camisa que no era suya.

En marzo, en aquella sala, encienden la estufa a las ocho y la apagan a las once. A las once, con cien personas dentro y con la ropa de los que han venido andando desde el jueves, aquello huele a lana mojada y no se le puede hacer nada.

El estrado lo ocupó un juez de apellido Whitford, que había entrado en el distrito en octubre y que no era de los de antes.

A la mesa de la izquierda se sentaron el fiscal de distrito y Julián Mondragón.

A la de la derecha, Lucius Grady con dos pasantes, por la sociedad de Santa Fe y por los once compradores que habían comprado parcelas a la sociedad desde el ochenta y uno.

Encima de la mesa de la izquierda había siete papeles y Mondragón los fue nombrando uno por uno antes de sentarse.

El libro verde. La hoja de la botica de Kessler.

El libro octavo de bautismos de la parroquia.

El libro de entradas y salidas de la cárcel del condado.

La copia del traspaso de septiembre del ochenta y uno.

La declaración de Elias Ward. Y la escritura de bien propio de octubre del setenta y nueve, que era el papel por el que había hecho falta falsificar una firma y que hasta aquella mañana no había nombrado nadie en voz alta.

La renovación de noviembre del setenta y cuatro no estaba. Salió de una caja de latón el dos de marzo del ochenta y uno y no se volvió a ver. Mondragón lo dijo con esas palabras, dijo que se daba por destruida y dijo que la firma se probaría por el libro verde y por los tres recibos de porte.

Grady empezó antes de que empezara nada.

Habló nueve minutos, en inglés, sin levantar la voz y sin un papel en la mano, y lo que pidió fue que aquello no se viera junto.

Que una cosa era una venta de tierra, que otra era la guarda de una menor y que otra era una causa de muerte ya juzgada. Que cada una tenía su sitio y su turno. Que todo junto no era un pleito sino una historia, y que las historias se cuentan en otra parte.

Si el juez le daba la razón, aquello se partía en tres y se veía en tres tandas distintas del tribunal, y entre la primera y la tercera había dos años y medio.

Rosaura lo sabía porque se lo había explicado Mondragón en noviembre, con un calendario delante y sin adornarlo.

Whitford lo oyó entero, apoyado hacia atrás.

Después preguntó una sola cosa.

Preguntó si alguna de las tres se sostenía sin las otras dos.

Grady dijo que sí. El fiscal dijo que no. Mondragón puso delante tres papeles y dijo que los tres eran el mismo papel visto desde tres sitios.

Whitford lo pensó cuatro minutos con el reloj de la sala a la vista y dijo que se veía junto.

Eso fue lo único que pasó aquella mañana y fue lo que decidió los tres días.

Grady recogió sus papeles sin ninguna prisa y sin ningún gesto. Cuando salió a mediodía, en el pasillo, se paró delante de Mondragón y le dijo dos frases que oyeron cuatro personas.

—Buena mañana, señor Mondragón.

—Gracias.

—No me dé las gracias. Se lo digo como quien le dice a otro que ha llovido.

Elias Ward declaró el martes por la tarde.

Entró por el pasillo del medio y la sala se calló como se calla la gente cuando entra alguien a quien no sabe si aplaudir o escupir.

Estuvo en pie una hora y cuarenta minutos.

Contó lo del doce de septiembre del ochenta y uno y lo contó igual que lo tenía escrito. El despacho, los dos pasantes, los tres pliegos, la firma que ya estaba puesta arriba, la pregunta que hizo una vez y la que no hizo.

Después contó lo del setenta y tres.

Lo contó con los jornales, con los días, con los nombres de la cuadrilla y con la distancia entre los dos cedros, y cuando dijo la parte de la estaca lo dijo así.

—La clavé yo.

En los bancos del fondo hubo un movimiento largo, de esos que empiezan en una fila y llegan a la última.

Los once o doce del pie de la mesa no se movieron. El yerno de Casimiro le dijo algo al oído a uno de los hijos y el otro no contestó.

Aniceto Lucero se estuvo mirando las manos todo el rato que duró aquello, y en el banco de al lado, Amadea Madrid miraba al que declaraba y no dejó de mirarlo ni una vez.

Grady se levantó a preguntarle.

Estuvo con él treinta y cinco minutos y le hizo la única pregunta que había que hacerle, y se la hizo de ocho maneras.

