La deuda de Mesa 34. La mesa larga
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34. La mesa larga

La mesa larga

El libro verde estaba encima del aparador, de pie y con el lomo hacia fuera, como lo había puesto su padre y como lo puso ella después.

Venía de la capilla.

Fidencio la había abierto a las nueve para barrerla, como hace dos veces al año, y ella se estuvo dentro tres cuartos de hora sin ayudarle y sin estorbarle.

La capilla de Mesa Colorada tiene ocho varas de largo y cuatro bancos de pino que trajeron de Tecolote en el sesenta y cuatro. El suelo es de tierra apisonada, y cuando se barre huele a lo que huele el suelo de un sitio cerrado.

En el retablo no queda más que la hornacina vacía, porque la imagen se la llevó el padre Isidro en el ochenta y dos para que no se perdiera.

Del lado norte, donde faltan las tejas, se ve la luz por tres sitios entre las vigas, y debajo de esos tres sitios el suelo está más oscuro y más duro.

Fidencio le enseñó el muro del evangelio y el yeso del hueco, que está a la altura del hombro y tiene el color un poco distinto si se sabe mirar.

No lo abrieron.

—Hoy no —dijo ella.

Su madre estaba en el comedor con un cesto de nueces y un martillo pequeño, partiéndolas encima de un paño.

Tenía cincuenta y cuatro años y se le había puesto el pelo blanco por delante, aunque lo seguía llevando recogido de la misma manera y con las mismas horquillas.

Las manos las tenía como siempre, grandes para una mujer y con las uñas cortadas al ras, y las movía igual de deprisa que cuando Rosaura era chica y la miraba partir nueces desde debajo de aquella misma mesa.

En cuatro años y dos meses aquella casa se había quedado sin las dos criadas, sin el coche y sin cinco de los siete caballos. La alfombra del comedor estaba vendida desde el ochenta y tres, y el suelo de debajo se notaba más claro en un rectángulo grande.

No se levantó.

—Ya me han dicho que estabas arriba.

—¿Quién.

—Todos. Llevas aquí desde agosto y no habías subido esos tres escalones, y eso en este valle lo sabe hasta el que ordeña.

Rosaura siguió donde estaba.

—Vengo a hablar.

—Siéntate y habla. Pero antes de empezar te digo una cosa, para que no perdamos la mañana. —Casilda partió una nuez y separó la cáscara—. Yo no te voy a pedir perdón. Si has venido a eso, te vas ahora y no nos gastamos las dos.

—No vengo a eso.

—¿Entonces?

—Vengo a que lo digas.

—¿Y para eso te has traído un abogado de Santa Fe a Las Vegas?

—¿Quién se lo ha dicho?

—Nadie me tiene que decir nada. En esta plaza se baja un hombre del tren con dos maletas y una cartera, y a la hora sabe todo el valle cuántas camisas trae.

—Y una báscula en Las Vegas —dijo su madre—. Esa también la sabe el valle.

—Esa la puse en febrero y la llevo yo.

—¿Y a quién has metido de ayudante?

—A Bernarda Tafoya, que lleva tres años sin trabajo fijo. Se lo ofrecí en enero y se lo ofrecí para que lo tome diga lo que diga.

Casilda no contestó a eso.

Rosaura fue al aparador, cogió el libro verde y lo puso en la mesa larga.

Lo abrió por la hoja de noviembre de mil ochocientos setenta y cuatro.

Después sacó de la cartera la copia del traspaso de septiembre del ochenta y uno y la puso al lado, abierta por la primera hoja, con la firma arriba.

—Estas dos.

La hoja del libro verde tiene el asiento de los dos mil pesos justo a la mitad, entre el de una compra de sal y el de un jornal de herrería. Está escrito con una letra que no se parece a la de las dos páginas anteriores ni a la de las dos siguientes.

En el traspaso, la firma de arriba es pequeña y derecha, y no se parece a la de abajo, que es la de un hombre que aprendió tarde.

Las dos las hizo la misma mano con siete años de diferencia.

Su madre dejó el martillo.

Miró las dos hojas el tiempo que hacía falta y no las tocó.

—¿Qué quieres que diga.

—Que las escribiste tú.

—Las escribí yo.

Lo dijo igual que decía todo, sin levantar la voz y sin adornarlo, y siguió mirando el libro.

—Las dos.

—Las dos. Y si hay que decirlo delante de un juez, lo digo delante de un juez, que a mí sentarme en una silla no me da ningún miedo.

Rosaura se sentó por fin, enfrente, que era donde se había sentado su madre el día de las capitulaciones. Aquella mañana el padre Isidro y Fidencio estuvieron de pie contra la pared y Grady leyó doce artículos en doce minutos.

Aquella mesa tiene tres varas y media y es de nogal traído de Chihuahua por el bisabuelo, y en seis generaciones se ha firmado encima todo lo que esta familia ha firmado.

