La deuda de Mesa 33. Lo único que no puede comprar
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33. Lo único que no puede comprar

Lo único que no puede comprar

El conteo de octubre se hace con el rebaño parado en el corral de esquila y con dos hombres en la puerta. Se hace dos veces, una por cada lado, y las dos cuentas tienen que dar lo mismo.

Ochenta de carne. Ciento nueve corderos de la parición tardía que no iban a pasar el invierno y había que vender antes de diciembre. Cuatro caballos. Una mula.

Elias apuntó los números en la tapa de un cuaderno, se guardó el lápiz y se fue andando a la casa, y eran las cuatro y veinte.

El heno de la troje estaba contado desde septiembre y daba para ciento veinte días. El invierno en aquel valle dura ciento cincuenta.

El agostadero alto había aguantado hasta el treinta de septiembre y las dos pozas habían llegado con agua, como él había calculado en julio.

Del pagaré del banco había pagado el primer interés en octubre, sesenta y dos dólares, y le quedaban dieciséis meses.

La lana de abril se pagaría a lo que se pagara. Si bajaba de diecinueve centavos no se cerraba el año, y eso lo tenía escrito en una hoja desde junio.

Ella estaba en el linde del corral, de pie, con un caballo de alquiler atado al poste y con la cartera de cuero en la mano.

No había entrado.

Del linde no se pasa sin que llamen. Eso lo había aprendido él en aquel valle en marzo del setenta y cinco, en un patio que no era este, y no se le había olvidado, y ella lo sabía.

Elias se paró a seis pasos.

Hacía cuatro años y un mes que no la veía en aquel lado del vado. La última vez había sido el veinte de septiembre del ochenta y uno, a las diez de la mañana, cuando la sacaron de allí y la trajo él en el carro. Estuvo en la casa ocho días y al noveno tomó el tren.

—Pasa.

—Vengo a pedirte una cosa y prefiero pedírtela aquí.

—Aquí hace frío y se va la luz a las seis. Pasa.

Entraron. Él encendió la estufa del comedor y puso la lámpara en la mesa de nogal, que era la mesa donde su madre cuadraba los tres tomos los sábados.

Rosaura no se sentó. Sacó de la cartera un pliego escrito a máquina, lo puso encima del hule y lo giró para que él lo viera del derecho.

—Léelo entero.

Eran dos hojas y veintitrés renglones.

Elias leyó despacio, moviendo los labios, y tardó lo que tardaba siempre.

La declaración decía que el que suscribe firmó los tres pliegos del traspaso de la merced de Mesa Colorada.

Que los firmó el doce de septiembre de mil ochocientos ochenta y uno, en Santa Fe, en el despacho de don Lucius Grady.

Que al firmarlos vio en el primero, encima de su propia firma, una firma con el nombre de Rosaura Otero de Ward.

Que sabía que su esposa estaba presa en Las Vegas desde el once de marzo de aquel año.

Que sabía que no había salido de allí. Que sabía, porque él mismo la había visitado cinco semanas antes, que nadie le había llevado aquel pliego. Y que firmó sabiéndolo.

En el último renglón decía que hacía esta declaración libremente, sin que nadie se lo hubiera pedido a cambio de nada.

Elias dejó las hojas encima del hule y las alineó con el canto de la mano.

Cuando acabó la primera hoja la dejó, se levantó, fue a la cocina y volvió con el quinqué grande, porque con el chico no veía bien el renglón de abajo.

Después leyó la segunda.

—¿Quién la ha escrito?

—Mi abogado. Se llama Mondragón y no es de la casa de nadie.

—¿Qué me pasa a mí si firmo esto?

Rosaura no se lo ablandó.

—Que entras en la causa criminal del traspaso. No como testigo. Como otra cosa.

—¿Cuántos años?

—Eso no lo sabe nadie hasta que un fiscal mira el expediente. Mondragón dice que de dos a siete, y dice también que a un hombre que declara por su cuenta y sin pedir nada casi nunca le caen los siete.

—Casi nunca no es nunca.

—No.

—¿Y lo comprado?

—Si el traspaso se anula, se anula la compañía que vendía, y se anula todo lo que vendió. Veintiuna parcelas vuelven a la merced. El dinero se reclama a la compañía y la compañía es un apoderado y una razón social.

—Son veinticuatro.

—Tres no. Esas tres se las compraste a particulares y no a la sociedad, y la nulidad no las toca. Esas se quedan tuyas firmes o no firmes. Te lo digo ahora y no después, porque no quiero que firmes creyendo que lo pierdes todo.

—¿A quién vuelven?

—A la merced. Y la merced, si esto sale, vuelve a estar a mi nombre.

—Entonces a ti.

—A mí.

Elias miró el pliego.

Elias se quedó un rato con la vista en el pliego.