Que cómo se puede creer a un hombre que acaba de reconocer que ayudó a robar tierra y que firmó a sabiendas una firma falsa.

Elias contestó lo mismo las ocho veces.

—No lo sé. Lo que digo se puede comprobar. Compruébenlo.

Y a la última, a la octava, añadió tres palabras más.

—No pido nada.

El miércoles fue el día de los libros.

Trujillo subió con el suyo debajo del brazo, envuelto en un hule, y no lo soltó hasta que se lo pidió el juez. Leyó los cuatro renglones del catorce de agosto del ochenta y uno con la misma voz con que lleva doce años cantando las horas de entrada y de salida.

Once y media, salió un muchacho por la partera. Una y media, entró Petra Madrid. Tres y treinta y cinco, salió Petra Madrid. Cuatro y veinte, entró el médico Merrill.

El párroco de Las Vegas trajo el libro octavo y leyó la página doscientos cuarenta y uno.

El de Pecos trajo el suyo y leyó lo del once de septiembre. Cuando le preguntaron qué quería decir lo del margen, lo explicó como se lo había explicado a ella, y tardó lo mismo.

El médico Merrill no vino. Había muerto en el ochenta y cuatro en Socorro.

Su partida se leyó en voz alta y se leyó entera. Detrás se volvieron a leer los cuatro renglones de Trujillo, y esa segunda vez la sala entendió lo que había entendido Rosaura en septiembre.

Bernarda Tafoya declaró el miércoles a las cuatro.

Llevaba desde el nueve de diciembre trabajando en la báscula de Las Vegas y llevaba tres meses sin subir al valle.

Iba de oscuro, como las otras dos veces, y como las otras dos veces llevaba el pelo recogido para servir la mesa.

Dijo lo que tenía escrito y lo dijo sin que se lo sacaran a preguntas. Lo que oyó. Lo que declaró. Lo del sábado doce de marzo y las doscientas cabezas de su padre. Lo de febrero del ochenta y tres.

Cuando acabó, se quedó sentada un momento mirando el respaldo de delante y después se levantó y se fue por el pasillo del medio.

En el tercer banco, Amadea Madrid se echó a un lado para dejarle sitio y Bernarda se sentó allí.

En aquella sala había, aquella tarde, once personas que habían declarado contra ella en el ochenta y uno o que la habían oído declarar. Ninguna dijo nada.

El miércoles por la mañana, antes de los libros, se vio lo de la tutela.

Damián Aragón llegó de Santa Fe en el tren de la noche anterior y entró en la sala a las nueve menos cinco.

Rosaura lo vio entrar y era la primera vez que lo veía desde el jueves trece de enero de mil ochocientos ochenta y uno.

Estaba más delgado y llevaba el mismo abrigo de ciudad de entonces, que a seis años de uso se le notaba el codo.

Se sentó solo, en el segundo banco de la izquierda, sin abogado.

Le preguntaron cuatro cosas.

Si había pedido él la tutela. Dijo que sí. Si había dado fianza de quinientos dólares. Dijo que sí. Si sabía, cuando la pidió, de quién era hija aquella niña. Dijo que sí.

La cuarta se la hizo el juez.

—¿Se opone usted a que se le retire?

—No.

—¿Quiere usted decir algo más?

—No, señor.

Se sentó y se quedó en la sala los tres días, en el mismo banco, y no habló con nadie en los pasillos.

El jueves entró Kessler con el libro de la botica.

Un libro de botica es de los que tienen las páginas cuadriculadas y una columna estrecha a la derecha para el nombre, porque hay cosas que se despachan y se apunta quién se las lleva.

Leyó primero lo del veintisiete de febrero, que era el frasco de tres onzas entregado a la casa Ward y cargado en cuenta de Mesa Colorada, con el vale cosido.

Y leyó después la otra entrada, la del lunes veintiocho de febrero de mil ochocientos ochenta y uno, por la tarde.

Un frasco de láudano de tres onzas. Pagado en plata. Y en la columna estrecha de la derecha, con la letra del boticario, un nombre.

Casilda Pino de Otero.

Kessler dijo que la conocía desde el setenta y dos. Que aquella tarde bajó en el carro de la casa, que él mismo la despachó y que lo apuntó porque el láudano se apunta.

Le preguntaron si le había dicho para qué lo quería.

—No se pregunta.

—¿Nunca?