—¿Por qué.

—Por lo primero o por lo segundo.

—Por lo primero.

Casilda se limpió las manos en el paño y las dejó quietas, que es una cosa que en ella quiere decir que va a hablar largo.

—En el setenta y cuatro esta casa debía dos mil pesos y no tenía con qué pagarlos. El almacén de Las Vegas nos había cerrado la cuenta en septiembre. Había que comprar sal, había que pagar la esquila de mayo y había que dar de comer a lo que entonces eran ciento cuatro casas y no once.

—Mi padre.

—Tu padre era el hombre más recto que ha pisado este valle.

Se sentó en esa silla en la que estás tú y me dijo que él no ponía la merced en ningún papel de la casa de banca, que la merced era de todos y que él solo la tenía en guarda.

—Casilda miró la hoja—. Tenía razón. Y con la razón no se paga un jornal.

—Y firmaste tú.

—Firmé yo. Dos mil pesos a cinco años, al doce, y el interés sobre el interés desde el setenta y seis, que eso no lo puse yo.

Tu padre había pedido mil doscientos en el setenta y dos y no devolvió más que los réditos.

Y con esos dos mil pesos esta casa llegó al ochenta y cinco, y tú has comido de eso once años, y tus ciento cuatro familias también.

—Y él se murió sin saberlo.

—Él se murió en el setenta y siete de una cosa del corazón, después de un invierno en que no se perdió una sola cabeza. Yo prefiero eso a haberlo visto vender el agostadero.

Rosaura no contestó a eso.

—Lo segundo.

—Lo segundo es más fácil todavía.

—Dilo.

—En septiembre del ochenta y uno tú estabas en un cuarto de tres pasos con diez años encima y sin criatura.

Vino ese hombre a esta casa, entró por el corredor y se sentó ahí, y me dijo que había un modo y que el modo necesitaba una firma tuya, y que tu firma no se podía ir a buscar a la cárcel porque si se iba a buscar se acababa todo.

—¿Grady?

—Un pasante de Grady.

Rosaura se quedó quieta.

—Tu marido no sabía que iba a ser yo. Le dijo a Grady que había que arreglarlo y no preguntó cómo, y Grady se lo mandó a un pasante, y el pasante vino aquí un martes de noche con una carpeta y con un papel tuyo de los de la escuela para copiar la letra. Yo no necesitaba el papel.

—¿Y lo hiciste.

—Lo hice en once minutos y lo hice en esa mesa, y no me tembló la mano, y a los ocho días estabas fuera. —Casilda cogió otra nuez y no la partió—. Si yo no pongo esa firma, tú cumples diez años. Diez. Ahora dime tú qué harías.

Rosaura tenía las dos manos encima del libro.

—Le costó la merced.

—Le costó la merced a él, que la había comprado con dinero.

A ti te costó cuatro años en Colorado. Y a ti los cuatro años en Colorado te han puesto un nombre y una casa de Filadelfia, que aquí no lo habrías tenido nunca.

—Su madre la miró de frente por primera vez—.

Yo no digo que eso lo hiciera bien. Digo que lo hice.

—Y las ciento cuatro familias.

—Las ciento cuatro familias las perdió el que vendió, no la que firmó.

—Eso es mentira y lo sabes.

—Es medio verdad, como casi todo.

Se quedaron las dos sin hablar durante un rato largo, y en ese rato Rosaura oyó lo que se oye en aquella casa a media mañana de un domingo de noviembre.

En el patio alguien echaba maíz y las gallinas venían a la mano. Por la chimenea de la cocina entraba el ruido del agua de la olla. En el corredor, al sol, un gato se levantaba y se volvía a echar.

Todo eso lo había oído los veintidós primeros años de su vida sin oírlo ninguna vez.

—Falta una cosa —dijo Rosaura.

—Falta.

—La niña.

Casilda puso las dos manos en la mesa.

—Esa criatura iba a nacer en una cárcel, de una mujer condenada, y en este territorio eso te lo cuentan en el patio de la escuela a los seis años. Te lo dije en agosto del ochenta y uno, sentada en una silla, y tú me echaste del cuarto.

—Me dijiste que nació muerta.

—Yo no te dije nada. Te lo dijo un médico.

—Y usted lo dejó.

—Y yo lo dejé.

Rosaura se levantó, dio dos pasos hasta la ventana y volvió.

—¿Dónde está.

—No lo sé y no lo quiero saber. Lo arregló un hombre que sabe de papeles y le dije que no me lo contara.

—Se llama Damián Aragón.

Su madre no dijo nada durante un momento.

—Ese muchacho me ha costado dos veces —dijo al final—. Y las dos veces ha cobrado.

—La segunda no ha cobrado nada. Lo paga de su bolsillo desde abril del ochenta y cuatro.

