La deuda de Mesa 29. La pensión
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29. La pensión

La pensión

En el locutorio de las hermanas de la Providencia hay tres sillas y un banco.

El banco es para los que traen y recogen.

Las sillas son para los padres, para los tutores y para el señor obispo si baja.

A Damián Aragón lo sentaban desde abril del ochenta y cuatro en la segunda, que es la de los tutores nombrados por el juzgado, y nunca le habían ofrecido la primera.

El recibo lo extendían siempre el primer día del trimestre, en un cuaderno de tapas grises. Lo firmaba la hermana tornera con una letra grande y redonda de las que se enseñan a hacer a propósito.

Decía: recibí del señor don Damián Aragón, por la pensión de la educanda Amparo Cordero, correspondiente al trimestre de julio, agosto y septiembre, la cantidad de treinta y tres dólares.

Damián lo dobló y se lo guardó en la cartera, junto a los otros dos. Salió por la puerta de la Agua a las nueve y media de la mañana del miércoles uno de julio de 1885.

A las once estaba en el despacho, en el pasillo, delante de la mesa estrecha que seguía arrimada a la pared seis años después.

Ahora tenía título, tenía silla en el cuarto de los pasantes titulados y tenía el segundo cajón de la derecha de un armario. Lo que no había cambiado era que, cuando entraba un cliente, él entraba detrás, y que cuando el cliente se iba, él se quedaba escribiendo lo que se había hablado.

Cobraba ciento diez dólares al mes, que en aquel despacho era lo que se le pagaba a un titulado de cuatro años. En cinco años y medio había llevado él solo, de principio a fin, dos asuntos de los que el señor Grady no se ocupó más que para firmarlos.

En la puerta de la escalera había tres nombres pintados. El de Grady, el de un socio que llevaba muerto desde el ochenta y dos y al que no habían borrado, y el de Hollis, que no era abogado.

Aquel verano se hablaba en el despacho de otra cosa. Desde mayo había gobernador nuevo y desde junio procurador nuevo, y en tres semanas habían entrado dos escritos de revisión sobre expedientes de linderos de los años setenta.

El señor Grady seguía llegando a las nueve y media y saliendo a las seis. En junio había empezado a llevarse carpetas a su casa por las tardes, y eso no lo había hecho nunca.

A las doce menos cuarto, Hollis pasó por delante de su mesa con el sombrero puesto, camino de comer, y se paró.

—¿Usted es de arriba, de por Las Vegas?

—De esa parte.

—¿Conoce a una mujer que lleva las pesadas de una casa de Filadelfia? Se ha puesto en casa de Whitmore. Le han pintado el nombre en el cristal.

—¿Cómo se llama?

—Lynch. Y es mexicana. —Hollis se rio con la boca cerrada, que era como se reía—. Llevaban dos años escribiéndole a un hombre.

Damián acabó el renglón que estaba escribiendo, que era de un endoso, y lo acabó entero.

—No la conozco.

—Pues en esta calle no se habla de otra cosa desde el lunes.

Hollis se fue a comer. Damián se quedó en la mesa estrecha.

Lynch era el apellido del abuelo materno de Rosaura Otero. Un irlandés que llegó al valle con un carro en el veinte y tantos y se casó con una Pino. Aquello lo sabía cualquiera que pasara de los cuarenta, y lo sabía él porque se lo había oído a su padre.

Se lo contó un día de agosto, en el corral chico, explicándole por qué en aquella casa a la señora vieja se la llamaba doña Casilda Pino y no de la otra manera.

No comió. A las dos y cuarto bajó a la calle de San Francisco, pasó por delante de la casa Whitmore por la acera de enfrente y leyó el cristal.

R. Lynch y Compañía.

Volvió al despacho y trabajó hasta las siete.

Aquella tarde despachó un requerimiento, dos escrituras de venta y la contestación de un pleito de aguas de Tecolote, y no se equivocó en ninguna de las tres cosas.

A las siete apagó el quinqué de su mesa y se fue andando hasta el río, y volvió por la otra acera. Aquello le llevó cuarenta minutos y no arregló nada.

La cosa había empezado el veintiséis de marzo de mil ochocientos ochenta y cuatro, con una carta de cuatro renglones y sin membrete que le dejaron en la mesa estrecha.

La firmaba doña Casilda Pino de Otero. Decía que necesitaba un abogado en Santa Fe para un asunto de familia y que no quería que lo llevara el despacho, sino él. Decía también que fuera el sábado a la casa grande, y que fuera de noche.

