35. Una pregunta
Una pregunta
Treinta y tres dólares por la pensión de la educanda Amparo Cordero, trimestre de enero, febrero y marzo.
Damián lo dobló y lo guardó en la cartera con los demás. Aquella mañana, antes de cerrarla, contó cuántos llevaba.
Cinco recibos son quince meses. Ciento sesenta y cinco dólares de pensión y sesenta de vestuario, sin contar los nueve meses de la viuda de Galisteo abajo. Doscientos veinticinco dólares en total.
Aquello no lo había sumado nunca porque no hacía falta sumarlo, y aquella mañana lo sumó.
El martes cinco, a las diez y cuarto, Hollis se paró delante de la mesa estrecha y le dijo que el señor Grady lo esperaba en el cuarto del fondo.
En seis años y medio lo había llamado allí cuatro veces.
Grady estaba de pie junto a la ventana y no se sentó en toda la conversación, y a él tampoco le señaló ninguna silla, y eso fue lo primero que Damián entendió.
—Aragón. ¿Cuándo pensaba usted decírmelo?
—¿El qué, señor Grady?
—Que es usted tutor de una menor cuyo expediente está pedido por un juzgado de este distrito en un asunto en el que esta casa representa a la parte contraria.
Damián no contestó enseguida.
—La tutela se concedió en abril del ochenta y cuatro en el juzgado de pruebas de este condado. Está en el libro. Es pública desde el primer día.
—Lo público no es lo mismo que lo dicho.
—Eso lo he aprendido aquí.
Grady no se lo tomó a mal. Lo apuntó con la cabeza, una sola vez, como se le apunta un tanto a alguien que ya no va a jugar más partidas en esa mesa.
Grady se volvió hacia la ventana y estuvo un momento mirando la calle.
Por aquella ventana se ve la esquina de la plaza y se ve quién entra en el Palacio y a qué hora. Damián llevaba seis años y medio sabiendo que ese era el motivo de que aquel cuarto fuera el del fondo.
—Le voy a hacer una sola pregunta y le pido que la conteste sin adornos. ¿Esa menor tiene algo que ver con la señora de Ward?
Damián se quedó callado.
Aquel silencio duró lo bastante para que sirviera de respuesta, y los dos lo supieron.
—Ya está —dijo Grady—. Cobra usted hasta fin de mes y no vuelve el lunes.
—Llevo cinco años y medio.
—Lleva usted cinco años y medio y ha trabajado bien, y por eso cobra el mes entero y por eso se lo digo yo y no Hollis.
—Grady se apartó de la ventana—. Y ahora le digo lo otro, que es lo que le hace falta saber.
En esta plaza usted no tiene nombre propio.
Tiene el mío puesto encima. El día que salga por esa puerta, lo que le van a preguntar en los otros tres despachos no es qué sabe hacer, sino por qué se fue de este.
—¿Y qué les digo?
—Eso ya no es asunto mío.
Damián recogió lo suyo el sábado nueve, después de las dos, cuando no había nadie.
Eran tres cosas. El código anotado que se compró en el ochenta con el dinero del examen. Un tintero. Y un legajo de copias de su propio trabajo, que ningún despacho pide nunca pero que él llevaba juntando desde el primer año.
Lo metió todo en una caja de cartón atada con bramante y bajó la escalera con ella.
En el rellano se cruzó con el pasante más joven, que subía. El muchacho lo saludó por el apellido, y lo pronunció bien, cosa que en aquella casa no había hecho nadie en cinco años y medio.
En la puerta de la escalera había tres nombres pintados y ninguno era el suyo, y eso ya lo sabía desde el ochenta.
Lo que no había pensado nunca es lo que pesa un nombre puesto en un cristal hasta que hay que ir a buscar trabajo sin él.
En febrero fue a tres despachos de la calle de San Francisco. En el primero lo recibió un pasante. En el segundo le dijeron que dejara sus señas. En el tercero le preguntaron, con muy buenos modos, por qué había salido de casa del señor Grady.
Alquiló una mesa en una escribanía de la calle de Galisteo, a seis dólares al mes, y puso un anuncio de cuatro renglones en el periódico. En tres semanas le entraron un requerimiento de arriendo y dos traducciones.
Lo que sacó en febrero fueron veintidós dólares.
La mesa costaba seis. El cuarto de Guadalupe, ocho. La pensión de la niña, once al mes, sin el vestuario, que se paga aparte y en enero fueron cuatro con veinte por unos zapatos.