Once mil cuatrocientos en las veintidós primeras. Mil ochocientos en la del ojo de agua chico. Cuatro mil doscientos en el agostadero alto. Diecisiete mil cuatrocientos dólares en cuatro años y dos meses, y la casa hipotecada, y las mulas vendidas, y el acarreo perdido.

Todo eso se caía con las dos hojas que tenía delante.

—¿Y si no lo firmo?

—Entonces no hay nulidad del traspaso. Y si no hay nulidad, no hay reapertura de lo mío, y si no hay reapertura sigo siendo una mujer indultada, y una mujer indultada no recupera a una criatura que tiene tutor nombrado.

—Explícame eso último.

Se lo explicó. Le fue poniendo encima del hule, al lado de la declaración, las copias que traía.

Lo del libro octavo de bautismos. Lo del libro de entradas y salidas de Trujillo.

Lo del asiento veintiséis y lo del expediente ciento cuarenta y uno.

Y una hoja suelta, escrita por Mondragón y subrayada dos veces.

Eran ocho palabras en inglés que el tribunal del setenta y seis metió detrás del nombre de la merced. En castellano no estaban.

Elias los leyó todos y los leyó en el orden en que ella se los había ido poniendo.

Lo único que preguntó fue una cosa de fechas.

—¿Esto del bautismo lo sabía el cura desde el ochenta y uno?

—Lo escribió él mismo en el ochenta y uno.

—¿Y en cuatro años nadie lo ha mirado?

—Nadie tenía por qué mirarlo. Para mirar eso hay que dudar antes, y nadie dudó.

Cuando acabó se levantó, fue hasta la ventana y estuvo allí de espaldas un rato largo.

—¿El hijo de Fidencio?

—Sí.

—¿Lo sabe Fidencio?

—No lo sé.

—¿Y la pensión de la niña?

—La paga él, de lo suyo, desde abril del ochenta y cuatro. Eso no está en ningún expediente. Lo sacó Mondragón de la casa de las hermanas, por escrito y con la tornera delante.

Volvió a la mesa y no se sentó.

Fuera había oscurecido del todo y la estufa empezaba a tirar. En aquel comedor, en octubre y de noche, se oye la chapa y se oye el río.

—Antes de firmar te tengo que contar una cosa. No para que me la perdones. Para que se la des a tu abogado, porque la va a necesitar.

—Dila.

—Siéntate, que es larga.

Rosaura se sentó por primera vez desde que había entrado.

—En el setenta y tres yo tenía veintisiete años y trabajé cuarenta y un días de cadenero en la medida de esta merced.

Rosaura se quedó quieta.

—El agrimensor era un diputado de Santa Fe y traía un plano hecho de antes. Nosotros no medíamos para hacer el plano. Medíamos para que el terreno cupiera en el plano.

—Sigue.

—En el lindero norte, el de la ceja de la mesa, los viejos señalaban un cedro partido por el rayo que está a la entrada del cañoncito. El jefe de la cuadrilla puso la bandera en otro cedro, quinientas y pico varas más acá, y nos mandó cadenear hasta ese. Y la estaca la clavé yo.

—¿Tú sabías lo que estaba pasando?

—Lo sabía el tercer día.

—¿Cómo lo supiste?

—Porque un cadenero tira de la cadena y el que tira sabe. La cadena se tiende y se marca con una aguja, y al final del día se cuentan las agujas y sale la distancia. Aquellos días se contaban menos agujas de las que se habían clavado.

—¿Y los demás?

—Éramos cinco. Dos eran de Santa Fe y venían con el agrimensor. Uno era de Mora y se fue a la semana. El otro era de Tecolote y se llamaba Perfecto Sandoval, y se murió en el setenta y ocho.

—Queda uno.

—Quedo yo.

—¿Y?

—Y cobré dos dólares y medio al día cuarenta y un días, y no dije nada, y me fui a Mora a cargar madera.

Elias se puso la mano en la mesa.

—Dos años después me cogió la ventisca en el camino de arriba y me recogieron en esta casa medio muerto de frío.

Estuve dieciséis días en el cuarto de abajo de la casa grande.

Me dio de comer tu madre y me cambió los paños Petra Madrid y tú tenías diecisiete años y contabas fanegas en la era en voz alta.

—Eso ya lo sé.

—Sabes los dieciséis días. No sabes lo otro.

—¿Cuántas varas eran?

—Quinientas veinte y pico en el lindero norte. Por lo ancho que tiene aquello, son cerca de mil doscientas hectáreas.

—Mil doscientas hectáreas.

—De agostadero. Del bueno, del que está encima de la ceja.

Rosaura hizo el cálculo en voz baja y le salió, al precio de aquel mismo año, en más de lo que él llevaba gastado en cuatro años comprando parcelas.

No lo dijo.

—¿Se lo dijiste a alguien alguna vez?

—No.

—¿En diez años?

—En doce.

Rosaura se apoyó con las dos manos en el respaldo de la silla.

—¿Por qué me lo dices ahora?