Damián llevaba tres años y dos meses sin poner un pie en aquella casa, y la última vez había sido un jueves de enero del ochenta y uno, para devolver un recibo.

Fue el sábado veintinueve de marzo, de noche, como le decían.

Lo recibieron por la puerta del zaguán y no por la del corredor. Lo hicieron esperar catorce minutos en la sala de abajo, de pie, porque no le señalaron ninguna silla. Cuando ella entró, lo saludó por el nombre de pila y le habló de usted, que era como se le habla a un criado con estudios.

Le contó el asunto en once minutos, sin adornarlo y sin pedirle perdón por nada, como hace siempre.

La criatura no había nacido muerta. Había salido de la cárcel del condado el catorce de agosto del ochenta y uno, a las tres y media de la tarde, en los brazos de Petra Madrid. Fue a parar a Pecos, a casa de una mujer llamada Sinforosa Ortiz que acababa de perder uno suyo y tenía leche.

La bautizaron en Pecos el once de septiembre de aquel año, con el nombre de Amparo y el apellido Cordero, que era el de la abuela de la Ortiz. En el libro pusieron de padres no conocidos.

Del catorce de agosto había papel firmado por el médico Merrill y asentado donde tenía que estar asentado.

A la Ortiz se le pagaba por año, y la Ortiz se había muerto en diciembre del ochenta y tres, y el marido tenía cinco hijos y no quería el sexto.

—Y usted qué quiere de mí.

—Que lo arregle.

—¿Qué es arreglarlo?

—Que esa niña tenga un papel y una casa, y que ese papel no lleve mi nombre ni el de mi hija.

Damián estuvo un rato mirando la pared de enfrente, que era donde estaba colgado el retrato de don Anselmo Otero.

El retrato era de antes del setenta y estaba torcido, y llevaba torcido las tres veces que él había entrado en aquella sala en su vida.

—¿Por qué yo?

—Porque usted ya cobró una vez por esto.

—Y si le digo que no.

—Entonces se lo digo a otro, y el otro cobra y usted se queda con la noche de hoy metida en la cabeza. —Casilda se sentó por fin, y al sentarse ella se acabó de una vez lo de estar los dos de pie—. Yo no le vengo a pedir un favor. Le vengo a dar un trabajo.

—¿Y si la niña pregunta algún día?

—Las niñas no preguntan lo que no les han contado.

—¿Y su hija?

—Mi hija está en Colorado y no ha escrito en tres años.

—Eso no es lo que le he preguntado.

—Ya lo sé. —Se estiró la falda—. Le he contestado lo que le voy a contestar.

Aquella frase no se la discutió, porque era verdad y porque estaba dicha sin ninguna intención de herir, que es la manera en que ella dice las cosas peores.

La tutela se pidió en el juzgado de pruebas del condado de Santa Fe el catorce de abril de mil ochocientos ochenta y cuatro.

El expediente decía que la menor Amparo Cordero, de dos años y ocho meses, había nacido en Pecos de padres no conocidos y estaba bautizada en la parroquia de aquel lugar.

Decía que se había quedado sin persona que la sostuviera al morir la mujer que la criaba.

Iba con la partida de bautismo, con el certificado del párroco y con una declaración del marido de la Ortiz.

El solicitante era Damián Aragón, abogado, vecino de Santa Fe, y dio fianza de quinientos dólares.

El juez la concedió en audiencia de diez minutos. El escribano lo apuntó en el libro de aquel año, por orden de fecha, con el nombre de la menor, el del tutor y el número de expediente.

Todo lo que había en aquel legajo era cierto salvo una cosa, y esa cosa no estaba escrita en ninguna parte. Que la partida de defunción de la otra niña, la de Las Vegas, y el bautismo de esta eran del mismo cuerpo.

Y eso, en dos libros distintos de dos condados distintos, no lo ve nadie si no sabe antes lo que busca.

Los primeros nueve meses la tuvo en casa de una viuda, en Galisteo abajo, a siete dólares al mes.

En enero del ochenta y cinco, cuando cumplió tres años y cuatro meses, la entró con las hermanas de la Providencia, que toman educandas desde los tres y que tienen veintidós.

Once dólares al mes, el vestuario aparte y los recibos por trimestres.

Los pagaba él, de lo suyo, desde el primer día. A doña Casilda Pino le dijo en abril del ochenta y cuatro que el gasto corría de la casa Otero, y ella lo dio por hecho y no volvió a preguntar. En catorce meses no había mandado un dólar, y él no se lo había pedido.