Casilda se quedó con eso en la cara medio segundo y después lo apartó, como aparta ella todo lo que no le sirve.

—Entonces es más tonto de lo que yo creía.

—Falta la otra.

—¿Cuál.

—La señora Ward.

—De esa mujer no voy a hablar.

—Madre.

—De esa mujer no voy a hablar hoy, ni contigo, ni en esta casa. —Volvió a coger el martillo—. Lo que tengas de eso, llévalo donde lo tengas que llevar.

—El lunes veintiocho de febrero del ochenta y uno bajó a Las Vegas el carro de esta casa.

—Bajaba todos los lunes y todos los jueves.

—Y usted iba en él.

—Iba cuando me hacía falta ir.

Casilda partió una nuez, separó la cáscara con dos dedos y puso el grano en el montón de los buenos, y no dijo una palabra más de aquello en toda la mañana.

Rosaura cerró el libro verde y dejó la mano encima.

—Voy a llevarlo todo. El libro, el traspaso, la partida, los libros de la parroquia y la hoja de Kessler.

—¿La de la botica?

—Esa.

Su madre bajó los ojos al cesto de las nueces y estuvo así lo que se tarda en contar hasta cinco.

—Ya lo sé. Lo sé desde agosto, desde que pasaste por el camino de atrás y no entraste.

—Entonces dime por qué me estás contestando.

Casilda partió la nuez.

—Porque quiero que lo cuentes bien. Si lo cuenta el fiscal, sale una vieja que falsificó por avaricia. Si lo cuentas tú, sale lo que hubo.

—Y hubo esto.

—Hubo esto.

—En el arca hay un mechón de pelo rubio atado con un hilo.

—Lo hay.

—¿De quién.

—De un hermano tuyo que se murió a los dos meses, cinco años antes de que tú nacieras. Lo tuve yo, lo enterró tu padre y no se volvió a hablar de él en esta casa. Era rubio como mi madre.

Estuvieron otro rato calladas.

—Ahora te digo yo una —dijo su madre.

—Diga.

—En marzo del setenta y siete, tres semanas después de enterrar a tu padre, abriste ese libro y viste mi letra en esa hoja. Tenías diecinueve años. Y no dijiste nada en cuatro años.

—No dije nada.

—Si lo hubieras dicho entonces, yo habría ido presa en el setenta y siete, la deuda se habría anulado y esta casa se habría vendido en subasta, y tú y yo estaríamos las dos cosiendo en Las Vegas. Y ninguna de las dos tendría lo que tuvo después.

—Lo sé.

—Y hay otra y esa es peor. —Casilda dejó el martillo otra vez—. En aquel juzgado, en mayo del ochenta y uno, te preguntó el fiscal si le habías contado a alguien lo del viaje de esa mujer. Y tú dijiste que a nadie. Y yo estaba en esta casa y lo supe aquel mismo martes.

Rosaura no bajó la cabeza.

—Sí.

—Ese día me salvaste tú a mí, y lo hiciste bajo juramento, y te costó diez años. —Su madre juntó las manos—. Así que tú y yo estamos las dos en el mismo libro, hija, y la única diferencia es la letra.

—La diferencia no es la letra.

—¿Cuál es.

—Que yo lo voy a decir ahora.

Rosaura cogió el libro verde y el pliego de Santa Fe, los metió en la cartera y cerró la hebilla con las dos manos.

Salió al corredor.

Fidencio estaba en el patio, al lado del portillo, esperando desde las once y veinte sin que nadie se lo hubiera mandado.

—Fidencio.

—Señora.

—Coja el caballo y baje a Las Vegas. En la casa de huéspedes de la calle del Puente está mi abogado desde anoche, y con él está el fiscal de distrito, que ha venido de Santa Fe. Dígales que suban mañana a las diez.

Fidencio se quedó un momento sin moverse.

—¿Se lo digo a los dos?

—A los dos, y delante el uno del otro. Y si el fiscal le pregunta a usted de qué se trata, usted no sabe nada y sube conmigo mañana.

—Yo no sé nada.

—Mañana va a saber. Mañana lo voy a llamar a declarar y va a tener que decir lo del partido de Refugio y lo de la fecha.

Fidencio se puso el sombrero.

—Eso lo digo yo donde haga falta.

Bajó del corredor y cruzó el patio, y antes de llegar al portillo ya llevaba el paso de un hombre que tiene un encargo y sabe que el encargo es de los que no se repiten.

Desde el comedor, por la ventana abierta, se oía a su madre partir nueces. Siguió partiéndolas.

Rosaura se quedó arriba, en el escalón, y sacó el libro otra vez y lo abrió por la hoja de noviembre del setenta y cuatro.

Del asiento de aquella hoja a aquel domingo habían pasado once años, y de los once, cuatro los había sabido ella sola.