En aquella escribanía hay cinco mesas y un mostrador. A él le dieron la del fondo, que es la que no tiene ventana y la que se alquila la última.
Lo que le quedaba de negociar lo tenía en el cajón de su cuarto, en un sobre, desde el veintiséis de marzo del ochenta y cuatro.
Cuatro renglones sin membrete, con la letra de doña Casilda Pino de Otero, pidiéndole que fuera un sábado de noche a la casa grande para un asunto de familia.
Con esa carta y con lo que él podía declarar, el fiscal de distrito tenía a una mujer de cincuenta y cuatro años por dos falsificaciones y por lo que hubiera detrás de la primera.
Un hombre que entrega eso y lo entrega antes de que se lo pidan no sale limpio, pero sale.
El jueves catorce de enero fue al juzgado de distrito a ver el expediente. Como tutor de la menor tenía parte en el ramo de la tutela y podía verlo, y además llevaba nueve días sin dormir del derecho.
El secretario le sacó el legajo a una mesa del pasillo y le puso plazo hasta las doce.
Eran ciento y pico folios y él sabía leer deprisa.
Un expediente así se lee en dos horas si uno sabe dónde mirar, y él sabía.
Estaba la demanda de nulidad del traspaso.
Estaba la declaración de Elias Ward, de quince de octubre, con la hoja añadida sobre la medida del setenta y tres.
Estaban las copias de los libros parroquiales y la del libro de la cárcel.
Estaba el índice de las tutelas y estaba, señalado con una tira de papel, el asiento veintiséis.
Damián leyó la declaración de Ward entera y tardó veinte minutos, y de los ciento y pico folios fue el único que le hizo levantar la cabeza dos veces.
Un hombre que pone por escrito que clavó una estaca falsa en el setenta y tres, sabiendo que con eso pierde las veinticuatro escrituras que ha comprado en cuatro años, no era de los que él había tratado en aquel despacho.
Y en el ramo de lo criminal, con fecha de nueve de diciembre de mil ochocientos ochenta y cinco, estaba lo otro.
Declaración jurada de Bernarda Tafoya, de veinticinco años, natural de Mesa Colorada, vecina de Las Vegas.
Cuatro folios.
Decía que el veintiséis de febrero de mil ochocientos ochenta y uno oyó desde el zaguán una frase en castellano.
Decía que la frase fue mientras yo viva aquí.
Decía que ella declaró mientras ella viva, en la pesquisa del siete de marzo y en el juicio del once de mayo, y que las dos veces lo hizo sabiendo que no era eso.
Decía por qué.
Decía que el sábado doce de marzo de mil ochocientos ochenta y uno, cinco días después de la pesquisa, doña Casilda Pino de Otero mandó ensillar y subió al hato con su padre.
Decía que allí le escribió el partido de doscientas cabezas que llevaba once años teniendo de palabra, que se lo leyó delante de los muchachos y que lo apuntó en el libro verde.
Decía que su padre murió en enero del ochenta y tres y que la casa se quedó las doscientas cabezas porque el papel iba a nombre de él y no decía nada de los hijos.
Decía que desde febrero del ochenta y tres no había tenido trabajo fijo.
Y en el folio cuarto, en el penúltimo párrafo, decía por qué la hacía ahora.
Doña Rosaura Otero le había ofrecido plaza de ayudante en la báscula de Las Vegas, a veinte dólares al mes, y se la ofrecía tanto si declaraba como si no.
Ella lo había preguntado dos veces y las dos le habían dicho que sí.
Decía también, en el folio tercero y en dos renglones que no hacían falta para nada, que la noche de la fiesta de las capitulaciones ella había estado llorando detrás del corral y que el único que se acercó fue el hijo del mayordomo, que le dio un pañuelo y no le preguntó nada.
No pedía perdón en ninguno de los cuatro folios y no lo pedía tampoco al final.
Estaba firmado con una letra de mujer que aprendió a escribir tarde y con buena voluntad, redonda y despacio, y debajo de la firma ponía la fecha y el lugar.
Damián leyó esos cuatro folios dos veces y después se quedó con las manos quietas en la mesa del pasillo.
Con aquello, el fiscal no necesitaba su carta.
Con aquello, la causa del ochenta y uno se reabría sin que él dijera una palabra. Lo de doña Casilda salía por la vía del libro verde y de la hoja de la botica, y lo de la niña por la del bautismo y el libro de la cárcel.
No le quedaba nada que vender.
