La deuda de Mesa 32. La partida falsa
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32. La partida falsa

La partida falsa

El pliego llevaba tres años y dos meses cosido bajo el forro de un baúl y tenía la marca de los cuatro dobleces y el papel amarillo por el pliegue.

Rosaura lo descosió el lunes treinta y uno de agosto por la noche, lo planchó con un hierro tibio encima de un trapo y lo metió en un sobre nuevo.

El martes primero de septiembre, a las diez de la mañana, se lo puso delante a un abogado.

Se llamaba Julián Mondragón, tenía treinta y cuatro años, había estudiado en San Luis y llevaba dos en Santa Fe. No era de la casa de nadie y por eso lo había escogido.

Mondragón lo leyó dos veces sin decir nada.

—¿Esto es de usted?

—Sí.

—¿Y usted es la señora Lynch de la casa Whitmore?

—Soy las dos cosas.

Dejó el pliego en el centro del tablero y puso las manos a los lados.

—Le voy a decir lo que tiene usted aquí y le va a doler. Esto no dice que usted no lo hiciera. Esto dice que se le perdona la pena. Usted está condenada por homicidio y lo seguirá estando el día que se muera.

—Eso ya lo sé.

—No estoy seguro de que lo sepa entero. —Mondragón se echó atrás—.

Una persona indultada no puede ser tutora de un menor en este territorio.

No puede dar fianza. No puede pedir la guarda ni siquiera de un hijo propio si hay otro tutor nombrado por un juez.

Si usted se presenta mañana en un juzgado y dice quién es y qué quiere, pierde el mismo día.

—Entonces dígame lo que sí se puede.

—Lo que sí se puede es mucho más largo y es al revés. No se empieza por la niña. Se empieza por el papel de donde salió todo.

—¿Cuál de ellos?

—Los que usted tenga.

Rosaura sacó de la cartera dos cosas y las puso encima de la mesa al lado del indulto.

La copia del traspaso de la merced, de doce de septiembre de mil ochocientos ochenta y uno, con una firma suya arriba que ella no había puesto.

Y media cuartilla sin fecha y sin firma con cuatro palabras escritas con letra de cura.

Mondragón leyó las cuatro palabras y levantó la cabeza.

—Explíqueme esto.

Se lo explicó en once minutos y se lo explicó por orden de fechas, que es como se explica una cosa así para que la crea un hombre que cobra por no creer nada.

El catorce de agosto del ochenta y uno. Lo que le dijeron aquel día y lo que ella oyó antes de que se lo dijeran. Lo que le escribió el padre Isidro en enero. Y lo que llevaba haciendo desde julio.

—¿Tiene usted algo más que esta hoja?

—No.

—Entonces esto no es nada. Esto es lo que dijo una mujer que se murió, escrito por un cura que no vio nada.

—Ya lo sé.

—Hay que buscar papel. —Mondragón cogió una hoja y empezó a hacer una lista mientras hablaba—. Si a esa criatura la sacaron viva, alguien la colocó. Y si alguien la colocó, y la colocó en condiciones, hay tutela. Y si hay tutela, hay libro.

—Los libros son públicos.

—¿Quién le ha dicho eso?

—El escribano del juzgado de pruebas de este condado.

Mondragón dejó la pluma.

—¿Cuándo?

—En julio.

—¿Y qué le dijo usted que buscaba?

—Un heredero menor de un socio de una casa de Filadelfia.

El abogado se quedó un momento mirándola y después volvió a coger la pluma.

—Está bien. Siga usted haciendo eso.

Lo hizo por correo y lo hizo por dinero, que es lo más barato que hay.

El tres de septiembre salieron doce cartas de la mesa de la ventana de la casa Whitmore, una a cada escribano de juzgado de pruebas del territorio, firmadas R. Lynch y Compañía.

Todas decían lo mismo. Que una casa de comercio del este necesitaba comprobar si figuraba nombrada tutela sobre menores de cierta edad en los años que se indicaban, a efectos de una liquidación de herencia.

Que se rogaba copia certificada del índice de los libros de mil ochocientos ochenta y uno a mil ochocientos ochenta y cinco.

Y que se acompañaban dos dólares y medio por derechos y porte, y que si faltaba se mandaba más.

Los dos dólares y medio eran lo que hacía que aquello funcionara. Un escribano de condado cobra por copiar y copia.

De los doce contestaron nueve antes del veinte de septiembre. Uno dijo que sus libros se habían quemado en el setenta y nueve. Dos no contestaron nunca.

En los nueve índices había trescientas once tutelas en cinco años. Rosaura las copió todas en una hoja, por condado y por año, y fue tachando por edad.

Le quedaron veintinueve menores que podían haber nacido en el verano del ochenta y uno.

