30. Parcela a parcela
Parcela a parcela
El agostadero alto son mil ochocientas hectáreas de pasto de verano, desde la ceja de la mesa hasta el arroyo seco.
No vale nada nueve meses al año. Vale todo de junio a septiembre, porque es donde sube el ganado cuando abajo se acaba el agua, y sin él la merced entera es tierra de invierno.
Se la pedían en cuatro mil doscientos dólares.
La compañía de ganado de Cimarrón la había comprado en el ochenta y dos por mil seiscientos.
Elias Ward tenía en agosto de 1885, contado con honradez y sin quitar nada, lo siguiente.
La casa de madera y sus ocho hectáreas, hipotecadas en marzo del ochenta y tres por dos mil quinientos.
Veintitrés parcelas de Mesa Colorada compradas desde el ochenta y uno, todas pagadas y ninguna hipotecada, porque una parcela hipotecada no sirve para lo que las quería.
Cuarenta y una mulas menos, que las había vendido en dos partidas, en el ochenta y tres y en el ochenta y cuatro.
El acarreo se había acabado en octubre del ochenta y cuatro, cuando el ferrocarril llegó al paraje de Watrous y el ejército dejó de contratar carros.
Le quedaba una temporada de ganado y le quedaba el heno.
De las veintitrés parcelas, diecinueve tenían pasto o agua y servían para lo que él las había comprado.
Las otras cuatro no.
La número quince la compró en noviembre del ochenta y dos por seiscientos dólares, y valía trescientos. Son la casa grande, el corral chico, la troje y el huerto de atrás con la tapia.
En esa casa vive doña Casilda Pino de Otero desde hace treinta y un años. No paga renta. No sabe de quién es la casa y no lo ha preguntado, porque le mandaron recado en el ochenta y tres de que se quedaba y con eso le bastó.
Fidencio Aragón sí lo sabe. Se lo dijo Elias en la troje y le dijo también que no se lo dijera a nadie, y en año y medio no se lo ha dicho.
En el huerto de atrás, contra la tapia sur, hay un rosal viejo de rosas rosas que plantó la abuela de Rosaura Otero.
En junio, julio y agosto ese rosal se riega dos veces por semana. Fidencio tiene sesenta y seis años y el agua pesa.
El veintinueve de julio subió al agostadero alto con dos hombres y estuvo arriba desde las cinco de la mañana.
Lo recorrió entero a caballo, de arriba abajo. Lo recorrió como se recorre un pasto que se va a comprar, que es contando lo que hay y no mirando lo que se ve.
El pasto estaba corto por la seca de junio, pero estaba sano y no estaba comido de raíz. El arroyo llevaba agua en tres pozas y las tres aguantarían hasta septiembre. Había dos abrevaderos de piedra hechos por los antiguos, uno entero y otro roto por la mitad.
De dos tenadas viejas quedaban las paredes y no quedaba techo.
Mil ochocientas hectáreas de aquello sostienen mil doscientas cabezas cuatro meses.
Bajó a las seis de la tarde con la ropa seca de polvo y con el cálculo hecho.
El seis de agosto subió a la junta de la acequia madre, que se hace a las siete de la mañana en el ojo de agua. Don Simón Archuleta abrió el libro encima de la compuerta.
Archuleta tenía sesenta y siete años y llevaba once de mayordomo.
—Señor Ward. Esto se lo tengo que decir yo y se lo digo delante de todos.
—Dígalo.
—El segundo jueves de las suertes de abajo vuelve a las suertes de abajo.
Elias no dijo nada.
Archuleta le puso el dedo en el renglón. Era el asiento de junio del ochenta, escrito con su letra grande, y debajo había otro asiento nuevo de tres renglones con la fecha del veintiocho de julio de mil ochocientos ochenta y cinco.
El de arriba decía: el segundo jueves lo pasan los Lucero, los Madrid y los Tafoya, cedido por gracia del señor Ward.
El de abajo decía que el nuevo dueño de las suertes retiraba la cesión y que lo pedía por escrito. Decía también que la junta no tenía nada que objetar, porque una cesión por gracia se retira cuando el que la hizo deja de ser dueño.
Elias había vendido las dos suertes de abajo el doce de junio, por dos mil novecientos dólares, a un tratante de Wagon Mound.
Con ese dinero había pagado la parcela número veintitrés, que era la del ojo de agua chico, y le habían quedado mil cien.
—¿Se puede hacer algo?
—Se podía haber hecho hace cinco años. —Archuleta cerró el libro—. Si aquel asiento hubiera dicho turno, hoy sería de ellos. Dice gracia.