Le quedaba una tutela que le iban a quitar y una carta de cuatro renglones que ya no valía diez dólares.
Devolvió el legajo a las doce menos diez, le dio las gracias al secretario y salió a la plaza.
Desde el atrio del juzgado hasta la casa de huéspedes donde para el fiscal cuando baja hay cuatro manzanas. Las anduvo con la carta de los cuatro renglones en el bolsillo de dentro.
En la puerta había un muchacho sentado en el escalón, de los que llevan recados por cinco centavos.
—¿Está el señor fiscal?
—Está comiendo.
—¿Sube usted una tarjeta?
—Suba usted, que yo no soy de aquí.
Damián se quedó en el escalón. Sacó la carta, la miró doblada, sin abrirla, y la volvió a guardar.
Un hombre que entrega a la señora de una casa después de que la señora de la casa ya esté entregada no entrega nada. Entrega su firma, y su firma iba a estar en aquel expediente de todos modos, en el renglón del asiento veintiséis.
Se fue sin subir.
Aquella tarde se sentó en la mesa del fondo y se puso a traducir un contrato de arriendo de pastos del inglés al castellano. Lo acabó a las siete y lo acabó bien.
Aquella tarde no volvió a la mesa de la escribanía.
El domingo veinticuatro de enero se presentó en la calle de la Agua a las tres y media, que no era su día.
La hermana tornera lo miró un momento por la reja y después abrió, porque aquel hombre llevaba veintiún meses pagando el primero de cada trimestre y no había pedido nunca nada.
En el locutorio había aquella tarde tres familias más. Dos matrimonios en la mesa del fondo y una mujer sola con dos niñas, también en la mesa.
A él lo sentaron en la tercera silla de la pared.
Esperó once minutos, que es más de lo que esperaba nunca, porque un domingo que no toca hay que ir a buscar a la niña y sacarla de donde esté.
Amparo bajó de la mano de otra hermana, se paró a dos pasos y dijo buenos días, señor.
Tenía cuatro años y cinco meses. Llevaba un delantal de cuadros que no era de aquel invierno, el pelo recogido con una cinta y los zapatos nuevos, que eran los que él había pagado el primero de enero.
Le vio los zapatos antes que la cara y eso lo supo mientras lo hacía.
Él le dio el pliego de papel y el lápiz.
Ella se sentó en el suelo, con la espalda contra la pared y el papel en las rodillas, e hizo tres emes seguidas y una ele.
—Esta es de ele.
—Está bien hecha.
—La eme es más difícil porque tiene tres.
—Tiene tres.
—¿Y la ce? —dijo él.
—La ce la hacemos después de Reyes.
—Ya han pasado Reyes.
—Pues entonces la semana que viene.
Estuvo un rato haciendo letras y después levantó la cabeza y lo miró como mira ella, que es quedándose quieta hasta que entiende.
—Señor.
—Dime.
—¿Usted es el señor que le guarda a una su madre?
Damián no contestó.
—Porque Refugia dice que a ella se la guarda una señora de Galisteo y que cuando sea grande se la dan. Y la hermana dice que a mí me la guarda un señor.
Damián no contestó.
La niña esperó lo que esperan los niños, que es poco, y volvió al papel y empezó otra eme.
La hermana se levantó a los veinte minutos justos.
Él se puso de pie y le dijo adiós, y le dijo también que volvería el primer domingo. La niña dijo adiós, señor, y se fue de la mano por el pasillo sin mirar atrás, como se van todas.
En la calle de la Agua, a las cuatro y cuarto de una tarde de enero, ya no da el sol en esa acera.
Salió a la calle y se fue andando hasta su cuarto, que son catorce manzanas, y no cenó.
En el cajón de la mesa, debajo de dos camisas, seguía el sobre del veintiséis de marzo del ochenta y cuatro.
Lo sacó, lo puso encima de la mesa y estuvo mirándolo un rato largo, con el abrigo todavía puesto y sin encender la vela.
No lo quemó, porque quemar un papel es una cosa que hacen los que creen que los papeles se acaban cuando se queman, y él llevaba cinco años y medio viendo que no.
Lo volvió a meter debajo de las dos camisas y cerró el cajón con la rodilla, que es como se cierra ese cajón.
Encendió la vela, la apagó a los diez minutos y se metió en la cama.
Se durmió antes de las once, diciéndose que una criatura de cuatro años pregunta lo que oye preguntar a las otras, y que en aquella casa hay veintidós niñas y las veintidós preguntan lo mismo.