La deuda de Mesa 31. El rosal
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31. El rosal

El rosal

La compuerta del ojo de agua era la misma y estaba cerrada con una cadena y un candado que no estaban en el ochenta y uno.

Había bajado del tren el jueves veinte a mediodía y había pasado el jueves y el viernes en la plaza nueva, haciendo lo que no tenía nada que ver con aquello.

Vio al consignatario de dos casas de comercio. Cerró los embarques de septiembre. Arregló que las partidas del norte del condado se pesaran en la báscula del ferrocarril y no en la del almacén, que era lo que venía pidiendo desde julio por carta.

El viernes por la tarde fue a la casa de banca, abrió cuenta a nombre de R. Lynch y Compañía y trajo de Trinidad mil ochocientos dólares por giro.

Aquellos dos días, en aquella plaza, la saludaron por el apellido nueve personas y no la reconoció ninguna. Hacía cuatro años que se había ido y en aquel pueblo habían entrado en cuatro años dos mil personas nuevas con el ferrocarril.

Se bajó en el ensanche del camino, le dijo al muchacho que esperara allí y que no bajara al valle, y le pagó la mitad por delante para que no se moviera.

Anduvo hasta la compuerta y se paró a mirar la cadena.

—Eso está cerrado.

El hombre había salido de detrás de la tapia del repartidor. Tenía cuarenta y tantos años, no era del valle y llevaba las botas nuevas.

—Ya lo veo.

—¿Usted qué busca?

—Vengo a ver una tierra.

—¿Para comprar?

—Para verla.

El hombre la miró de arriba abajo, le vio el sombrero y los guantes y la cartera de cuero, y cambió de tono sin cambiar de cara.

—Yo llevo la vigilancia de la compañía. De aquí para arriba está todo arrendado a Cimarrón hasta septiembre. Si quiere andar, ande por el camino de abajo.

—¿Y la acequia?

—La acequia la lleva el mayordomo viejo. Con ese entiéndase usted.

Bajó por donde le dijeron, que es la vereda que pasa por el corral de esquila.

El corral de esquila estaba en pie porque era de Elias desde noviembre del ochenta y dos.

El de abajo no. De los tres corrales de tabla y adobe del llano quedaba uno entero y otro con dos lienzos caídos.

Del tercero quedaban las trancas apiladas contra un álamo, como se apila la madera buena cuando se cae una cosa y no se levanta otra.

En el llano, a los dos lados de la acequia de abajo, había doce montones de piedra donde estuvieron los jacales.

Los jacales se hacen de adobe y de palo y se deshacen solos en tres inviernos. Lo que queda es el zócalo de piedra, y el zócalo de piedra no se lo lleva nadie porque no vale nada.

Rosaura los contó desde el camino y le dieron doce, y sabía sin mirar el libro que en aquel llano hubo catorce.

Fidencio Aragón la vio desde el portillo de la troje y cruzó el patio sin correr, porque tiene sesenta y seis años. Se paró a dos pasos, se quitó el sombrero y estuvo un rato sin decir nada.

—Señora.

—Fidencio.

—Le voy a enseñar lo que hay y se lo voy a enseñar entero.

—Eso he venido a ver.

Anduvieron desde las nueve hasta la una.

Fidencio la llevó primero a la acequia, después a los corrales y después al llano, y en ese orden, que era el orden en que ella habría ido sola.

No le adornó nada. Cuando ella preguntaba una fecha y no la sabía, decía que no la sabía.

De las ciento cuatro familias quedaban once arriba.

Siete estaban en pleito desde el ochenta y dos, con abogado pagado entre todos. Llevaban tres primaveras sin sembrar, porque el que está en pleito no siembra lo que le pueden segar otros.

Vivían de jornal y de lo que les daban los otros cuatro. Los hombres bajaban en abril a las minas de Engle y volvían en noviembre, y las mujeres se quedaban a guardar el sitio, que es de lo que se trata en un pleito de posesión.

Los cuatro eran los de arriba del ojo de agua. Esos sí sembraban, porque el agua del ojo era de Elias Ward y Elias Ward los dejaba regar sin papel y sin renta.

Los Lucero, los Madrid y dos casas de los Griego.

A las once pasaron por el solar de los Griego de abajo y salió la mujer de Eusebio Madrid con una nieta de la mano.

Era la que le había puesto en la falda dos velas de cera el día de su boda.

Se quedó parada en el umbral y no se acercó, y Rosaura tampoco, y estuvieron las dos así el tiempo suficiente para que aquello fuera una cosa y no un descuido.

—Buenos días, señora.

—Buenos días, Amadea.

—¿Ha venido usted a quedarse?