Visitaba el primer domingo de cada mes, desde febrero, y en cinco meses no había faltado ninguno, incluido uno de mayo en que tuvo que volver de Galisteo a caballo por la noche para llegar.

Lo recibían en el locutorio, que es un cuarto alargado con dos ventanas, ocho sillas contra la pared y una mesa al fondo.

A las familias las sientan en la mesa. A los que no son familia los sientan en las sillas de la pared.

A él lo sentaban en las sillas de la pared desde enero, y no lo había dicho ni lo iba a decir.

La niña bajaba de la mano de una hermana y se paraba a dos pasos.

Tenía el pelo oscuro y muy liso, que no era de la casa Otero, y tenía la manera de estarse quieta mirando una cosa hasta entenderla, que sí lo era.

Le decía señor, porque así se lo habían enseñado y porque él no había corregido a nadie, y aquello llevaba seis meses pasando una vez al mes.

—Buenos días, señor.

—Buenos días, Amparo.

Duraba veinte minutos. Le llevaba una naranja en invierno y un pliego de papel y un lápiz siempre, porque una vez le había visto hacer rayas en el polvo de la ventana y desde entonces le llevaba papel.

El domingo cinco de julio, el primero de aquel mes, fue como todos.

La hermana lo sentó en la tercera silla de la pared. La niña bajó, se paró a dos pasos y dijo buenos días, señor.

Damián le dio el papel y el lápiz y le preguntó si le habían enseñado alguna letra nueva.

Le habían enseñado la eme.

La hizo cuatro veces seguidas, con la lengua fuera, y a la cuarta le salió derecha y la señaló con el dedo para que él la viera.

—Esa.

—Esa está bien.

—¿Usted sabe hacerla?

—Yo hago todas.

—¿Todas?

—Es mi oficio.

La niña se quedó mirando el papel y luego a él, calculando si aquello era verdad, y no dijo ni que sí ni que no.

La hermana se levantó a los veinte minutos justos, ni uno más, porque eso es lo que dura una visita de las de al lado del muro.

Estuvo el lunes, el martes y el miércoles sin hacer nada.

Lo que se le venía encima lo tenía contado desde el jueves anterior. Lo tenía contado en el orden en que pasan las cosas en un juzgado, que es el único orden en que él sabe pensar.

Si aquella mujer se quedaba en Santa Fe, tarde o temprano iba a llegar al libro. No porque fuera lista, aunque lo era, sino porque un libro de tutelas de un condado tiene tres columnas y ciento sesenta renglones y está encima de un armario.

Y el renglón del catorce de abril del ochenta y cuatro llevaba su apellido escrito de su puño.

Lo que venía después de eso lo sabía también. Un expediente de nulidad. Una partida de defunción impugnada. Un tutor con fianza al que le preguntan de dónde sacó el bautismo. Y un abogado de cinco años de título que se queda sin título.

Y una niña de tres años y once meses en mitad de todo eso, con dos apellidos y ninguno seguro.

El jueves nueve por la noche, en su cuarto de la calle de Guadalupe, sacó un pliego y cortó el tercio de arriba. Escribió cuatro palabras con la mano izquierda, que le salía torpe y no era la suya.

Vuélvase usted a Colorado.

No puso fecha, no puso encabezamiento y no lo firmó.

Lo leyó dos veces. Era el mejor consejo que había dado en cinco años de oficio y era el único que no cobraba.

Lo dobló, lo metió en un sobre y escribió en el sobre, también con la izquierda, señora R. Lynch, casa Whitmore, calle de San Francisco.

El viernes a las siete de la mañana le dio diez centavos a un muchacho en la esquina de la plaza. Le dijo que lo subiera y lo dejara encima de la mesa de la ventana. Si preguntaban, que dijera que se lo había dado un hombre en la calle.

Aquel viernes trabajó bien. A la una y media, cuando iba a comer, pasó por la acera de enfrente y miró hacia arriba. En la ventana de la derecha había una mujer de espaldas, de pie, con un papel en la mano.

No se paró.

Se acostó a las once y no se durmió hasta pasadas las dos.

En la mesilla tenía la cartera con los seis recibos de tapas grises, que guardaba todos y que no le servían para nada, porque un recibo de pensión no prueba una tutela y una tutela no prueba un derecho.

Y lo que se estuvo diciendo todo ese rato fue lo mismo que se decía todas las noches desde marzo del ochenta y cuatro, que era que él no le había quitado nada a nadie, porque cuando él llegó la niña ya estaba quitada.