—Lo escribió usted.
—Lo escribí yo con las palabras que usted dijo.
Aniceto Lucero estaba a tres metros y no se acercó. Los Madrid tampoco. De los Tafoya ya no quedaba nadie arriba.
Elias bajó al valle andando y llevando el caballo de la rienda, que era algo que no hacía.
A media cuesta lo alcanzó Aniceto Lucero.
—Señor Ward.
—Diga.
—No le vengo a pedir nada.
—Ya lo sé.
—Le vengo a decir que nosotros tres regamos ese jueves cinco años, y que cinco años son cinco cosechas, y que eso lo tenemos.
Elias asintió con la cabeza.
—Y le vengo a decir la otra cosa. —Lucero se ajustó el sombrero—. Mi padre regó ese mismo jueves cuarenta años y no lo tuvo escrito en ninguna parte, y nadie se lo quitó. Usted nos lo escribió y nos lo han quitado por escrito. Yo no sé qué pensar de eso y llevo desde el amanecer pensándolo.
Se quedó esperando a ver si el otro le contestaba. El otro no le contestó.
—Buenos días, señor Ward.
—Buenos días, Aniceto.
De los cuatro mil doscientos tenía mil cien.
El siete y el ocho los pasó en el agostadero bajo, marcando corderos con tres hombres, y el nueve fue domingo y no hizo nada.
El diez de agosto fue a la casa de banca de Las Vegas y habló con Dunbar, que era el que llevaba las cuentas de la plaza desde el setenta y nueve.
Dunbar le sacó la hoja y se la puso delante sin que se la pidiera.
—Usted debe dos mil quinientos sobre la casa y paga el interés al día, y eso se lo reconozco. Lo que no puedo es darle tres mil más.
—Tengo veintitrés parcelas libres.
—Tiene veintitrés parcelas de una merced que está en pleito desde el ochenta y dos, con siete familias dentro que no se han ido, y el agrimensor general nuevo dice que va a revisar los expedientes del setenta y ocho para acá.
—Dunbar dejó la pluma—. Yo no le puedo prestar sobre eso.
No porque usted no sea bueno. Porque eso no se vende.
—No lo quiero vender.
—Ya lo sé. Ese es el problema.
Elias estuvo callado un rato.
—¿Y si le doy las veintitrés en garantía y me quedo yo con el pleito?
—Entonces el que se queda con el pleito soy yo el día que usted no pague.
—Dunbar movió la cabeza—. Señor Ward, yo llevo seis años viéndole comprar.
Al principio creí que usted especulaba. Luego creí que usted era tonto.
Ahora ya no creo ninguna de las dos cosas y sigo sin poder prestarle sobre eso.
—¿Y sobre el ganado?
—¿Cuánto tiene?
—Novecientas cuarenta cabezas de lana y ochenta de carne.
—Sobre eso sí. A dieciocho meses y al doce por ciento.
—El doce es caro.
—El doce es lo que le cobra el banco a un hombre que compra pasto de verano sin tener dónde invernar.
Salieron tres mil cien dólares. El papel se firmaba el jueves veinte.
Con eso y con los mil cien se pagaba el agostadero alto y sobraban cero dólares.
Si el invierno venía como el del ochenta y cinco por la parte de Colorado, que fue seco, y si la lana bajaba de diecinueve centavos, la temporada del ochenta y seis no se acababa.
Eso lo sabía. Lo había puesto en la hoja en junio y la hoja estaba en la casa.
Entre el diez y el veinte hizo lo de todos los agostos.
Contó el heno de la troje y le salió para cuatro meses y no para cinco. Apalabró con dos hombres de Tecolote la esquila de mayo, que es cuando se apalabra. Fue dos veces al agostadero alto a ver el agua de las pozas y las dos veces la midió con una vara.
Y el domingo dieciséis, por la tarde, llevó dos cubos al huerto de la tapia sur y regó lo que había que regar.
Doña Casilda Pino estaba en el corredor de la casa grande, sentada, y lo vio entrar y salir por el portillo de atrás como lo veía desde hacía dos veranos, y ninguno de los dos saludó, porque no se saludan desde septiembre del ochenta y uno.
El jueves veinte de agosto bajó a Las Vegas a caballo. Llegó a las diez y media. La firma era a las dos.
A las doce menos cuarto se fue andando a la estación. Tenía que hablar con el consignatario de la compañía de Cimarrón antes de subir al banco, y el consignatario tenía la oficina en el andén.
El tren de Santa Fe entra a las doce y doce.
Elias estaba en la esquina de la oficina del consignatario, de pie, con el sombrero cogido contra la pierna por el calor.