De esos veintinueve, veintiuno tenían padre o madre nombrados en el índice.

El de Santa Fe no hizo falta, porque el de Santa Fe lo miró ella.

Fue cinco mañanas seguidas, de ocho a diez, antes de abrir el despacho. Melquíades Sena le puso una silla y le dejó el libro en la mesa de la ventana, y en cinco mañanas no le preguntó nada.

El libro del año ochenta y cuatro tiene doscientas dieciocho páginas y sesenta y tres asientos.

Están por orden de fecha, a renglón y medio y con la letra de Sena. Cada uno lleva el nombre del menor, la edad, la naturaleza, el nombre del tutor, la fianza y el número de expediente.

Rosaura los fue leyendo por orden y los fue apuntando todos, incluso los que no podían ser, porque el que descarta deprisa se deja uno.

El de catorce de abril era el asiento número veintiséis de aquel año.

Amparo Cordero, menor, de dos años y ocho meses, natural de Pecos, de padres no conocidos. Tutor, don Damián Aragón, abogado, vecino de esta ciudad. Fianza, quinientos dólares. Expediente número ciento cuarenta y uno.

Rosaura leyó el renglón entero tres veces y después siguió leyendo los asientos siguientes hasta el final del libro, porque Sena estaba a cuatro pasos y porque le faltaban veintidós páginas.

Acabó a las diez menos cinco. Cerró el libro, le dio las gracias y salió a la calle.

Aquella semana le llevó a Sena una caja de puros de los de cincuenta centavos y se la dejó en la mesa sin decir para qué.

En la calle se paró contra la pared, al sol, y se estuvo quieta hasta que le volvió el pulso a donde tiene que estar.

Eran las diez de un jueves de septiembre y por aquella calle pasaba un carro cada dos minutos, y nadie la miró.

A las diez y cuarto subió la escalera, se sentó en su mesa y despachó las nueve cartas de la mañana, dos certificados y un embarque de sesenta y un fardos.

No se equivocó en ninguna cifra. Eso lo comprobó al día siguiente.

Dos años y ocho meses en abril del ochenta y cuatro son nacida en agosto del ochenta y uno.

Aragón es el apellido del mayordomo de su casa.

Aquello no probaba nada y ella lo sabía. Un abogado de Santa Fe con una huérfana de Pecos a su cargo es un hombre decente y no hay más que hablar.

Lo que hacía falta era papel de los que no se contradicen.

Mondragón le dijo dónde estaba.

—Una criatura que nace muerta no se bautiza. Una que nace viva y se va a morir, sí, y la bautiza la partera allí mismo, y la partera está obligada a ir a decírselo al cura, y el cura está obligado a asentarlo.

—¿Y si la partera no fue?

—Entonces no hay nada. Pero esa mujer mandó llamar a un cura nueve días antes de morirse para decir lo que dijo. Yo creo que esa mujer fue.

Fue.

En la parroquia de Las Vegas, libro octavo de bautismos, página doscientos cuarenta y uno, con fecha del catorce de agosto de mil ochocientos ochenta y uno, hay un asiento de seis renglones. Rosaura lo leyó el diecisiete de septiembre.

Dice que se bautizó de socorro, en la cárcel del condado, a una niña recién nacida, por peligro de muerte. Dice que el bautismo lo administró la partera Petra Madrid y que lo declaró ella misma al párroco tres días después.

No dice el nombre de la madre.

No hacía falta. El catorce de agosto de mil ochocientos ochenta y uno, en aquella cárcel, hubo un parto y hubo uno solo.

Aquella misma tarde entró en la cárcel del condado por la puerta de la calle y pidió ver el libro de entradas y salidas del año ochenta y uno.

Trujillo seguía de carcelero. Tenía el pelo blanco y cuarenta libras más.

No le preguntó para qué y no la dejó tocarlo. Lo puso delante, lo abrió él y lo fue pasando él.

Trece de agosto. Once y media de la noche, salió el muchacho a buscar a la partera. Catorce de agosto. Una y media de la madrugada, entró Petra Madrid, partera. Tres y treinta y cinco, salió Petra Madrid. Cuatro y veinte, entró el médico Merrill. Cuatro y cincuenta, salió el médico Merrill.

—¿Esto lo escribió usted?

—Lo escribí yo el mismo día. Aquí se apunta todo el que entra y todo el que sale, y se apunta la hora, y lleva así desde el setenta y cuatro.

—¿Lo sabe alguien?

—Lo sabe cualquiera que lo pida. No lo ha pedido nadie en cuatro años.

La partida de defunción está en el libro del condado, de la misma fecha, firmada por el médico Merrill, y dice que el que suscribe asistió al parto y halló la criatura muerta al nacer.

A las tres y diez nació. A las tres y treinta y cinco salió la partera. El médico entró a las cuatro y veinte.