—Porque el agrimensor general nuevo está revisando expedientes y va a llegar al del setenta y tres. Si lo trae él, es una medida mal hecha y se discute treinta años. Si lo traes tú, con el nombre del cadenero puesto por el cadenero, es un fraude con testigo y se acaba en un año.

—Te destruye a ti.

—Eso no lo he preguntado.

El muchacho había salido para Las Vegas la víspera por la mañana, con una nota de tres renglones y con dos dólares para que no volviera sin el escribano. Lo había mandado ella antes de cruzar el vado, y se lo dijo entonces, y él no preguntó por qué estaba tan segura.

Mientras esperaban, Elias sacó pan, queso y café y lo puso en el aparador, y los dos comieron de pie y sin sentarse, que es como se come cuando se espera a alguien.

Hablaron de la lana, del heno y de las nueve hectáreas saladas de abajo, y de nada más.

El escribano Baird llegó a las ocho y media de la noche, con el maletín y con la papeleta de derechos. Era el mismo hombre que había redactado la escritura de bien propio en noviembre del ochenta.

De testigos llamaron a dos.

Fidencio Aragón cruzó el vado a las nueve con una linterna. Aniceto Lucero bajó de arriba con su hijo mayor y el hijo se quedó fuera con los caballos.

Se sentaron los cinco alrededor de la mesa del comedor. Baird en la cabecera, con el tintero y el sello. Elias enfrente. Fidencio y Aniceto Lucero a un lado. Rosaura al otro, y ella no firmaba nada y estuvo callada de las nueve a las diez y diez.

Baird leyó las dos hojas en voz alta, entera cada una, y preguntó lo que hay que preguntar.

—¿Hace usted esta declaración por su voluntad?

—Sí.

—¿Sabe usted lo que dice y lo que le puede acarrear?

—Sí.

—Dígalo con sus palabras, que lo tengo que poner.

Elias lo dijo con sus palabras y Baird lo escribió al pie, y ocupó cuatro renglones.

Después pidió que se añadiera lo de la medida del setenta y tres, y Baird sacó otra hoja y la escribió al dictado. En esa tardaron cincuenta minutos, porque hubo que poner fechas, jornales, los nombres de los de la cuadrilla y la distancia entre los dos cedros.

Firmó a las diez y diez.

Lo hizo de pie, apoyando la mano izquierda en el hule. Firmó las dos hojas y las tres copias, cinco veces en total, y las cinco le salió la firma igual, que es algo que no le pasa a todo el mundo.

Firmaron debajo Fidencio Aragón y Aniceto Lucero, los dos despacio y los dos con la letra grande de los hombres que escriben poco.

Fidencio no miró a Elias en toda la noche, y al firmar leyó su propio nombre dos veces antes de soltar la pluma.

Baird selló las tres copias y las repartió. Una para el expediente, una para Rosaura y una para el que declaraba.

Cobró seis dólares con setenta y cinco y los cobró de Rosaura, porque ella los sacó primero.

Después se fue a dormir a la casa grande, porque a Las Vegas no se vuelve de noche y porque en la casa de madera solo hay dos camas y una lleva cuatro años sin hacerse.

Quedaron los dos solos en el comedor a las once menos cuarto.

Rosaura recogió las hojas, las guardó en la cartera y cerró la hebilla.

—Gracias.

Elias asintió con la cabeza.

—Salgo para Santa Fe pasado mañana.

—Ya lo sé.

—Si el juez llama, hay que ir en marzo.

—Iré.

Ella se puso el chal y se quedó un momento con la mano en el respaldo de la silla, como si fuera a decir otra cosa.

No la dijo.

—Una cosa.

—Dime.

—El rosal.

Elias no contestó.

—No te estoy preguntando nada —dijo ella—. Te lo estoy diciendo para que sepas que lo sé.

—Está bien.

—Buenas noches, Elias.

—Buenas noches.

Salió, montó el caballo de alquiler y se fue con Fidencio y con la linterna hasta el vado.

Elias se quedó en la puerta hasta que dejó de oírlos. Se oye un caballo bajar hasta el vado y se oye el vado, y después ya no se oye nada.

Encima del hule quedaban dos tazas, el pan y la papeleta de derechos de Baird, que se le había olvidado.

Recogió todo y lavó las tazas.

Después entró, apagó la lámpara del comedor y subió al cuarto de arriba con el quinqué chico.

Encima del armario estaba la caja de clavos.

La bajó, la puso en la cama y desató el bramante de las dos docenas.

Contó las escrituras de una en una. Veinticuatro. Las de la vega iban atadas aparte de las del agostadero, con dos bramantes distintos.

La primera era de veintiséis de octubre del ochenta y uno, cinco semanas después de la firma de Santa Fe, y eran once hectáreas de la vega de abajo compradas a un tratante de Mora por ciento noventa dólares.

La última era la del agostadero alto y tenía dos meses.

Las volvió a atar, metió la caja debajo de la cama y no la volvió a poner encima del armario.