—A una señora de una casa conocida, no.

Le preguntaron si aquel segundo frasco apareció alguna vez.

Dijo que él no sabía nada de eso, que él despacha y apunta.

Rosaura declaró el jueves a las once y media.

Llevaba el vestido gris de viaje, que era el mejor que tenía, y llevaba las manos como las tiene desde el ochenta y uno, que es con los nudillos abiertos y las yemas duras, y no se puso guantes para declarar.

Declaró en castellano y esta vez el intérprete fue otro, y esta vez el acta se levantó en las dos lenguas, porque lo pidió Mondragón el primer día y porque Whitford no le vio inconveniente.

Contó lo del libro verde y lo que vio en marzo del setenta y siete.

Contó los cuatro años que lo tuvo callado y no le puso encima ninguna explicación.

Y después, cuando el fiscal le preguntó lo que le habían preguntado en mayo del ochenta y uno, contestó otra cosa.

—El martes primero de marzo de mil ochocientos ochenta y uno crucé el vado a las ocho y media y estuve en casa de mi madre hasta las cuatro. A las tres le conté que la señora Ward tenía ese papel y que salía al día siguiente para Santa Fe con él. Aquella noche se murió la señora Ward.

En la sala no se oyó nada.

En el tercer banco de la izquierda, Damián Aragón levantó la cabeza por primera vez en tres días.

—En mayo de aquel año me preguntaron si se lo había contado a alguien y dije que a nadie. Eso fue mentira y la dije yo, bajo juramento, sabiendo lo que hacía.

Whitford la dejó acabar.

Después le preguntó por qué lo decía ahora.

—Porque lo otro no se sostiene si esto se queda fuera.

—¿Sabe usted lo que puede acarrearle haber mentido bajo juramento?

—Me lo ha explicado mi abogado tres veces.

—¿Y aun así?

—Aun así.

Casilda Pino de Otero declaró el jueves a la una menos cuarto.

Entró sola y andando derecha, con el vestido bueno y con el pelo recogido como para la iglesia.

No miró a nadie de los bancos, ni a su hija, ni a Grady. En los tres días no se habían mirado madre e hija ni una sola vez, y eso lo notó la sala entera y no lo dijo nadie.

Le hicieron nueve preguntas.

A siete contestó que no tenía nada que decir. A la de la firma del setenta y cuatro contestó que sí, que era suya. A la de la firma del ochenta y uno contestó que sí, que también.

Del frasco no le preguntaron, porque eso no se veía allí y porque el fiscal lo quería para su propia sala y para junio.

Cuando le dijeron que podía añadir lo que quisiera, se puso de pie y lo dijo mirando al juez y no a la sala.

—Esa casa estaba de pie en el ochenta y cinco. Eso lo hice yo.

Y se sentó.

La vista se cerró el jueves dieciocho a las seis y diez de la tarde y Whitford dijo que resolvería en el término que le pareciera y que se avisaría.

Fueron siete días.

En esos siete días, en el valle, se sembró. Los cuatro de arriba porque siempre siembran. Y tres de los siete del pleito, que bajaron del juzgado el sábado, subieron el domingo y el lunes estaban abriendo surco. Ninguno de los siete había abierto surco desde la primavera del ochenta y dos.

Rosaura pasó esos siete días en Las Vegas y trabajó los siete. Certificó once partidas, cerró el embarque de abril de Filadelfia y fue dos veces a la báscula a enseñarle a Bernarda Tafoya cómo se pesa un saco vacío.

El aviso llegó el miércoles veinticuatro por la tarde.

El fallo lo leyó Whitford el jueves veinticinco de marzo, a las cuatro y diez de la tarde, con la sala llena otra vez.

Eran once folios y tardó veinticinco minutos.

Los leyó en inglés y el intérprete los fue pasando al castellano por párrafos, y con eso se fueron los veinticinco minutos y se hicieron cincuenta.

De los once folios, la gente del valle no entendió nada hasta el noveno.

En el noveno se anuló el traspaso de mil ochocientos ochenta y uno y todo lo que colgaba de él.

En el décimo se quitó la tutela de la menor Amparo Cordero y se mandó abrir pieza separada sobre su filiación y sobre las dos partidas.

Y en el undécimo, en el párrafo de abajo, después de un renglón en blanco, estaban las ocho palabras.

Rosaura Otero de Ward no mató a nadie.