El sábado diecinueve alquiló un caballo y fue a Pecos, que son veinticinco millas de camino de sierra y se hacen en seis horas.

El párroco de Pecos tenía setenta años y llevaba allí desde el sesenta y seis.

El libro de aquel año estaba en un arcón, envuelto en un paño, y no lo sacaba desde marzo.

Once de septiembre de mil ochocientos ochenta y uno. Se bautizó a una niña con el nombre de Amparo, de padres no conocidos, de edad de cerca de un mes, presentada por Sinforosa Ortiz, vecina de este lugar. Padrinos, el marido de la Ortiz y una hermana.

Al margen, con la misma letra, ponía: sub conditione.

—¿Y esto qué quiere decir, padre?

—Que la mujer me dijo que a lo mejor ya estaba bautizada y que no sabía de cierto. Cuando dicen eso, uno bautiza bajo condición y lo apunta, que para eso está.

—¿Y no preguntó usted más?

—Pregunté lo que se pregunta. Me dijo que le habían traído a la criatura de fuera y que no sabía de quién era. Eso en este valle pasa dos o tres veces al año, señora, y lo que hace uno es bautizarla y apuntarlo.

Mondragón lo puso todo en fila encima de su mesa el lunes veintiuno de septiembre y estuvo un cuarto de hora sin hablar.

—Esto ya es otra cosa.

—¿Es bastante?

—Para pedir la nulidad de la tutela, no todavía. Para abrir un expediente y que un juez mande traer el legajo ciento cuarenta y uno, sí. —Puso el dedo en la copia del traspaso—. Y esto de aquí es lo otro, y esto es lo gordo, y para esto me hace falta una cosa que no tengo.

—¿Cuál?

—Alguien que firmara ese traspaso y que declare, por su voluntad y por escrito, que cuando lo firmó ya sabía que la firma de arriba no era de usted.

Rosaura no dijo nada.

—Y no vale que lo diga en una sala. Tiene que estar escrito antes, firmado ante fedatario y con dos testigos, y tiene que entrar en el expediente el mismo día que la demanda. Si lo dice de viva voz y luego se echa atrás, no tenemos nada y además les hemos enseñado la mano.

—Entiendo.

—Ese alguien se pone él solo en un proceso criminal y se queda sin nada de lo que tenga comprado por esa vía. —Mondragón la miró—. ¿Usted conoce a alguien así?

—Sí.

Lo de la tapia lo supo el domingo anterior.

Subió a la misa de doce de Guadalupe, se puso tres bancos detrás de Damián Aragón y salió detrás de él.

Él fue andando hasta la calle de la Agua, se paró delante de una verja de hierro y estuvo allí lo que dura un padrenuestro sin llamar a nadie.

El horario se lo dijo la mujer de la frutería de la esquina, que lo sabe todo el barrio y que además lo contó sin que se lo preguntaran.

El miércoles treinta de septiembre, a las cuatro y media de la tarde, Rosaura estaba en la acera de la calle de la Agua, enfrente de la tapia de las hermanas de la Providencia.

La tapia tiene en el centro una verja de hierro de dos hojas con la reja abierta a rombos, y detrás de la verja hay un patio con dos moreras.

Los miércoles, de cuatro a cinco, sacan a las educandas al patio.

Eran once y estaban jugando a una cosa de dar vueltas cogidas de la mano.

La más chica de todas tenía el pelo oscuro y liso y no daba vueltas. Estaba sentada en el borde de la pila con las manos en las rodillas, mirando a las otras, calculando el juego antes de meterse.

Cuando lo tuvo calculado, se metió.

Rosaura estuvo veinte minutos al otro lado de la calle, de pie, con la cartera en la mano.

No cruzó.

Si cruzaba, a las seis de aquella misma tarde el tutor de aquella niña lo sabía.

Y un tutor con fianza que sabe que alguien anda preguntando saca a la menor del territorio en una semana.

Lo hace además con la ley de su parte, porque lo que él tiene en la mano es un nombramiento de juez y lo que tenía ella era un indulto.

A las cinco entró una hermana, dio dos palmadas y las llamó, y se metieron en fila por la puerta del fondo.

La más chica entró la penúltima y antes de entrar se volvió a mirar la pila, que era donde se había dejado algo.

Rosaura volvió andando a la calle del Colegio, que son once manzanas, y las hizo sin pararse en ninguna esquina.

Aquella noche apuntó en el libro tres cosas y ninguna era una cifra de lana.

Página doscientos cuarenta y uno del libro octavo. Asiento veintiséis del libro del ochenta y cuatro. Expediente ciento cuarenta y uno.

Y debajo, la edad que tenía la niña de la pila.

Cuatro años y un mes.