—He venido a ver.

La mujer asintió con la cabeza dos veces, despacio.

—Mi marido murió en marzo.

—No lo sabía.

—Pues ya lo sabe. —Se cambió la niña de mano—. Nosotros no nos hemos ido. Eso se lo digo por si le sirve de algo, que a lo mejor no.

Se metió dentro y cerró.

De los Tafoya no quedaba nadie. Refugio se había muerto en enero del ochenta y tres. Los dos hijos estaban en la mina de Engle, en Colorado. Bernarda había estado dos años en Las Vegas y ahora no sabían.

La capilla estaba cerrada con una tranca y un candado desde marzo del ochenta y dos, y se abría dos veces al año, para un entierro y para el día de la fiesta, y la llave la tenía el padre Isidro en Tecolote.

En el atrio había una era de trigo, que la había puesto alguien porque el suelo estaba limpio y pisado.

Rosaura dio la vuelta entera a la capilla por fuera. El tejado del lado norte había perdido veinte o treinta tejas y las vigas de ese lado estaban negras de agua.

En la pared de atrás, a la altura de la cintura, seguía la marca de la crecida del sesenta y ocho con la fecha rascada en el revoque.

Dentro, en el muro del evangelio, en un hueco tapiado con yeso, estaba desde el cincuenta y ocho el original en pergamino de la merced.

Eso lo sabían en aquel valle seis personas y tres de ellas se habían muerto.

Rosaura lo fue contando todo y lo fue apuntando en el libro, en la página de la izquierda, y en la de la derecha fue apuntando lo que costaba arreglarlo.

Levantar los dos corrales, con madera comprada y cuatro hombres tres semanas, ciento ochenta dólares. Limpiar el carrizo de la acequia madre desde el repartidor, cuarenta jornales. Las dos norias, sesenta. El puente del vado, veinticinco.

Las nueve hectáreas saladas no tenían precio de arreglo, porque eso se arregla con agua dulce y con seis años.

Nueve hectáreas de las de abajo, salinizadas por regar mal tres años con el agua de agosto. La acequia madre limpia hasta el repartidor y llena de carrizo a partir de ahí. Dos norias cegadas. El puente de tablas del vado, caído y sustituido por dos troncos.

A la una pasaron por delante de la casa grande, por el camino de atrás, y no entraron.

Rosaura se paró en el portillo del huerto.

La ventana de la cocina estaba abierta y dentro había una mujer sentada de lado, con un mandil azul, haciendo algo con las manos sobre el hule.

Estuvo mirando por esa ventana lo que se tarda en contar hasta treinta.

—¿Quiere que la llame? —dijo Fidencio.

—No.

—Señora.

—Hoy no, Fidencio. Hoy es para la tierra.

Se volvió hacia el huerto para no seguir mirando la ventana, y entonces lo vio.

Contra la tapia sur, en el rincón del sol de la tarde, el rosal de su abuela estaba vivo.

Tenía más de dos varas, le habían cortado la madera muerta de abajo y le habían puesto tres tutores de cedro nuevos, atados con tira de cuero y no con trapo. La tierra de alrededor estaba escardada en un círculo de un paso. Había flor de agosto, que es poca y chica, y había hojas hasta abajo.

Al pie, medio enterrada, había una teja puesta de canto para que el agua no se fuera.

Rosaura se agachó y le metió los dedos a la tierra.

Estaba húmeda a dos dedos de hondo.

En agosto, en aquel valle, un palmo de tierra a la sombra de una tapia está seco a las once de la mañana si nadie lo riega.

Rosaura miró la teja y miró los tutores.

—¿Y esto?

Fidencio se puso el sombrero.

—El señor Ward viene los miércoles y los domingos por la tarde, con dos cubos, por el portillo de atrás. Lleva así dos veranos.

Rosaura no dijo nada.

Se quedó agachada un momento más. Le tocó un tutor y vio que la tira de cuero estaba atada con dos vueltas y un nudo de los de carga, que es el que ata un hombre que ha cargado carros toda su vida.

Se limpió los dedos en el pañuelo y se levantó.

—¿Mi madre lo sabe?

—Lo ve.

—¿Y no dice nada?

—No se hablan desde el ochenta y uno.

Comieron pan y queso en la troje, sentados en dos cajones.

—Fidencio.

—Diga, señora.

—¿Usted cobra de alguien?

—De la compañía, doce dólares al mes, por cuidar lo que queda en pie.

—¿Y de mi madre?

—De su madre no cobro desde el ochenta y dos.

—¿Y por qué sigue?

Fidencio se limpió la navaja en el pantalón y la cerró.