El andén de Las Vegas a mediodía de agosto tiene sombra en un lado y en el otro no. Él estaba en el que no.
Bajaron catorce personas.
Ella bajó del tercer coche.
Llevaba un vestido gris de viaje, un sombrero nuevo y guantes. En la mano izquierda llevaba una cartera de cuero. Bajó los dos escalones sin ayuda, porque el mozo estaba en el otro extremo.
Se paró en el andén y miró al norte, hacia la plaza vieja, y se estuvo así unos segundos.
Después le dijo algo a un mozo, señalando un baúl, y el mozo se lo bajó. Ella sacó el monedero y le dio una moneda con la mano derecha, sin soltar la cartera.
La vio de perfil y la vio de frente.
Iba sola. No la esperaba nadie y ella no buscó a nadie con los ojos.
Estaba más delgada de la cara. Tenía el pelo recogido de otra manera. Andaba más derecha que en el ochenta y tres, y andaba sin mirar el suelo.
Elias no se movió.
Estaba a veintidós pasos. Los contó después, cuando ella ya no estaba.
Le habría bastado con levantar la mano. Ella estaba mirando al norte y él estaba a la vista, junto a una oficina de andén, con el sombrero en la mano.
El consignatario salió a la puerta y le dijo que ya podían despachar.
—Espere.
—Como usted quiera, señor Ward.
Volvió a meterse.
Lo que tenía en aquel momento, puesto encima de una mesa, era esto.
Una casa hipotecada. Veintitrés parcelas de una merced en pleito.
Un papel que iba a firmar a las dos por tres mil cien dólares al doce por ciento sobre mil veinte cabezas.
Y un asiento de un libro de acequia, de veintiocho de julio, que decía que el jueves de los Lucero, los Madrid y los Tafoya se había acabado.
Eso era lo que le podía enseñar.
Y de todo aquello, lo único que se podía poner en una mano y entregar era una copia de escritura que todavía no estaba firmada.
Ella cruzó el andén y entró en la sala de espera. Salió por el otro lado, la recogió un coche de plaza y tiraron hacia la plaza nueva.
Elias se quedó donde estaba hasta que el coche dobló.
Después entró en la oficina del consignatario, cerró lo del agostadero alto y pidió que la escritura se otorgara aquella misma tarde.
A las dos firmó el papel del banco.
A las tres y cuarto, en la notaría del Puente, firmó la escritura. Mil ochocientas hectáreas de pasto de verano, desde la ceja hasta el arroyo seco, libres de cargas, a favor de Elias Ward, por cuatro mil doscientos dólares pagados al contado.
El notario era un hombre joven, de la parte de Socorro, que llevaba en Las Vegas año y medio.
Leyó el pliego en voz alta entero, como se hace, y tardó siete minutos.
Después le preguntó si quería que la inscripción fuera a su nombre o a nombre de alguna sociedad.
—A mi nombre.
—Muy bien.
—Y póngame al margen una nota.
—¿Qué nota?
—Que esta finca no se puede vender por separado del resto de lo que tengo comprado de esa merced.
El notario levantó la cabeza.
—Eso no sé si vale.
—Póngalo igual.
Salió a las cuatro menos veinte con la copia en la mano.
En la calle del Puente hay dos casas de comercio y las dos tienen escaparate. En el de la segunda había sombreros de señora, y él pasó por delante y siguió andando y a los veinte pasos se paró y se volvió.
Estuvo un momento mirándolos y no entró.
No fue a la plaza nueva. Montó y salió por el camino de arriba.
A mitad de camino paró en el vado y se bajó a dar de beber al caballo. El agua de agosto en aquel vado no llega a la rodilla y va caliente por arriba y fría por debajo.
Sacó la copia del bolsillo de dentro, la dobló en tres por donde venía y se la volvió a guardar.
En la casa de madera, en el cuarto de arriba y encima del armario, había una caja de clavos vacía con la etiqueta todavía pegada.
Dentro había veintitrés escrituras, atadas de doce en doce con un bramante.
Aquella noche metió la veinticuatro.
Después se sentó en la cocina, sacó la hoja de junio y puso al lado lo que había firmado aquel día.
Tres mil cien a dieciocho meses al doce. Dos mil quinientos sobre la casa. Mil veinte cabezas empeñadas. Cuatro meses de heno y una temporada.
Ella no se lo iba a agradecer nunca y él lo sabía desde noviembre del ochenta y tres, desde un cuarto de hotel de Trinidad en el que se lo habían dicho con todas las letras.
Apagó el quinqué y subió.