—Porque llevo cuarenta y cinco años aquí y no sé estar en otro sitio. Y porque alguien tiene que saber dónde está cada cosa el día que alguien pregunte.

A las tres Rosaura dijo que quería subir al pie de la mesa.

Fidencio la miró.

—¿A lo de Casimiro?

—A lo de Casimiro.

—Siguen ahí.

—Pues vamos.

Subieron a caballo por la vereda del arroyo y tardaron una hora y cuarto.

La vereda sube por el lado de la sombra hasta la mitad y después sale al sol y ya no hay más sombra. A las cuatro de la tarde de agosto, esa segunda mitad se hace con el sombrero echado adelante y sin hablar.

Rosaura no montaba desde febrero del ochenta y uno. Llegó arriba con las piernas agarrotadas y con las manos hinchadas de llevar la rienda, y no se quejó de ninguna de las dos cosas.

El campamento de invierno está al pie de la mesa, en el codo donde el arroyo se mete y la peña corta el viento del norte. En agosto solo hay tres jacales, porque los otros están arriba con el ganado y no bajan hasta noviembre.

Casimiro tenía sesenta y tantos años y no los sabía. Estaba sentado a la sombra de una lona, componiendo una albarda con un punzón y un rollo de tira.

No se levantó. Le señaló con el punzón la piedra de enfrente.

—Siéntese.

Rosaura se sentó.

—Me dijeron que estaba usted en Colorado.

—Estaba.

—¿Y ya no?

—Ya no.

Casimiro siguió con la albarda. Tenía las manos grandes y negras de sol y trabajaba despacio.

—¿Cuántas cabezas tienen ustedes ahora?

—Las que se pueden.

—¿Y el de la vigilancia qué les cobra?

—Por ahora nada. Cuenta y apunta.

—Eso es peor que cobrar.

—Eso ya lo sabemos nosotros.

—Aquí ha cambiado el dueño —dijo ella.

—Eso dicen.

—¿Les ha cambiado a ustedes algo?

—El de la vigilancia sube en mayo y cuenta las cabezas, y baja y lo apunta. El otro dueño no subía nunca.

—¿Y el agua?

Casimiro levantó la cabeza por primera vez.

—El agua no.

—¿Cómo que no?

—¿No les han tocado el agua?

—No nos pueden quitar el agua. —Volvió al punzón—. Nunca tuvimos.

Rosaura se quedó con eso.

—Nosotros bebemos de dos pozas del arroyo y de la lluvia de julio.

Eso no está en ningún papel de ustedes, ni en el viejo ni en el nuevo.

Su bisabuelo de usted nos dejó estar, y su abuelo lo mismo, y su padre igual, y ninguno de los tres lo puso por escrito.

—Cortó la tira con el punzón—. Cuando a uno no le ponen nada, tampoco le quitan nada.

—Eso no es mejor.

—No he dicho que sea mejor. He dicho que es así y que lleva siendo así desde antes que yo.

—¿Y si volviera a ser mío? —dijo ella.

Casimiro no contestó enseguida. Puso la albarda de lado y le probó la costura con el pulgar.

—Entonces subiría usted en mayo a contar las cabezas.

—Mi padre no subía.

—Su padre no subía porque tenía de sobra. —La miró—. Usted ahora no tiene nada. El que no tiene nada cuenta.

Bajaron a las seis. El coche esperaba en el ensanche y el muchacho estaba dormido en el pescante.

Antes de subir, Fidencio le sujetó la portezuela y se quedó con la mano en ella.

—Señora.

—Diga.

—Lo del rosal se lo he dicho porque me lo ha preguntado. No me lo vuelva a preguntar delante de nadie.

—No se lo voy a preguntar más.

—Y otra cosa. La capilla la abro yo el primer domingo de noviembre para barrer. Si algún día hiciera falta entrar y ver algo de dentro, se entra ese día y no se pide llave a nadie.

Rosaura lo miró.

—¿Usted sabe lo que hay en ese muro?

—Yo sé dónde está. Me lo enseñó su padre de usted el año que se murió, y me lo enseñó de noche. Lo que dice no lo sé, que yo no leo.

Rosaura no volvió a pasar por delante de la casa grande.

Volvió a Las Vegas de noche y llegó al hotel pasada la medianoche.

Cenó pan y queso en el cuarto, porque a esa hora no había otra cosa y porque tenía las manos como las tenía.

Después abrió el libro y puso la fecha y la cuenta del día.

De ciento cuatro familias quedaban once, y de las once trabajaban cuatro.

De la gente de Casimiro no había apuntado un número nunca nadie, ni en el papel viejo ni en el nuevo.